Avándaro, una leyenda

No sólo fue un festival de música, Avándaro fue una sucesión de muchas cosas: fue un fenómeno social, político, cultural y, por tanto, ideológico, que seguirá siendo un tema para hablar, reflexionar, discutir. En ese sentido, compartimos con nuestros lectores un fragmento de la novela de Juan Jiménez Izquierdo: Avándaro, una leyenda (Eridu Producciones, segunda edición, julio de 2021); también compartimos aquí el prólogo del libro, firmado, éste, por Sergio Vicario. Ambos son reproducidos con autorización.


Juan Jiménez no condena, expone

Sergio Vicario

Antes del concierto de Avándaro, mucho antes de que fuesen arteramente asesinados cientos de jóvenes en la Plaza de las Tres Culturales y posteriormente sobre la Calzada México-Tacuba, a la altura de la Normal; antes, había nacido el rock and roll, cuando Bill Halley y sus Cometas habían grabado en 1952 el tema “Rock the joint”; en aquel entonces, la Ciudad de México, en los años sesentas y setentas, aún mantenía perceptibles aspectos de su anterior faz rural y provinciana. Pese a la modernidad, el espacio público reposaba más en lo tradicional que en la propuesta vanguardista acorde a una creciente necesidad de lugares propios, particularmente para una juventud, que mayoritariamente cobraba conciencia de sí misma.

Los cines, salones de baile, billares, parques, ferias, teatros, museos o incluso los casi recién inaugurados estadios de futbol (el Estadio Azteca en 1962; el [Estadio de los Deportes, conocido posteriormente como El] Azul y la Plaza de Toros México, en 1946) e incluyendo la Zona Rosa y los de rompe y rasga (cabaretes, burdeles, carpas, cantinas y pulquerías) tenían su propia clientela y público asiduo, sin embargo no eran los espacios necesarios para una población juvenil que emergía de la conciencia del Holocausto y la bomba nuclear (1945), de la revolución cubana (1953-59); de la conquista espacial (1969) y de la creciente acción contracultural del movimiento hippie; antes aun, y de forma paralela, el fenómeno musical del rock and roll, el cual surgió a mediados de los cincuenta, tal como la película de James Dean: Rebelde sin causa (1955). Entonces, los jóvenes escuchaban radio (Variedades, Radio Capital o Radio 590, La Pantera), o conseguían discos de vinil y acudían a la música, aquella música que lograba sintetizar y catalizar sus aspiraciones de identidad, desenfado, libertad y cambio.

La juventud citadina abrevaba de los fenómenos sociales antes citados: políticos, culturales y, por tanto, ideológicos, literarios y musicales, entre otros temas más profundos, como la libertad sexual (aparece la pastilla anticonceptiva creada por el mexicano Luis Miramontes en los años cincuenta; o la llegada y adopción del bikini como símbolo de la libertad corporal), que sin lugar a dudas, aun distaba de lograr consolidar la emancipación de la mujer, no obstante había cambios en la sociedad.

Se leía a Marcuse, García Márquez, Ray Bradbury, Julio Cortázar, José Revueltas, Juan Rulfo, Hermann Hesse o Nietzsche. La psicodelia y los pantalones acampanados eran “la onda”.

El mundo cambiaba drásticamente tras la Segunda Guerra Mundial; la moda y el lenguaje se modificaban, los adultos eran la momiza y los jóvenes, la chaviza. De ello y más da cuenta este libro de Juan Jiménez: Avándaro, una leyenda, donde los muchachos y jóvenes son los protagonistas, al igual que en la novela De Perfil (1966), de José Agustín.

A 50 años de este suceso (11 de septiembre de 1971) se pueden señalar muchas cosas. Juan Jiménez recupera en su memoria, a modo de una novela corta, aquel momento que generaría un parteaguas en el escenario musical de los setenta. El concierto de Avándaro. El toquín mítico cual leyenda urbana donde la encuerada de Avándaro, el rock, las drogas y el aliviane fueron la nota que puso atención en la opinión moralista, amarillista y lapidaria de la prensa de la época (salvo honrosas excepciones); de nueva cuenta se criminalizaba a priori el actuar de los jóvenes que deseaban pasar un rato placentero lejos de la ciudad y la reprimenda o el autoritarismo paternal. Recientemente habían pasado los lamentables sucesos represivos del Jueves de Corpus Christi, el 10 de junio de 1971, y tres años antes la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, en 1968.

