Escuchar esta nota
Detenido
Julio, 2026
En este texto, el promotor cultural y periodista Rodrigo Farías Bárcenas escarba en la memoria no sólo para recordar a su antiguo vecino y amigo, el futbolista Mario Hernández Calderón, salido del futbol del barrio y hoy exjugador profesional retirado; también, para lanzar un par de preguntas: ¿qué pasó con el futbol callejero en la Ciudad de México? ¿Dónde están los llanos con sus épicos juegos?
Mario Hernández Calderón nació el 20 de octubre de 1957 en la colonia Gabriel Ramos Millán, al oriente de la Ciudad de México, otrora lugar de residencia del maestro y luchador social Genaro Vázquez Rojas, y de donde surgieron el campeón mundial de boxeo Carlos Zárate y el grupo de rock Ramsés.
Mario y yo éramos vecinos. Estudiamos en la Escuela Primaria República de Ruanda. Intenté mantenerme al margen del jolgorio futbolístico provocado por el Mundial, pero me lo impide recordarlo con frecuencia: lo tengo en mente cada vez que escucho el grito de ¡goool! a lo lejos. Cuando éramos niños, él ya era todo un jugador de futbol, inteligente como estratega, hábil en el dribling, certero para el gol.
En los años sesenta, compartimos cancha en el patio de la escuela, en los terrenos pantanosos que estaban en los alrededores de la misma, o en la calle, con porterías improvisadas en la Avenida del Recreo, atrás de la secundaria Martín V. González.
La Ramos tenía unos cuantos años de haber sido fundada en condiciones marginales. Sobrevivían algunos establos, aún había zonas chinamperas y la infraestructura de servicios —teléfono, luz, agua, pavimentación, transporte— era incipiente.
En esas condiciones, abundaban los niños que jugaban muy bien a la pelota, sin que lograran avanzar más allá del futbol llanero. Ese no fue el destino de Mario. Él sí pasó de jugar en canchas terregosas a recibir el aplauso en el Estadio Azteca.
Era un muchacho consecuente con su deseo de llegar a ser futbolista. Vivía (vive) con esa fuerza que conocemos como ímpetu: la que nos impulsa a vivir con un propósito por nosotros elegido, la que nos permite avanzar pese a todo hasta que este propósito se cumple.
Al terminar la primaria seguimos siendo vecinos, pero dejamos de jugar juntos y perdimos contacto poco a poco, hasta que dejé de verlo cuando me mudé a la colonia Nativitas en 1977. Me enteré entonces que había destacado como jugador en el Huracán Sevilla, el gran campeón del Torneo de Barrios, competencia de futbol amateur que se llevaba a cabo en las delegaciones del entonces Distrito Federal, patrocinada por el diario El Heraldo de México, y pródiga cantera de futbolistas.

Recordemos a otros jugadores de la época que empezaron en el llano y en el barrio antes de llegar a primera división y luego a la Selección Mexicana: Cristóbal Ortega, Manuel Manzo, Miguel “El piojo” Herrera (los tres surgieron del Torneo de Barrios) o Cuauhtémoc Blanco, quien surgió de los juegos barriales en Tepito y Tlatelolco.
En 1978 volví a saber de Mario por casualidad al ver un partido por televisión; cuando el narrador mencionó su nombre, pensé: “sí, es el mismo”. Y caí en la cuenta de que diez años atrás habíamos “cascareado” a la hora del recreo, y ahora lo veía involucrado de lleno en el futbol profesional jugando para los cañeros de Zacatepec, club fundado en 1948 por dicho gremio en esta localidad del estado de Morelos, del que llegó a ser su capitán.
El director técnico Raúl Piteco Sánchez lo invitó a jugar con ellos cuando recién habían ascendido nuevamente a primera división. Es una escuadra de gran tradición en el futbol mexicano, particularmente en Morelos, en cuya etapa dorada (años cincuenta) estuvo dirigida por Ignacio Trelles, con José Antonio Roca y Raúl Cárdenas como jugadores, quienes serían futuros directores técnicos de la Selección Mexicana, como también lo fue don Ignacio.
Mario pasó del Zacatepec a las plantillas del Atlante, Ángeles de Puebla, Puebla y Tampico Madero, cuando era dirigido por Carlos Reinoso. Es importante mencionar a este futbolista chileno, una de las principales figuras del campeón América en los setenta, porque cuando salió del Tampico a fines de los ochenta para dirigir a los Tigres de la UANL, se llevó a Mario por la confianza que le tenía, dándole un renovado impulso a los últimos años de su carrera.
