Aquiestancia
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Detenido
Julio 2026
Casa-resguardo. Casa-refugio. Pero, también, nos dice el poeta Lauro Acevedo —al reflexionar sobre los integrales de un signo, sobre la esencia para una posible definición o significado de casa—, lancémonos al descubrimiento de nuestro ser y construyamos otras casas además de las ya conocidas. “Aquí me refiero a construir casa-poemas. El poema es mi casa y yo soy la casa del poema. Tal vez para eso fui creado en esta dimensión. Me escrituro en cada sonido y sueno en cada escritura, sueno y soy otro cada instante”.
En un día de tantos, practicando la lección frente a mis alumnos de lingüística aplicada, observamos los integrales de un signo. Al reflexionar sobre uno en particular seleccionado al azar, cuyo significante es el sonido casa, en el momento clave de cuestionarlos sobre la esencia para una posible definición o significado (es decir, el sentido verdadero de ese signisendero), iniciamos el recorrido mental y los rostros de asombro empezaron a ocurrir, pues siempre resultaba una cuestión de parecencia con otras significaciones.
Así transcurrió la clase.
La inquietud sembrada quedó en los corazones y en las mentes, también en la mía, que ya en el reposo de mis aposentos, bien llegada la noche, inicié este acercamiento a una limitancia: ¿cómo poder contener en conjunto breve lo verdadero de un signante, de ese conjunto de guturaciones que encierran tantos recuerdos, sonidos consonantes y vocálicos, que tienen de por sí tantas resonancias?
Entonces me acerqué un poco a las tejeduras de registros y, con buen acierto, mis ojos empezaron a llevarme a conocer diversos laberintos, todos ellos emparentados con melodías silábicas muy bellas y muy adentradas en la vivencia. Así llegué a estar cerca de sonancias como el primitivo y originario kes, que percute en los oídos al tiempo primigenio como diciendo cortar, y esto remonta al momento de dejar las frondas arbóreas y después las oquedades rocosas para al separar en trozos ciertos materiales al alcance, construir un resguardo —qué maravilla, comienza a surgir el perfume de las esencias formadoras—: claro, una casa es un resguardo ante las acechanzas externas, el clima, los otros seres vivos ajenos a la especie y particulares por su agresividad que nos diferencia (aunque a veces no nos lo parezca tanto).
Al continuar en ese buscar con atención aterricé en la sonante fracción lexemática ket, que trae consigo el término más melodramático de habitación. Sí, qué hermoso canto, y no necesariamente de sirenas. Pero, lo más impresionante fue cuando me acerco y en mis oídos resuena al fragmental kat que se aparece sin fantasmagorías como unir y tejer, claro, alguna vez, entre la bruma de los milenios, separamos materiales para con esas rasgaduras tejer el resguardo, sigue prevaleciendo esta canción de res-guardar. En el sendero de los laberintos encontré en aberturas por donde se filtraban las luces de otros códigos rítmicos como los sonantados en los pueblos hebreos antiguos, donde el letramen kisá también nos llevaba a tejer pero a la vez a cubrir-nos.
De sorpresa en sorpresa descifro entre los asentamientos griegos la tejedumbre fónica oikos, que trae como cercantes, propiedad y pertenencia. Esto me lleva por el sendero de los tiempos en que se compuso la sinfonía literaria llamada Biblia y el grupo fónico integrado en el signo bayit que agrega descendencia (¿de los árboles?), se refiere al linaje que un campo semántico también encierra, un descenso o descendencia, esa danza en la que participamos todos los humanos.
Entonces, en ese vértigo de sonsonancias hice un acercamiento al significante refugio, a ese lugar para guardar mi persona y mi salud y mi bienvivir, rememorando adecuaciones a las ramas del amoroso árbol del origen, adecoraciones a la oqueda pétrea, me acerco a la sonaja que repercute en sus punciones musicales como dormitorio, y allí, en ese momento circunstancial de la vivencia humana, viene a mi mente el descanso profundo y con ello el descanso final, pero, también, el nacimiento, el renacimiento en el amanecer continuo de los días, alba permanente de nuestro tiempo vital; luego, la cocina, melodía alquímica donde se dan los favores de los nutrientes que ocupa mi cuerpo para su sobrevivencia, lugar de mezclas de acertijos saborenciales de toques arománticos, de digitales pruebas sazonarías, de encuentros saboréales, deleite paladísimo y precioso, alegría saborante, restablecimiento de la energía y favorescente existencial.
