Artículos

En México, el futbol se escribe sin acento (y otros no anglicismos)

Los variantes y cada vez más colonizados usos y abusos del castellano en el deporte de las patadas

Escuchar esta nota

Detenido

Junio, 2026

Aunque en esta revista cultural no somos conspiranoicos, cuatro años después algunos de los integrantes de este proyecto periodístico siguen pensando que el campeonato mundial de futbol Qatar 2022 fue un regalo para Lio Messi y para las marcas comerciales que habían invertido en él. (El desglose que hizo la revista Forbes sobre lo que el jugador argentino ganaba al día, tomando en cuenta su sueldo fijo en un club y contratos publicitarios, era obsceno incluso para los estándares del capitalismo salvaje en el que estamos inmersos.) En fin… Cambiado pero reconocible, tan polémico como célebre, siempre emotivo y a veces hermoso, la fiesta futbolera ha llegado. Durante cinco semanas, millones de personas someterán al deporte mejor publicitado del planeta para examinar su estado de salud. Jugadores, tendencias, modas tácticas, cambios: este jueves 11 de junio inicia el Mundial de Futbol. El periodista Sergio Raúl López, forofo de este deporte, se suma a la celebración futbolera.

En México le llamamos futbol, así, sin acento. En Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, España y otros países hispanohablantes, suelen colocarle el acento en la sílaba grave, tal y como se pronuncia en el idioma original, que es el inglés de Inglaterra, el antiguo gran imperio anglosajón en el que se originó el juego, sus primeros encuentros e incluso sus reglas primigenias redactadas en 1863 por los integrantes de la imperial English Football Association —si bien alumnos de las universidades de Cambridge y miembros del Sheffield Football Club redactaron las suyas, los primeros en 1856 y los segundos en 1858—, redactadas en 13 puntos que no incluían porteros ni porterías —sino postes en los que se podía anotar a cualquier altura—, árbitros, número de jugadores o límite de tiempo y que modernizaban —por decirlo de algún modo— las tradiciones que se basaban en una bola pateada como una suerte de combate que, poco a poco —y sin dejar de serlo del todo, a la manera de la guerra ritual o real—, se fueron afinando como un encuentro deportivo, un match para emplear el inglés originario de este deporte una vez establecido primigeniamente.

Un par de décadas más tarde se establecerían las 17 reglas actuales, que hace 140 años dicta, adapta, moderniza o, simplemente, deja pasar, la Junta Internacional de la Asociación de Futbol (IFAB, por sus siglas en inglés), fundada en Manchester, en 1886 —actualmente con su cuartel general está en Zúrich—, ya establecen el tamaño mínimo y máximo del campo, sus líneas divisorias, las faltas, las tarjetas, los fuera de juego, los saques de banda, los tiros de esquina, los despejes y los tiempos tanto regulares como suplementarios, además de las formas de definición hasta llegar a los tiros de penal o incluso, in extremis, un volado con una moneda oficial. El organismo aparentemente es independiente de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), que posee no sólo un asiento con voz y voto, sino tiene cuatro votos, el 50 % del total, siendo complementado por las asociaciones futbolísticas fundadoras, que son la inglesa, la escocesa, la norirlandesa y la galesa, cada una con derecho a un voto solamente.

(Porque claro, ahora se habla de las tradiciones medievales de patear un objeto redondo entre una infinidad de personas más preocupadas por abatir al contrario que por vencerlo, sea el calcio italiano, el folk o mob football inglés, e, inclusive, el cuju chino, el episkyros griego, el harpastum romano o el juego de pelota mesoamericano, sea de raíz tolteca o maya, ollamaliztli o ulama, y también pok-ta-pok o pitz, respectivamente.)

Es decir que no sólo en sus orígenes sino en su actualidad, el futbol no sólo proviene del Reino Unido sino que tiene, evidentemente, un absoluto cariz anglosajón proveniente del Imperio Británico, que no ha logrado sino alzar una sola vez y en casa la ambicionada Copa del Mundo. Este rasgo característico nos ha legado un amplio vocabulario originado en inglés y adaptado, traducido o incluido en el idioma de cada región en que se practica —el castellano en nuestro caso. Palabras como gol (goal), ofsaid (offside) corner (corner kick), penal (penalty shot), drible (dribblibg) o wing (left o right wing), evidentemente, se castellanizaron a partir de los términos ingleses originales.

