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Es complicado apartarse del canon en la práctica literaria: Francisco Ferrer Lerín

El escritor y poeta catalán ha publicado «Metazoa / Presencias faunísticas»; con él es la charla

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Agosto, 2026

La presencia animal en la narrativa breve de Francisco Ferrer Lerín constituye una de las principales señas de su identidad. Por eso no resulta extraño que su última propuesta onírica, poética, narrativa lleve por nombre Metazoa / Presencias faunísticas. Metazoa es el término usado en biología para referirse al reino de los animales, también conocido como Animalia”, nos recuerdan los editores en la contra del nuevo libro del escritor catalán. Y añaden: Podríamos pensar la obra de Ferrer Lerín como una construcción ambidiestra: entre la luz y la sombra, la dicha y el desconcierto, la quietud y el avance descontrolado de la vida. Y en esa mirada bifurcada encontramos una importante y necesaria reflexión sobre los tiempos que vivimos, donde la defensa de la vida salvaje ocupa un lugar significativo. Resulta fascinante pensar la escritura como la concibe Ferrer Lerín, como una forma de tránsito, de mezclar la voz con la mirada, de hacer del lenguaje un espacio de exploración íntima y sensible, y a la vez intelectual”. Esther Peñas conversó con él.


Esther Peñas


La última propuesta onírica, poética, narrativa de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), Metazoa / Presencias faunísticas (Jekyll&Hill), podría haberse titulado Animalaria, pero no. Metazoos son los organismos eucariotas, pluricelulares y heterótrofos —con perdón—, es decir, los compuestos por muchas células complejas que se alimentan de otros organismos. Es decir, todos. La presencia animal es, en la obra de Ferrer Lerín, tan seminal como las ruinas en Borges.

Vida y muerte, humor y gravedad, conocimiento y vuelo lírico se entrelazan en estos textos, híbridos y fascinantes. Con Ferrer Lerín conversamos.

—¿Este libro le resultará incomprensible a un contumaz urbanita?

—Los urbanitas integrales pienso que no existen. Todos, yo lo fui, disponemos de un resquicio por el que penetra luz solar, olor a hierba recién segada, arrullo de tórtolas, y demás cursiladas tan necesarias para la supervivencia.

—Usted se califica como “un tipo sobrevenido”. ¿Hasta qué punto los textos que componen Metazoa lo son?

—Son varias las acepciones de “sobrevenido”. En mi caso, aplicado a mi persona, entiendo que se refiere a mi extrema plasticidad, a la gran capacidad de adaptación a circunstancias favorables, a circunstancias ya sancionadas como beneficiosas, al nulo riesgo. Los textos de Metazoa son fruto de una dura destilación, del contacto directo y continuado con el mundo animal y, quizá, por esa condición laboriosa y meditada se sitúan en las antípodas de esa otra acepción de “sobrevenido”, la que lo acerca a lo inesperado, casi a lo casual.

El escritor Francisco Ferrer Lerín.

—Pienso en la Pulga Pertinaz, que pica y chupa sangre a los hombres bien formados indistintamente de a cuerpos muertos. ¿Cuándo conviene alternar con vivos y cuándo con cadáveres?

—Entiendo que “alternar”, en su pregunta, hace referencia a “alterne”, a “coqueteo”, “flirteo”, puede que a “encame”. Si es así, son preferibles los cadáveres, más discretos y, sobre todo, más económicos.

—Las personas que hablan solas, por las que usted siente predilección, ¿son una especie no incluida en su Metazoa?

—Bueno, menciono a Natis Manchuela, artífice de monólogos memorables.

—¿Por qué el capítulo de “Amphibia” es tan breve, con sólo dos entradas?

—Túa Blesa, catedrático de la Universidad de Zaragoza, se entusiasmó con una arriesgada declaración mía, hace ya un montón de años, en la que afirmaba, con enorme sinceridad, que antes que ornitólogo fui herpetólogo. La herpetología, pese a que etimológicamente sólo concierne a los reptiles, también, por razones de tradición biológica, concierne a los anfibios y, esta clase zoológica, fue, precisamente, a la que primero, en mi más tierna infancia, presté atención. Digo todo esto, porque coincido con usted reconociendo la injusticia cometida por los censores al dejar en tan magra situación el apartado dedicado a ranas, sapos, tritones y salamandras.

—Así como este libro es una bomba en el corazón mismo de la vida domesticada, su escritura es la antítesis de la prosa de almacén. Hoy en día, ¿queda menos margen para habitar el extrarradio, las periferias, se hace más compleja la indocilidad?