Entonces, paso a escuchar el repiqueteo del signo baño, mi mente inicia un remolino de punciones y me lleva a las melodías de las signancias; limpieza, purificación, quitar lastres, dejar en claro, proteger mi vestuario biológico que es la piel, caricia del agua, terapia, despejamiento de acechantes, y allí le paro porque los remolinos pueden convertirse en tornados demasiado acuciosos y tal vez destructivos. Me allego al componente techumbre, esa urdimbre que se localiza al voltear hacia arriba y más allá de la casa, a esa tejumbre que si bien nos oculta las estrellas nos protege, nos resguarda, delimita el infinito del cosmos a una finitud habitable o a guardar nuestras cosas profundas en los pisos superiores de la consciencia.

Estoy tejiendo este escrito en mi estudio que es otro compositorio de la casa y aquí danzan los signos sobre la faz blanca de la hoja, se forma la orquestación de mis pensamientos alrededor de la música de los renglones en esa pauta de la colocación de los sonidos reverberantes y divertidos. Está presente también esa parte del rompecabezas sonantado como sala, allí se constata mi ser grupario, mi ser cuadrilloso de gavilla, mí ser de los socios en los socios y por los socios, los amigos, los parientes, los cercanos. El lugar del esparcimiento dentro del resguardo, en el árbol fue el aire, en la oquedad el frente cercano libre de malezas traicioneras, hoy la parte para amorar a mis conracianos. Así podría enumerar otras sonajas como el lugar para guardar los ropajes, los disfraces, las modancias y mudancias, circunstanciales de la apariencia, pero que, originalmente, también fueron resguardos en los momentos que desapareció la selva del pelaje.
En todas esas rememoraciones fénicas, danza de aforencias y saltos malabáricos me voy encontrando con los (des)límites, deslindes del signo casa para acordar, tal vez, una probable definitud.
El sonido más cercano del vocablo que nos ocupa proviene del simil latino, pero con la abrogadura de que signaba a una choza de pastores puesto que la residencia principal era domus, cultismo al fin de la elegancia fonérica de un código y desde luego de allí iríamos a la sonoridad de palacio, castillo ya en sonoridades más agresivas —digo, por las translaciones de dominio—; sigamos en los vericuetos y las entre aberturas del laberinto significancial definitante. Luego que nos digan que una creación es una variante; ante esto, insisto, toda variante tiene sus grados de originalidad. Por qué anoto esto. Por esa tendencia a no internarnos en los sonidos que cotidianamente lanzamos al viento, en ese espacio confortante de nuestras zonas fijas.
Lancémonos al descubrimiento de nuestro ser y construyamos otras casas además de las ya conocidas. Aquí me refiero a construir casa-poemas, sonoridades que nos resguarden, que nos lleven a los fines más anhelados del reconocimiento cercano de lo humano: esto, vernos tal cual en verdad somos, una amalgama misteriosa de bien y mal, pero infiero que no en extremo porque somos una danza de matices y estos preámbulos de los extremos los descubrimos por medio del arte; y el arte en su máxima musicalidad está en la creación maravillosa: en la palabra; las palabras entonces son casas, sí en la acepción materna primitiva, choza sencilla de pastores, sin más atributos de lujo que el protegernos de la inclemencia de los tiempos, de la impostura de las acechanzas. Pensar así nos conduce dentro del laberinto a reconocer al arte como la casa mayor dentro de todas las casas.
La creación de poemas nos lleva de la mano hacia la casa-poesía. Esa casa que habitamos y que nos habita como todas las casas en ese giro del cuadrado semiótico que implica el adentrarnos en una definición, hasta convertir el cuadrado en una estrella de múltiples y diversos picos, y si esta estrella la convertimos a un movimiento tridimensional nos dará un cuerpo cósmico, un átomo del infinito, pero una eteridad asible en la palabra casa.
El poema es mi casa y yo soy la casa del poema. Tal vez para eso fui creado en esta dimensión.
Me escrituro en cada sonido y sueno en cada escritura, sueno y soy otro cada instante, parafraseando al poeta obscuro Heráclito, no habitamos nunca en la misma casa, porque algo en nuestro habitar cambia cada vez que abrimos las puertas de la creación o tal vez Parménides tiene razón y hay un ser permanente que es nuestra esencia, la única casa hasta el fin de los tiempos.
Aquí me aquieto, me estancio, me aposento, me habito, me resguardo. Me musicalizo y me transcribo. Entro a mi guarida. Me identifico y me refugio. Me reconozco como referente, significado, significante y norma de existencia. Prosodia, analogía, sintaxis y ortografía de mi ser primigenio. Gramática de mi ser texto de y de mi ser contexto, aunque esto de “con” sea una ilusión: soy escritura y escriturante.
Única y misteriosa poesía. ![]()



