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Manuel Buendía y el futbol

A propósito del Mundial

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Detenido

Junio, 2026

Ahora que el vigésimo tercer Mundial de Futbol se inició en tres países de manera simultánea (México, Canadá y Estados Unidos), mismo que finaliza el próximo 19 de julio, es momento para hablar culturalmente de este deporte en la voz de don Manuel Buendía. El futbol de alguna manera siempre le llamó la atención, y el tema llenó no pocas columnas en sus largos años de periodismo. Crítico y a la vez punzante y sarcástico, al periodista mexicano no se le iba una; como nos recuerda Víctor Roura en el siguiente texto: “Con Nacho Trelles, dijo Manuel Buendía en 1976, hemos aprendido a llamar fogueo a las derrotas”.


Víctor Roura / Hugo Cheix


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Ahora que el vigésimo tercer Mundial de Futbol se inició este 11 de junio, en tres países de manera simultánea (México, Canadá y Estados Unidos), mismo que finaliza el próximo 19 de julio aún no sabemos si con el campeón Argentina, que le ganara a Francia en Qatar en 2022, en el reinado futbolero o con otra selección, lo cual es momento para hablar culturalmente de este deporte en la voz de don Manuel Buendía, cuyo libro sobre el futbol salió editado en 1988 (coeditado por la Fundación Manuel Buendía y Las Horas Extras), cuatro años después de haber sido asesinado el periodista por asuntos relacionados con su oficio y la denuncia periodística.

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Aunque, según puede apreciarse en sus escritos, a Gabriel García Márquez (1927-2014) no le interesaba el futbol, mas no por ello lo hacía a un lado.

Tiene un artículo periodístico notable, incluido en el grueso volumen de casi 900 páginas intitulado Textos costeños (Editorial Bruguera, 1981). Ese libro reúne, debido a la recopilación paciente de Jacques Gilard, 441 comentarios publicados en la prensa colombiana de mayo de 1948 a diciembre de 1952. En dicha compilación hay sólo dos artículos dedicados al soccer, uno de los cuales, digo, es notable. Vale la pena reproducir gran parte de éste. El texto lo firmaba como Septimus y data de marzo de hace 76 años. Y dice: “Con esta santa ignorancia de que me vanaglorio —entre muchas otras— en materia de futbol, no puedo menos que confesar mis sentimientos de respeto por quienes se instalan en una gradería, desde las primeras horas y bajo un sol que ciertamente no debe tener nada de deportivo, a esperar que once caballeros vestidos de niños se empeñen en demostrarles a otros once igualmente vestidos que con las extremidades inferiores puede hacerse, en determinadas circunstancias, mucho más de lo que habitualmente se hace con la cabeza”.

La entrada de su texto, su lead como suele llamarse en el medio periodístico, es arrolladora. Así, mas no dicho con esa exactitud escritural, piensan innumerables personas del círculo intelectual. Una cosa es el arte y otra cosa es el deporte.

Pero García Márquez, más que resaltar su ignorancia, parece ironizar justamente acerca de este desprecio intelectual por el deporte de la patada. Parece mordacidad, pero quienes conocen al colombiano Nobel 1982 dicen que le salió del corazón: “Tanto más profundo es mi respeto hacia los profesionales de ese fanatismo deportivo, cuanto más incapaz me siento de llegar alguna vez a descubrir el misterioso secreto de su entusiasmo”.

Si no fuera, escribió García Márquez ya para redondear su idea, “finalmente, porque todos los domingos en la tarde tengo que quedarme deambulando por estas calles del Señor, sólo porque mis más admirados amigos —cuya compostura mental respeto por encima de todo— se han ido a gritar de sincero entusiasmo en unas graderías, con tanta sinceridad como lo hicieron ante un poema de Rilke o una novela de William Faulkner; si no fuera por todos estos factores, digo, creería que los insípidos, los tontos, son los fanáticos deportivos”.

El periodista mexicano Manuel Buendía.

Su comentario se debió, y ahí radicaba la noticia de la columna, a que el sábado último de aquel ya hecho lejano de 1950 asistieron siete mil personas al estadio de la Ciudad Universitaria de Bogotá “sólo para presenciar el debut del árbitro inglés Mr. Brenent Sindney que, según entiendo, para los fanáticos capitalinos significa casi tanto como si Virginia Woolf en persona fuera a desempeñarse de centro medio”.

García Márquez, en su otro texto destinado a hablar sobre el futbol, se distanciaba de la opinión de George Orwell, para quien una competencia deportiva internacional conducía, siempre, a inevitables conflictos entre las partes contrincantes. O sea, sucede, para decirlo con palabras menos ruidosas, una especie de “lucha mímica”.

No.

Para García Márquez ocurrían las cosas al revés. Creía que el deporte, como el común de las personas lo cree así, sirve para afianzar alianzas. En su artículo del 13 de diciembre de 1950, también publicado, al igual que el anterior, en el periódico El Heraldo, de Barranquilla en Colombia, era enfático: “Si en realidad los hombres de hoy tuvieran un sentido menos trágico y almidonado de la vida, habrían resuelto el turbulento problema de Oriente y Occidente con un partido de futbol. Sería una manera inteligente y divertida de asegurar la paz y proporcionaría, además, a los grandes políticos, una magnífica oportunidad de hacer ejercicios al aire libre, lo que mejoraría notablemente su digestión y, por tanto, la situación internacional”.