Pero el castellano no es el mismo, ni mucho menos, en los países hispanohablantes.

Póster oficial del Mundial de Futbol 2026.

El acento que estorba

El asunto es que si queremos imitar la pronunciación original, habremos de acentuar la primer sílaba y tildar la u, tal y como resulta usual en los países europeos o sudamericanos, por lo tanto le escribimos como fútbol. Y el propio autocorrector de las aplicaciones o procesadores digitales —que van desde el Word hasta las notas o el propio Whatsapp— nos marcarán como lo correcto tal hecho, sin importarle que en México y otras regiones centroamericanas lo pronunciemos cotidianamente como una palabra aguda, por lo que las mismas reglas de la lengua dictan que no debe acentuarse.

Pero en el castellano digital, y el de la programación computacional, impera lo castizo, lo aparentemente correcto, tal y como lo marcan los caballeritos que se reúnen en Madrid para dictar las normas de la Real Academia de la Lengua (RAE). Y justo esa imposición —igual que la que obliga o de plano hace que se acentúe cóctel, aunque acá lo pronunciemos coctel, es decir, sin tilde—, será acatada con rigurosa religiosidad, es decir, con fe ciega y temor reverencial, por autores, redactores, correctores de estilo de periódicos, revistas, medios electrónicos y, por supuesto, páginas digitales, videos en línea o en textos de las redes sociodigitales, lo que por mera costumbre será imitado por el público en general, que no se atreve —ninguno de ellos, en realidad— a poner en duda la localía castellana de tales normativas, que no pueden extenderse al mundo latinoamericano, de ninguna manera por simple uso cotidiano de las variantes dialectales regionales.

(Es como aceptar que guión es una palabra de una sílaba sola y no bisílaba, asunto que me quedó más que claro cuando, charlando con la enorme actriz guatemalteca María Mercedes Coroy, me relató que decidió incorporarse a una película independiente neolonesa porque la convenció la sola lectura del gui-ón, así con esa prístina claridad de pronunciación bisílaba y no de hiato, como lo mandata la RAE hace más de una década, pero frecuentemente estas variantes dialectales locales y regionales son ignoradas supinamente por el cónclave de la RAE —y adelante seré más profuso en ejemplos.)

Igualmente apuntaré que cuando el locutor grita, a todo pulmón, una anotación, siempre será más emocionante usar el término gol que el de punto a favor o diana o acierto, punto o, terminantemente, meta u objetivo, como podría traducirse correctamente, no provocan el mismo efecto.

Hay que aceptar que esos gritos desgañitados que consumen por completo el aire resguardado en los pulmones e hinchan las cuerdas vocales por el esfuerzo son una de las razones del entusiasmo colectivo de todo radio o telespectador.

—¡GOOOOOOOOOOOOLLLLLL!— es un grito/gozo universal que hace palpitar los corazones de millones, en un lenguaje más que universal, omnímodo.

La percepción como acto de fe

Nada más lejos de erigirse como un deporte exacto, irrebatible, científico, el futbol es más un encuentro emocional, en el que a los factores físicos se imponen los de resistencia mental, e incluso, de imaginación, de invenciones virtuosas realizadas por jugadores atrevidos mismos que, gracias a un regate, a un madruguete o a un golazo no sólo emergerán triunfantes, harán la vuelta olímpica o campeonarán sino que incluso pasarán a la historia (y la prueba será el catenaccio italiano y sus cuatro campeonatos del orbe, por citar un ejemplo obvio). Así de sencillo.

Pero esta condición provocará que el equipo dominante, el más virtuoso, el mejor entrenado, el que mejor opera individual o colectivamente, no siempre salga triunfante sino que sean muchos y muy diminutos factores los que permitan alzar trofeos o salir triunfantes de un partido, pues en estos enfrentamientos entre equipos de once individuos no impera la lógica o la capacidad deportiva únicamente. Acá no gana el que corre más rápido, el que brinca más alto o el más fuerte, como dicta la máxima olímpica y como ocurre en el atletismo, la natación o la halterofilia. Y tampoco ocurre que el simple criterio de los jueces permita despojar de la victoria a los mejores de la justa, como suele ser la norma en deportes tan disímiles como el boxeo, la gimnasia, la marcha (o caminata) o los clavados, en los que suelen ocurrir, aquí y allá, de cuanto en cuanto, terribles injusticias que devienen en dolorosas cicatrices que han de permanecer para siempre.

