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Morir vestida: la historia de “La Perla”

Bailaba como la Beyoncé. Era exótica. Morena. Fue Miss Tamaulipas. Nació en Ciudad Victoria, un lugar donde la investigación de un asesinato o los nombres de los que mueren después de un levantón no aparecen nunca en la prensa.

Junio, 2022

Desde el baúl de la memoria, el periodista sonorense Carlos Sánchez rescata esta crónica del ayer, con los faros de la desolación cegando nuestras vidas, nos advierte, porque al abrir la puerta de nuestras casas encontramos que todo sigue igual. Aquí la historia de la Perla, su paso por la vida, los días de infancia y soledad, la adolescencia con su pelo rizado, su capacidad para el ligue, el encuentro con los malos, el final.


CIUDAD VICTORIA, Tamps.


2013: Bailaba como la Beyoncé. Era exótica. Morena. Bailaba con cadencia. Fue Miss Tamaulipas. En un concurso de belleza gay. Bailaba en las fiestas, en los bares, en concursos. Bailaba.

De niño se trepaba a los camiones, optimizaba los rizos de su larga cabellera, su piel oscura, su cuerpo esbelto, su voz de canario, se vestía de payaso. Contaba chistes, pedía dinero a cambio de sus números a veces ensayados, otras veces, las más, improvisados. Cuando un vecino de la colonia se trepaba al mismo camión que él, la reacción era el silencio, huía como si lo acusaran de ladrón.

En Ciudad Victoria, Tamaulipas, la paranoia late en todas las calles; en los medios de comunicación se registra la violencia, pero digamos que la violencia light dicha por autoridades: la intrafamiliar, la del bandido que atraca comercios, el cristalazo a la cervecería, la colisión y las pérdidas irreparables. Aquí los reporteros de la fuente policiaca firman notas sobre jueces que rechazan a sus guaruras o estadísticas de accidentes que son la principal causa de muerte. Nunca la investigación de un asesinato, nunca los nombres de los que mueren después de un levantón.

Por eso el nombre de Jorge Alejandro Camarillo Zapata, a quien de niño apodaban el Negro, y ya cuando fue creciendo tuvo nombre de farándula y le conocían como la Perla, no apareció en los periódicos para que la sociedad se enterara de su muerte, como antes fue costumbre en esas secciones que paradójicamente llevan por título: Seguridad.

En Ciudad Victoria el otoño trae lluvias, nubes que provocan 17 grados centígrados. La feria del pueblo hace que coincidan en el programa artistas como Los Tigres del Norte, Mijares, Espinoza Paz y OV7. Desde la feria, y en una de las sillas de la rueda de la fortuna, se puede sentir el vértigo, mirar las luces de las colonias de allá de la periferia, las casas de los marginados, quienes también acuden a la fiesta.

En Ciudad Victoria, dicen los padres de familia (o los amigos de los visitantes de esta ciudad) que después de las nueve de la noche hay que andar con cuidado.

Después de las nueve de la noche levantaron a la Perla. Era jueves, paradójicamente un día antes del —así denominado por los empresarios— Buen Fin. Jueves: último día que la miró con vida su amigo de la infancia y quien por mote lleva Caricia.

Caricia habla desde el recuerdo, siempre sosteniendo una sonrisa ad hoc a su apodo, parecería que sonríe de nervios, tal vez de duelo, quizá por el tema que describe.

“La Perla de chiquillo lloraba mucho, porque su mamá lo maltrataba, llegaba a las casas del barrio, en la colonia Modelo, con sus otros dos hermanitos, la gente le daba comida, conmovían siempre porque su mamá los dejaba abandonados”.

En Ciudad Victoria, no obstante la violencia, el divertimento se hace presente. Y existen los lugares para el esparcimiento, las cantinas donde sus visitantes programan música de rocola, tres canciones por diez pesos. Allí mismo Caricia va contando los días aquellos en los que, al lado de la Perla, se iban al monte, con una flotilla de chavalíos. Ella, la Perla, era la que invitaba, le decía: “Caricia, vamos con estos huerquíos, tenemos seis para nosotras solas”.

Debajo de los árboles, encima de las lomas de tierra, ante el sonido de los pájaros, el silencio del viento. Desde esos años ya la Perla mostraba su belleza, y la destreza para el ligue. “Nomás nos agasajábamos con los huerquíos”, cuenta Caricia con esa sonrisa como fotografía en sepia.

Ciudad Victoria es el encuentro de dos pichones que se aparean en el quiosco de la plaza Hidalgo, frente a lo que antes fuera el teatro Juárez. Allí el amor alado se manifiesta. Más allá, rumbo al mercado, un pichón yace sobre el asfalto.

La mente de Caricia da vuelcos, no es premeditado, pero en su oratoria juega con los tiempos. Una cerveza y otra, una canción y de pronto un travesti para improvisar el baile, vestido de sirena, con un atuendo multicolor. Y es la Perla quien baila y hace como que canta, no es ella pero cómo se le parece, sostiene Caricia, porque muchos la imitan, entonces sus ojos enjugan una lágrima. Caricia se esfuerza por contar lo bello que también fue la Perla, lo simpático que también le salía: “Desde lo más adentro de su ser, porque también tenía ser”. Luego una risa, más escandalosa, de Caricia.

