Foto de Patricia Banda; de la serie “Dos tiempos sobre un espejo”, daguerrotipo Becquerel, 4x5 pulagadas, 2017, CDMX.

Los procesos fotográficos históricos se han vuelto un movimiento estético muy importante

El Taller Panóptico, ya un referente sobre el tema…

Es un hecho: los procesos fotográficos alternativos, también llamados históricos, no sólo han sido recuperados en las últimas dos décadas (por lo menos); en este mismo lapso, y tras ir ganando adeptos, han tenido además un repunte y un auge en el mundo. Dicho de otro modo y más claro: han llegado para quedarse. El Taller Panóptico es, en ese sentido, un espacio dedicado a la investigación y experimentación de dichos procesos —desde sus orígenes— y su aplicación en la actualidad. Hablamos de técnicas de impresión fotográfica del siglo XIX y principios del XX que van desde el daguerrotipo, pasando por el ambrotipo, la albúmina, el ferrotipo, el platino-paladio, el cianotipo, el papel salado, la goma bicromatada, el heliograbado, el fotograbado, el van dyke, el colodión o el “transfer”. Fundado por Arturo Talavera y Patricia Banda, este proyecto se ha ido consolidando poco a poco hasta convertirse en un referente de este tipo en la Ciudad de México (y más allá). El mensaje está claro: el pasado fotográfico como vanguardia estética.


Basta traspasar el umbral para que una mezcla de olores de sustancias químicas te dé la bienvenida. Es una tarde cualquiera, y en la accesoria número 45 del edificio del Antiguo Colegio de las Vizcaínas —en el Centro Histórico de la Ciudad de México— reina una paz absoluta. El ruido de la ciudad apenas alcanza a traspasar las puertas de este lugar, sede del Taller Panóptico: un espacio dedicado a la búsqueda, experimentación y divulgación de los procesos fotográficos alternativos o históricos, desde sus orígenes a su aplicación en la actualidad.

Fundado por tres amigos fotógrafos: Arturo Talavera y Patricia Banda —así como por Iván Piñón, quien, casi de forma inmediata, decidió emprender otros caminos—, el Taller Panóptico, en los últimos diez años, se ha ido consolidando como un referente de estas técnicas antiguas; y lo hecho no sólo en la Ciudad de México, también, poco a poco se ha ido haciendo de un nombre fuera de nuestras fronteras.

Y es que, ya sea para solicitar los servicios fotográficos que se ofrecen o para cursar algún taller de los que se imparten, por aquí han pasado artistas visuales renombrados, fotógrafos reconocidos, incluso cineastas ya experimentados. También, han atendido a visitante de otros territorios: aquí ha llegado gente de Colombia, Perú, Costa Rica o Argentina, que viene especialmente por los talleres que se ofrecen, que va desde el daguerrotipo, pasando por la cianotipia, el van dyke, el papel salado, la albúmina, la calitipia, el platino-paladio, el colodión húmedo, el fotograbado en polímero, la transferencia de emulsión (fuji y polaroid), hasta el cine experimental (de 16 mm) o la hechura de cámaras estenopeicas…

Eso sí: llegar hasta aquí, llegar a este punto, desde luego no ha sido una tarea fácil ni un camino sencillo para sus fundadores; empezando, por supuesto, por la imprudente y disparatada idea de abrir este lugar e ir a contracorriente de la tendencia mundial.

Verán. Cuando hace casi 15 años comenzaron a platicar a conocidos y amigos la idea de armar un taller de este tipo, el proyecto no sólo parecía una locura, también parecía encaminado a la ruina. ¿Por qué? Porque la tendencia mundial hace 15 años era la misma de ahora; a saber: el advenimiento y la entronización de lo digital, y, con ello, su contraparte: la pausada (irreversible) (irrevocable) (definitiva) desaparición de lo análogo.