Juan Jiménez escribe no un libro de memorias, aporta elementos de contraste, documenta, ilustra y nos comparte sus propias vivencias, del maestro en onda. Refiere el actuar contracultural ante un Estado paternalista. No importa si los productores vislumbraron la posibilidad de un jugoso negocio o si el lugar distaba de ser apropiado para el evento, o si éste fue rebasado, pues de la expectativa de 25 mil asistentes se calcula asistieron más de 150 mil; tampoco importó, en ese entonces, lo deficiente de la logística, del audio y la iluminación. Se trataba de congregarse, de ser parte de un suceso existencial, se trataba de estar en onda, de divertirse en una aventura colectiva y en contacto con la naturaleza o, si se quiere, ver de otra manera; se trataba de horrorizarse ante el semi Woodstock, palabras del gran Monsiváis, señalándolo como “uno de los grandes momentos del colonialismo mental”, se azotó el maestro Monsi.

Juan Jiménez no condena, expone. Rememora en ocasiones con nostalgia y en otras con humor, sabe que Avándaro es una leyenda, un mito reconstruido a partir del sensacionalismo, pero fue, ante todo, un lugar de encuentro entre los jóvenes que a 50 años de aquel concierto vale la pena recordar.


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Avándaro, una leyenda

Juan Jiménez Izquierdo

Todo comenzó en los primeros días del mes de agosto de 1971.

Estábamos reunidos en la esquina de la paletería La Santa Cruz, a la cual también llamábamos “La de las granizadas” ya que vendían unas copas de cristal grandes con hielo picado cubierto de sabores artificiales al ritmo de la música de la banda Count Five con “Psicosis”, que era un sencillo que escuchábamos todos los días y que salía de la rocola. Ahí nos encontrábamos platicando parte de un grupo que nos juntábamos principalmente por las tardes, Alfredo, Pancho, José, Marta y Paty, cuando llegó Lety calzando sus inseparables botas negras, su pelo suelto y sus grandes arracadas, diciendo antes de saludarnos:

—¿Ya saben que va a haber una gran tocada en el Estado de México?

—No… ¿Y cuándo es la onda? —le pregunta Alfredo.

—No escuché bien la fecha, pero se va a hacer en un pueblito; lo están anunciando en la radio. ¿Tú no lo has escuchado, Juan?

—No, a lo mejor en la noche lo anuncian cuando estén pasando Vibraciones.

Vibraciones era un programa de radio que se transmitía a las nueve de la noche por la estación de Radio Capital y que iniciaba acompañado de un sonido de batería de la siguiente manera: “Vibraciones, una exclusiva de Radio Capital, con la incursión del talento humano en las dimensiones infinitas del sonido y la imaginación. Vibraciones, expresión contemporánea del sentimiento y la técnica musicales de la juventud”.

Este programa era el único en el que podíamos escuchar a agrupaciones musicales desconocidas para nosotros en ese tiempo y donde las versiones de las canciones llegaban a durar más de quince minutos. Ahí escuchamos: “India” de The Corporation, “Refried Boogie” de Canned Heat, “Who do you Love” de Quicksilver Messenger Service, entre otras. Pero no sólo era la música lo que hacía peculiar al programa, sino también la voz del locutor que presentaba a los grupos, pues le imprimía un sello característico con su tono de voz ceremoniosa y pausada, con el cual nos entregaba datos biográficos de las bandas y la descripción de las canciones.

