Obra de Teresa Zimbrón.

La ‘Fuga’ de Carlos Herrera de la Fuente

Adelanto editorial.

En esta ocasión, Salida de Emergencia presenta un adelanto de la primera novela de Carlos Herrera de la Fuente: Fuga. El libro esboza un escenario distópico muy distinto al actual: los seres humanos, por una razón desconocida, comienzan a abandonar las ciudades y todas sus comodidades y logros técnicos y científicos. Se arriesgan a la incertidumbre. Lo demás es la narración de los incidentes que ocurren a tres personajes en este escenario ruinoso… Con apoyo de la editorial Neolog y Ediciones SdE, la novela se publica en formato digital en Amazon, aunque también se puede solicitar en versión impresa. El enlace: aquí directamente


À la fin tu es las de ce monde ancien
Guillaume Apollinaire

Habrán sido las dos de la mañana cuando desperté. Me había ido a la cama temprano, quizás a las diez, y ni siquiera me había cambiado de ropa. Tenía puesto un pantalón de mezclilla y una camisa oscura sin mangas. Sólo me había alcanzado a quitar los zapatos, los cuales no se hallaban muy lejos de la cama, pero la ropa era la misma que había usado a lo largo del día. Las sábanas se habían deslizado hacia el suelo y un leve escalofrío que recorrió mi cuerpo me reveló mi estado: la ventana estaba ligeramente abierta y por debajo de su marco penetraba un viento insistente. Me quedé mirando el techo durante unos cuantos minutos sin prestar atención al frío que se iba extendiendo a lo largo de mis brazos. Quería sentirme un poco, aunque fuera de esa manera desagradable. Todo era silencio, vacío. Cuando me levanté, se escucharon las ruedas de un carro recorriendo la vía lejana. Casi corrí para mirar por la ventana, pero al llegar a ella el carro había desaparecido al fondo de la calle. Las gruesas paredes del edificio vecino me impidieron observar el rumbo que había tomado. No hice más que quedarme ahí, parado, frente a esa ciudad semidesértica. Algunas luces iluminaban la calle y los edificios de los alrededores, pero, en general, gobernaba la oscuridad. Lo peor era el silencio, la calma sin contraste. Me sentí solo, muy solo. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez una hora o dos. Después regresé a la cama para dormir. No quise pensar en nada.

Pasé la mayor parte del día en la oficina corrigiendo las erratas de la novela que habrá de publicarse en dos semanas. Ricardo, mi jefe, me había estado insistiendo desde hacía algunos días sobre la necesidad de acelerar el proceso de corrección, pero él mismo parecía distraído e insistía con desgana. Por eso preferí dedicar mi tiempo a otros asuntos, sobre todo a reordenar viejos archivos y papeles que se habían aglutinado a lo largo de los años. Mientras lo hacía me di cuenta de lo absurda que era toda esa acumulación de documentos. Papeles inútiles. Memorias que no había tenido sentido conservar, pero que estaban ahí y parecían reclamar cuidados excesivos. Me sentí, por un momento, el esclavo de un pasado ambiguo, de un tiempo sin nombre que pesaba más que toda la gente que me rodeaba, más que todas las preocupaciones presentes. Cuando terminé de ordenarlos me surgió la idea de quemarlo todo, de destrozar cada documento pedazo por pedazo, hasta hacerlos añicos. Pero me contuve. Una voz interna me dijo que tenía que ocuparme de otra cosa, que tenía que seguir. Por eso empecé a corregir la novela. A través de la ventana podía observar a Ricardo de vez en cuando. La puerta de su oficina estaba abierta. Se encontraba ahí, sentado, sin hacer nada, mirando a veces hacia afuera, observando los escritorios casi vacíos. Su mirada era estúpida e impotente. De vez en cuando los sonidos de un teclado interrumpían la monotonía insomne del lugar. Creo que lo observé derramar una lágrima.