“Pero un día le llegaron los malos”. Los malos son aquellos que se organizan y cobran plaza a los comercios, secuestran a empresarios, tal y como ha ocurrido en estos días con uno de los dueños de las mueblerías Villarreal, y de esto tampoco se sabe porque los medios no dijeron nada, porque el gobierno propone el silencio, quizá como tregua, como esperanza. A saber.

El vaso derrama espuma. Caricia pone su mirada en el travesti que baila una canción de Lucerito: “Electricidad, cuando tú me miras”. Caricia, en su mirada fija, dice que a la Perla le compraron un cajón gris, que no sabe de dónde sacaron el dinero, porque si bien es cierto que ganaba mucho haciendo lo que hacía, nunca tenía ahorros, y su madre ni de dónde pagar un cajón así, “porque con lo que gana en la venta de elotes, ni modo que le alcance”.

Lo que hacía la Perla era prostituirse, desde muy chiquío, el huerquío, apunta Caricia. Y se iba al entronque, o al eje vial, y junto a otras vestidas abordaba a los urgidos de sexo, a veces clandestino. Allí los seducían, ya de noche donde la oscuridad es cómplice. Allí sanjuaneaban a los clientes, los enviaban tal vez llenos de placer, tal vez vacíos de sus bolsos.

Ciudad Victoria es un malabarista en el crucero de la avenida Veintiuno y Barriozabal. El malabarista enciende sus golos, el fuego se expande por el viento, acto seguido lo que usted desee cooperar hacia los automovilistas.

“La Perla tenía feis”. Sí, allí están sus fotos, de cuando ganó el Miss Tamaulipas, de cuando se fueron a celebrar el bautizo de su sobrino, de cuando encueró a aquellos dos pelados y los retrató y quién sabe si con su permiso o sin él los subió al feis. No están encuerados del todo, tienen calzoncillos, “pero están bien buenos los huerquíos”.

Caricia no deja de sonreír. Incluso cuando recorre la historia de la Perla, ya convertida en mala, o en malo, y se dedicaba a vender droga, a conseguir paquetes como en cundina, a robar, cuando se suponía que era halcón y vigilaba dónde vivía algún candidato para el secuestro o, ya de amolado, para el robo de su casa habitación. Caricia insiste en la última vez que miró a la Perla con vida, en la calle: “Andábamos a pie los dos, él iba con un huerquío. Pero dicen que más noche la vieron con la China, era jota también, y ella estuvo en la cárcel porque mató a un chiquío con una piedra en la cabeza, pero salió luego de la cárcel porque lo hizo cuando era menor de edad. Con esos se juntaba la Perla”.

Ciudad Victoria es la manifestación en las calles, estudiantes vestidas. De Adelitas. Estudiantes vestidos. De revolucionarios. El batallón de policía estatal montado en sus motocicletas. El ulular de sirenas, desde las ambulancias, incluso cuando no se festeja el aniversario de la Revolución Mexicana.

“¿Ya viste en el internet, tú, Chiflada?”. Caricia conversa con una de sus amigas. La cerveza llena los vasos, las canciones siguen en la mímica de una y otra y otra vestida. Los aplausos constantes. “Allí sale la Perla, con nombre de machito, es una nota como del 2009, sí, dicen que lo levantaron unos policías, lo dejaron todo golpeado, lo tuvieron que hospitalizar, pero allí mismo dice que el director de la policía declara que son los malos que se visten de policías, también dice la edad de la jota, que disque tenía dieciocho años, pos sí, ¿verdad?, era menor que yo”.

La Chiflada inquiere: “¿Y por qué no le dices a él que vaya a la comandancia a ver si le dan el reporte de cómo encontraron a la Perla?”. Caricia aclara: “Pues si ya fue, se le quedaron mirando muy feo, no le quisieron decir nada, ¿qué quieres? ¿Que lo desaparezcan? Además, ya te dije que la encontraron encajuelada, con el cuerpo lleno de balas, oyes, pero en la cara no tenía nada, estaba igual de bonitaaaaa”.

La Chiflada: “¿Y por qué a mí me dijeron que la aventaron de un segundo piso, que la tasajearon, que junto a ella mataron a otros dos, y por qué no sale nada en los periódicos?”.

Ciudad Victoria es el desfile de padres de familia que toma de la mano a sus hijos, se dirigen a la feria, tres días después irán al desfile. Victoria es la ciudad de las tiendas abarrotadas por ser Buen Fin y aprovechar las ofertas. Ciudad Victoria es un partido de futbol donde los correcaminos pierden la Copa MX ante Dorados de Sinaloa. Victoria es la ciudad limpia y amable, como la bautizara un locutor de antaño. En Ciudad Victoria enterraron a la Perla, cinco días después de que la encontraron muerta, cinco días después porque los del gobierno se resistían a entregar su cadáver, porque dicen que cuando andan metidos a malos se tardan en investigar las causas de muerte.

Caricia no da crédito, frente a sus ojos de pronto aparece la Perla vestida de la Beyoncé, y baila despreocupada, con la cadencia que le caracteriza. Se mueve como gaviota en éxodo, con parsimonia, convertida en olas de mar.

Caricia enjuga de nuevo una lágrima ante ese video que programan en la cantina, es la grabación de cuando coronaron a la Perla como Miss Tamaulipas, homenaje a la vida en ese trajín de veintiún años.

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