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Detenido
Julio 2026
Hace justo un año, en julio de 2025, el escritor mexicano José de Jesús Sampedro partía de este plano existencial. Hombre generoso y melómano rockero, hablar de Sam es referirnos a un hombre que se dedicó de cuerpo entero a la escritura, a la docencia y al activismo cultural; dejando una huella indeleble y profunda en la cultura zacatecana y nacional. Hoy queremos recordar el poeta y ensayista. Pero, también, al amigo.
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Ha transcurrido un año, y su muerte se sigue sintiendo cerca, demasiado cerquita.
Entre anécdota y anécdota, no puedo dejar de pensar en su alegría, en su capacidad de improvisación, en su amor intenso por la vida. Echó de menos ese bienestar que se sentía el hablar con él.
Y es que José de Jesús Sampedro tenía un extraordinario don de gente.
Nos conocimos en los albores del siglo XXI, y fue una amistad instantánea, indeleble. Él desde su natal Zacatecas, este servidor desde la Ciudad de México, las llamadas telefónicas poco a poco empezaron a volverse habituales. Sobraban los motivos. También, los temas. En orden de importancia: música, futbol, literatura (o, más bien, poesía), periodismo cultural (o, más bien, DosFilos —la revista que fundó y dirigía—), cine, política…
Hace justo un año, el 22 de julio de 2025, José de Jesús Sampedro —el querido Sam, como lo llamaban amigos y lectores— partía de este plano existencial.
2
Mientras redacto estas líneas, por mi sistema de sonido la voz de Dylan —la voz de nuestro querido Dylan— narra las visiones de Johanna (acompañado, él, con esa hermosa armónica de fondo).
No podría ser de otra manera.
Escribir de José de Jesús Sampedro es, necesariamente, escribir de Dylan, de Elvis, de los Beatles, de Chuck Berry… En fin, de la plana mayor del rock.
Pero asimismo, escribir de José de Jesús Sampedro es hablar de un hombre que se dedicó completamente —y de cuerpo entero— a la escritura, a la docencia y al activismo cultural. En ese orden.
Hombre generoso. Melómano (rockero). Maestro y guía escritural. Agitador cultural. Poeta bretoniano. Sí: Sampedro dejó una huella indeleble y profunda en la cultura zacatecana y nacional.
Veamos.
Dedicó gran parte de su vida a la docencia. Sampedro fue maestro en la Universidad Autónoma de Zacatecas, donde impartió clases de lenguaje y literatura. Fue encargado, además, del Departamento Editorial de las unidades preparatorias, desde donde impulsó el talento de infinidad de jóvenes.
También fue un agitador cultural nato. En 1982 creó el festival de poesía Praxis-Dosfilos, que más tarde, en 1988, se transformó en el Festival de Poesía Ramón López Velarde. Asimismo, fundó y dirigió la revista DosFilos, uno de los proyectos editoriales más longevos de México, nacida en la década de los setenta. (A manera de broma, solía decirse que después del Cerro de la Bufa y los diversos museos zacatecanos, DosFilos y Sampedro eran lo más conocido en esas tierras.)
Con su labor en los talleres de provincia —fue miembro de talleres literarios en San Luis Potosí, Aguascalientes, Durango y Coahuila—, Sampedro fue asimismo un auténtico promotor y misionero de la literatura, responsable de formar o de guiar a múltiple narradores y poetas. De hecho, junto con Daniel Sada, Élmer Mendoza y David Ojeda (y algún otro nombre que ahora mismo se me escapa), Sam y compañía fueron en gran parte responsables en la descentralización de las letras mexicanas.

Escrituralmente, José de Jesús Sampedro estaba en otro nivel. Con el paso de los años, Sam logró un estilo único e identificable: era una prosa poética muy sonora y rítmica. Ensanchaba el lenguaje a su gusto y antojo. Apoyado en los signos de puntuación y demás, le daba a sus textos las pausas y silencios necesarios. Su escritura era tan pulcra (precisa) (concisa) (rigurosa), que, al menos para el plumilla que esto escribe, rozaba la perfección. (No fue gratuito su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua.)
Ajeno a las modas, Sampedro tampoco cedió a las urgencias del mercado. Fue autor en realidad de pocos libros, aunque poseía una frondosa bibliografía por haber participado en numerosos prólogos y contribuciones y textos varios en una veintena de volúmenes. Al mismo tiempo, colaboró en múltiples diarios y revistas. Su estilo combinaba —como él mismo solía explicar— la tradición con la experimentación, influenciado sobre todo por el pensamiento y la estética del surrealismo, especialmente de André Breton.