Hoy me permití dar un paseo por el muelle. Eran la cinco de la tarde y la oficina estaba, literalmente, vacía. Ricardo se había ido sin decir palabra alguna y todos habían aprovechado para escabullirse del lugar. Yo decidí quedarme un tiempo más para trabajar en el libro, pero al poco tiempo me di cuenta de que no tenía sentido continuar mi labor. Tomé mi gabardina y salí. Afuera del edificio soplaba un viento fresco que invitaba a recorrer la acera hasta el inicio del mar. Por eso llegué allí. ¡Hace tanto tiempo que no me encontraba frente a frente con el océano! El sol estaba casi escondido en el horizonte y sus rayos dibujaban avenidas rojizas sobre el agua ondulada. Fue un espectáculo hermoso. Las gaviotas volaban en círculos y, de vez en cuando, dejaban salir de sus picos graznidos distantes. Arrumbados en las orillas del viejo puerto, los cascos oxidados de los barcos parecían cadáveres de cetáceos desterrados del fondo del mar. Algo me hizo pensar que todo eso era una metáfora de nuestra existencia, pero no pude situar con claridad dicho pensamiento. Sólo el derrumbe de un mástil me hizo salir de mis divagaciones. Un pequeño grupo de personas se juntó en el malecón para observar de cerca el suceso, esperando que ocurriera algo más. Pero no pasó nada. El barco siguió ahí, flotando apenas, aguardando que el tiempo y la naturaleza concluyeran su obra destructiva. La gente se fue decepcionada.

Ricardo me informó que el tiraje de la novela no habrá de exceder los quinientos ejemplares. No era de esperarse algo distinto. Desde hace años no hay casi ninguna edición que supere esa cantidad. Los lectores escasean y el papel es poco. No obstante, hacemos todo para que la edición resulte lo más atractiva posible. Justo hoy fue a visitarme Daniel Teillier, el escritor, para hablar sobre el diseño de la portada. Le gustó mucho la propuesta, aunque yo no pude darle detalles sobre ella, ya que se trata de un trabajo que no me corresponde. El director del área de diseño había salido y me tocó atenderlo. Me pareció un buen tipo, con ideas interesantes. Estaba cansado porque había recorrido un largo trecho a pie para llegar a la oficina, ya que el transporte público es cada día peor y él no tiene carro. Me pidió permiso para quedarse un rato y fumar un cigarro. No había nadie afuera, así es que se lo permití con la condición de que abriera la ventana. Así lo hizo y se sentó sobre el alféizar mirando hacia abajo del edificio, a una altura de veinte pisos. Una pequeña sensación de vértigo me invadió de pronto.

—¡Qué absurdo es escribir! —exclamó mientras expulsaba una bocanada de humo—. ¿No le parece?

No supe qué contestarle. Me quedé callado.

—Usted que trabaja todo el tiempo con libros debería entenderlo mejor que yo —continuó sin hacer caso de mi silencio—. Escribir ha sido siempre absurdo, pero en esta época lo es más. Sólo faltaba un suceso de grandes proporciones para que se revelara lo inútil de este acto. Llegará el día en que se escriba el último libro y ya nadie lo lea. Entonces se hará patente la futilidad de todo ese esfuerzo colectivo que un día designamos con el nombre de Literatura…

Me quedé mirándolo un rato hasta que acabó de fumar. Luego apagó el cigarrillo sobre la pared externa del edificio y tiró la colilla en el bote de acero que se encontraba en el piso. No dijo mucho más. Tan sólo intercambió unas palabras de cortesía conmigo y después se despidió. Me quedé un tiempo mirando hacia afuera de la ventana. Al llegar la noche decidí abandonar la oficina.

