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La constelación de Virginia

El escritor Alfredo García Valdez falleció el pasado 17 de enero de 2022. Como un homenaje, la Coordinación General de Difusión y Patrimonio Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, en colaboración con Seminario de Cultura Mexicana, realizaron hace unos días un conversatorio con el título “Rebaño de espuma en estampida”. Originario de Cedro, Zacatecas —nació el 31 de mayo de 1964—, García Valdez ejerció varias facetas literarias: fue poeta, prosista, novelista, cronista, ensayista, editor y periodista. Fue autor de los poemarios Silva de amor nocturnoCajón de ausentes–Cambiar es de tontosManual de viento y esgrimaLa viga en el ojoGatuperioMuseo de grima e insomnio y Epistula ad Almela. También de los libros de prosa Máscaras, prosa de arte menor Abraxas, prosas circunstanciales; además de las novelas Truco I (un palimpsesto) y Truco II (un palimpsesto). Para sumarnos al homenaje al escritor, a continuación reproducimos un fragmento del primer capítulo de su novela Truco II (un palimpsesto), que la Secretaría de Cultura de Coahuila le editó en 2017. Como escribió el periodista y narrador Alejandro Pérez Cervantes: “Para empezar y encuadrar esta lectura, situémonos en lo siguiente: nadie en Coahuila ejerce una prosa como lo Alfredo García Valdez”.


La constelación de Virginia

Narcisa Llerena llevaba dieciséis años viviendo en el mayor sigilo, como escondiéndose de sí misma. Con su invariable traje blanco —el mediodía a plomo—, abrió el portón de la casona de la calle de Bravo, por donde el malogrado Agustín Jaime, primo segundo de Santiago Autógeno, otrora hiciera caracolear su caballo. Se movía como un gato, como una sombra que burla a su sombra. Camargo la miró con ojos deslumbrados a través de la portezuela volante del bar Ojo de Agua. Como de costumbre, se dirigía a la parroquia de Santiago del Canto. Se levantó de la mesa para alcanzarla.

—Entré a la cantina hace buen rato, sólo para verte pasar —dijo Camargo, cubriéndose los ojos con el cuenco de la mano—. La otra noche, en el cuévano, no me dijiste si volveríamos a encontrarnos.

—Sólo puedo recibirte de noche —sus tacones se afilaban en el empedrado, haciendo ondular su figura—. Sabes dónde vivo. Tendré el portón abierto.

Sin volver el rostro, gradualmente iba desasiéndose de su acompañante. El filósofo volvió sobre sus pasos y entró al bar, donde apenas cabían cuatro o cinco mesas. La calle estaba tan sola como si fueran las tres de la madrugada. El señor Realmey, el viejo pero robusto abarrotero de la esquina, descendiente de un empleado ferroviario inglés que llegó a la provincia contratado por una compañía de ferrocarriles de Ciudad Incesto, se había metido a comer, dejando la tienda con las puertas abiertas, abandonada a las moscas. Diez metros más abajo, los aparatos de Estéreo Estefanía pulsaban automáticamente, mientras los dos locutores dormitaban, cansados de hablar hasta por los codos durante toda la mañana. Camargo pensó que no habría sido difícil desnudar a Narcisa Llerena en plena calle y poseerla. A esa hora, la gente se encerraba en sus casas, escapando de la monotonía del sol. El tiempo se movía como una hormiga transparente atrapada en la carátula del reloj. Entre las cortinas, los caracoles y las lanzas de hierro que guardaban las ventanas, ningún ojo se asomaría en esa paralizada hora, ni podría sorprenderlos en el abrazo amoroso.

Mientras tanto, la botella de Gambrinus se le había entibiado en la acuosa penumbra. La destartalada radiola lanzó un acorde súbito: estaba codificada manualmente para que cada media hora tocara una polka si nadie ponía monedas en la ranura niquelada. Todo parecía funcionar automáticamente en la ciudad sumergida, durante un lapso que duraba entre las doce del mediodía y las cinco de la tarde. Aparte de él, no había otro parroquiano. El cantinero dormitaba frente al aparato de radio. Una radionovela de vampiros llamada “El conde Bartok” daba inicio entre los venerables acordes de la Tocata y fuga de Bach. Por la calle no pasaba ni un fantasma ni un automóvil ni un vendedor de puerta en puerta. Las palomas de Catedral llegaban hasta acá, siete calles más arriba, dando pequeños saltitos en los charcos de sol.