Varias fueron nuestras conversaciones oficiales a lo largo del casi cuarto de siglo de conocernos y de amistad. Para recordarlo en este primer aniversario de su fallecimiento, recupero esta conversación con él…
3
Caminábamos por una de las hermosas calles de Morelia buscando un café o una cantina donde charlar y guarecernos del sol abrasador, cuando José de Jesús Sampedro hizo una confesión: “Sabes, no me gusta mucho que mis amigos, y en general mis colegas poetas, conozcan cuándo cumplo años. Pero es imposible que se les olvide, sobre todo si naces un 2 de noviembre”.
Era una tarde habitual de finales de octubre [de 2010], y alrededor se respiraba una tersa tranquilidad. Luego de algunas llamadas buscándolo en su natal Zacatecas, el azar había hecho que encontráramos a este poeta bretoniano caminando por Morelia, ciudad a la que había llegado para participar en el XII Encuentro de Poetas del Mundo Latino.
—Me parece que esta conversación comienza mal —bromeó José de Jesús Sampedro apenas nos sentamos, y apenas este periodista lanzara la esencial pregunta que nos había llevado hasta él: “Sam, cumples 60 años de haber visto por vez primera la luz del mundo, y 35 de publicar tu primer libro; ¿cómo tomas estos dos hechos en tu vida?”—. Si comenzamos mal —añadió Sampedro con una gran sonrisa— es porque el tema del tiempo se me ha convertido en algo complicado; no sé cómo abordarlo. Y es que, desde que recuerdo, una de mis características principales (cuyo origen desconozco) ha sido esencialmente la de una sensación de nostalgia (con relación a algunas cuantas circunstancias de la vida). De manera que remontarme en el tiempo y ver hacia atrás 35 años de algo, y 60 de otro, no me produce más que asombro, ya que la nostalgia me la ha propiciado de manera permanente la vida. Si tuviera un deseo, éste sería como en el Fausto de Goethe: que mi instante permaneciera sin modificarse. Esa frase: “Detente instante, eres tan bello”, se aplica a mí de una forma perfecta. Así que acepto el transcurso del tiempo; lo que no acepto es que yo transcurra en el tiempo.
—Pero entonces, si esto es así, ¿qué queda hoy de ese muchachito que iba de esquina en esquina por la avenida Hidalgo (¡y con una silla en mano!) recitando poesía de protesta?
Sampedro sonrió, absorto; era como si de pronto se agolparan en su mente aquellos días.
—Permanece absolutamente todo. Cumplo con cierto pudor 60 años, y puedo decirte con toda seguridad que no he traicionado al muchachito que fui. Ni va a ocurrir. Estoy absolutamente convencido de eso… Por lo tanto, nunca lo he olvidado, porque lo vivo aún todos los días…
—Unos días, por otra parte, sumamente complicados, con ciertos niveles de deshumanización como quizá no creímos presenciar en otro momento de la vida. [Recuérdese: eran los 2010 y la mortífera guerra provocada por Felipe Calderón estaba en curso.]
—Es verdad eso, José David. Pero además, yo agregaría que vivimos una ausencia ostensible de utopías. Me parece que dentro de los fenómenos que he experimentado, éste es uno de los que más me desconciertan. Ya no hay una utopía como la que vivimos en los sesenta o setenta; incluso, parte de los ochenta. No hay nada hacia dónde ir, en un sentido espiritual del término… Mira, se pulverizó de una forma atroz y dramática lo que llamábamos izquierda, y con ello también se pulverizó lo que llamamos un mundo mejor (para una vida mejor). Está demasiado lejos el eco de aquella frase bretoniana que aconseja transformar el mundo y cambiar la vida. Ya no hay las suficientes razones, inmediatas, como para hacerlo. Vivimos en un leve páramo, del cual ignoro su porvenir. Esto es lo que no deja de desconcertarme…
—Es urgente, entonces, hallar nuevos sueños…
—Más que urgente, lo creo vital. Yo siempre le estoy diciendo a mis amigos que, por ejemplo, la contracultura de los años sesenta tiene una vigencia más profunda de la que se imaginan. Y es que la contracultura apostó a problemas y temas que, según yo, nunca se resolvieron o no se resolvieron a plenitud. Y que vuelven a asomarse ahora de una forma tímida, furtiva, sesgada, pero que no contemplamos dentro de un mapa humano… Para mí es incorrecto que a la contracultura la concibamos solamente como un tema antropológico; al contrario: creo que es necesario volver a ejercer la crítica tanto moral como política, y lo creo fundamental para los años que vienen… Si no ejercemos una crítica tanto al ejercicio de nuestra conciencia como al ejercicio de lo que creativamente hacemos, no veo más que algo amorfo (y confuso) en el futuro inmediato.
