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Basureros

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Septiembre, 2026

En la Ciudad de México no hay basureros ni papeleras menores para la basura menuda, ni tampoco hay basureros o contenedores para las basuras domésticas como en otras ciudades del mundo, porque, cuando los han puesto, se roban la basura. Y también el basurero. Y entonces, escribe Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega, uno abandona su basurita ahí donde se pueda y adiós urbanidad, dignidad y buena educación, y aquello irá al suelo —nuestra basurita, no nuestra buena educación— y de ahí a colapsar el drenaje urbano…

La Ciudad de México es recorrida por 8 o 9 millones de habitantes además de 5 o 6 que vienen diariamente de otras partes; y que hacen travesías, largas caminatas y suben escaleras, y compran trikitrakes, pulparindos y dorilocos, y una coca o boing o redbull.

La Ciudad de México sufre cada año inundaciones apocalípticas en tiempos de lluvias que son la mitad del año, con precipitaciones torrenciales de miles de millones de litros, debido principalmente a que las coladeras, alcantarillas y atarjeas de las calles, avenidas y calzadas no se dan abasto para desaguar tantos miles de litros por segundo porque están tapadas de latas y botellas, plásticos y celofanes, mazorcas de elote y hojas de tamal. Y las autoridades les suplican a los peatones, transeúntes y ciudadanos que no tiren basura.

Y los chilangos, defeños y capitalinos se acaban su gelatina y su helado, y, propios que son, caminan con su servilleta y envoltura vacía para ponerla en algún basurero público de ésos que hay en las esquinas.

Pero en la Ciudad de México no hay basureros públicos en las esquinas ni en los postes ni en los parques ni en ningún lado, y ahí va el peatón con su palito de paleta pegosteoso entre los dedos hasta que tiene que subirse al autobús, trolebús, metrobús y cablebús que le toca, o meramente necesita la mano ocupada para marcar su celular o sonarse las narices.

Y entonces la desesperación le gana a la urbanidad y la dignidad vence a la buena educación, y abandona su basurita acaramelada, grasosa y húmeda en el marco de una ventana o barandal o rama de arbolito, de donde irá al suelo de inmediato y de ahí a colapsar el drenaje urbano. Las colillas con un garnuchazo salen volando.

En la Ciudad de México no hay basureros y papeleras menores para las basuras menudas, pero tampoco hay basureros y contenedores mayores para las basuras domésticas como en las otras ciudades del mundo con el mismo nivel de desarrollo, porque cuando los han puesto, se roban la basura y también el basurero.

Porque, en efecto, se la roban, y el ciudadano, inquisitivo que es, se pregunta a quién se la roban, y se responde que a su dueño, y entonces, intrigado que está, se pregunta quién es su dueño, y la respuesta es que el camión de la basura, el cual, con un trabajo como el de Hércules limpiando el estercolero de las porquerizas, separa, clasifica, cataloga, empaqueta, dobla, pliega, compacta, apachurra toda la basura, más el papel, cartón y trapos a los que les rocían unos cuantos kilos de agua para que pesen de más porque las balanzas de los que la compran las ajustan para que pesen de menos. Y si hubiera basureros mayores y menores por todas partes a los camiones de la basura se les dificultaría su modus vivendi ya que son los que detentan, controlan y diseñan el monopolio de la basura en la Ciudad de México.

Ilustración: cortesía magnific.com

Ha de ser un serio dilema para las autoridades que deben vivir pasmadas, perplejas y conflictuadas porque no pueden resolver el predicamento que se suscita entre un gremio de pepenadores informales en camión y unos aguaceros diluvianos que amenazan con desbordar la ciudad y al gobierno.

Y los ciudadanos, preocupados y conscientes de su responsabilidad, colaboran a la solución de este problema de la única manera sensata y razonable, esto es, tirando más papelitos y tickets y tetrapaks en las calles hasta que a las autoridades les sea imposible hacerse los que la virgen les habla y dejen de mencionar la basura y se pongan a pensar en basureros, y se decidan a negociar con los monopolios en vez de vivir con el jesús en la boca de emergencia en emergencia que incluye múltiples damnificados entre peatones empapados, automóviles hundidos e inmuebles inundados.

Los habitantes, transeúntes y viandantes se quejan amargamente de los tiempos perdidos y los zapatos enlodados, pero las autoridades de salud, de seguridad y de medioambiente no les pueden insistir que no tiren basura en la calle porque los susodichos airados les contestan que entonces pongan basureros y las autoridades antedichas se quedan mudas y paralizadas, cuando podrían proponer como medida oficial que los usuarios echen la basura en los baches con lo cual matarían dos pájaros de un tiro, pero el caso es que la ciudadanía adquiere el derecho de arrojar, depositar y colocar su vasito vacío y enmielado de La michoacana en la esquina, rincón y arroyo que más le agrade.

Y mientras los peatones andan trashumando por las banquetas, veredas y aceras de la ciudad, los camiones de basura, con su tradicional y entrañable campana, pasan por sus casas donde tienen basura acumulada pero no hay nadie para sacarla porque a esas horas todos andan transitando por la urbe.

Los camiones de basura, que son como las naves nodrizas de los barrenderos de a pie que no aceptan que en sus tambos anaranjados y oxidados nadie les eche basura excepto mediante una petición muy platicada y una propina más expedita, prefieren las colonias, barrios y rumbos como Polanco o Las Lomas o San Ángel porque ahí la basura es de mejor calidad mientras que en Iztapalapa y zonas conurbadas nada más es basura orgánica de la comida de ayer. Y a últimas fechas ya parecen servicio privado porque atienden a los aspiracionistas, nuevos semirricos y fifís de edificios de condominios y airbnbs a quienes se les cobra una comisión, tarifa o donativo por recoger sus cajas de pizza, empaques de pantalla y embalajes de amazon, de modo que el camión ya no tiene tiempo libre ni disponible ni ocioso para dar servicio público ni tocar la campana.

Y las autoridades, locales, municipales y federales ya cuentan con lanchas salvavidas para rescatar pasajeros naufragados en los pasos a desnivel.

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