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Tres textos para releer a Óscar Enrique Ornelas

De Benito Juárez a Carlos Fuentes, pasando por la FIL de Guadalajara

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Detenido

Julio, 2026

Nació en Chihuahua (México) el 1 de octubre de 1954. Aunque estudió sociología, Óscar Enrique Ornelas Hernández se dedicó sobre todo al periodismo. Al buen periodismo, se entiende. Ejercitó el oficio en la hoy ya desaparecida —y también ya legendaria por la diversidad de nombres que pasaron por ella y las páginas que tenía a diario— sección de ‘Cultura’ del periódico El Financiero, dirigida por Víctor Roura. Tras renunciar al diario para participar en un proyecto editorial que fracasó, regresó a la tierra que lo vio nacer. Siguió ejerciendo el periodismo cultural como pudo y en donde pudo, pues debido a su independencia de criterio y su personalidad —iconoclasta, irreverente, crítico irredento— no fue nada fácil para él. Por esos mismos rasgos de su persona, no tenía cabida en ninguna cúpula cultural —o partido político—, de ahí que ninguna institución oficial informara sobre su muerte, acaecida en los últimos días de junio de este 2026 a los 71 años. A manera de homenaje —y para recordar al buen Óscar Enrique— reproducimos tres textos de su autoría.


Bicentenario de Benito Juárez

Óscar Enrique Ornelas
[Marzo, 2006]


El gobierno de Vicente Fox comenzó con un gesto antijuarista. La hija mayor del presidente irrumpió con un crucifijo el día de la toma de posesión de su padre. Luego el propio Fox descolgó el retrato de Juárez de Los Pinos. Ahora el gobierno foxista será el que concluya la celebración del bicentenario de Juárez. Sutil paradoja.

¿Pero quién fue realmente Benito Juárez García, nacido en San Pablo Guelatao, Oaxaca, el 21 de marzo de 1806?

Según nos decían en la escuela primaria, México era tan democrático y existía tal igualdad de oportunidades que un “indito”, Benito Juárez, llegó a ser presidente de la nación. Además del racismo implícito en la palabra “indito”, estamos ante lo que el fallecido Luis González y González llamó la “historia de bronce”, reverso de cualquier investigación crítica.

González y González define así la historia centrada en los homenajes en un texto incluido en la recopilación El oficio de historiar (Clío/Colegio Nacional, 1995):

“La historia de bronce mantiene su prestigio como guía moral, maestra de pundonor y faro de buen gobierno. Los pedagogos creen a pie juntillas que algunos hombres de ayer dejaron gloriosos ejemplos dignos de ser emulados por los hombres de ahora, que la evocación de su conducta es el medio más eficaz para la reforma de nuestras costumbres. Los maestros de la escuela mexicana están convencidos de que las hazañas de Quiroga, Hidalgo, Juárez y los próceres de la revolución, bien contadas por los historiadores, harán de cada niño mexicano un hombre merecedor de la medalla Belisario Domínguez.”

Juárez es, desde luego, el máximo ejemplo de la historia de bronce y la famosa frase de don Benito, tomada en realidad del filósofo alemán Immanuel Kant, es la cereza del pastel: “Entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Paradójicamente, el mito de Juárez fue construido durante el porfiriato, el régimen del general que se levantó en armas contra el benemérito. El Hemiciclo a Juárez, por ejemplo, fue inaugurado el 10 de septiembre de 1910. Ante ese mito, los nuevos liberales de finales del siglo XIX y principios del XX —el magonismo que se convirtió a la larga en anarquismo más o menos convencional— contrapusieron su propio Juárez.

Uno de los secretos de Juárez, que heredó don Porfirio, consistió en apoyarse en maquinarias políticas implacables, como lo demuestra el historiador estadounidense Laurens Ballard Perry en su libro Juárez and Díaz: Machine politics in México (1978), traducido al español por Era.

Al preguntarle su opinión al respecto a Enrique Krauze durante una entrevista publicada en esta sección, el historiador dijo que él prefería ver a Juárez como “chamán” e hizo algunas disquisiciones al respecto. Sobre lo mismo, el historiador británico David Brading tuvo una opinión diferente (en otra entrevista con El Financiero), coincidiendo con el juicio de Ballard Perry:

—Juárez ha sido tan mitificado después de su muerte que es difícil precisar cuál fue «el verdadero Juárez», como reza el título del famoso libro de Francisco Bulnes. Lo que resulta indudable es que estuvo a la cabeza de toda una generación de políticos, caudillos e intelectuales que hicieron la Reforma… No sé qué tomar más en cuenta de su personalidad, pero Juárez fue siempre un hombre muy ligado a su gabinete. La prueba es que lo conservó durante tanto tiempo y en las condiciones más adversas. Sebastián Lerdo de Tejada pasó todos esos años con él… Juárez fue creando un Estado y un régimen que no puede ser catalogado de ninguna manera como una dictadura vulgar: se trató de la obra de una generación de políticos que tejieron una red nacional de poder, tanto en las capitales de los estados como en las localidades. En ese sentido el libro de Perry es bueno.