El comentario de Lety fue la primera noticia que nos llegó del festival, pero no le dimos mayor importancia. Después la plática se trasladó a otros temas, como la música —ya que era cotidiano comentar de algún grupo como Cream, The Who, Led Zeppelin, etc., la nueva conquista de un “maestro”, la planeación de alguna actividad para el fin de semana o la ida a talonear unas monedas para cenar, ya que de esa forma sabían más ricos los tacos y las quesadillas. Por cierto que cuando se llegaba a realizar la taloneada, las chavas eran las que juntaban más lana y ya con el dinero nos íbamos con Doña Jose, que era una señora que todas las noches vendía pozole y quesadillas de queso, sesos, papa y carne deshebrada; tenía una sazón deliciosa y por lo menos íbamos ahí un día a la semana, era nuestro lugar preferido para cenar. También era frecuente ir a una tocada o caminar por el parque Eduardo Molina mientras se rolaba un toquecín de mariguana, el cual se conseguía en la vecindad el Quinto Infierno o en la calle de Panaderos.

La mariguana era la única droga que circulaba con más frecuencia. Sabíamos que había LSD, peyote y hongos, pero era muy difícil conseguirlos. Solamente hubo una ocasión en que, por el mes de agosto de ese año, Nacho fue a Huautla de Jiménez, Oaxaca, y trajo un frasco de hongos cubiertos con miel. Se imaginarán el revuelo que ocasionó la noticia, corrió como un reguero de pólvora y él se sentía un gran chamán, sobre todo cuando nos contó su experiencia del “viaje” que hizo con ayuda de María Sabina.

(Marta Sabina Magdalena García fue todo un mito relacionado con los hongos alucinógenos; fue una curandera chamán que nació en la Sierra Mazateca, en Huautla de Jiménez, Oaxaca, el 22 de julio de 1894 y murió el 22 de noviembre de 1985. Fue convertida en una celebridad nacional e internacional después de que el antropólogo estadounidense Robert Gordon Wasson difundió sus conocimientos sobre el uso ceremonial y curativo de los hongos alucinógenos. Esta publicidad ocasionó que Huautla se convirtiera en un lugar sagrado para los que estaban en la búsqueda de experiencias psicodélicas.)

Nunca supimos si Nacho realmente estuvo con María Sabina, pero lo que sí es que todos queríamos probar los hongos. Como era una ocasión especial, ese día nos fuimos al Desierto de los Leones a estar en contacto con la naturaleza. Era un domingo muy asoleado, nos internamos en el bosque y cuando Nacho empezó a sacar los hongos del fraseo para repartirlos, el encanto se fue perdiendo ya que éstos tenían un aspecto no muy agradable; eran de color café oscuro y estaban cubiertos con la miel. De los ocho que fuimos sólo cuatro le entraron, en mi caso sólo probé la miel, ya que le sacaba a enfermarme del estómago, lo mismo sucedió con Jorge, Jose y Marta. Después de ese viaje un poco fallido ya no se presentó otra oportunidad de convivir con los hongos.

La esquina de la paletería era nuestro lugar de reunión, era como un centro seductor donde convivían un buen número de “maestros y “maestras” de mata larga de varias colonias cercanas que se identificaban con el rock y la onda, pero también habíamos algunos a los que nos gustaba la literatura. Aunque fuera algo raro, se llegaba a comentar muchas veces a los autores representativos de esa época, como Hermann Hesse y Friedrich Nietzsche. A estos dos no los comprendíamos muy bien, pero al citarlos nos servían para presumir y eso nos daba un cierto estatus, sobre todo con algunas chavas. También leíamos William Burroughs, Lobsang Rampa, Franz Kafka, H. P. Lovecraft y a los “maestros” mexicanos José Agustín y Parménides García Saldaña.

Lo que tampoco podía faltar era echarles un ojo a las revistas especializadas en rock como eran México Canta, Pop, Hit Parade, La Edad del Rock y, principalmente, Piedra Rodante, que era la más apegada a los intereses de los que andábamos metidos en esa onda. Su contenido no se abocaba sólo a la música, sino que también tenía temas como: “La neta sobre el 10 de junio”, artículo publicado sobre el Jueves de Corpus; “Las chavas y el catre”, esto con relación al sexo; “William Burroughs, el más grueso de los gruesos”, artículo sobre la vida y aventuras de este escritor beatnik, entre otros temas.

