Guy de Maupassant. / Ilustración de Coll-Toc. (Wikimedia Commons)

Guy de Maupassant: 170 años de su nacimiento

Narrativa francesa.

Nació en Normandía hace 170 años, el 5 de agosto de 1850, y murió el 6 de julio de 1893, en París, un mes antes de cumplir los 43 años de edad. Pese a su corta vida es considerado uno de los grandes narradores de Francia. Su nombre: Guy de Maupassant. Discípulo de Flaubert y Zola, el naturalista Maupassant publicó diecisiete libros de relatos, alcanzando como cuentista una influencia duradera y un inextinguible prestigio como maestro del género, perdurando su narrativa breve por encima de sus seis novelas. Aquí lo recordamos…


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Nació en Normandía hace 170 años, el 5 de agosto de 1850. Murió un mes antes de cumplir los 43 años de edad, el 6 de julio de 1893, en París. Pese a su corta vida es considerado uno de los grandes narradores de Francia. Su nombre: Guy de Maupassant.

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Es sabido que el cuentista francés Guy de Maupassant, autor de más de 260 relatos, murió de un trastorno mental, al igual que su hermano Hervé —fallecido a los 33 años—, lo que se ha deducido que su locura era “un caso de funesta herencia”, como asevera el doctor Michel Mourre el tercer tomo del Diccionario Bompani de Autores Literarios.

Por otra parte, advierte el mismo Mourre, “su organismo estaba extremadamente fatigado: por su trabajo incesante de escritor, por sus excesos de todas clases, llevado por una sensualidad de despiadada avidez, que se manifestó más en su vida que en su obra; castigado en fin por las drogas, el éter, la morfina, el haschich, que tomaba desde hacía años con la esperanza de calmar sus terribles neuralgias [en su cuento ‘Sueños’, Maupassant describe con transparente severidad las sensaciones producidas por la ingestión de dichos narcóticos]. La aparición de trastornos propiamente físicos fue precedida por una inquietud y una melancolía crecientes, que se advierten claramente en Fuerte como la muerte (1889), por una necesidad casi maniaca de soledad, por una obsesión cada vez más viva de la enfermedad y de la muerte. Pronto fue atacada la personalidad misma: Maupassant comenzó a ser víctima de alucinaciones, de desdoblamientos; creía tener a su lado seres misteriosos y amenazadores. Pero lograba, con todo, dominar su angustia y podía describir esos fenómenos morbosos con su serenidad de observador realista”.

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Cuatro años antes de su irremediable partida, hacia 1889, sus amigos percibieron, dice el doctor Mourre, “un cambio evidente en su aspecto físico: el rostro se tornaba descarnado, la mirada fija. Su conversación era a veces incoherente. Leía sin tregua obras de medicina, hablaba gravemente a sus amigos de la amenaza de los microbios, tomaba toda clase de remedios, apenas dormía, creía recibir por la noche visitas de su doble…”

En 1891 el propio escritor se dio cuenta de que caminaba inexorablemente hacia la locura: “El 1 de enero de 1892, después de visitar a su madre que residía en Niza desde hacía algunos años, intentó abrirse la garganta con un cortaplumas de metal, pero sólo se hizo una ligera herida. Sus amigos lo llevaron otra vez a París. Fue internado en una clínica donde moriría al cabo de 18 meses de inconsciencia casi total, con crisis periódicas de violencia que a veces obligaban a los enfermeros a ponerle la camisa de fuerza”.

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A Maupassant lo acosaban los inefables seres invisibles, a los que incluso, en una suerte de encantamiento prodigioso, lograba a veces mirar.

En su cuento “El horla” (1887), el autor francés ya veía aproximarse a estos verdaderos fantasmas que venían, raudos, por él: “Hace unos días que tengo un poco de fiebre —relata Maupassant—; no me siento bien, o más bien me siento triste”.