Durante todo el siglo XIX se contrapusieron dos visiones de la reforma del país surgido del virreinato de la Nueva España. La de Lucas Alamán, cercana a la postura conservadora británica, de amoldar la reforma al orden de cosas, y la del doctor Mora, partidario de poner fin al monopolio de la iglesia y de los propietarios tradicionales. Triunfó esta última, pero con resultados inesperados. La desamortización de los bienes del clero y de las comunidades indígenas trajo consigo el despojo de las tierras comunales, el reforzamiento de los agricultores criollos, el surgimiento del rancho (pequeña propiedad) y la apertura de toda clase de facilidades para la inversión capitalista. Las dos mil siete personas o compañías que redimieron valores o capitales, desvinculando capellanías en 1862, fueron, en su mayoría, algunos de los usureros y comerciantes más connotados de la época: Bermejillo, Limantour, De la Tijera, Del Barrio… La ley del 16 de noviembre de 1900, que declaró definitivamente concluida la nacionalización de los bienes del clero, terminó con la inquietud de los compradores de 1862.

Benito Juárez. / Ilustración: Secretaría de Cultura federal.

Ministeriales y oposición

El 15 de julio de 1867, luego de la victoria militar y política sobre el imperio de Maximiliano, Juárez y su gobierno regresan a la ciudad de México. Los periódicos de la capital vieron el acontecimiento como una boda o como el retorno de un hijo ausente:

“La ciudad se engalanó para la fiesta como se engalana la novia para recibir al deseado esposo: colgaduras, gallardetes, coronas, flores por todas partes; y sobre todo alegría y contento en los semblantes, eran el preludio del entusiasmo que se manifestó luego”, escribió un redactor de El Globo.

El cronista de El Siglo XIX ofreció esta nota:

“Por fin, hoy a las nueve de la mañana, ha recibido la ciudad de México a su gobierno con el entusiasmo y la alegría que una madre tiene al volver a ver, tras una larga ausencia, a los hijos predilectos de su corazón…”

Pero pronto empezaron las disensiones entre los liberales.

Juárez convoca a elecciones, pretende dar el voto al clero, busca que el Congreso otorgue facultades extraordinarias al presidente e intenta licenciar a parte del ejército, lo que para muchos fue un error. Algunos liberales jóvenes consideran que Juárez trata de hacerse con un poder excesivo. Surgen dos facciones: los ministeriales y la oposición.

El grupo ministerial se forma con los personajes cercanos a Juárez como Sebastián Lerdo de Tejada, Matías Romero y el secretario-yerno: Pedro Santacilia. Se les llama los “inmaculados” y son partidarios de la formación de grandes haciendas. En la oposición se agrupan periodistas como José María Zamacona, Ignacio Ramírez y Vicente Riva Palacio. Un caudillo empieza a surgir entre ellos: Porfirio Díaz Mori.

Juárez no era entonces el héroe de bronce. Los liberales jóvenes piensan que ha traicionado sus principios. Dada la libertad de expresión existente, Juárez es atacado mediante caricaturas y poemas satíricos, medios idóneos en una sociedad analfabeta. Periódicos como La Orquesta, La Tarántula y El Padre Cobos pintan a Juárez como un dictador. Durante su gobierno, Juárez enfrenta 15 rebeliones armadas. Al final habría ocupado la Presidencia durante tres lustros, electo o por designación.

Juárez es apodado El Cura por los opositores y sus ministros “los Hijos del Cura”. El ministro de Relaciones Exteriores y Gobernación, Lerdo de Tejada, recibe el mote de El Jesuita en honor de su pragmatismo y de sus estudios universitarios.

Ireneo Paz, abuelo de Octavio Paz, satiriza a Lerdo en El Padre Cobos: “Como tus hechos con dolor descarno./ Inspirados tal vez por el Averno,/ De Maquiavelo miro en ti el encarno…/ Dime ¿has de ser el poder eterno?/ No lo permita Dios, márchate al Arno,/ Quítanos, padre santo, tal infierno”.

Más tarde, el juarismo se divide en juaristas y lerdistas, mientras que la oposición postula a Porfirio Díaz. Según Ignacio Ramírez, Juárez es la maquinaria política, Lerdo la clase económica y Díaz “el pueblo”. Quién lo dijera.

El periódico satírico La Orquesta pinta a los tres personajes como el trío de reyes magos que adora al niño Dios de la silla presidencial.

La división entre los liberales se agudiza y surge, entonces sí, el nuevo caudillo: Porfirio Díaz.

El periódico lerdista Juan Diego describe la situación mediante un poema satírico: “No quisiste, señor, a tiempo irte, / Muy lejos de estas tierras con tu corte, / Porque la Patria tu bolsillo surte. / Y hoy tengo el sentimiento de decirte / Que algo muy negro avanza por el norte, / Que es muy posible que la silla te arrebate”.