He estado recorriendo el parque que se halla frente al malecón estos últimos días. Por algún motivo me parece el lugar más interesante de la ciudad. El sábado pasé allí muchas horas, primero andando por sus caminos curvilíneos y, luego, sentado en una banca frente al lago por donde felizmente se paseaban dos cisnes de manera despreocupada. Los animales son los únicos que no parecen darse cuenta de nada. O más bien sí. Disfrutan su nueva situación, su nuevo dominio sobre los espacios que el hombre creó para su goce. Ahora se puede ver a los perros sueltos por la calle, sin dueño, sin nadie que los persiga ni moleste. A veces le ladran a uno hasta que evitan el cruce de un pasaje o de una calle. Parecen estar conscientes de todo. Al principio se les perseguía como siempre, pero ya nadie se preocupa de ellos. No hay nadie que haga ese trabajo. Mientras estuve en el parque algunos niños pasaron corriendo y comenzaron a lanzar piedras a los cisnes. “Idiotas, idiotas”, les gritaban mientras se reían. Los padres estaban más lejos, mirando hacia otro lado. Quise gritarles que dejaran de molestarlos, pero de pronto me sentí ridículo. Una pequeña piedra rozó el cuello de un cisne y los dos se alejaron con rapidez hacia la isla artificial que se había construido en medio del lago. Sentí ganas de golpearlos, pero sólo fue un pensamiento instantáneo. Después se generó un silencio incómodo y decidí partir del lugar. Mientras más me sumergía en el parque, más se hacía evidente su extraña magia. Sus árboles me parecieron grandiosos. Eran los mismos de siempre, pero su proporción había cambiado según mi recuerdo. Ahora lucían más sólidos y grandes, como si unos cuantos años de soledad les hubieran servido para despertar fuerzas milenarias. La hierba había crecido también de manera desproporcionada. Parecía no haberse podado nunca. No había setos. Los arbustos habían perdido su forma y, por un momento, tuve la sensación de estar en medio del bosque, lejos de todo rasgo de civilización. Lagartijas, ardillas, arañas, pájaros y alimañas de todo tipo se paseaban con absoluta libertad. Ése era ya su reino. Me di cuenta de que lo estaba invadiendo. Me fui.

Obra de Alberto Castro Leñero.

El libro se publicó por fin y se realizó una presentación en la planta baja del edificio donde se ubica la editorial. Llegaron varios escritores y artistas al lugar. Hace mucho que no veía a tanta gente en un mismo espacio. Teillier estaba muy emocionado y no escondía de ninguna manera su alegría. Se acercó a mí varias veces y me dijo que apreciaba mucho mi trabajo, que mis correcciones habían sido de un valor inconmensurable y que lo haría constar a la hora de presentar el libro. Incluso me invitó a estar en el panel de comentaristas, pero decliné amablemente. No sirvo para esas cosas. Ricardo también estaba contento. Estuvo platicando con otros editores y, en ocasiones, dejaba salir risas estruendosas, como las que hace mucho tiempo no le oía. A su lado se encontraba una mujer delgada y joven, de tez muy clara. Su cabello era castaño y su rostro me recordó a Clarissa antes de partir. Sin querer, me quedé observándola durante un largo rato, hasta que ella pareció darse cuenta de que alguien la miraba y volteó hacia mí. Traté de sonreírle, pero su boca hizo una mueca que delataba incomodidad. Bajé la vista al instante y me quedé pensativo. Al poco tiempo comenzó la presentación del libro y traté de olvidarlo todo. El primero en hablar fue un escritor poco conocido de apellido Salvin. Sus ideas fueron, sin embargo, las que más me atrajeron. Estableció una comparación entre la decadencia de nuestra civilización y los trazos casi invisibles que la escritura va dejando en el tiempo. Utilizó el concepto de un viejo filósofo. Habló de huellas, de signos, de rasgos que se borran pero que, al mismo tiempo, nos legan reminiscencias quebradizas, únicos testigos de nuestro paso por el mundo. “Escribir es el arte de trazar signos en la arena, haciendo posible que esos signos perduren más de lo que se podría esperar. Así como en nuestros días los edificios se derrumban sin que nadie pueda evitarlo, así también la escritura se va borrando al agotarse el tiempo que la vio nacer, quedando tan sólo el espectro de una época, simulado por jeroglíficos que, en nuestra arrogancia, creemos ser capaces de descifrar. Se trata de dos tipos de ruinas. El primero nos revela la ilusión del espacio, la fragilidad de nuestro sueño de estabilidad, el fracaso anticipado de todo intento de construcción. El segundo es el testimonio más claro de la imposibilidad de nuestra permanencia. La arquitectura y la escritura son los símbolos más exactos de nuestra grandeza y de nuestra miseria. No tiene sentido disimularlo. Estamos destinados a desaparecer.”

Al terminar la presentación se sirvió vino y bocadillos. Me acerqué al escritor que había presentado el libro y estuve intercambiando algunas palabras con él. Me sorprendió su inteligencia, siempre acompañada de un aire de tristeza. Unos pasos más atrás se encontraba la mujer que había llamado mi atención hacía algunos minutos. Estaba recargada sobre una columna y no dejaba de mirar hacia el lugar donde estábamos charlando. Al principio me intranquilizó un poco su mirada. Más tarde el escritor giró la cabeza y me di cuenta de que se trataba de su acompañante. Con un gesto de vergüenza me pidió disculpas y me dijo que tenía que irse. Me tendió la mano para despedirse y desapareció junto con la mujer por la puerta de salida. Quedé tentado de pronunciar el nombre de Clarissa para ver si volteaba.

