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Miguel de Cervantes Saavedra, 410 aniversario mortuorio

El licenciado Vidriera

Abril, 2026

Si cualquier día es bueno para hablar de William Shakespeare como apuntamos aquí días atrás, lo es también cuando se trata de ese otro grande de las letras universales: Miguel de Cervantes Saavedra. Fallecido curiosamente también en el abril de 1616, se cumplen ahora 410 años desde que partió de este mundo para exigir de igual manera su lugar en la inmortalidad. Novelista, poeta y dramaturgo, es autor de una de las novelas más emblemáticas en lengua española (y una de las más importante de la literatura universal): El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En este aniversario luctuoso, Víctor Roura recuerda al escritor español.

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La editorial Cátedra obsequió a sus lectores, el 23 de abril de 2003 —Día Mundial del Libro, fecha en que coincidentemente murieran, en 1616, Miguel de Cervantes Saavedra (el 22) y William Shakespeare (el día 23)—, un volumen con piezas sueltas de estos dos grandes literatos de la lengua hispana e inglesa.

Y es ocasión buena para traer a colación esa ejemplar noveleta intitulada El licenciado Vidriera que el autor de Don Quijote publicara en 1613, tres años antes de su fallecimiento: “Paseándose dos caballeros estudiantes —dice Miguel de Cervantes— por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol, durmiendo a un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador. Mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado y que iba a la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí y escribir también”.

Y al contestarles que lo que buscaba era honrar a sus padres con sus estudios, “siendo famoso por ellos”, porque había oído decir que “de los hombres se hacen los obispos”, los dos estudiantes quedaron gratamente conmovidos y decidieron acogerlo en su seno. El adolescente, de nombre Tomás Rodaja (“de donde infirieron sus amos, por el nombre y por el vestido, que debía de ser hijo de algún labrador pobre”), dio prontamente muestras “de tener raro ingenio, sirviendo a sus amos, con toda fidelidad, puntualidad y diligencia que, con no faltar un punto a sus estudios, parecía que sólo se ocupaba en servirlos”.

El licenciado Vidriera. “Novelas ejemplares”.. Ilustración de Pedro Moreno para la exposición 16 personajes que maravillan y… Miguel de Cervantes (2016).

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Dice Cervantes Saavedra, en esas sus puntillosas frases que con el paso del tiempo se harían populares refranes, que “como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor a tratarle bien, ya Tomás Rodaja no era criado de sus amos, sino su compañero”.

Finalmente, “en ocho años que estuvo con ellos, se hizo tan famoso en la universidad, por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido”. Su principal estudio fue de leyes, “pero en lo que más se mostraba era en letras humanas; y tenía tan feliz memoria que era cosa de espanto, e ilustrábala tanto con su buen entendimiento que no era menos famoso por él que por ella”.

Entonces, Rodaja recorrió mundo hasta encontrarse con el capitán don Diego de Valdivia, que lo instó a trasladarse a Italia, donde visitó sin cansancio los rincones de aquella patria ajena, mas querida. Y habiendo cumplido con el deseo que le movió a ver lo que había visto, determinó volverse a España y a Salamanca a acabar sus estudios; y como lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada [el capitán Valdivia], que le rogó, al tiempo de despedirse, le avisase de su salud, llegada y suceso”.

Así lo hizo Rodaja, sin saber que a su retorno conocería a la mujer que, por no responder a su pasión (dado que Tomás “atendía más a sus libros que a otros pasatiempos”), sintiéndose desdeñada y aborrecida, acordó (observando que con medios “ordinarios y comunes no podía conquistar la roca de la voluntad de Tomás”) recurrir a los hechizos aconsejada de una morisca, que la instó a que diera al hombre un membrillo toledano que, al ingerirlo Rodaja, “comenzó a herir de pie y de mano como si tuviera alferecía (enfermedad de la infancia caracterizada por convulsiones y pérdida de conocimiento), y sin volver en sí estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado y dijo con lengua turbada y tartamuda que un membrillo que había comido le había muerto, y declaró quién se lo había dado”, pero la malhechora, “viendo el mal suceso, se había puesto en cobro y no apareció jamás”.

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Tomás Rodaja estuvo en cama seis meses, “en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos y mostraba tener turbados todos los sentidos. Y, aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no de lo del entendimiento, porque quedó sano y loco de la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se habían visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los otros hombres: que todo era de vidrio de pies a cabeza”.

De esta manera, el ahora licenciado Vidriera, tal como él mismo se hacía llamar, se pasaba los días perorando con tal ingenio que la gente llegó a respetarlo con mayor vehemencia, y eran de modo agudos sus discursos que lo oían con esmero y contemplación, que hasta un estudiante se atrevió a preguntarle si era un poeta, a lo cual el hombre de vidrio respondió:

“—Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso” —a lo que el estudiante le replicó que no entendía qué quería decir eso de necio y venturoso.

—No he sido tan necio que diese en poeta malo —añadió el licenciado Vidriera—, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno.

El licenciado Vidriera en edición de la editorial Trillas.

La contestación movió a otro estudiante a preguntarle en qué estimación tenía a los poetas. Y Vidriera, verboso que era, respondió que “a la ciencia [poética], en mucha; pero a los poetas, en ninguna”. Replicáronle, dice Cervantes Saavedra (fallecido en Madrid un día antes que Shakespeare, el 22 de abril de 1616, a los 68 años de edad —casi dos décadas más que Shakespeare—, de manera que en este mes se conmemora su 410 aniversario mortuorio), “que por qué decía aquello. Respondió que del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos que casi no hacían número; y, así, como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía porque encerraba en sí todas las demás ciencias: porque de todas se sirve, de todas se adorna, y pule y saca a luz sus maravillosas obras con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla”.

Cuando le preguntaron cuál era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres, Vidriera respondió, con ingenioso sarcasmo, que era porque ellos querían “pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas; y más, que lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento producía jazmines y rosas; y que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza”.

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Dos años, o un poco más, le duró esta enfermedad a Tomás Rodaja, pero cuando un religioso de la orden de San Francisco, que tenía gracia en curar locos, lo volvió en sí, el exlicenciado Vidriera, ahora Tomás Rueda (ya no Rodaja), perdió la magnífica verbosidad y, con ella, a sus múltiples seguidores, que lo hicieron, abandonado y solo, volver con su amigo el capitán italiano Valdivia, con quien se incorporó como soldado para eternizarse no en las letras, como él hubiera querido, sino en las armas, como jamás hubiese imaginado.

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