Ciencia

Religión y salud

Diciembre, 2022

La religión es inherente a la condición humana y sus símbolos son extraordinariamente poderosos. Aporta bienestar, pero también puede convertirse en un instrumento de poder y acarrear trastornos psicopatológicos, sobre todo cuando las creencias se experimentan de manera inflexible.


David Lagunas


No se puede hablar de creencia religiosa sin hablar de salud mental. La religión es un sistema cultural que funciona como proveedora de sentido: nos dice que la vida tiene un propósito y proporciona una fuente de significado para los creyentes.

Para el antropólogo estadounidense C. Geertz, la religión es una categoría única de símbolos y de significaciones que hace tolerable el sufrimiento, el desconcierto intelectual o las paradojas éticas irresolubles. Respecto a la ciencia, el arte, el sentido común u otras ideologías, la religión ha sido muy efectiva a la hora de animar el pensamiento y el comportamiento para enfrentar esos sinsentidos intensos y radicales.

Los símbolos religiosos son muy poderosos porque generan estados de ánimo y motivaciones para organizar la vida y que se relacionan con las ideas y las preguntas últimas que un ser humano puede hacerse sobre el mundo: “¿Qué hago yo aquí?”, “¿hay vida después de la muerte?”, “¿por qué hay sufrimiento?”, “¿cómo explicar el mal?”. Para responder a estas preguntas la religión ofrece a los creyentes ideas, normas y valores para pensar y comportarse de manera acorde. Es decir, un método para la vida. La cuestión es: ¿la religión aporta bienestar y salud mental? ¿Para bien o para mal?

La religión —la forma organizada de creencias en seres sobrenaturales— y la espiritualidad —la relación personal con un poder superior— tienen muchos componentes que potencian la salud mental: la asistencia religiosa, las creencias, la oración, la lectura de textos sagrados. En el cristianismo, rituales como el bautismo, la eucaristía o la imposición de manos proporcionan bienestar.

La participación de un individuo en una comunidad religiosa brinda descripciones muy detalladas de experiencias religiosas como el sentimiento de conexión con Dios o con un poder superior: “escuchar la voz de Dios”, “hablar con la Virgen”… El bienestar y la salud mental se constatan en los beneficios físicos, emocionales y espirituales, así como la intensificación de la relación armoniosa al interior de la comunidad del creyente.

Genera estilos de vida saludables

El antropólogo Victor Turner en su trabajo entre los Ndembu de Zambia subrayaba cómo la curación religiosa reparaba el tejido social al igual que el cuerpo, la mente y el alma de los enfermos. Para Cohen y Koenig tanto la religión como la espiritualidad generan estilos de vida saludables, un mayor apoyo social por parte del grupo y un menor consumo de estupefacientes.

Los estudios evidencian el impacto positivo de la religión y la espiritualidad en la salud mental, la armonía social y la integración social. La fe religiosa promete recompensas que serían difíciles de lograr de otro modo. La religión puede ser saludable y se asocia tanto con resultados positivos en salud mental y física como con emociones positivas: alegría, asombro, felicidad, satisfacción, propósito, esperanza.

El elemento de la emoción en la experiencia religiosa ofrece una base sólida a la propia creencia. Desde un punto de vista sociológico, la religión fomenta la cohesión de la sociedad y aporta consuelo a las personas enfermas o deprimidas, reduce la ansiedad, ayuda a superar crisis vitales o a enfrentarse a la muerte. Su función parece estar más del lado del altruismo que del egoísmo, y como lubricante social evita una sociedad absurda, señalaba Durkheim en El suicidio.

Como consecuencia, la integración social del creyente puede ser más sólida cuando entiende que la vida tiene sentido, hay un propósito, existe consuelo, hay vida después de la muerte, la promesa de reencontrarse con los seres queridos o la justicia universal. Todo lo cual previene posibles trastornos mentales.

Consecuencias negativas

Pero las instituciones y doctrinas religiosas, en algunos casos, pueden tener consecuencias negativas para la salud. La religión, para unos, constituye una ilusión psicológica que activa el pensamiento mágico, como la creencia en los milagros en el cristianismo. Del mismo modo, puede convertirse en un instrumento de poder y control sobre la mente de un individuo que cree ciegamente a las autoridades tradicionales.