No hay nada que hacer. Comenzó la pausa de invierno, pero la ciudad luce vacía. Estuve meditando largo tiempo sobre la posibilidad de viajar a algún lugar en el sur, a alguna playa para relajarme y tomar el sol, pero de inmediato comprendí lo absurdo de ese pensamiento. La playa estaría, de seguro, casi tan vacía como la ciudad. Sólo habría espacios inmensos para caminar al lado del mar y hoteles fantasmagóricos. Cavilé sobre lo divertido que sería beber un trago en algún bar o en alguna cantina; tal vez seducir a alguna muchacha distraída. Pero nada me convenció. A veces extraño la impaciencia con la que antaño la sexualidad gobernaba mis días como una bestia furiosa. Ya nada me emociona.

Desde ayer nieva sin pausa. La temperatura ha descendido y nada ha logrado animarme a salir. Tengo suficiente alimento como para quedarme en casa hasta el comienzo del próximo año. No sé, tal vez lo haga.

Decidí salir. El olor del departamento me tenía harto. Era como si estuviera habitando un cementerio. Por un instante, sumergido en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, creí saber lo que sería estar muerto. Un zumbido insistente me transportó a un espacio en medio del océano. No había nada más que agua a mi alrededor. Sólo agua salada. Fui despertando lentamente y me sentí aterrado. Decidí apagar la pantalla que observaba somnoliento y me metí bajo la ducha. El agua caliente penetró los poros de mi piel y me insufló algo de vida. Después salí. En el elevador me encontré a una antigua vecina. Hacía meses que no me había encontrado a ningún inquilino del edificio. Me recibió con una sonrisa antes de subir al elevador. Yo la dejé pasar con un gesto de caballerosidad exagerada, pero luego me sentí como un idiota. Adentro se generó un silencio incómodo que ella decidió romper.

—Tenía mucho tiempo sin verlo —me dijo—. Ya no se encuentra uno a nadie por aquí. Se ha vuelto un lugar lúgubre y solitario. Es un poco triste…

—¿Cuánta gente cree que habite el edificio actualmente? —pregunté repentinamente.

—No tengo idea —contestó—, pero no creo que pasen de quince.

—¡Quince! —repetí incrédulo. Para mí, lo más seguro es que la cantidad no rebase los siete o quizás los cinco. Pero no dije nada.

El elevador llegó a la planta baja y los dos nos despedimos. Tal como tenía planeado, me dirigí a un restaurante que se localizaba a tres cuadras del edificio, pero estaba cerrado. Al asomarme a su interior, pude darme cuenta de que las mesas y las sillas, colocadas en un orden que parecía imperturbable, estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo. Seguramente, el dueño de aquel lugar había salido una noche por última vez, después de arreglarlo todo con paciencia, y nunca había regresado. Sin saber qué hacer, decidí comprar unas cervezas en una máquina expendedora que se encontraba cerca de allí. No tenía ninguna esperanza de que el aparato funcionara, pero finalmente escupió cuatro latas y las tomé sin pensar más en el asunto. Las bebí sentado sobre el malecón mientras miraba el espectáculo del mar al atardecer. He de haber regresado casi a la medianoche a la casa. No tenía sueño y sólo me quedé observando el mundo por la ventana sin lograr distinguir a ninguna persona en la calle.