—¿Crees, en ese sentido, que la poesía pueda servirnos de guía?, ¿crees que aún tenga el poder para movernos a la reflexión, al cambio, a la búsqueda de sueños?
—Por supuesto que sí, porque es un espacio de expresión imperecedero. Creo que la poesía ha conservado intactos sus poderes. Más que un ejercicio de escritura, la poesía es un ejercicio de vida; como decía la misma tesis bretoniana: no le vería (o no vislumbraría) ningún sentido a la poesía si no esperara que resolviera unos cuantos problemas importantes para nosotros (y también para mí mismo).
—Si la poesía, como dices, es un ejercicio de vida, ¿fue ésta la que te eligió, o por qué la escogiste para nombrar al mundo?
—Diría que la poesía me eligió, si tuviera que responder así a tu pregunta… Yo creo que soy un electo de la poesía. De otra manera no me explico mi apego a ella. Desde adolescente, la descubrí en poetas afortunados; tuve la suerte de encontrar lecturas y poetas en un momento (supongo yo) decisivo, esencial de la vida. Así que llegué a la poesía en plena adolescencia y, desde entonces, nunca la he abandonado ni me ha abandonado jamás. Además, transformada en otras manifestaciones artísticas (sobre todo en música) me ha proporcionado una razón y una esperanza para la vida.
—¿Qué piensas, entonces, de esas almas que han sido abandonadas por la poesía? ¿No te da tristeza esa gente que no encuentra en ella la esperanza para la vida?
—No-no, en lo absoluto… Estoy convencido que el problema no solamente de la poesía, sino de la lectura de la buena literatura, tiene múltiples causas, no siempre imputables al deseo de las personas. La poesía en lo particular, como tú sabes, ha sido desde un principio un ejercicio de minorías, una lectura de minorías, un gusto de minorías. Leer poesía implica cierto grado de disciplina espiritual. Y, adquirirlo, implica cierta disciplina de vida. En todo caso, lo que abogaría es que la vida contemporánea fuera una vida más benigna, y con oportunidades más dignas para las personas. Es lo que pido.

4
El bullicio de los carros, y el murmullo de los transeúntes, iba y venía en oleadas mientras el poeta surrealista, editor y promotor cultural José de Jesús Sampedro se develaba —poco a poco— ante la grabadora de este periodista.
La charla nos llevó desde luego al movimiento surrealista. Y, por ende, a Breton.
—Creo que el surrealismo está más presente en nuestra cultura de lo que imaginan algunos enterradores profesionales, y está diluido en más expresiones poéticas de las que imaginan algunos académicos acartonados —puntualizó Sam con una sonrisa irónica.
—Hoy, ¿qué queda de esa influencia en tu obra? O mejor aún: ¿de qué manera asumió en su primer libro y cómo la asume ahora?
—Hay un poema de Borges que se llama “Otro poema de los dones”, y ahí escribe una frase que siempre me gustó: “por Schopenhauer/ que acaso descifró el universo”. Cuando años después me repetí esa frase, descubrí que lo mismo pudiera decir de André Breton: “que acaso descifró el universo”. Esto no implica que Schopenhauer no, y Breton sí. No. Sin embargo, creo que Breton lo ha descifrado a un nivel mucho más extenso, mucho más profundo, mucho más humano.
“De manera que cuando leí a Breton, percibí una voz fraterna, una voz cómplice, una voz solidaria, y desde entonces intenté merecer algún eco de esa voz, algún mínimo eco de esa voz en lo que yo comencé a escribir. Mi primer libro no es más que un intento, bastante extremo, de traducir algunas cuantas de las tesis surrealistas a escritura poética. En su momento, la crítica opinó que mi libro estaba escrito a destiempo. Creo que tenían razón. Pero también creo que era una forma distinta de entender el surrealismo. Era una mezcla de escritura automática y escritura absolutamente consciente. Y, en ella, intenté proponerle al lector una relectura de ciertos aspectos del mundo.