En estas condiciones, y luego del golpe emocional que para Juárez significó la muerte de su esposa Margarita Maza, fallece el presidente víctima de una angina de pecho. Es el 18 de julio de 1872. La propia oposición se conmueve: “De la ternura santa/ Brindémosle las flores;/ ¡Bardo! Sus glorias canta,/ aunque cantando llores/ que fue padre de México/ y hoy es cadáver ya”. (La Orquesta, 24 de julio de 1872.)

Elisa Buch, descendiente directa de Juárez, proporcionó a este diario un texto del historiador Alejandro Rosas que describe el momento dramático de la muerte de Juárez.

El lunes 16 de julio de 1872, escribe Rosas, don Benito comió con gana. “La cocinera de palacio le preparó un suculento menú que incluía sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles acompañado de una salsa de chile piquín, fruta y café. Por si fuera poco, tomó media copa de Jerez y saboreó algo de pulque. Al caer la noche se abstuvo de cenar, pero no se negó una copa de rompope. Luego de leer algunas páginas del libro Curso de historia de las legislaciones comparadas, de M. Lerminier, se retiró los anteojos, apagó la pequeña lámpara que iluminaba su recámara y durmió como un bendito. A lo lejos se escuchaba el grito de la guardia que hacía su ronda”.

Un reportero de El Federalista, citado por Rosas, hizo la crónica del prócer en su lecho de muerte:

“Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de su cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida, que con el eterno y profundo sueño de la muerte.”

Caricatura de Juárez. / De la exposición Juárez bajo el pincel de la oposición, 2013. / INAH.

Los liberales y el indio

“En el siglo XIX, con los liberales, surgió la curiosa concepción de que declarando a todos iguales se iban a resolver los problemas —hizo notar en entrevista publicada en estas páginas el historiador Luis González y González—. Pero ésa fue una cruel ilusión que dio lugar a más males que bienes.”

—¿Cómo miraban los liberales a los indios, don Luis?

—Partían de la idea de que no debería haber una división entre unos seres humanos y otros. Que era necesario considerar a todos los habitantes de este país con las mismas características y los mismos propósitos y necesidades. Total, los liberales fueron miopes para ver la desigualdad que privaba en México. Entonces despacharon leyes que hacían caso omiso de las diferencias culturales entre los diversos grupos de este país tan desigual.

—Aunque Ignacio Ramírez, El Nigromante, sí veía las diferencias. Usted cita su dicho de las 105 culturas mexicanas. ¿Nadie lo escuchó?

—El Nigromante era un liberal con mucho sentido crítico, pero normalmente los liberales en el poder veían a los indios iguales al dueño de un gran negocio aquí en la Ciudad de México. El resultado fue que por esa falta de percepción de las diferencias entre unos grupos y otros, entre unas religiones y otras, se consiguió un desarrollo más o menos apresurado en ciertas zonas urbanas y un retraso en muchos aspectos de la vida del país.

La expropiación, mediante las Leyes de Reforma, de los bienes corporativos de la iglesia católica, ¡y de los pueblos!, representó para la parte más tradicional de la sociedad mexicana el embargo de su espacio cultural. Eso explica por qué fue tan enconada la Guerra de los Tres Años, señala Annick Lempérière en el libro colectivo Inventando la nación / Iberoamérica. Siglo XIX (FCE, 2003).

“Sin esta dimensión cultural no se comprende a cabalidad por qué se quisieron suprimir los bienes de todas las corporaciones, religiosas y municipales —subraya Lempérière—. La ley que abrogaba los recursos de que disponían estas entidades para ocupar el espacio público ponía fin a la existencia de aquella red horizontal de iniciativas festivas y hacía del Estado el único maestro de ceremonias de la República. Con razones sólo políticas y económicas, ¿por qué se habrían prohibido, por ejemplo, las procesiones religiosas en las calles? Que los símbolos hayan tenido mucha importancia en la actuación de los liberales lo demuestra otro decreto de 1859 en Veracruz, que por cierto no era de lo más urgente desde el punto de vista político y militar, puesto que fijaba el nuevo calendario oficial. El decreto hablaba solamente de «días festivos», en la lista de los cuales se confundían fiestas religiosas y fiestas cívicas. El artículo tercero derogaba «todas las leyes por las cuales había de concurrir el cuerpo oficial a las funciones públicas de las iglesias». Estas disposiciones ceremoniales iban a consagrar visiblemente la separación entre la iglesia y el Estado.”

La batalla cultural sigue hoy en día, como lo demuestran ciertas acciones del presidente Fox. Pero el juarismo ha ganado la batalla del laicismo. Hasta el propio secretario de Gobernación, Carlos Abascal, hijo del ideólogo sinarquista Salvador Abascal, ha tenido que reconocer hace unos días la vigencia de Juárez. Leyes como la de Matrimonio Civil (23 de julio de 1859) y la de Registro Civil (28 de julio de 1859) paradójicamente favorecieron a un divorciado como Vicente Fox. En otros países de América Latina el divorcio siguió siendo problemático durante mucho tiempo.




