Celular


Víctor Roura


Se salió a la mitad de la película para explicar a su amante de qué trataba el complejo tema que abordaba el cineasta húngaro, ya que ella no entendió su desarrollo desde el momento en que el protagonista comenzó a cuestionar su propio suicidio (y subrayaba el aparente pleonasmo, que no lo era, según manifestaba con pesadumbre impugnando, a la vez, los suicidios ajenos). “Tienes que comprender, amor, que quien habla ya está muerto”, escribió el hombre, desesperado, en su celular, pero ella le pidió, con ruegos denodados, que le escribiera a detalle los pormenores. De lo contrario, dejaría de contestarle. Enamorado, el cinéfilo entonces tomó asiento en la cafetería de la plaza para continuar chateando en el celular con su novia, resignado a no mirar más aquella seguramente obra maestra del séptimo arte.

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