La Navidad ha quedado atrás. Por supuesto, no la festejé con nadie. Lo único que se me ocurrió para celebrar esa fecha fue ir al cine a ver una película. Allí me sucedió lo más interesante que me ha ocurrido en estos últimos días. La sala estaba absolutamente vacía cuando llegué. Ningún alma se hallaba presente en el lugar. Sin embargo, habían comenzado ya con la proyección de la publicidad y de los adelantos cinematográficos. Todo era muy raro. La pantalla transmitía imágenes comunes y corrientes, como si nada estuviera sucediendo afuera. Los mismos anuncios de siempre, la misma estupidez de los viejos tiempos. Tenía ya casi cuatro años sin asistir al cine y, de repente, tuve la sensación de estar en un museo más que en una sala de proyección. Todo me pareció viejo. La sola idea de contemplar rayos de luz proyectándose en una pantalla me pareció ridícula. ¿Qué hacía yo allí, en medio de ese espacio repleto de butacas desoladas, observando cómo los efectos de la luz reflejada en una superficie plana producían una ilusión de realidad? De una realidad que, por lo demás, está desapareciendo frente a los ojos de todo el mundo. Cuando la película empezó, estaba ya muy inquieto. Me pregunté si detrás del proyector había alguien o simplemente la máquina reproducía una y otra vez, sin pausa, las mismas imágenes gastadas. Tuve la impresión de que así sería siempre a partir de ahora; de que las máquinas seguirían funcionando sobre la faz de la Tierra sin la ayuda de nadie, sin la intervención de ningún ser humano; de que, sin darnos cuenta, habíamos logrado en esta generación lo que tantas mentes pretendieron a lo largo de los siglos, dar vida a seres inanimados, reproducir el estúpido juego de los dioses sacando de su nada apacible a las cosas que de ninguna manera nos lo habían solicitado. Sentí con toda la fuerza la imbecilidad que recubre la existencia humana. Máquinas girando alrededor de nosotros, trabajando para nosotros, para seres que ni siquiera son capaces de sobrevivir a sus propias creaciones; ruinas de otro tiempo que continúan su marcha como los carruseles de una feria, virando en círculos, una y otra vez, alejadas de todo significado posible, de todo sentido. ¿Por qué inventamos todo esto? ¿Con qué finalidad? ¿No sabíamos desde un comienzo que no seríamos eternos? Casi fuera de mí me acerqué al rectángulo desde donde se realizaba la proyección. Me asomé por la ventana para observar si había alguien, pero no pude ver nada. Me quité un zapato y comencé a golpear el cristal con el tacón, con la finalidad de que alguien me respondiera, pero nadie prestó atención al ruido producido. Empecé a golpear fuerte, más fuerte, más, más fuerte, hasta que el cristal reventó y los pedazos de vidrio salieron volando por todas partes. Me quedé paralizado. Pensé que alguien vendría de inmediato a reclamarme, pero no fue así. La sala seguía en silencio fuera del sonido que salía de las bocinas, tan sólo disturbada momentáneamente a causa del ruido provocado por mis golpes y por la fractura del vidrio. Supe que estaba completamente solo en ese complejo. No había nada que hacer. Estiré la mano lo más que pude y apreté un botón rojo que se hallaba no muy lejos del lente principal. La proyección se detuvo. Todo quedó en silencio. Inesperadamente sentí un alivio abismal. Era como si, después de muchos años, experimentara por primera vez una calma absoluta. La oscuridad reinaba también y en el ambiente se respiraba un aire bochornoso pero apacible. Me imaginé acostado dentro de un ataúd y me fui adormeciendo. Luego salí de mi sopor. Toqué con mis manos el borde de las butacas y comencé a bajar los escalones lentamente hasta llegar a la parte baja de la sala, donde se hallaba el pasillo que conducía a la salida. Afuera de la sala tampoco había nadie. Los muchachos que revisaban los boletos habían desaparecido y la dulcería estaba cerrada. Salí caminando lentamente, con la sensación de que me hallaba en el interior de un mausoleo. Antes de cerrar la puerta me atreví a bajar el interruptor general para apagar las luces. Todo quedó a oscuras y yo me alejé caminando.

Obra de Alberto Castro Leñero.