Hoy, la gente de la tele compite escrituralmente con los Nobel

Óscar Enrique Ornelas
[Diciembre, 2006]


Cursilería, literatura, periodismo en crisis e incertidumbre de la democracia, los desafíos de Internet, premios merecidos e inmerecidos, gente de la televisión que publica libros probablemente hechos por algún redactor fantasma, una ministra sin cartera que sale llorando. De todo hubo en la FIL Guadalajara. Presentamos un collage.

No la dejaron hablar

La mujer sale llorando de la Expo Guadalajara custodiada por Raúl Padilla, presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Es Sari Bermúdez, titular del Conaculta durante el gobierno de Fox. No la dejaron hablar. Una multitud encabezada por Salvador Martínez Della Rocca, alias El Pino, veterano del movimiento de 1968 y funcionario lopezobradorista, no paró de abuchearla. Carlos Monsiváis recibía en ese momento el premio literario anual que entrega la FIL. Monsiváis tiene ya una estatua. Se ha vuelto inmortal. En medio de la aglomeración un muchacho lanzó un grito: “¡Carlos Monsiváis, no te mueras nunca!” Así es esto del culto a la personalidad. El siguiente tumulto ocurrió cuando hizo su arribo Felipe de Borbón, principe de Asturias. El hombre llegó sin su esposa Letizia, la antigua conductora de televisión que le dio vuelo a la hilacha mientras vivía en Guadalajara como estudiante de Comunicación. Este reportero presenció el espectáculo de escritores tomándole fotos al príncipe. México se ha salvado de la monarquía de puro milagro.

Lo que dista de representar un milagro es la cifra dura: Quiúbole con… (Aguilar), el libro de Gaby Vargas y Yordi Rosado, muy elaborado, por cierto, ya rebasó en ventas a Carlos Fuentes dentro del Grupo Santillana. El día de la presentación en la FIL fue necesario ampliar la sala Juan Rulfo —que, como todas, es desmontable— para que cupiera el público. Ni los cuatro premios Nobel asistentes lograron tal respuesta del público. Además de Vargas y Rosado las grandes estrellas literarias de México son ahora Chespirito, Brozo y Paty Chapoy.

Se cumple la predicción del cronista y dramaturgo Salvador Novo hecha en los años cincuenta del siglo pasado: la gente de la televisión pronto empezará a competir con los escritores en la industria editorial. Se tardó medio siglo, pero ya está ocurriendo.

El historiador francés Roger Chartier se refirió precisamente al problema de la lectura durante el quinto Foro Internacional de Editores.

Las librerías tradicionales e independientes están destinadas a desaparecer, señala. “La librería tradicional encuentra nuevos competidores: la venta directa, la venta de libros en los emporios multimedia como la FNAC (en Europa) o las Virgin Megastore (en Estados Unidos), que venden también computadoras, televisores o CD. Más recientemente encuentran la competencia del comercio electrónico”.

Amazon.com es hoy el tercer vendedor de libros en Estados Unidos. El incremento de ventas de este sitio de Internet fue del 14 por ciento entre 2002 y 2004 y del 18 entre 2004 y 2005. Cada vez hay menos librerías propiamente dichas.

Los lectores han caído. Chartier ofrece el siguiente panorama:

—En Estados Unidos, el 58 por ciento de la población adulta no leyó un solo libro después de los años de la educación media superior; 68 por ciento nunca ha entrado en una librería; 44 por ciento de los libros comprados en 2002 fueron adquiridos por gente mayor de 55 años.

La situación en América Latina es igual o mucho peor. Pronto estarán listos los datos definitivos de la Encuesta Nacional de Lectura en las Escuelas de Educación Básica realizada por la SEP. Los resultados muestran el fracaso del sistema educativo nacional.

—Lean literatura —recomienda a los jóvenes el conocido escritor español Juan José Millás durante el IV Encuentro de Promotores de la Lectura—. La literatura es un muro de conocimiento que nos acerca a la realidad a la que no se puede acceder de otro modo… Solicito que lean, aunque no me lean a mí.

En su juventud, recuerda Millás, la lectura era una actividad transgresora. A él le prohibían, por ejemplo, leer novelas, según cuenta. Las tenía que leer “bajo las sábanas”. Hoy los jóvenes manifiestan su malestar lanzando piedras, rayando las paredes (grafiti) o incendiando automóviles (como en Francia). “No saben que con esos actos fortalecen al sistema hasta extremos inimaginables”.

En 2006, Monsiváis recibió el Premio FIL de Literatura en el marco de la 20 Feria Internacional del Libro de Guadalajara. De izquierda a derecha, Carlos Fuentes, José Saramago, Carlos Monsiváis, Sari Bermúdez, Gabriel García Márquez, y Nadine Gordimer. / © FIL Guadalajara

Los diarios en crisis

El periodismo también vive situaciones críticas frente a la juventud. El periodista francés Jean-François Fogel explica el panorama:

—Los diarios están en crisis, las revistas logran cierta audiencia y el periodismo de nicho, como el de negocios, tiene cierto porvenir.

—¿Qué es lo que quieren los jóvenes?

—Cultura y que se hable de sus problemas. Los periódicos tienen que adaptarse.