Aún le parecía oler el perfume de la muchacha, mezcla de vainilla y alcanfor, de carne fresca y maniquí arrojado a un desván. Había un tufo de ratonera en la cueva abierta bajo la iglesia de Santiago del Canto, disimulada entre arbustos y pedruscos, a unos metros de la escalinata. En la penumbra espesa, casi repugnante, Narcisa Llerena se había deslizado aquella noche como una bestia en su madriguera. La materia irreal de su cuerpo al mediodía se condensaba por las noches, como si adquiriera entonces dos cuerpos, como si otra sangre se empalmara en la suya, como si dos pieles se urdieran finamente una en la otra. Esa boca invariablemente pintada de negro —igual que los párpados, haciendo juego con la pesada cabellera— se cerraba como una ventosa. La blusa de terciopelo tenía la textura de unas alas de murciélago. El denso cuerpo fluía en movimientos espasmódicos, como lleno de temblores ajenos. Unos metros encima de ellos, las viejucas del barrio del Águila de Oro susurraban una misa de gallo, una misa de insomnes, una misa sin cura, según el rito acuariano, sus labios temblando encima de las velas.

—Mi familia fue próspera en otro tiempo —contaba ella—. Tuvimos casa de campo en Capellanía y también en San Isidro de las Palomas. Un rancho de trescientos manzanos constituía la fortuna de mi casa. Fuimos propietarios, además, del edificio donde estuvo el taller de diamantes. Alquilábamos otras siete casas de vecindario, emparejadas todas sobre el callejón de Miraflores. Mis padres están enterrados a unos pasos de aquí, en las criptas subterráneas de Santiago del Canto, esperando los diez años reglamentarios, hasta ser trasladados a las criptas de Catedral, donde permanecerán otros diez años, aguardando el postrero y definitivo reposo en Mazapil, el enjoyado cementerio, ¿o debo pronunciar sementerio, como las criadas?, de los marqueses de Acuario, suelo que merece nuestra simiente y nuestra sangre.

Se trataba, pensó Camargo, de la perpetua letanía de los últimos vástagos de las familias viejas, cuyos antepasados habían fundado Estefanía y ahora reposaban, orinados yelmos y serrín espectral, en la necrópolis de Mazapil, la villa más antigua de la provincia de Acuario, y destinada desde su fundación a ser villa funeraria.

—De niña —continuó Narcisa Llerena con esa voz que sonaba como un sempiterno susurro infantil—, viajé con ellos a Tierra Santa. Fue un tour de quince días, organizado por el párroco de Catedral, don José María de Jesús Portugal y Serratos, e iniciado el mismo día que el coronel Patricio Puebla tomó posesión de la Casona Rosada. A Samaria la encontré indiferente, pero me enamoré de todo lo egipcio: las pulseras, las momias, las túnicas, los turbantes.

—Tienes aspecto egipcio. Eso me hechiza y me intriga. Hasta tu manera de andar, ágil y misteriosa, me evoca ese país que adora a los gatos, y que es sólo una noción entre nosotros, ficticia aquí de tan lejana —comentó Camargo. Conocía bien a esas personas memoriosas, dijo otra vez para sus adentros, que mezclaban la nostalgia con la fantasía; en el pueblo los llamaban los “tuvos”, pues acostumbraban iniciar cualquier conversación con una frase de ese tipo: “yo tuve”, “mis abuelos tuvieron”, “mis tíos ya no tienen”.