Sin contar con líder alguno, cada uno de nosotros se acoplaba en su onda o en la que más le interesaba, seguíamos la iniciativa de alguna propuesta, pero no había reglas a seguir, a excepción de una que se implantó sola referida a las chavas que andaban en el grupo: había algunas que aflojaban con cualquiera de los “maestros”, pero otras tenían a su chavo y nadie intentaba llegarles, solamente si tronaba con él y quedaba libres y si querían alguna onda con otro, pues nadie hacía drama.

Esto reflejaba que hubiera una confianza interna, ya que giraba la idea de paz y amor que surgía de los hippies, palabra que se mexicanizó como jipi.

El periodista Michael Fallon, del diario San Francisco Examiner, fue quien en septiembre de 1965 propuso la palabra hippie al relacionarla con los adictos al LSD, la marihuana y otras drogas alucinógenas y, sobre todo, al rock, y que predicaban la paz y el amor de todo el mundo. Estos primeros hippies vivían en una comuna, donde todos compartían los gastos y obligaciones y estaban ubicados en Haight-Ashbury, San Francisco. La prensa empezó a ocuparse de ellos y ocasionó que miles de jóvenes se mudaran a ese estado norteamericano. Dejaban todo: familia, estudios y trabajo para buscar la libertad y la felicidad. Con ellos se puso de moda el pelo largo, los collares, las muñequeras, las faldas largas y cortas de muchos colores, sombreros, cintas en la frente, huaraches y, especialmente, las flores, que se encontraban en todo su vestuario. Se redescubrió con ellos la astrología y el esoterismo de Oriente.

Para el año 1967 ya se habían expandido por todo Estados Unidos y había un clima de inconformidad juvenil contra la guerra de Vietnam, así como en defensa de los derechos humanos de los negros y chicanos, lo que propició que miles de jóvenes se negaran a ir a la guerra al basarse en su lema “haz el amor, no la guerra”.

En esa época surgieron los grandes festivales, como el de Monterey en junio de 1967, y el de Woodstock en Nueva York en 1969, que fue el esplendor del movimiento hippie, donde convivieron pacíficamente casi medio millón de jóvenes en tres días de música, amor y drogas; fue realmente todo un acontecimiento histórico.

Sin estar con la filosofía hippie al 100 por ciento nos llegaba su influencia con la música, la forma de vestir en la que se integró la manta, la piel y los accesorios artesanales, como los collares hechos con semillas como los yaskis, muñequeras de piel, huaraches de piel de llanta, se usó el cabello largo y también las drogas, básicamente la mariguana. También era como una forma de rebelarse contra todo lo que llamábamos “fresa”, como andar con el pelo corto y traer corbata. Se trataba de estudiar lo que tú querías y no lo que te imponían tus papás y, en especial, poder expresar tus ideas sin ningún apañe por parte de la sociedad o autoridades. Pero como en cualquier grupo, había algunas excepciones, había uno que otro gandaya que en un descuido te transaba, sobre todo con los conectes; el que iba por la mota muchas veces se quedaba con ella y aparecía a los dos o tres días contando cualquier historia, como que lo habían apañado, que se vio obligado a soltar una lana para desafinarse y que estuvo en el tanque varios días.

En esta presteza mágica y alucinada se convivía, principalmente por las tardes o los fines de semana todo el día, ya que muchos estudiábamos, otros trabajaban como mecánicos, zapateros, mensajeros o comerciantes, pero también había varios que andaban sólo en la onda y que muchas veces el grupo los tenía que alivianar.

En ese tiempo llegó por conducto de Jorge la onda de los Krishna y como él andaba en el rollo del misticismo nos invitó a conocer esta corriente religiosa.

Avándaro, una leyenda, novela de Juan Jiménez Izquierdo (Eridu Producciones, segunda edición, julio de 2021). Reproducido con autorización.

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