Incluso Felipe González, expresidente de España, se refirió a la importancia de la lectura. Dijo:

—Leer es un alimento para nuestra propia riqueza. A veces decimos: “No encuentro palabras”. Pues lea. Porque no las va a encontrar en los chats, ni en el lenguaje de Internet, ni en la televisión. Allí va a encontrar una lengua de mil 500 palabras que excluye otras 30 mil palabras con todos sus matices. Se puede aprender español con mil palabras, pero es una pena.

Siendo un acontecimiento literario, la FIL fue transmitida puntualmente por Televisa y por W Radio. Gritos, programas supuestamente jocosos. Todo un circo.

Le preguntamos su opinión a Pablo Boullosa, quien trabaja en programas de televisión como La dichosa palabra.

—¿La cultura se ha vuelto circo, Pablo?

—Nuestra parte del circo no es nueva. En TV Azteca hemos venido a la FIL desde hace tres años. En ese sentido nuestro circo ya tiene tradición.

—Sin payasos no hay circo…

—Te voy a dar mi opinión. Creo que nadie sabe realmente si este barullo que estamos observando ayuda a los libros. Pero sí estoy convencido de que este barullo carece de sentido si no generamos más lectores. Esa es la paradoja esencial de una feria como la de Guadalajara. Es un acto multitudinario pero que debe traducirse siempre en una multiplicación de actos solitarios. Leer es un acto de soledad. Lo demás es un pretexto para lo que sea. Lo esencial, insisto, es que surjan nuevos lectores.

—Leer fue alguna vez un acto multitudinario. En la antigüedad se leía en voz alta.

—Así es. Incluso hay todas estas historias sobre quién inventó leer en silencio. Pero ese acto está ligado íntimamente a la idea del individuo. Es algo moderno. La idea de la libertad individual va ligada a la lectura en silencio. Desde luego, podemos reinventar la lectura multitudinaria, y está bien que suceda algunas veces; pero si queremos generar individuos libres tenemos que procurar la lectura en silencio. Eso es lo que desarrolla todas las potencialidades de un individuo… Sobre la feria yo diría que tendría que ser una fiesta de quienes leen en silencio. Si eso se logra o no se logra, no tenemos capacidad de medirlo.

—¿Qué hacen ustedes como Azteca Siete?

—Nuestro programa pasa los domingos en horario cultural, a las nueve de la mañana, y venimos a la FIL a hacer entrevistas con escritores y a invitar a la gente a leer. Todos los programas que hacemos para Azteca o para Canal 22 sólo tienen sentido si generamos lectores. Si no, somos un espectáculo más. Y esta sociedad no necesita un espectáculo más.

José Saramago, retratado por Carmelo Rubio. / Foto: Editorial Alfaguara.

Lectura como espectáculo

Un día después de esta charla con Boullosa la realidad pareció contradecirlo. Llegó el actor Gael García a la feria y causó grandes tumultos. Esa noche leyó en el Teatro Diana fragmentos de Las intermitencias de la muerte, novela más reciente de José Saramago. La menos lograda, según los críticos menos complacientes. Pero ahí estaba Saramago junto con García. La lectura se maneja como un espectáculo.

—No es algo corriente que se haga una lectura sobre un libro que acaba de salir… Se hace sobre el escenario y por lo tanto no es una lectura a secas —señala Saramago—. Yo soy el que no debería estar ahí. No soy actor y, además, no hablo correctamente el castellano. Aunque yo preguntaría quién habla correctamente el castellano. Si lo supieran y me dicen cómo, yo aprendería.

Cuando nacemos, dice Saramago, firmamos un pacto para toda la vida. La lucidez empieza cuando uno se pregunta quién ha firmado esto en mi nombre. “Ahí nos liberamos”.

Saramago se mete en la política mexicana. ¿Que le apliquen el 33? Explica:

—He hecho unas declaraciones a la prensa que a lo mejor no le van a gustar a Andrés Manuel López Obrador… Lo importante es México, no el político… Sobre todo los 50 millones de pobres. ¿Qué es lo que están haciendo los escritores mexicanos delante de un pueblo como el mexicano donde hay unas oligarquías que abusan y abusan? ¿Todo esto nos da el derecho de decir que es tiempo de que los perros aúllen? Ya están aullando en Oaxaca.

Y es que la política siempre anda rondando la FIL. El programa oficial del Encuentro Internacional de Ciencias Sociales consigna que el subcomandante Marcos es uno de los ponentes. Se crea un tumulto, aunque mucho menor que el generado en torno al príncipe Felipe o Gael García. Marcos no llega. Se anuncia que canceló. Corre el rumor de que había exigido una entrevista con Joaquín Sabina. Extraoficialmente, un sociólogo ligado al neozapatismo comenta a este reportero que nunca se había confirmado su asistencia. Tampoco hay una ponencia a su nombre. En el Encuentro se habla de los problemas de la democracia latinoamericana, del populismo, de la reforma del Estado.