—Entre las paredes de tierra de Sodoma y las de Estefanía —dijo de pronto, con una sensualidad inquietante filtrándose en su voz de niña— no debe existir mucha diferencia: los mismos adobes amarrados con paja y metidos durante centurias en el horno del sol. Pero las cosas cambiaron antes de que saliera de la infancia: los hermanos de mi madre, las hermanas de mi padre se aprovecharon de nuestra orfandad. La casona de los diamantes y los siete vecindarios estaban intestados, carecían de papeles inclusive desde el día en que mi padre se hizo de ellos, pues mi abuelo no creía en los testamentos, quiero decir en los testamentos dictados en medio de una guerra civil. Así, estos ruinosos parientes me dejaron sólo la casa en la calle de Bravo. Ahora bien, hay dos nichos reservados a unos metros de esta cueva, al pie del altar mayor, que tenemos encima de la cabeza, por si un día decido morir. ¿Por qué heredé una tumba doble?, te preguntarás. Es porque deseo reposar el resto de mi muerte junto a otra persona, sin que sus huesos se confundan con mis huesos.

Puso orden en sus ropas mientras decía esto último. A la luz de los faroles que alumbraban el portal de la iglesia, su piel morena adquirió tonos aceitunados. Los ojos muy negros, los pómulos altos, enmarcaban una boca gruesa, de dientes ovalados. “Me gustan mis dientes —había dicho ella en otro momento—: es la única cosa bella que habrá de acompañarme a la tumba”. Camargo miraba su talle esbelto y la gracia natural de sus pasos, y lamentó con ella que esas cualidades fueran las primeras en abandonar el cuerpo femenino, inclusive antes de la muerte. Narcisa hizo todavía una vaga referencia acerca de cierto sirviente negro, casi mítico, surgido de pronto en algún peldaño de su genealogía, quien habría seducido a alguna hermosa solitaria tía bisabuela, mancillando para siempre el caudal de la sangre de las Llerena. La deshonra había ocurrido hacia 1789, en la temporada de los fastos por la inauguración de Catedral. “Las familias españolas del interior —explicó— compraban esclavos en Veracruz y los trasladaban hasta acá, para que agonizaran en el desierto el resto de sus días”. (La imagen del Santo Cristo, venerada en Catedral, ciertamente no el 14 de julio, fecha de fundación de la villa y luego de la consagración del sacro edificio, sino cada 6 de agosto, había seguido un itinerario, en algún momento de la segunda mitad del siglo XVII, similar al de esos esclavos negros.) El desliz de aquella tía bisabuela había fundado así, bien que involuntariamente, la vocación de Narcisa Llerena por lo egipcio, esa afición que se manifestaba tanto en su maquillaje como en su figura, en su pensamiento y en sus hábitos felinos, enigmáticos.

Camargo notó que la silueta de la muchacha no se había reflejado en el espejo de la barra cuando pasó frente a la mampara entreabierta. Ella le había contado que detestaba los espejos. Se maquillaba al tacto, pintando someramente sus labios, sus mejillas y sus párpados con la punta de los dedos. El pelo muy lacio caía sobre sí mismo, acomodándose de manera espontánea, abundante. No por esto, empero, era menos vanidosa. La sencillez de su ropa y su maquillaje resaltaban la coquetería de sus ojos mortecinos, que chispeaban súbitamente cuando alguna cosa le proporcionaba placer. ¿Cómo hacía para evitar que su cuerpo se reflejara en las ventanas de las casas, en el parabrisas de los escasos automóviles, en los charcos de sol del pavimento, en las pupilas de los transeúntes, en todos los inesperados espejos que podían surgir para ella en cualquier momento, en cualquier circunstancia? Narcisa Llerena caminaba de puntillas, escondiéndose dentro de sí misma, rechazando de antemano a cualquier persona que intentara abordarla.