—Una pregunta llena de verdades que hoy resulta de difícil digestión. Sí, es complicado apartarse del canon en la práctica literaria. Hoy prima la realidad, la no ficción; cualquier desvarío, cualquier singladura por los mares de la fantasía es considerado inadmisible.

—¿Es la realidad la taxidermia de la narración?

—Nunca se me hubiera ocurrido una comparación tan atinada. ¡Enhorabuena!

—¿Qué distingue al científico altivo e inexorable del ornitólogo de campo?

—Se acostumbra a segregar al ornitólogo de campo del hombre de ciencia; de hecho, otra forma de práctica ornitológica es la del ornitólogo de laboratorio, que sí podríamos incluir en el listado de los seres de bata blanca y gesto suficiente, sentados en un taburete y cara pegada a un microscopio. La ornitología de campo se parece demasiado a la actividad, eminentemente anglosajona, del birdwatcher, del observador amateur de aves, que tiene el campo como lugar de esparcimiento, elemento este, el esparcimiento, que lo aleja dramáticamente de la seriedad exigida al sabio, valoración errónea ya que de la observación de las aves en libertad procede el mayor caudal de conocimientos, la etología, en suma.

—¿Qué responde con mayor claridad al Arte Casual, esa práctica artística promovida por usted, el urinario o la bolsita de colines Auchan que encontró en unos de sus triscares campestres?

—Ambos encuentros pueden considerarse manifestaciones de Arte Casual, que, como ya todo el mundo sabe, tiene como premisas la casualidad en el hallazgo y la casualidad en la producción de un impacto visual y, a nivel de mayor exigencia, de un impacto artístico. Quiero decir que un objeto fruto de la mano del hombre no creado ni colocado con intención artística puede convertirse en un hecho artístico en la retina del observador atento.

—Entre “trabajar como escritor en su cuarto” y “salir al campo a dejar despojos cárnicos para aves necrófilas”, ¿qué queda, cómo es Ferrer Lerín en las viceversas de la vida?

—Es recomendable que los escribanos dispongamos de oficios, no necesariamente paralelos, que refuercen nuestro caudal léxico y conceptual. En mi caso, esos oficios han sido, y son, múltiples, lo que permite incorporar, a mi poesía y a mi narrativa, términos, descripciones, escenarios, situaciones vividas, algunas con extrema intensidad que, sería necio no reconocerlo, han configurado unas marcas literarias de fácil y gratificante identificación.

—Si el huevo de búho en tortilla cura de la borrachera, ¿de qué cura la escritura de Ferrer Lerín?

—La primera carrera universitaria que cursé fue la de Medicina. Luego, la familia, que por tradición me condujo a emprender esos estudios, fue, por desavenencias, la que me apartó de ellos, si bien es verdad que nunca tuve una vocación clara, una necesidad imperiosa de curar al prójimo de sus dolencias físicas, lo que me llevó a interesarme por otros campos del saber, no siendo el menos honorable el de la literatura y, dentro de él, el de la literatura activa, el de la escritura, campo en el que, desde luego de forma no buscada, consigo que algunas personas sensibles, diría que hiperestésicas, reparen el sueño e incluso recuperen el apetito por las carnes, humanas y de vacuno.

—El poeta romántico Coleridge soñó con la flor más bella del mundo y, al despertar, la tenía en la mano. Si Ferrer Lerín al despertar hubiera encontrado un vellón en la suya, ¿qué hubiera hecho con él?

—Soy un fanático, un entusiasta, de las coincidencias, y no es una coincidencia menor que aparezca Coleridge en la última pregunta de esta entrevista. Durante años, cuando me pedían que definiera la Poesía, yo acudía presuroso a Woody Allen al que en una ocasión le preguntaron qué era el Arte y respondió: “Parafraseando a Coleridge, a su descripción de Poesía como comunicación de espíritus, diré que el Arte es una conversación entre artistas”. Y en cuanto al “vellón” y lo onírico, ese recurso utilizado quizá en exceso en esta etapa final de mi vida, diré que, tras un sueño de obvio bestialismo, desperté con la esperanza, igual que en los sueños en que se encuentra un tesoro, de llevar entre mis brazos el objeto de mi deseo, la oveja favorita, pero nada, ni un mísero vellón quedó adherido a las mantas y sábanas de nuestro lecho de amor.

[Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducida bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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