Uno de los ponentes es el sociólogo brasileño Emir Sader. Le ha sucedido una cosa de lo más extraña pero, al parecer, comprensible en estos tiempos. El senador brasileño Jorge Bornhausen creyó que el presidente Lula iba a perder las elecciones de este año y declaró que el país se iba a librar de “esta raza” por lo menos durante los siguientes 30 años. En el contexto brasileño semejante afirmación es de corte discriminatorio racista y está penado por la ley. El sociólogo Sader escribió una crítica muy dura al senador y éste lo acusó de difamación. Un juez le dio la razón a Bornhausen. Sader fue sentenciado a perder su puesto en la Universidad de Sao Paulo y otras sanciones penales.

—¿Qué fue lo que pasó con Bornhausen, señor Sader? —le preguntamos.

—En Brasil la discriminación es un delito. Bornhausen quiso defenderse diciendo que yo había malinterpretado su declaración y que lo había difamado. Pero usted sabe que en Brasil cierta elite aristocrática usa esa expresión de “raza” para descalificar al pueblo. El senador me demandó y yo dije que mi intención no había sido la de ofender sino expresar la indignación de los sectores que se sienten discriminados. Pocos días después de las elecciones, un juez ligado al partido liberal de Bornhausen sacó esa condena de cárcel. Soy reo primario porque la condena que tenía en la dictadura militar fue abolida por la amnistía. Así que no iría a la cárcel sino que tendría que pagar un servicio a la comunidad, además de perder mi cargo como profesor obtenido mediante concurso público. Todo esto afecta la libertad de prensa y la autonomía universitaria. Me parece que la condena es totalmente desproporcionada. Así que fue un exabrupto. La verdad es que los sectores conservadores perdieron la pelea ante la opinión pública. Por eso es una especie de represalia. La sentencia está suspendida.

—Aquí en México una declaración como la de Bornhausen sería inconcebible. Es posible recordar alguna en un diario hace ya muchos años. La raza es cosa de orgullo. Pancho Villa manejaba el concepto…

—Sí, en Brasil hay una discriminación explícita, aunque escondida, contra los negros y los mulatos en particular. De eso se trata. El hecho que tengamos un presidente de la República, no importa la opinión que se tenga sobre su gobierno, que fue obrero y es nordestino, por lo tanto mulato, causa una incomodidad muy fuerte entre algunos sectores. El problema es que los conservadores creían que habían logrado desmontar el gobierno de Lula y empezaron a decir en público lo que dicen en privado. A lo mejor en México se dicen cosas horribles en privado. Bornhausen es un banquero conservador ligado a la dictadura militar que tuvimos en Brasil.

—En México los escritores neoliberales consideran a Lula parte de la “izquierda responsable”, un moderado…

—Yo creo que Lula ganó porque se mostró menos moderado al final. Si el criterio fuera la moderación, habría ganado el candidato de la derecha. Lula ganó por su política social. Hay que recordar que Brasil es el país más injusto del mundo y nunca se había hecho política social. Repartir recursos mensuales a 50 millones de personas, darle electricidad rural a quien nunca la ha tenido y dar microcréditos es algo realmente novedoso. El presidente anterior, Fernando Henrique Cardoso (curiosamente, también sociólogo), tenía a su mujer, que es antropóloga, al frente de la política social, pero no hizo nada. El voto de Lula fue abrumadoramente popular.

—Pero Lula echó del Partido de los Trabajadores a la gente de la oposición.

—Lula se apropió de la política económica de la oposición. Va ir cambiándola poco a poco. Todos tienen que negociar con él. No tienen base social para poder desbancarlo.

—¿Cuál es la discusión ahorita en el Encuentro Internacional de Ciencias Sociales?

—En general se hacen encuestas preguntando si a los latinoamericanos nos gusta la democracia. Pero nunca se pregunta si a la gente le agrada el tipo de sociedad que tiene. Le preguntan a un joven pobre, desempleado, si prefiere votar o tener empleo. Obviamente responde que prefiere tener empleo. El voto no le da empleo. No es que desprecie la democracia. Lo que pasa es que la mayor parte de los latinoamericanos carecen de contrato de trabajo, no son ciudadanos desde el punto de vista social, no son sujetos de derecho. La democracia política no propicia la democracia social. La mercantilización va en sentido contrario. Hay una disputa brutal por pocos empleos. La democracia se vació prematuramente. Aunque se elijan presidentes progresistas, si no hacen nada por la parte social pierden legitimidad. En los últimos años han caído 11 presidentes latinoamericanos. Ninguno por golpe militar, sino por pérdida de prestigio.

—¿Los gobiernos llamados populistas estabilizan o desestabilizan el sistema político?

—Yo creo que tienen que dar ciudadanía. En Venezuela, que es un modelo, en Brasil, que es otro, y también en Bolivia, estos gobiernos están incorporando a gente excluida a la ciudadanía política, social; cultural, incluso. Es un fenómeno positivo. Ahora lo que procede es que estos sectores tengan voz propia y autonomía.

