«Alpha»: un viaje oscuro y solitario hacia el autodescubrimiento femenino
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Detenido
Junio, 2026
Debutó con Voraz —una alegoría del canibalismo como expresión del deseo sexual—, y luego con Titane —una cyborg fábula sangrienta— ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2021. Reconocida como una de las nuevas figuras del terror corporal francés —el body horror—, Julia Ducournau regresa con un nuevo filme, menos provocativo que sus anteriores trabajos pero ahora con una obra más personal y profunda: Alpha, la historia de una adolescente que se encuentra en una etapa de autodescubrimiento mientras el mundo a su alrededor se colapsa ante una deshumanizante pandemia. En esta nueva entrega de ‘La Mirada Invisible’, Alberto Lima se detiene en ella.
La creación de un universo femenino insondable, imperfecto, impreciso y falible, alejado de la autocomplacencia, el oportunismo o el incendiario ánimo panfletario en contra del patriarcado, es el rasgo distintivo en la aún exigua obra de la apreciada cineasta francesa Julia Ducournau (París, 1983). Sin embargo, más allá de que sus protagonistas no sean precisamente luchonas, exitosas, independientes y empoderadas para ser consecuentes con los tiempos actuales, éstas transitan los farragosos caminos del autodescubrimiento y la madurez a partir de la autorreferencialidad del cuerpo y la determinación de probarlo en las zonas oscuras del ser, a partir del cuestionamiento de la familia y la fantasía grotesca. Alpha, su más reciente filme, no es la excepción a lo hecho previamente por Ducournau, aunque desde el punto de vista genérico, sí sea distinto.
En un mundo distópico, la adolescente de trece años y de ascendencia argelina Alpha (Mélissa Boros), durante una fiesta y estando alcoholizada, será tatuada sin su consentimiento con una letra “A” malhecha en el brazo izquierdo. Al volver a casa, cuando su madre doctora (Golshifteh Farahani) comience a desvestirla antes de bañarla para bajarle la borrachera, le descubrirá el tatuaje, desatando entonces la cólera y el temor de la mamá porque en la ciudad hay un virus mortal capaz de petrificar la piel, el cual se transmite a través de la sangre contaminada. Así, la chica Alpha enfrentará los días venideros lidiando con la llegada inesperada a su hogar del tío drogadicto Amin (Tahar Rahim), los escarceos amorosos con su amigo-pretendiente Adrien (Louai El Amrousy), pruebas de sangre en el hospital donde trabaja su madre y visitas familiares a casa de la abuela, mientras el letal virus que azota a la población local continúa propagándose.

Como es habitual, con guión de su propia autoría, el tercer largometraje de la incandescente cinerrealizadora parisina Julia Ducournau concentra un discreto drama de ciencia ficción, moderando más el estilo gore que ha definido sus cintas anteriores, aunque aquí la sangre continúe fluyendo, porque más allá de la distopía y la paranoia circundantes, hay en el filme un trasfondo que rinde un minucioso homenaje a las raíces argelinas de la directora, el cual se aprecia en la recurrencia de la lengua bereber —la cual por cierto no habla la jovencita Alpha—, las tradiciones orales a las que la abuela hace referencia, como el polvo rojo cual símbolo del demonio, o lavar con agua a los enfermos para sanarlos, tal y como ocurre cuando el tío Amin sufre una sobredosis. De este modo, ambas temáticas se entrelazan a partir de una edición deliberadamente inconexa del editor habitual de Ducournau, Jean-Christophe Bouzy, que prefiere renunciar a la linealidad del relato convencional y entonces disgrega los distintos episodios de ambos temas principales para acentuar el ánimo inestable y atemorizante que invade la cinta, reforzado con los gélidos pasajes sonoros del también habitual compositor británico Jim Williams, y la lóbrega fotografía del otro infaltable y crucial miembro del equipo de la cineasta, el belga Ruben Impens, con sus ya reconocibles contrapicados y la nerviosa cámara en la mano que gusta de meterse debajo de las sábanas para padecer al límite los malestares de sus protagonistas.

Si bien en Voraz (2016) ese canibalismo heredado por dos hermanas estudiantes de veterinaria enmarcaba una película de horror novedosa y entretenida, y en Titane (2021) con aquella chica, algo androide, de sexualidad ambigua y violenta que luego de incinerar a sus padres recalaba en un padre postizo para terminar dando a luz una criatura medio humana y medio artificial, ambas cintas mantienen una vinculación directa con Alpha respecto a la institución de la familia como eje identitario que es a la vez formativo, mantenedor de tradiciones y cultura, pero también es entorno fisurado donde existen vacíos, como la falta de un padre en la chica Alpha, y el cual intentará llenar con ese tío ya sometido a las drogas que es incapaz de protegerla, tal y como lo revelan los flashbacks de la Alpha niña a la largo del filme, y en donde la madurez temprana arribará a la fuerza como consecuencia de las traiciones del primer amor con ese jovencito Adrien, cómplice y traidor del malhadado tatuaje, o debido a la muerte de un ser querido que se disgrega sin remedio posible.

Un virus que petrifica la piel de modo que ésta termina abrillantada y frágil como ocurre en la espalda del tío Amin, con esa población severamente enferma que no puede ser recibida por los hospitales debido al sobrecupo y la escasez de personal médico, que de alguna manera remite directamente a la pandemia del covid-19; una secuencia detallada y virulenta del tatuaje como iniciador de la desgracia y la incertidumbre; noches aciagas donde Alpha y el tío se retuercen de dolor en sus camas ante la mirada impotente de la madre; un viaje decisivo, nocturno y solitario, entre Alpha y el tío donde se imbricarán el pasado y el presente de ambos, con culminación fatal en una habitación de motel, para dejar atrás entonces a la adolescente Alpha, y ascender con dolor y templanza hacia la mujer Alpha y su autodescubrimiento, aunque esto le cueste terminar llorando sangre mientras su madre acompañará los restos del tío en la casa familiar, en medio de la pertinaz tormenta rojiza. ![]()