¿Cuándo comenzó la fuga? Es algo que nadie puede determinar con precisión. Cuando nací, el proceso estaba ya muy avanzado, y toda mi vida he sido testigo de ese lento vaciamiento de las ciudades y los poblados. Hace un momento, en la pantalla, un comentarista dijo que, en realidad, las primeras migraciones habían iniciado hace más de ocho décadas, pero que entonces nadie les había prestado la suficiente atención por suponer que se trataba de un fenómeno efímero, que pronto sería superado. Pero no fue así. Un día las ciudades y los pueblos comenzaron a lucir vacíos, sin gente. Los que marcharon se asentaron en diversos lugares: en la cima de una montaña, en la profundidad de un bosque, en las zonas áridas, en la cercanía de los polos, en islas abandonadas. Era, dijo, como si la civilización entera que había producido todo el conjunto de comodidades de las que gozamos se hubiera vuelto, de pronto, un peso para la mayoría de las personas; como si, en vez de facilitarnos la vida, todo el cúmulo de saberes, técnicas, conocimientos, nos hubiera arrancado de nuestro lugar de procedencia y éste nos llamara con la fuerza de una voz sonámbula. El hecho es que la gente comenzó a irse. Al principio, continuó, se trató de identificar los lugares de asentamiento, pero éstos variaban sin cesar. La mayoría eran nómadas y no conocían una residencia fija. Para ubicarlos con mayor precisión, se trató de cercar una extensa área de terreno, pero ésta era demasiado imprecisa y los límites eran rebasados una y otra vez. Luego el ejemplo se comenzó a repetir a escala global. La cantidad de los que se iban superó todo intento por contener el fenómeno. Por lo demás, sólo en pocos casos la fuga derivó en hechos violentos. No había nada que impidiera migrar a los que así lo querían. Se argumentó sobre la necesidad de defender las reservas naturales, los espacios protegidos, pero no hubo ninguna evidencia de que las migraciones estuvieran dañando el medio ambiente o la ecología. Al final, los distintos Estados se dejaron de preocupar por el fenómeno y la oleada de migraciones pudo incrementarse sin ninguna restricción. La conclusión de toda esta reflexión fue fatal, pero lógica: “Si esta tendencia se mantiene, el mundo civilizado desaparecerá en unas cuantas décadas”.

Poco antes del año nuevo recibí la carta de un tío al que no había visto desde hacía muchos años. La carta me cayó de sorpresa y no tengo ni idea de cómo logró llegar a mi dirección. En la misiva me informaba que se hallaba recluido en un hospital y que pronto habría de morir. Nunca se había casado y no tenía hijos. Estaba solo y quería conversar con algún pariente antes de dejar este mundo. El hospital se localizaba en una ciudad sureña a doscientos kilómetros del puerto. Decidí marchar para encontrarme con él. El viaje fue tedioso y, en ocasiones, insoportable. Durante el camino recordé algunos momentos que había pasado con él. Lo primero que apareció en mi memoria fue la imagen insistente de una mañana a las faldas de un volcán. Habré tenido, tal vez, cinco años, y en mi recuerdo perseguía, junto con otros niños, una ardilla que merodeaba los alimentos colocados sobre una manta en el suelo. Mi padre estaba conversando con tres señores. Se encontraban sentados en unas bancas de madera alrededor de una mesa. Mi madre estaba parada detrás de ellos con otras tres mujeres, probablemente tratando de encender la parrilla para comenzar un asado. El grupo de hombres hablaba con fuerza y se reía sin parar. Según creo, entre los que se reían se encontraba mi tío Anselmo. Una barba enorme cubría su rostro aparejado con un par de anteojos redondos. Por supuesto, me es imposible dar cuenta del motivo de sus risas. Sólo recuerdo la impresión que nos causó a los niños, quienes dejamos de perseguir a nuestra ardilla y nos quedamos viendo, un tanto sorprendidos, a los tres hombres desatados en carcajadas. El grito de las mujeres los interrumpió de su hilaridad para que fueran a colaborar en la preparación de los alimentos. Pero mi tío no fue. Al contrario, se quedó sentado un rato, bebiendo cerveza, y sólo después se paró para ir a jugar con nosotros futbol con una pelota de plástico que pertenecía a mi primo Manuel. El piso donde jugábamos era irregular, repleto de piedras pequeñas, y mi tío era muy torpe en sus movimientos. De hecho, fue la única vez que lo vi jugar futbol. Cuando intentó driblar a los tres o cuatro niños que nos pusimos frente a él para impedirle el paso a la portería fingida con dos suéteres, simplemente se tropezó y fue a dar al piso ante las risas de todos los presentes. Se retiró del juego sin hacer mucho aspaviento, pero con un dolor visible en el tobillo. Una muchacha de veinte o veintitrés años se acercó a la banca de madera donde se había sentado para consolarlo mientras tomaba un trago de cerveza directamente de la botella. Si no me equivoco, esa muchacha se llamaba Lisa. Fue su pareja durante muchos años, aunque nunca se casaron. Luego se separaron y no la volvimos a ver. Tal parece que el motivo de la separación, según me lo contó mi padre muchos años después, fue la negativa de mi tío a tener hijos con ella. En realidad, no se trató de una cuestión personal, sino de una decisión irrevocable: mi tío nunca quiso tener hijos con ninguna mujer, a pesar de que tuvo muchas.