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Sería bueno organizar coloquios de vez en cuando sobre temas nunca tratados por escritores. El futbol soccer sería uno de ellos. A lo mejor se dicen cosas diferentes. Porque este terreno ha sido ganado por sociólogos que siempre llegan a la conclusión estandar de que El Futbol es una Oportunidad para la Masa de Desplegar sus Rencores Contenidos… o algo así.

El crítico de cine Emilio García Riera (España, 1931-2002) siempre comentó que le hubiera gustado escribir crónicas de este deporte. Mas nunca lo intentó.

Para el escritor zacatecano José de Jesús Sampedro (1950-2025, Premio Nacional de Poesía 1975) los domingos valían la pena nada más por mirar el futbol —americanista, por cierto, de hueso colorado.

Emmanuel Carballo (Jalisco, 1929 / Ciudad de México, 2014), crítico literario, organizó en diciembre de 1987, durante la primera Feria del Libro de Guadalajara, una mesa redonda con los futbolistas de las Chivas Rayadas. Se habló, tímidamente, de libros y lecturas cercanas a los jugadores, pero no se llegó muy lejos. Daba la impresión de que todos se hallaban en un claro off side. Vicente Leñero (Guadalajara, 1933 / Ciudad de México, 2014) en su libro Talacha periodística incluyó una entrevista que le hiciera al entonces entrenador de la selección mexicana, José Antonio Roca, en mayo de 1978. Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010), en su Entrada libre (Editorial Era, 1987), cronica algunos aspectos del Mundial de Futbol del 86.

Hay muchos otros textos literarios, pero ficticios, como Lenin en el futbol (Editorial Grijalbo, 1978) de Guillermo Samperio (Ciudad de México, 1948-2016). Periodísticos, escasean. Y me refiero a textos llevados al libro. No a las crónicas que se editan a diario en los periódicos, aunque, creo yo, ya es tiempo de hacer una rigurosa antología literaria de la prensa deportiva en nuestro país, porque dicen que hay, sí, escasas, si bien yo no he tenido la oportunidad de tener una en mis manos.

En agosto de 1988 salió en el mercado librero otro libro póstumo de Manuel Buendía, asesinado por el propio Estado mexicano el 30 de mayo de 1984, seis días después de que el periodista michoacano había cumplido 58 años de edad, razón por la cual a los cuatro meses del asesinato, el 12 de septiembre de ese mismo año 1984, fue constituida la Fundación con el nombre del informador ajusticiado, de quien este 24 de mayo de 2026 se ha conmemorado su centenario natal.

El título del libro de Buendía es El futbol y la TV (Editorial Oriental del Uruguay, 1988), prologado por el fallecido periodista chileno Hugo Cheix, entonces jefe de la sección deportiva de La Jornada: el volumen incluye textos relacionados todos con el poder de la televisión y la distinción que hace del futbol.

El humor de Buendía se exhibe siempre en aguda crítica: “Cínico, vividor, charro tercermundista, gordinflón, mi muy pero muy indispensable ajonjolí de nuestros moles, Nacho Trelles, resulta algo así como la fe de erratas de este país; sólo su presencia es la ruina de los últimos 20 años del futbol nacional, pero a la vez debe considerársele como producto neto de la decadencia registrada en los 20 años anteriores a su propia época”.

Con Nacho Trelles, dijo Buendía el 19 de noviembre de 1976, “hemos aprendido a llamar fogueo a las derrotas”.

Un retrato ineludible, mexicano: “De pronto se desploman sobre la cabeza de don Ignacio Trelles tormentas de improperios. Le gritan inepto y torpe en todos los matices que permite el idioma. Y él aguanta, nomás aguanta. Los ojos entornados y la sonrisa jugueteando con el bigote”.

¡Ah, este futbol mexicano tan nuestro!

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[A continuación, el prólogo que escribiera Hugo Cheix Galli para el libro de Manuel Buendía.]

La muerte, de por sí inoportuna, se extralimitó con don Manuel Buendía. Su trágico deceso en 1984 lo privó de los sucesos más extraordinarios experimentados en los últimos 50 años de la historia política y deportiva de México. Los sismos de un año después [1985] marcaron el despertar de la sociedad joven, capaz de la autogestión en los instantes más difíciles que vivió la capital de la República. Luego, el lento kafkiano camino hacia el proceso electoral, el que alcanzó vertiginosos cambios, con desenlaces imprevistos en su epílogo. Y así como se transformó el rostro de la macro ciudad, los acontecimientos políticos estremecieron las bases del sistema.

A partir del 6 de julio de 1988 todo será imprevisto en este mágico país.

Así se podrá comprender cuánto perdió la Red Privada de don Manuel.