El futbol no es una ciencia exacta ni mucho menos, en sus resultados intervienen por partes iguales el azar, la fortuna o la viveza, e incluso esa malicia atávica, callejera, heredada de generación en generación por países en los que la práctica de esta disciplina ha sido religiosa y cuidadosamente preservada tras el ejercicio colectivo de las malas artes, del juego rayano en la trampa y de las faltas, empujones o fintas que descolocan al rival. Incluso —y esto es una característica que detesto—, cuando un equipo defensivo, encerrado, dispuesto a despejarlo todo y a armar barreras infranqueables logra hacerse de la pelota con una falta que el árbitro indolente no alcanza a marcar, hará un contragolpe que desequilibre las inercias regulares del encuentro y, probablemente, acabará en la anotación de la diferencia, en el marcador del triunfo final, en la recompensa ante el sufrimiento de la defensa a ultranza (como ocurrió en el clásico Brasil-Argentina de Italia 1990, con el pase magistral del genio Maradona al velocista mañoso Caniggia).

Pero este asunto de la verdad o de la realidad no se queda al interior de la grama pues una circunstancia similar ocurrirá también con los aficionados, pues dependiendo del favorito de cada uno será su medición de las acciones de juego. Los seguidores de un equipo no mirarán el enfrentamiento con el rigor o la neutralidad de lo que en realidad ocurre en el campo, no, jamás, verán un resbalón como un penal irrebatible y una mano a favor como un simple accidente. La falta más dura no merecerá tarjeta roja si el que la comete porta los colores de su preferencia. Y, al contrario, el clavado —en España le llaman piscinazo— o la simulación de una falta, levantarán los reclamos airados si el infractor —que merecería una amonestación por su acción—, pertenece al clan propio (recordemos, nada menos, que a Arjen Robben en el famoso México-Holanda de 2014, el conocido coloquialmente como “no era penal”). Lo real no importa cuando uno es campeón junto con su equipo. Cuando se celebra entre bengalas, cervezas, banderolas, bufandas, espumas, camisetas o carteles, la justicia y la exactitud son hechas de lado (como en los festejos de Chivas o de las Águilas americanistas tras varias pifias arbitrales). Lo que importa es ganar, y no hay mucho más que eso.

Ilustración: J.D.R. | SdE

Sinonimias y términos importados

Pero si la percepción personal, particular, individual, egoísta resulta más importante a la hora de vivir el juego, que no disfrutar, porque la mayor parte de las veces se sufre, con un estrés y una angustia que quitan las ganas incluso de mirar el partido mismo, esperando un final favorable para soltar libre la euforia colectiva entre el gentío, o bien contrario, para retirarse en silencio para rumiar individualmente la frustración.

Pero más allá de las emociones o de lo deportivo, aquí entra la lengua. Porque si originalmente se adaptaron las reglas del juego, sus tácticas y las palabras que lo describen del inglés británico, con el tiempo esa influencia ha ido variando y, sobre todo, mutando, para entregarnos un ecosistema lingüístico laxo, colonializado e incluso ignorante de la etimología y los usos originales de cada término.

Los ejemplos, es obvio, abundan.

Le llamamos el juego —incluso hasta antes del auge del mucho más leal y entregado futbol femenil se le nombraba como “el juego del hombre”—, aunque también se le puede decir encuentro, pero a veces se cuela el original que es match, para combinarlo con el castellano: “match deportivo”. O habrá quien a los tiempos extra, que es cuando ningún equipo pudo realmente imponerse al otro con anotaciones, por lo que han de jugar dos periodos de 15 minutos cada uno, a lo que, dependiendo si se es argentino o español se le puede nombrar como prórroga o incluso alargue. Cuando el balón se patea desde el área propia hacia el otro lado del campo, la palabra despeje puede emplearse en México pero podremos escuchar a los narradores de las cadenas estadounidenses asentadas en la Argentina, que se ejecuta un saque de puerta. Y no olvidemos que un taquito nacional en Sudamérica se convertirá en un caño y un jugador que ocupa la posición de extremo será en aquellas tierras australes un wing (que se traduce como ala, un término que igualmente es propio del futbol americano o del rugby).