Sin embargo, cuando encontró por primera vez a Camargo, un mes antes, cerca del bar Salem, alrededor de las once de la noche, fue ella misma quien lo llamó, con una prontitud de gitana que busca a quién estafar. Las paredes descascaradas de Comandante Leza, los zaguanes muertos, los vecindarios evacuados, entre sacramentales pirules, fueron propicios a esa aventura inaugural. Una bandada de garzas del desierto, pequeñas y blanquísimas, volaba rumbo a la sierra de Zapalinamé, que perpetúa en su nombre al último caudillo de nuestros antepasados tlaxcaltecas. La muchacha conducíase como una prostituta, más excitante aún por esos sus ojos mortecinos. El macizo cuerpo carecía de olor. Se entregaba espontáneamente, pero sin demasiada elocuencia, como si esa aceitunada piel fuera ajena, como si estuviera observándose a sí misma, como si en ese momento trabajara para el placer de otra persona, remota y tiránica, de la cual ella era un simple vehículo. Camargo la sintió hueca al principio, como si dificultosamente entrara en un mueble abandonado. Después aquella carne gratuita pareció doblar su densidad, cristalizándose hasta un grado casi doloroso. Narcisa parecía salir de sí misma y regresar acompañada. Resurgía de su desfallecimiento llena de una energía misteriosa, con ímpetu gemelo, como si la noche que la convertía en gata se desdoblara también en dos noches simultáneas.

En poco tiempo, Camargo se aficionó a su compañía sin saber de ella casi nada. Sintió que no la conocería más, así la tratara cien años —así como la luna, mirada durante unos minutos o toda la noche, no deja de ser la misma luna. Iba mostrándose en girones, en fragmentos casuales de conversación, que una vez recordados, se volvían significativos; pero muy pronto tales datos habían empezado a girar en torno a sí mismos, repitiéndose o aumentando sólo en un grado mínimo, significando ello acaso que no habría más que saber. Sin mediar cita la encontraba de pronto, a cualquier hora, siempre en los alrededores de Catedral, el templo desierto, sin sacerdotes ni sacristanes, abierto a todas horas para la oración, la confesión a solas, según el rito del cristianismo estefaniano, o el ocasional encriptamiento de las cenizas de algún cadáver ilustre.

En el bar Ojo de Agua, como en el Cuatro Ases o el Placeres, salía verdadero el concepto que alguien había acuñado —¿el cronista Fontes?, ¿el propio Camargo?— acerca de la otra ebriedad. El filósofo bebía mesuradamente, acompasado al latido del tiempo, embriagándose de modo imperceptible. Sentía que nunca había bebido antes, pero que no dejaría de beber a partir de ese momento. Tal era el sentido zen de aquella noción. La canónica polka sin letra parecía perpetua, tanto como el humo de su Alas, que nunca terminaba de dispersarse, y el adormilado gesto del cantinero. El hontanar del sol borboteaba en el cruce de las dos calles, entre las cuatro esquinas, al centro de las cuatro direcciones, a la vez paralizado e inagotable. Sólo la radionovela de vampiros en el aparato de pilas, que no terminaba nunca, llena de efectos y de trucos, daba una impresión de movilidad, de vertiginoso sinsentido. (El órgano de Bach, por su parte, se emparentaba con el movimiento perpetuo del acordeón de la polka: dos formas tediosas y manuales del infinito.) Ésta era la hora cero de la ebriedad, cuando las manecillas del reloj se paralizaban. Camargo sintió que si salía en ese momento encontraría al pueblo reducido a escombros, azotado por el viento de los siglos. La clepsidra del alcohol medía cantidades infinitesimales que, sumadas, bastarían acaso para sumergir la mole de Catedral en las profundidades irisadas de una pieza de Debussy.

Habían procurado no deshacerse de Sique, la vieja nana que ahora, crecidas ya ambas hermanas, fungía como sirvienta y ama de llaves. Junto al ruinoso caserón de Palomas, circundado por una huerta de la misma edad, aquella viejuca era el último signo de la prosperidad de antaño que habían podido rescatar, tanto de la mezquindad del tiempo como de la rapacidad de sus parientes. Mientras duraran la finca y la sirvienta, Narcisa podría seguir considerándose una Llerena. Sique la ayudaba a maquillarse, en esa casa donde estaban proscritos los espejos. Sus ojos, translúcidos y azulencos por la edad, le mostraban, estos sí pero a ella sola, el reflejo de su belleza. A pesar de sus cabellos encanecidos, tenía el pulso firme y un tenso hilo de voz. Al remontar la infancia, la muchacha no batalló mucho para hacerle entender que le disgustaban los consejos: la doncella era severa pero discreta. El tiempo no la derrengó, sólo la hizo adelgazar, reduciéndola a sus rasgos esenciales: una figura pequeña y huesuda, que se deslizaba como un espectro, y bajo esa transparencia, un carácter tenaz y enérgico, a despecho de su condición servil. Mientras la peinaban, Narcisa Llerena hablaba con un susurro de voz, que estaba más a tono con sus ojeras que con sus labios.