Un pacto con el diablo

El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, autor de Cómo hacer que funcione la globalización (Taurus), entre otros libros, coincide en cierta forma con Sader. Dio una conferencia magistral en la FIL y plantea en síntesis lo siguiente:

—Para gran parte del mundo, la globalización, al menos tal y como se ha gestionado, es como un pacto con el diablo. Unos pocos se hacen más ricos; las estadísticas del PIB, si es que sirven para algo, son mejores, pero las formas de vida y los valores básicos están amenazados. En algunas partes del mundo los beneficios son todavía más tenues y los costos más palpables. La mayor integración en la economía global ha traído mayor estabilidad e inseguridad, y más desigualdades. Y ha puesto en peligro los valores fundamentales.

Stiglitz piensa que no tiene por qué ser así: “Podemos conseguir que la globalización funcione, y no sólo para los ricos y poderosos, sino para todos, incluidos los ciudadanos de los países más pobres. Es una tarea larga y dura. Pero ya hemos esperado demasiado. Es hora de poner manos a la obra”.

En esta ocasión, el crítico y antiguo editor de origen jalisciense, Emmanuel Carballo, recibió un homenaje por su labor como periodista cultural. Lo encontramos un par de días antes en el Hilton Guadalajara:

—Don Emmanuel, ¿es cierto que usted nunca le pagó al escritor cubano Reinaldo Arenas, el de Antes de que anochezca, por la novela que le publicó en México?

—Eso lo explico en mi libro editado por el Conaculta. No le pagábamos a nadie. Esos libros eran para apoyar la revolución.

De regreso a México, Carballo va en clase turista. El Pino Martínez Della Rocca, el mismo que le gritó a Sari Bermúdez, viaja en clase premier.




Me la he pasado de profeta, aunque yo quiero ser exorcista: Carlos Fuentes

Óscar Enrique Ornelas
[Agosto, 2006]


En lugar de la presentación tradicional, Carlos Fuentes salió a promover Todas las familias felices (Alfaguara), su novela más reciente, mediante una firma de libros. Es lo que indica la mercadotecnia. Al público le gusta eso. Luego hubo entrevistas, no muchas. Desde su silla alta, con el reportero abajo, para que quede claro, Fuentes responde a las preguntas.

Pura Realidad. Es lo que ofrece Carlos Fuentes en Todas las familias felices. Aunque toda literatura tiene un aspecto onírico, dice Fuentes en entrevista, “aquí estamos hablando de realidades muy concretas de la vida individual de las familias y del coro de la vida colectiva que las rodea”.

—Siempre se dice que “sucede hasta en las mejores familias”, señor Fuentes, aunque más bien parece que la violencia permea a todas las familias…

—Siempre hay un negrito en el arroz —responde el escritor—. Viene desde la Biblia. Una pareja mala que se llama Adán y Eva. Unos hermanos que se matan unos a otros, Caín y Abel. Toda la tragedia griega. Medea mata a sus hijos por despecho de celos de su marido. Una madre es asesinada por sus hijos, Electra y Orestes. Antígona desafía el poder del Estado en nombre de la familia. Las familias siempre están en la base de la sociedad, de la literatura y de la realidad. Si las familias son seres aislados estamos expuestos a que nos coma el tigre o el orangután. Estamos en la selva solitarios. De manera que el primer núcleo de defensa es la familia. Es la base de la tribu, de la sociedad, de la nación y del Estado.

—Y a la familia la rodea el coro, según consta en su libro…

—El coro es la voz colectiva de la violencia, del desamparo, de la pobreza, del rencor, de muchas cosas que rodean al individuo más seguro de sí mismo.

—¿Usted cree que el presidente Fox haría lo que el presidente Mayorga en su libro: irse a meter a los campamentos perredistas de Reforma para calmar al populacho?

—Eso lo hizo Lázaro Cárdenas. Se presentó en medio de una manifestación almazanista que lo iba a ver. No marchen, les dijo, aquí estoy con ustedes. Estaba en medio de una manifestación hostil. Cárdenas también se presentó en San Luis Potosí durante la rebelión de Saturnino Cedillo. Llevaba sólo su pasta de dientes y un pijama. Salió al balcón del Palacio de Gobierno y se acabó la rebelión.

—Oiga, pero no fue así exactamente, a Cedillo lo bombardearon en su búnker para que se terminara el bochinche. Lo hicieron papilla.

—Ah pues sí, había que defenderse. Fue la última insurrección armada de México. Esperemos que no haya otra nunca.

—¿Usted cree?

—Yo creo.

—Pero los ocupantes lopezobradoristas de Reforma están diciendo que “revolución si no hay solución” a su demanda de contar voto por voto y casilla por casilla.

—Es un eslogan.

—¿Por qué le interesó manejar el tema de la familia para hablar de la sociedad?

—Porque no lo había hecho. Hay muchas familias en mis novelas pero no había enfocado con precisión el tema de las familias, sobre todo de las familias y su relación con la sociedad circundante. El individuo que encuentra protección o no en la familia pero que de todos modos está desamparado en una sociedad cada vez más violenta.