Y si nos supeditamos a esa otra magia, la del futbol, que de alguna manera siempre le llamó la atención y el tema llenó no pocas columnas en sus largos años de periodismo crítico, también lamentamos su ausencia. Suponemos que, en la infancia y juventud de Buendía, el futbol jugó un papel, si no trascendente, sí lo suficiente como para generar una pasión limitada que lo terminaría marcando hasta sus últimos días. Su columna, desde los tiempos en que se denominaba Para control de usted, en 1966, en el periódico El Día, ya estaba clasificada como punzante, directa, mordaz, sarcástica, irónica, seria, alegre y, como es obvio, bien documentada.

La raza de bronce, la selección nacional con sus reveses permanentes en Copas del Mundo, Ignacio Trelles y el supuesto patriotismo herido cuando llegaban las derrotas, fueron temas largamente zarandeados por el ingenio de Buendía. Desde luego, siempre la mano con la presencia del tema nacional e internacional de la política, tema que definitivamente terminaba emparentado con una actividad suscitada o por sucitarse en México. Don Manuel, a diferencia de muchos seudointelectuales, nunca atacó al futbol como expresión de juego, como manifestación sociológica del hombre, pero sí lo hizo con aquellos que lo utilizaron manipulando la conciencia de las masas.

La posición de Manuel Buendía es contraria a la de Henry de Montherlant, el autor de El paraíso a la sombra de las espadas y Los once frente a la puerta dorada, en quien la pasión por el futbol se mezcla con el culto a los héroes, la misoginia y la defensa del “oscurecimiento de la razón”. También es antagónica a las largas críticas aristocratizantes a la “sociedad de masas” que tiene extensa y prestigiosa tradición filosófica con Carlyle, Renan, Nietzsche, Le Bon, Ortega y Gasset y Jaspers. Éstos explican que los fenómenos colectivos, entre los que se cuenta el futbol, son un inevitable producto de la socialización, del aumento de la igualdad social, elementos que traería consigo la inevitable decadencia de la refinada cultura. Juan José Sebreli dice al respecto en Futbol y masas que los intelectuales más sofisticados son muy proclives a hacer la apología de los movimientos irracionalistas, cuya responsabilidad se suele atribuir solamente a las masas.

La intelectualidad periodística del maestro Buendía rebasó las premisas del presente y del futuro cuando el futbol fue el tema de sus columnas. La recopilación de parte del extenso trabajo de Manuel Buendía que me presentaron la Fundación Buendía y Víctor Roura, de alguna forma se convierte en una cátedra para quienes sueñan con ser periodistas deportivos y para quienes todavía se les presenta la oportunidad de reformar sus códigos de conducta.

De pronto, Buendía se pregunta: “¿Padecemos corrupción y atraso político porque no damos una en el deporte? O a la inversa: ¿no damos una en el deporte porque hasta ahí ha llegado la corrupción política?” Las interrogantes y comentarios que derivaron en “pueblo globero”, en ese entonces llevaron su otra firma: J. M. Téllez Girón. La controversial columna de aquel 30 de agosto de 1972, en El Día, la inició con “un cierto colega, al regreso de esas desastrosas competencias deportivas internacionales en que solemos participar para ludibrio de propios y extraños, resumió así sus íntimas impresiones: esta raza de bronce no sirve ni para hacer llaves”. Tras su paso por El Universal, luego de haberse patentizado su columna como Red Privada en El Sol de México, pasó a Excélsior. De nuevo la raza de bronce es el tema central para su sarcasmo: “Algunas de las mejores características de la raza de bronce —política a futuros, humor alcohólico y entrega al azar— han mejorado notablemente bajo la influencia de una palabra que parece encauzar los destinos nacionales: el futbol”. Más adelante dice: “Si no fuera por la lotería deportiva —un logro tan reciente de la Revolución—, esta primavera mexicana no sería posible”.

Aunque en los últimos años de su vida había decrecido la presencia del futbol en sus columnas, cuando lo hizo jamás dejó de utilizar su proverbial estilo, especialmente cuando se refería a los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara y a su Führer Leaño; al mito de futbol llanero, a Televisa con inagotable distorsión del juego del hombre, porque “como diría el célebre intelectual de la televisión: ¡A todos los que quieren y a todos los que aman a la raza de bronce, el día de la gloria ha llegado!” Desde luego, hacía alusión al griterío de Ángel Fernández al enterarse del triunfo de Daniel Bautista en los Juegos Olímpicos de Montreal.

Sin lugar a dudas, una recopilación interesante, entre tantas que se han preparado para perpetuar la presencia de una producción inagotable de un hombre que hizo historia. Y que seguirá haciéndola porque su legado no fue interrumpido por el crimen que, presumimos, se engendró en alguno de los tantos personajes vapuleados en Red Privada. Lamentablemente, su columna se perdió de todo lo sabroso que generó el tristemente caso de los cachirules, el paradigma que sí parece agotarse en el deporte nacional, una extensa institución descompuesta cuyos malos olores no inquietan a quienes lo manejan y han hecho de él un artículo de consumo de dudosa calidad.

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