Habrá otros usos que escucharemos en los analistas y locutores deportivos como el pleonástico “salir fuera” que podría simplemente describirse como alejar el balón o despejar, pero que ya ni siquiera se reflexionan (lo cual demuestra que entre futbolistas devenidos en periodistas no ha mediado ningún periodo de preparación rigurosa ni siquiera prolongada). Y esto se corrobora con el empleo de la palabra escorar, un término marítimo que se utiliza para describir la inclinación de un buque hacia algún costado debido al viento o a las condiciones climáticas, o incluso el apuntalamiento de la nave para evitar que se mueva, pero que en los micrófonos resulta que describe el movimiento de un equipo hacia uno u otro lado de la cancha o, peor aún, de la modificación de la trayectoria de un balón hacia algún lado y no en línea recta.

Ya no digamos de los tiros penales, esos que ocurren cuando incluso en la prórroga, es decir, al terminar los tiempos extra, aún no hay un ganador y cinco jugadores de cada equipo tirarán hacia la portería únicamente con el guardameta frente a ellos, desde un punto colocado a once metros, una tanda de penales que a veces nombran como lanzamiento de uno más uno (¡!) o incluso muerte súbita. E incluso cuando el balón se arroja hacia dentro de la cancha con las manos, en un saque de banda, puede decirse también saque lateral. O a la afición, es decir, a los seguidores de un equipo se les llama hinchada en Argentina un término que empieza a utilizarse cada vez con mayor frecuencia en México.

Prohibiciones y castigos a medias

Pero lo más preocupante, más allá de las muletillas, de las imitaciones gratuitas y del abuso del lenguaje que, por lo popular de las transmisiones de este deporte, van a acabar influyendo en el habla masiva y mayoritaria de nuestras sociedades, es nada menos que la prohibición. Apenas en el encuentro amistoso México-Ghana en Puebla, una parte importante del estadio local fue inhabilitado por un castigo a la Federación Mexicana de Futbol porque en los estadios se popularizó el gesto de levantar ambos brazos, menear las manos y gritarle al arquero rival: “¡Eeeeeh… puto!”, mientras realiza su despeje. Esta práctica, casi tan común como “la ola” —importada de las ligas infantiles de beisbol— o el grito de “¡Sí se puede!” —popularizado en la inolvidable final Toluca-Necaxa del verano de 1998 pero también retomado de un campeonato binacional infantil beisbolero—, es considerado con todo derecho una expresión homofóbica, si bien su intención en el estadio sea simplemente la de externar el rechazo al jugador contrario, se ha constituido como la mayor afrenta en el ámbito mexicano que es acompañada de advertencias, de detenciones o suspensiones de los partidos e incluso de multas y cierres de estadios.

Yo sólo me pregunto por qué no ocurre lo mismo con ese otro grito igualmente común pero menos castigado y que reza: “Que lo vengan a ver/ que lo vengan a ver/ eso no es un portero/ es una puta/ de cabaret” o incluso otros como “Tengo una muñeca vestida de azul… chinguen a su madre los del Cruz Azul”, y el muy popular “El que no brinque es Tigre/ El que no brinque es puto”. O los narradores que se piensan sofisticado al expresar que un jugador ha “mojado”, cuando anota un gol, o que “vacunó”, expresiones de los ganaderos argentinos para referirse a la penetración y eyaculación de una vaca por un toro. Las innegables connotaciones sexuales denigrantes no alcanzan a ser entendidas, en estos otros casos, por la FIFA y menos aún a reprenderse o intentar prohibirse.

Hablar o callar

Cada uso de la lengua es válido y no habría de prohibirse sino entenderse. Las palabras que en algún país pueden castigarse y perseguirse en el otro no tienen el terrible y oprobioso significado en otro. Y las malas palabras en aquel no tienen mayor relevancia en este. En estas fechas mundialistas, y más ejerciendo la anfitrionía —así sea de 18 partidos de un total de 104, apenas el 17.3 %—, deberíamos aprovechar la ocasión, aunque sea de manera mínima, para reaprender el lenguaje del futbol usual en México y reivindicar no sólo el gran negocio ni las enormes figuras famosas y glamorosas que acudirán, sino también para mantener la cultura local y las variantes dialectales propias por sobre la influencia casi siempre nefanda y contaminante, de los narradores y de los futbolistas importados, porque tenemos una larga, muy larga tradición propia. Quizá incluso llamarle también balompié, una castellanización bastante acertada de aquel término inglés del football y no sólo escribirlo sin acento.

Al menos por amor propio.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button