Cuando le pregunto cómo surgió la idea de este taller de procesos alternativos, cuando prácticamente la tendencia —tanto hace casi 15 años, que iniciaron, como ahora, que ya llevan una década de manera formal— era a la inversa y no ha cambiado en lo absoluto, es decir: sigue siendo lo digital, Arturo Talavera no lo piensa dos veces:

—Mira, como tú bien sabes, esto ya lo veníamos realizando desde Veracruz, desde antes de que nos instaláramos aquí en la Ciudad de México. Cuando nos surgió la idea, realmente pensamos y repensamos esto, o sea, trabajar lo análogo, y creer en los procesos alternativos o históricos, como se les llama… Aunque, a decir verdad, a esto aún le falta mucho. Me refiero a que sigue creciendo no sólo como una manera de expresión, también en términos de demanda, de mercado. Si pensamos y repensamos abrir este espacio fue justamente por lo que dices: la tendencia sigue siendo lo digital y el avance tecnológico, el cual, a veces, parece imparable. Sin embargo, nosotros nos quisimos detener un poco en experimentar, ver otro tipo de opciones, ver otros caminos. Sabíamos que la gente iba a voltear a esto, como lo está haciendo ahora y como lo va seguir haciendo, ya que se dieron cuenta, como nosotros lo hicimos en su momento, que la solución no es sólo lo digital, que también había, que también hay, otro tipo de alternativas…

Observar los procesos en persona

Mejor aquí aclaro: si bien es cierto que varias de estas ideas ya las había platicado con el propio Arturo en ocasiones anteriores, incluso cuando él aún radicaba en el puerto de Veracruz —a mediados de la década de los 2000—, creo que nunca lo había hecho de manera formal, con una grabadora de por medio.

—El taller tiene casi una década, ¿cómo ha sido la recepción en este lapso?

—Para empezar —dice Arturo—, la idea de emprender un taller de este tipo no fue solamente para experimentar con los procesos fotográficos alternativos; también que fuera, en la medida de lo posible, sustentable, que nos dejara dinero para poder dedicarnos completamente a esto. Era apostarle. Sabíamos que los primeros años no iban a llegar legiones de gente al taller. De hecho, lo primero que pusimos en la mira fue optimizar los procesos que estábamos ofertando, y las alternativas que teníamos para ofrecer…

—Perdón, ¿a qué se refiere con eso?

—A optimizar materiales, a optimizar los procesos, para que se dieran resultados y que esto no fuera nada más un rollo anecdótico. Desde el inicio sabíamos que también sería una cuestión casi pedagógica, pues, en realidad, la gente de pronto no tiene idea de lo que le estás hablando… Entonces, era apostarle un poco al tiempo… Teníamos la seguridad de que iba a funcionar. Y, en realidad, tuvimos muy buena respuesta desde el principio. Creo que se debió al modelo que implantamos: mientras otros espacios sólo imparten uno o dos procesos, nosotros juntamos varios y los empezamos a ofertar. Comenzamos a buscar materiales, a buscar soluciones y a buscar que la gente aprendiera el proceso, que se fuera con algo tangible y de calidad óptima.

—Es indudable que al emprender un proyecto como éste se busca, en primer lugar, poder vivir de él; una retribución. Pero, y esto yo lo supongo, hay algo más. Es decir, un gusto, una curiosidad, el hecho mismo de experimentar con todos estos procesos antiguos, que hoy, paradójicamente, resultan ser muy novedosos…

—Estoy de acuerdo contigo. Mira, mucho tiene que ver con una actitud. Actitud a la capacidad de asombrarte, sí… pero, también, a la capacidad de sentir el fracaso cuando no lo haces bien. Debes tener en cuenta que estos procesos, en un 90%, son muy técnicos, así que vas a obtener resultados si desde el origen haces las cosas bien. Sin embargo, y esto es importante resaltar, aun cuando domines (o creas dominar) alguno de los procesos, éstos siempre terminan por sorprenderte. Y eso es lo fascinante.

—Para usar una frase trillada: hay que vivirlo…

—Pues sí, es eso. Aquí siempre repetimos algo en cada taller: que estos procesos son presenciales, porque los entiendes cuando los ves. ¿Sí me explico?

—Sí, totalmente. De lo que se trata es de meter las manitas…

—¡Exacto! —exclama, Arturo, riendo—. Y eso es, precisamente, lo que se ha estado perdiendo. En esta era digital, todo lo ves en los monitores, en pantallas, en los teléfonos, en las computadoras. El observar estos procesos en persona, o sea, directos, pues es cuando entiendes su belleza. Y, ojo: cada proceso te da una sensación completamente diferente. Es más: una imagen la puedes hacer en 20 procesos fotográficos diferentes, y cada uno de ellos, te lo aseguro, te provocará una gran satisfacción…

Foto de Arturo Talavera. / S/t, daguerrotipo mercurial, 8×10 pulgadas, Milpa Alta, CDMX.