Carlos Fuentes en 1987. / Foto: Bernard Gotfryd (Wikimedia Commons)

—¿Esto lo escribió usted recientemente?

—En los últimos dos años.

—Es que se pueden notar algunas intuiciones suyas…

—Siempre he intuido. En La región más transparente intuí lo que iba a convertirse esta ciudad: la expansión de la marcha urbana que lo devora todo. Entonces la Ciudad de México tenía cinco millones de habitantes. En Cristóbal Nonato predije que iba a haber un presidente del Partido de Acción Nacional. Me la he pasado de profeta, aunque yo quiero ser exorcista. Quiero que no pasen las cosas… y el exorcismo se convierte en profecía. He tenido a Condolezza Rice de presidente de Estados Unidos…

—¿Ahorita no le ha llegado alguna iluminación sobre lo que está pasando?

—No quiero. Son puras pesadillas.

—¿Pero se imagina alguna forma de solución?

—No puedo adivinar. Estoy desconcertado. Todo se me ha salido del huacal. Temo mucho. Veo un peligro de que los cauces institucionales sean desbordados. No lo quiero. Quiero que no pase. Me alarman tanto las declaraciones de López Obrador como cierta pasividad de Felipe Calderón. No sé qué va a pasar entre esos dos polos. Pero fíjese que no puedo escribir [sobre la situación política] porque todos los días cambia la cosa. El artículo de hoy se me vuelve viejo en las siguientes 24 horas. Es una rapidez bárbara. Yo quisiera, sabe usted, que México marchara hacia un bipartidismo de tipo europeo: una socialdemocracia en la izquierda y una democracia cristiana en la derecha. Lo que estamos viendo es un regreso al siglo XIX mexicano. Una división entre liberales y conservadores, ¡hágame el favor! Es como si no hubiera habido Benito Juárez y tampoco Revolución Mexicana. Estamos llegando a un anacronismo. Podemos vivir en un anacronismo que puede destruir la institucionalidad y la vida civilizada entre ciudadanos. Es lo que temo.

—¿Se acuerda del “bogotazo” de abril de 1948, aquellos disturbios en Colombia? Ahí anduvo Fidel Castro…

—No quiero hacer comparaciones. De veras.

Pero Fuentes no se aguanta y suelta:

—Un amigo me dijo que [lo del megaplantón del Zócalo-Reforma] es como la Marcha sobre Roma de Mussolini… Ja já. No lo debí haber dicho, ¿verdad?

El poder y los compadres

En “Una familia de tantas”, narración con la que Carlos Fuentes comienza Todas las familias felices, el personaje Pedro Pagán es el padre que levanta la propiedad rural después de la guerra cristera y enseña a sus hijos todo lo que deben saber sobre el rancho ubicado en tierras sobrias y parsimoniosas como las de los Altos de Jalisco. Pese a su posición ideológica y a su intención de convertir a sus hijos en sacerdotes, Pagán es del PRI. Cómo no serlo. Gracias al régimen de la “pequeña propiedad”, Pagán, un hacendado en sentido estricto, recibió la benevolencia de los sucesivos gobiernos priistas. Por eso el coro griego que aparece en todo el libro de Fuentes informa puntualmente en el siguiente capítulo: “Don Pedro tenía cincuenta y dos años / su compadre don Félix cincuenta y cuatro / los reunió la pila del bautismo / Pedro fue padrino del hijo de Félix / Félix fue padrino de la hija de Pedro / Se juntaban los domingos para la barbacoa familiar / Los dos eran partidarios del PRI / añoran al PRI porque con el PRI había orden progreso seguridad para gente como Don Pedro y Don Félix / Ahora sin el PRI / no / Sólo una vez se irritaron / En la fila para votar por el PRI / Madrugué yo primero / Te equivocas yo llegué antes que nadie / Qué más da Félix si al cabo los dos vamos a votar por el PRI”.

Carlos Fuentes disecta el poder en su libro:

“El poder es una cobardía, es nuestra cobardía, quería decir Augusta en voz alta y no se atrevía porque la asaltaba la convicción de que sus hermanas no entenderían sus palabras. Y tampoco las merecían. El poder es una cobardía porque no nos atrevemos a ser poderosos. El poder es la papa caliente que tenemos que pasarle a un pobre individuo inerme, desnudo, mediocre, sin imaginación, espiritualmente desolado, un ser estúpido al que ungimos con la corona y cubrimos con el armiño que nosotras mismas no nos atrevemos a usar. El emperador es el reflejo deforme de nuestra impotencia. Lo malo es que una vez que le entregamos el cetro, el escogido se cree de verdad poderoso. No sabe que su fuerza es prestada. La asume sin responsabilidad porque las responsables somos nosotras. Ya no podemos reemplazar al jefe. Sólo matándolo. Colgándolo de las patas en una plaza pública. Arrinconándolo como a una rata en un patio sombrío. Condenándolo al olvido en lo más hondo de una prisión cargada de goteras y privada de palabras.”

El periodista Óscar Enrique Ornelas. / Foto: Ignacio Galar Martínez.

 

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