Las personas religiosas pueden partir de la no posibilidad de captar lo que pueda ser la libertad, los valores seculares y científicos. El miedo a la pérdida de una guía para este mundo conduce a sacrificar el intelecto y la racionalidad al crear visiones dicotómicas y clichés como “estos son los buenos y estos son los malos”.

Un ejemplo diáfano de esta posible deriva radical es la completa obediencia y servilismo exigida por el líder de la secta de los davidianos de Waco en Texas, al igual que el suicidio colectivo de los integrantes de la Orden del templo Solar y de los acólitos de Jim Jones en Guyana. Todo ello muestra lo fácil que resulta eliminar la individualidad y caer en un estado psicopatológico bizarro, fantasioso y de negación de la realidad que, incluso, puede ocasionar la muerte. La religión, paradójicamente, puede ser un antídoto o un catalizador del suicidio.

Vista aérea del complejo de la rama koresiana de la secta de los Davidianos cerca de Waco, Texas, en llamas el 19 de abril de 1993, tras 51 días de asedio por parte del FBI y las fuerzas del orden y 79 muertos. / Wikimedia Commons

Los médicos saben por experiencia que la religión puede ser utilizada para perjudicar la salud mental. La experiencia religiosa contiene el germen de los estados psicopatológicos, sobre todo cuando las creencias se experimentan de manera dogmática, rígida e inflexible.

Recurrir a los seres sobrenaturales de alto poder en muchas culturas puede provocar en un individuo que ya presente problemas mentales una exacerbación de su visión deformada de la realidad, aunque esté legitimada por los poderes divinos. La película Spotlight indaga en el caso real de abusos de curas a niños menores en Boston en el año 2002, así como en los desequilibrios psiquiátricos de los sacerdotes católicos acusados. Por tanto, las creencias religiosas pueden convertirse en negativas, generar falta de comunicación y malentendidos. Y también, en ocasiones, aportan soluciones simplistas a los problemas.

Su relación con los trastornos obsesivo-compulsivos

Los estados de ilusión psicológica y de alucinación religiosa son para T. Luhrmann la manera en que la cultura y la religión afectan nuestra experiencia mental más fundamental. La mente es moldeada por la creencia y la experiencia religiosa. De hecho, las preocupaciones religiosas son comunes entre las personas con trastornos obsesivo-compulsivos (incluidos los temores al pecado o a Dios), el acólito y fundamentalista religioso que reza 20 veces al día, o el paciente psicótico que cree que es Dios, Jesús y el diablo.

También la religión puede ser dañina para la persona con depresión y que se encuentra abrumada y obsesionada por la culpa, creyendo que ha cometido una falta imperdonable. Ciertos mandatos religiosos y morales en relación con la conducta exigida a un individuo, como los pecados capitales en el cristianismo, pueden conducir al individuo a la obsesión en busca de la perfección; y, al no lograr esta perfección, caer en el estrés, la depresión y el suicidio. No es casual que Freud describiera a la religión como una forma de neurosis cercana a la locura: los actos obsesivos del neurótico serían equivalentes a las prácticas religiosas.

¿Es natural la religión?

Todas estas explicaciones parecen sólo psicológicas. Mientras, el antropólogo Pascal Boyer sostiene de manera sorprendente que “lo difícil es ser ateo y lo natural es ser creyente”. Nuestra mente, debido a la evolución humana, está preprogramada para aceptar este tipo de explicaciones irracionales y sobrenaturales que desafían nuestra intuición.

No es la religión —un fenómeno que se origina con el advenimiento de las sociedades neolíticas—, sino la creencia generalizada —sin teología ni doctrina— en espíritus como agentes no visibles que intervienen en la vida de los seres humanos, la que ha caracterizado a las sociedades cazadoras y recolectoras durante miles de años. Y este proceso de la evolución del homo sapiens ha configurado nuestra arquitectura mental.

La religión es un hecho natural, es inherente a la condición humana. Pero es un asunto de costumbres y cultura. Las nuevas generaciones no crecen culturalmente influidas por la religión en sus vidas. El proceso de secularización y modernización en Occidente provoca que la religión esté en decadencia. El sentido o el consuelo cada vez más se encuentra fuera de la religión.

[David Lagunas: profesor de Antropología, Universidad de Sevilla. / Fuente: The Conversation. Texto reproducido bajo la licencia Creative Commons.] 

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