“Mi segundo libro suavizó esa dialéctica, por diferentes motivos (que sería largo enumerar), y luego escribí un libro misceláneo donde intenté combinar prosa, poesía, notas, como un collage muy arbitrario. Después publiqué libros colectivos… o, mejor dicho, libros en revistas de una manera suelta. Y, en ciertos momentos, me interesó más escribir que publicar, y luego en otros momentos me interesó más escribir que escribir. Lo que me ha suscitado una tensión no siempre grata, pero sí muy fructífera”.
—¿Es decir que hoy tu escritura pasa más por los caminos de la reescritura?
—En efecto. Yo recomiendo absolutamente la reescritura, una vez conseguida la escritura. Le doy un valor doblemente importante a ésta que a la misma escritura… De hecho, todo mi trabajo pasado, presente y futuro se encuentra en un proceso de reescritura perpetua. Esto es lo que no me gusta de la vida: que no es perpetua. A mí me gustaría medir mi vida en función de mi reescritura. A veces pienso que debería tener la oportunidad de decir: voy a morir cuando acabe de reescribir todo lo que tengo que reescribir, no antes. Y entonces un Dios benigno me dijera: concedido. Así, sería casi inmortal. Y la idea de ser inmortal a mí no me causa ningún problema. Yo sería feliz. Sé que es imposible, y lo lamento. Pero espero terminar de reescribir todo, y decir entonces: ‘estoy satisfecho’, ‘no dejo deuda alguna a ningún lector’.
—¿Y el ritmo de tu poesía? La unión del rock con tu poesía también es una constante…
—Elvis es mi maestro. Sin Elvis no habría nada. Como dice nuestro mutuo admirado Tom Petty: hay tres raíces del árbol en el que estamos: Elvis Presley, los Beatles y Bob Dylan. Todos los demás andamos en el follaje, por aquí o por allá. Pero esos tres son los básicos.
“Tuve la fortuna de escuchar a Elvis cuando era yo un niño. Jamás olvidaré las fiestas de barrio en las que yo, de siete u ocho años, empecé a oír a Elvis, y luego crecí oyéndolo. Lo seguí todo el tiempo, porque no me interesó nada de lo que hizo políticamente incorrecto (como ahora se suele decir). Mi amor por él no decreció. Aún ahora lo estimo. Y, desde luego, aún ahora lo escucho. Después de él, toda la vertiente del rock llegó.
“Ahora que leo mi poesía, pienso que me hizo un beneficio enorme oír rock and roll, porque mi poesía es rock and roll… Tiene rock ahí adentro, rock and roll bretoniano. Esto es lo que tampoco los surrealistas ortodoxos me perdonan. Breton no era muy aficionado a la música. Ignoro por qué. Me hubiera gustado preguntárselo. Sus referencias de música son mínimas, sino es que son inexistentes. Pero le hubiera encantado haber presenciando dos o tres escalas del pop, sobre todo del inglés de los años sesenta o setenta. Sé que le hubieran gustado.
“En mi escritura toda, el ritmo es trascendental. Es mitad el ritmo de la poesía clásica, pero es mucho más vital (y mucho más ostensible) la otra mitad, que es el ritmo rockanrolero. Ojalá que cuando lean algún poema escrito por mí en el futuro, descubran alguna canción o melodía de su preferencia, ya que a veces me descubro diciendo: voy a escribir este poema a ritmo de tal o cual canción. Y, bueno, creo que sí lo he logrado”.
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Así que este es [era] José de Jesús Sampedro. Como él mismo lo dice: “Un tipo que conserva intacta su fe (su certeza) en que aún es perfectamente factible transformar el mundo y cambiar la vida; un tipo que morirá creyéndolo porque un día lo vislumbró, porque un día lo fulminó su proximidad ilusoria… Un tipo aterrado (y feliz), presa de ciertas formas del Más Allá; un tipo al que todo esbozo de aventura lo asusta porque le promete (o le garantiza) el júbilo absoluto…”
Sampedro concluye:
—Para sintetizar todo hoy: la inmortalidad no tiene ningún plan para mí, pero sí tengo algún plan para ella. Y fin de la entrevista. Gracias… Para decirlo a la manera del gran Chuck Berry: “Basta. Déjame en paz. ¿Qué no te das cuenta de que casi me convierto ya en un adulto?”
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Mientras concluyo de redactar estas líneas, bebo y brindo ahora a la memoria de José de Jesús Sampedro. Siguiendo su propia receta, me preparo entonces esa deliciosa bebida creada y bautizada por él como Sam Gin.
Y, sí. La Gloria.
¡Salud, Sam! ![]()
Nota bene: una primera versión de la entrevista fue publicada en su momento en las desaparecidas páginas culturales del periódico El Financiero.