El ramosmillanense participó en Tigres entre 1990 y 1993 (o entre 1989 y 1992, según algunas fuentes). Entonces, decidió retirarse estando aún en primera división y en buenas condiciones físicas, a los 35 años.
La Federación Mexicana de Futbol le otorgó cuatro premios Citlalli en reconocimiento de su alto nivel técnico, tres veces como el mejor medio ofensivo y una por mejor comportamiento en la cancha.
Mi amigo de la infancia se apartó del futbol activo a los 37 años como parte de un Zacatepec que había descendido en forma definitiva, pero ha seguido ligado al futbol, como maestro, director técnico en segunda y tercera división, entrenador de fuerzas básicas o funcionario del deporte.
Gracias a su talento, en 1978 lo llamaron para formar parte de la Selección Mexicana, después del Mundial en Argentina, siendo dirigido por Raúl Cárdenas y teniendo como compañeros a, por ejemplo, Hugo Sánchez, Pilar Reyes, Alfredo Tena, Guillermo Mendizábal o Leonardo Cuéllar.
Ese año yo estaba inmerso en impulsar la organización estudiantil en lo que hoy es la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, antes ENEP, de la UNAM, y mi interés en el balompié se concentraba en seguir a los Pumas, campeones por vez primera en la temporada 1976-1977.
¿Por qué la figura de Mario cobra importancia para mí en estos días? Decía al principio que su recuerdo emergió por asociación con el Mundial. En efecto, así fue; pero también me pregunto si hay algo más en el hecho de recordarlo cincuenta años después de que cada uno de nosotros haya seguido su propio camino.
¿Qué significa para mí en el presente? Más allá de que alguna vez nos unió la emoción de jugar al futbol, reconozco en él a una persona que supo respetar su vocación. Quizás en este sentido fue un modelo para mí del que no estaba consciente cuando yo estaba cumpliendo con la mía, después de haber superado barreras familiares e institucionales. Coincidimos, también, en el hecho de haberle dado a nuestras respectivas labores un enfoque colectivo y comunitario.

En una entrevista realizada en vísperas del homenaje que le rindió el Ayuntamiento de Zacatepec en el histórico estadio Agustín Coruco Díaz, el 1 de julio de 2023, Mario dejó ver su modo de pensar, el de un futbolista fogueado en el barrio, arraigado ahora en el pueblo azucarero, con la gratitud como una de sus principales cualidades por el reconocimiento recibido en razón de su destacada trayectoria.
Sus palabras son dignas de tomar en cuenta, hacen que nos preguntemos: ¿qué pasó con el futbol callejero en la Ciudad de México?; ¿dónde están los llanos con sus épicos juegos? Dejaron de ser relevantes ante la práctica institucionalizada, corporativa, privatizada e hipercomercializada del futbol profesional actual.
En contraste con el futbol de élite, Mario valora el trasfondo cultural de este deporte con óptica comunitaria. Coloca la esencia humana del juego —la solidaridad, el apoyo mutuo, la asociación— por encima de cualquier otro valor:
“Doy las gracias por el apoyo incondicional que siempre me brindaron. Obviamente, ningún jugador es monedita de oro, tuvimos errores, pero siempre tratamos de dar lo mejor de nosotros mismos, siempre tratamos de dar nuestro mejor esfuerzo. Salí adelante con el apoyo de mi familia, con el apoyo de la afición, con el apoyo de mis entrenadores que me debutaron, pero sobre todo con el apoyo incondicional de mis compañeros. Sin esos apoyos, obviamente, nada es posible. Por eso el futbol es asociación: participamos todos”. (Video, Facebook H. Ayuntamiento Zacatepec, 27 de junio de 2023).
Sé que actualmente Mario Hernández Calderón es considerado una leyenda en Morelos, por sus contribuciones al desarrollo del futbol, y por sus logros con el Zacatepec, como el haberlo representado en la Selección Nacional. Y así como es un orgullo en aquella región, también debería serlo para Iztacalco en la capital, en especial para una de sus colonias, la Gabriel Ramos Millán, cuna futbolística de un gran jugador. ![]()