La figura de mi tío se presentó de nuevo en mi memoria, con claridad e insistencia, poco antes de la muerte de mi madre. Estuvo allí acompañando su agonía y consolando a mi padre en las duras horas que pasó en el hospital, sobre todo en las noches, cuando nosotros pernoctábamos en las casa de mis abuelos y él se quedaba solo en los pasillos de ese edificio blanco y nauseabundo. Aún recuerdo ese aroma a cloroformo y a profilaxis repelente. Por muchos años evité los hospitales hasta que mi padre enfermó de cáncer y tuvo que ingresar a uno de ellos. Por suerte, decidió no quedarse allí y morir en su casa, en la cual había logrado sobrevivir quince largos años sin su esposa. En esa ocasión mi tío no estuvo presente. Una situación desventurada lo mantuvo apartado del mundo durante algunos años: manejando una noche después de una intensa jornada de trabajo, no había podido evitar cerrar los párpados y dejar que el auto se desviara de la calle para subirse a la acera, por donde caminaba una mujer con su hijo. Ambos habían muerto y mi tío había quedado apenas con heridas menores. Lo peor es que se identificó alcohol en su sangre y no pudo escapar a la cárcel. Creo que no lo volví a ver después de eso, hace quizás unos veinte años. Cuando salió de prisión decidió abandonar el país para trabajar en la empresa de un amigo suyo que había conocido en la universidad, en sus años de estudiante.

Todos estos recuerdos (no muchos, en verdad) se mezclaban en mi mente mientras manejaba por aquella carretera vacía y abandonada. Los baches se seguían unos a otros como si tratara de un espacio asolado por bombardeos repetidos, por lo que era difícil mantener una velocidad constante y, ya no se diga, conducir con rapidez. Mientras hacía el recorrido pude ver cientos de autos abandonados a la orilla del camino, algunos incluso muy adentro de los terrenos por donde cruzaba la carretera. Por su estado de deterioro, me di cuenta de que algunos de ellos llevaban decenas de años estacionados en el lugar sin que nadie hubiera hecho nada por quitarlos de allí. Un escenario desolador.

Cuando llegué al hospital, observé apenas dos ambulancias aparcadas frente a la zona de urgencias. No había casi ningún movimiento, y al pasar por la sala de entrada nadie me preguntó nada, sino hasta llegar a los elevadores. Un vigilante tocó mi espalda e inquirió por el motivo de mi visita. Se lo expliqué brevemente y me dejó pasar sin necesidad de registrarme. Mi tío me había aclarado en la carta su ubicación precisa dentro del hospital y no hubo necesidad de preguntar nada al respecto. Al llegar a su piso, pude observar que nadie vigilaba el área, más que una enfermera que se encontraba detrás de una zona restringida y que apuntaba algunas cosas sobre una libreta. Comencé a caminar lentamente por el pasillo principal y no sé por qué me pasó por la mente la idea de que nadie más que mi tío se encontraba internado dentro de ese edificio. Abrí la puerta sin tocar y de pronto lo vi de nuevo, recostado bocarriba, semidormido, en una posición casi recta, como si se encontrara ya dentro de su féretro en espera de que lo fueran a visitar por última vez.  Su rictus era dolorido y en su muñeca derecha se podía distinguir el catéter que lo conectaba a una bolsa llena de un líquido viscoso. Lo acaricié suavemente por el hombro para no alterarlo. Me le quedé mirando un instante hasta que abrió los ojos y me sonrió tímidamente.

—Hugo… —me dijo de manera casi inaudible.

—Tío, tanto tiempo…

Traté de acercarme para abrazarlo, pero sólo lo hice superficialmente por miedo a lastimarlo o a molestarlo de alguna manera. Nos quedamos callados mucho tiempo, sólo viéndonos sin decir nada. Luego me hizo un gesto con su mano izquierda para que me sentara en un pequeño banco que se encontraba cerca y así lo hice. Lo vi mover los labios de manera repetida, como si tratara de expresar algo, hasta que por fin lo hizo.

