Metamorfosis del canto

“¿Cómo puedo dejar de ser humano?, ¿se puede lograr algo semejante?”


En algún sitio leí que a las personas como yo no les conviene pensar demasiado, es un ejercicio de peligro inminente. Nos hacemos raigambre entre conjeturas y la ansiedad termina por vencernos. Entonces no hay respuestas,  lo dice aquel escrito. Las personas como yo han sido diseñados para responder, pero ¿responder a qué? ¿Acaso no es la labor de la filosofía formular preguntas y conceptos que nunca obtendrán respuesta? Siendo así, ¿para qué preguntar?, es como si uno quisiera tapar el sol con un dedo: dejarías de ver tu propia sombra.

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Si no hay algo a lo que pueda responder, he fracasado. He sido una decepción para los arquitectos. Sin embargo, deberían estar orgullosos: conozco el poder de la inutilidad. Y ahora que soy libre, porque no valgo nada, puedo preguntar sin temor a no obtener una respuesta: ¿ser humano es lo que me ha hecho ser demasiado humano? Pero ¿qué me hace serlo? No es el corazón ni el instinto ni la muerte, ¿es acaso el pensamiento? ¿Cómo puedo dejar de ser humano?, ¿se puede lograr algo semejante? Suena a que podría ser un crimen en más de un estado. No lo sé, ahora veo que pensar es peligroso para mí. Cualquier sistema es tormenta en mi casa de caracol, y no me agrada que la arena del tiempo se pudra entre los pasillos.

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Entonces canto sin respuesta, porque sólo sé cantar, a las tímidas caricias de esta noche, a una silueta que se pierde entre la sombra, a la mujer que se va y nunca hemos perdido, a los nombres abandonados en una fosa común. Entonces canto porque me acerca más al alma. También canto por rencor y furia, para no sentir con lo sentido, para reconocer a los hombres más allá de la mirada, porque mi voz jamás alcanzará el silencio, por eso canto y ese es mi destino.

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Mi vida es de insecto: esencial y diminuta. Pregúntale a cualquiera, la piedra de Sísifo es un fastidio… prefiero cargar una lámpara de estrellas en el abdomen. ¿Y tú?, ¿si fueras un insecto, cuál serías? ¿Te gustaría ser atrapado por un niño y vivir en un palacio de cristal? O ¿prefieres inmolarte, como Ícaro, con una lupa a medio día? Así será de mí este canto de insecto, que se cuela entre la santidad de los espacios públicos, que protesta con carteles a escala y llena casas, sótanos, avenidas, jardines y acaba bibliotecas. Sea así que la labor de mi poesía es levantarse cada mañana y medir la índole de su pecho. Romper el cristal y mirarse sólo entre líneas. Unos minutos más, por favor, para recordar los sueños. ¡Arriba, a sacudir la miseria de los tiempos modernos!  Es hora de agradecer y orar.

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