—No eres tú la más fatigada. Al abrir los ojos, primero vi tu rostro que el de mi madre. Has sido mi eslabón durante todos estos años: me atas a mí misma, pero sobre todo a ti misma. Te atreves a pensar por mí cuando me dirijo a la iglesia, cuando me desvisto en las grutas, cuando trato de esconderme de mi propia sangre en los callejones ciegos. Como mi existencia es doble, tengo la mitad de tu edad; pero una envejece con mayor velocidad cuando tiene dos vidas.

—Como tienes mi sangre, quieres también mis sueños. No pienses que te odio. Sé que tu egoísmo te hace sufrir. Mi consuelo es que también me padeces.

Sique la maquillaba en silencio, ajena a ese monólogo contestado. Mirada de cerca, la mayordoma parecía revestida por dentro de una segunda juventud, más robusta si se quiere: así acontece con la gente del campo. La miraba a los ojos sin mirarla, pintando esos labios mientras maldecían y disparataban. La cálida sombra del crepúsculo ocupaba los rincones, llena de ensordecidos mosquitos.

—Esta noche se cumplen, ¿lo recuerdas?, diecisiete años de continuo abuso, de mutua profanación —la voz de la muchacha era ahora más áspera, los ojos crispados por la angustia—. Nuestro pecado es seguir juntas. Si una está limpia de noche, la otra se ensucia de día. Mientras sesteo en la mecedora del zaguán, con el rosario entre los dedos, a la hora del céfiro, tú asomas la cabeza a las cantinas más sórdidas, buscando una boca pastosa que te escupa. Entrada la noche, te deslizas por el callejón de Comandante Leza, ¿no es así?, y vigilas, a unos pasos del bar Salem, la entrada y salida de los parroquianos, como una puta buscando su pitanza. Malbaratas mi alma mientras duermo. ¿Quién se compadecería de nosotras? Sobre todo, ¿quién podría creer en mí sin caer en la infidencia, en la burla, en el chantaje, en la reprobación? Muy pronto supe que la ternura estaría proscrita de nuestras vidas. Somos una perra de dos cabezas, un escorpión de doble tenaza, una víbora que se autodevora. Quien nos amara, no podría comprarnos.

Un gato penetró en la estancia, deslizándose entre las cortinas como un fantasma de terciopelo violeta; sus ojos abrían como un filo la sombra, separando la esencia y la apariencia. La vieja Sique movía aún sus precisos dedos sobre el rostro que gesticulaba. Frente a Narcisa había otro rostro, idéntico pero sin maquillaje, arrebujado en la sombra. Parecía que el muro enjalbegado de la alcoba fuera un enorme espejo, desde el cual otra muchacha mimaba los gestos de Narcisa en tono juguetón, burlándose por momentos, cuando más profunda era la angustia de ese rostro paralelo. Movía los labios como si rezara, mientras la otra gritaba. Luego se quedaba impávida, equidistante del rezo y la risa, plana como una fotografía o como una silueta dibujada en la cal por una vela. Otras veces hacía escuchar su voz cristalina por encima de la voz áspera y gimiente, pronunciando un contramonólogo casi con las mismas palabras. Narcisa Llerena odiaba los espejos.

Alfredo García Valdez. / Foto: @Cataria2020 (Twitter)

Nota bene: Truco II (un palimpsesto), de Alfredo García Valdez, fue editada por la Secretaría de Cultura de Coahuila en 2017. Hace unas semanas, la dependencia puso a disposición de los lectores la novela para su descarga gratuita: aquí el enlace.

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