¿De dónde vienen estas influencias misteriosas que cambian en desánimo nuestra felicidad y convierten nuestra confianza en inquietud?, se preguntaba. “Se diría que el aire, ese aire invisible está lleno de ignotas potencias, cuya misteriosa proximidad sufrimos. Me despierto lleno de alegría, con deseos de cantar en la garganta… ¿Por qué? Bajo hasta la orilla del agua; y de pronto, tras un corto paseo, vuelvo desolado, como si alguna desgracia me esperara en casa… ¿Por qué? ¿Es un estremecimiento de frío que, rozando mi piel, ha sacudido mis nervios y ensombrecido mi alma? ¿Es la forma de las nubes, o el color del día, el color de las cosas, tan variable que, pasando ante mis ojos, ha trastornado mi pensamiento? ¿Quién sabe? ¿Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos sin mirarlo, todo lo que rozamos sin conocerlo, todo lo que tocamos sin distinguirlo, tiene sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, desde ellos, sobre nuestras ideas, sobre nuestro propio corazón, unos efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables?”

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¡Qué profundo es este misterio de lo invisible!, enfatizaba Maupassant.

“No podemos sondearlo con nuestros miserables sentidos —argüía—, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo que está demasiado cerca ni lo que está demasiado lejos, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua… con nuestros oídos que nos engañan, ya que nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. ¡Son las hadas las que crean este milagro de cambiar el ruido en movimiento, y con esta metamorfosis dan nacimiento a la música, que convierte en canto la agitación muda de la naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el de un perro… con nuestro gusto, que apenas puede discernir la edad de un vino!”

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A Maupassant, en el mismo relato “El horla”, le contaron una historia que lo impresionó mucho: “La gente del lugar, la del Mont, afirma que se oye hablar durante la noche en la arena, luego se oye balar a dos cabras, una con una voz fuerte, la otra con una voz débil. Los incrédulos afirman que son los gritos de las aves marinas, que se parecen mucho a balidos, e incluso a quejas humanas; pero los pescadores que se demoran más de la cuenta juran haber encontrado, vagando por las dunas, entre dos mareas, alrededor de la pequeña ciudad arrojada de aquel modo lejos del mundo, a un viejo pastor, del que jamás se ve la cabeza, cubierta por el manto, y que conduce ante él a un macho cabrío con figura de hombre y a una cabra con figura de mujer, ambos con grandes cabellos blancos y hablando sin cesar, discutiendo en una lengua desconocida, luego dejando de pronto de gritar para balar con todas sus fuerzas”.

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Maupassant se mostró escéptico con la historia.

“Si existieran en la tierra otros seres aparte de nosotros —dijo al monje que le acababa de narrar el extraño episodio—, ¿cómo no sabríamos de ellos desde hace mucho tiempo?, ¿cómo no los habría visto usted? ¿Cómo no los habría visto yo?”

Pero el monje lo calló con el siguiente y rotundo argumento: “¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire el viento, que es la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, desarraiga los árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye acantilados y arroja a los rompientes los grandes barcos, el viento que mata, que silba, que gime, que muge… ¿lo ha visto alguna vez, puede verlo? Y sin embargo existe”.

Maupassant guardó silencio ante aquel razonamiento: “Ese hombre era un sabio o quizás un idiota —concluyó—. No hubiera podido afirmarlo con seguridad; pero callé. Yo había pensado a menudo en aquello mismo que él estaba diciendo”.

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Conforme avanza el cuento, Maupassant enloquece (o mejor dicho: enloquece su personaje, que es él, como en efecto sucedería seis años más tarde) porque alguien, un ser invisible, lo perseguiría, lo acosaría, lo desmoronaría —literalmente—: una voluntad ajena a la suya había entrado en el cuerpo del escritor (“como otra alma, como otra alma parásita y dominante”): “¿Pero quién es ese invisible que me gobierna? —se preguntaba, desconsolado—. ¿Ese irreconocible, ese merodeador de una raza sobrenatural?” ¡Así, pues, los invisibles existen!, sentenciaba Maupassant, que era cruelmente perseguido por uno de ellos, a quien, loco y enfebrecido el escritor, una medianoche encerró en su cuarto (¡al invisible!) y prendió fuego a la casa para por fin mil veces matarlo… pero olvidó adentro a los sirvientes, que no dejaron de pegar gritos de horror hasta hallar su propio silencio sepulcral: la invisibilidad, en ocasiones, efectivamente duele, lastima, carcome… y demasiado.

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