—No pensé que fueras a venir —dijo, haciendo un gran esfuerzo por elevar la voz.

Me platicó, así, casi sin fuerzas, de la enfermedad que lo agobiaba y que pronto lo llevaría a la muerte. Apenas si rebasaría este año y todo se acabaría. Parecía una sombra del pasado, un fantasma que quería comunicarse con los vivos para transmitir algo urgente. Pero casi no hablamos. Nos quedamos mirando fijamente por mucho tiempo hasta que una enfermera entró a la habitación para darle una medicina. Cuando salió, se quedó viendo la pantalla que estaba colocada en la pared y comenzó a hablar como si yo no estuviera allí:

—Sólo me arrepiento de no haber tenido hijos nunca, aunque tal vez no hubiera servido de nada. Mucho tiempo me pregunté por el sentido de ese acto, y ahora me doy cuenta de que la única respuesta posible es la del egoísmo. No tenemos hijos para continuar nuestra existencia ni para ver realizado en alguien lo que nunca pudimos hacer y que tanto soñamos, mucho menos para reproducir la especie y todas esas patrañas grandilocuentes que carecen de sentido, como ahora lo entendemos todos con claridad mientras nuestro mundo se cae a pedazos. Tenemos hijos únicamente por costumbre y por capricho, por el deseo de ejercer nuestro control sobre alguien, por la necesidad de hacer que un individuo sea el reflejo más fiel de nuestros propios pensamientos tiránicos. También por miedo a la soledad. Ésas son las únicas razones. Y todas se reducen a una: al egoísmo. Cuando nos ponemos a pensar seriamente en alguna razón trascendente, como yo lo hice por mucho tiempo, en alguna razón no egoísta, nos damos cuenta de que lo mejor es no reproducirse jamás. Para reproducirse hace falta una gran dosis de inconciencia y de irresponsabilidad. Porque al fin y al cabo, ya sea por cualquiera de las razones mencionadas, lo único que lograremos es que el individuo traído al mundo sea tan infeliz como lo somos nosotros. Y lo peor de todo es que, probablemente, ni siquiera nos acompañe en nuestra vejez o en nuestro lecho de muerte. La más grande paradoja de la humanidad, de esa entelequia que se presenta como la poseedora de la razón y de la verdad, es que su sobrevivencia depende de un acto inconsciente e irresponsable, inmoral. Y, sin embargo, ahora que estoy a punto de morir, daría todo por haber sido un poco más inconsciente en mi vida, un poco más egoísta. Tal vez, y sólo tal vez, con bastante cuidado y dedicación hubiera logrado que un hijo estuviera a mi lado hoy mismo. No me malentiendas, no…

Después de esto su voz se apagó por unos minutos. Había hecho un gran esfuerzo al hablar y lucía exhausto. Luego me volteó a ver y dijo:

—Tú te casaste, Hugo…

—Sí, tío, pero nunca tuve hijos. Mi esposa, Clarissa…

—Lo sé, lo sé. No te escribí sólo porque fueras el último familiar al que pudiera contactar, sino principalmente porque sabía que estabas solo en este mundo, igual que yo. Únicamente los solitarios pueden acompañarse. Los otros creen conocer a la persona con la que comparten su vida, pero en realidad no saben nada de ella ni la comprenden porque se han acostumbrado a la imagen que han formado de ese individuo a lo largo del tiempo. Los solitarios, en cambio, pueden ver directamente el dolor del otro porque no lo tienen que reducir a una imagen con la cual puedan convivir. Tú me ves hoy aquí acostado, derrotado, enfermo, y no tratas de consolarme con falsas ideas que tú mismo te has inventado para sobrevivir mejor mi sufrimiento o para paliar, supuestamente, mi dolor. No. Me ves y sabes que voy a morir, y sólo me escuchas para dejar salir estos últimos pensamientos confusos por mi boca. Aunque yo mismo, a pesar de saber que la compañía entre seres muy cercanos es engañosa y terrible, desearía el consuelo de esa falsedad y de ese engaño póstumo. Sí, como cualquier otro ser humano.

No volvió a decir palabra después de ese monólogo. Le acaricié la mano que tenía libre y lo vi dormirse lentamente. Dos días después, justo la noche de fin de año, pereció.

La portada de Fuga, novela de Carlos Herrera de la Fuente, es de Alberto Castro Leñero:

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