Avasallamiento tecnológico

En un momento dado, me dice Arturo Talavera:

—No hay duda: esto ya se ha vuelto un movimiento estético muy importante. En el panorama internacional, si uno monitorea las redes sociales, Internet, se dará cuenta que los procesos fotográficos alternativos están en crecimiento. Y no son sólo fotógrafos, también hay artistas visuales. En Europa, en los Países Bajos (Ucrania, Rusia, Hungría, Polonia), hay mucha fuerza. Igual en Estados Unidos. En fin, hay fuerza y muchos talleres que se dedican especialmente a esto.

Y es cierto. Basta echar un vistazo alrededor —con Internet a la cabeza, pasando por galerías, y museos, y el propio mercado del arte— para corroborarlo: los procesos fotográficos alternativos, también llamados históricos, no sólo han sido recuperados en las últimas dos décadas  y media (por lo menos); en este mismo lapso, además de ganar adeptos, también han tenido un repunte y un auge evidente en todo el mundo.

Para algunos protagonistas, el rescate, repunte y auge ha surgido de la rebeldía de los fotógrafos contemporáneos contra el advenimiento de la tecnología digital. Otros, en cambio, señalan que esto es sólo una moda pasajera, propia de lo kitsch o de la burbuja especulativa en que se ha convertido el mercado del arte actual.

Algo es cierto: por lo menos resulta curioso —por no decir paradójico— que frente al avasallamiento tecnológico que supone la fotografía digital, unas técnicas y procesos que datan del siglo XIX sean en este momento parte de la vanguardia estética.

Hablamos de procesos de impresión fotográfica que van, como ya decíamos líneas arriba, desde el daguerrotipo, pasando por el ambrotipo, la albúmina, el ferrotipo, el platino-paladio, el cianotipo, el papel salado, la goma bricromatada, el heliograbado, el fotograbado, el van dyke. Además del carbón, el colodión, el “transfer” y, desde luego, la fotografía estenopeica, por sólo nombrar algunos.

El mensaje parece estar claro: el futuro de la fotografía está en el pasado.

En ese sentido, en México son muchos y variados los fotógrafos y artistas que se han adentrado a estas nuevas maneras estéticas y artísticas de expresión. Y lo están haciendo desde hace algún tiempo, ya que, además, si en algo coinciden todos es en señalar al principal impulsor: el maestro Carlos Jurado, quien viene, desde los años setenta en Xalapa, experimentando con todo esto.

Desde entonces se ha ido extendiendo poco a poco —y pasito a pasito— por todo el país, entre artistas visuales y fotógrafos (tanto amateurs como profesionales).

¿Nombres? Con el consabido riesgo de dejar fuera a muchos de la lista, aquí sólo algunos —provenientes, todos, de los cuatro puntos cardinales de México—: Julio Galindo, Byron Brauchli —aunque estadounidense, vive en nuestro país desde los años ochenta—, Adrián Mendieta, Ángela Arziniaga, Rubén Pax, Arturo Fuentes, María de la Luz Medina, Waldemaro Concha, Pía Elizondo o Saraí Ojeda. Además están Erasto Carranza, Rafael Galván, Daniel Mendoza, Everardo Rivera, Sergio Mayorga, Carlos Segura, Jorge Camarillo y, desde luego, Arturo Talavera y Patricia Banda.

Enriquecer el trabajo

Si algo han comprobado en estos casi diez años de existencia del taller, me dice Arturo Talavera, es la vigencia de estos procesos:

—Mira, lo que hemos ganado con toda esta experiencia es, primero, certificar que las estéticas funcionan, que estos procesos no van a morir, y que acercarte a ellos enriquece el trabajo que tienes, te dediques a cualquier estilo fotográfico; incluso aunque sólo seas aficionado y nada más te guste tomar fotografías. Lo que quiero decir es que la propia curiosidad, el propio interés de ir más allá, la búsqueda de una nueva experiencia en torno de la foto, te llevará a estas estéticas. El fotógrafo que tenga una evolución (insisto: sea amateur o el profesional) tarde o temprano llegará a los procesos fotográficos alternativos, porque son maneras de expresión de enriquecer tu trabajo.

—Mucha gente sigue insistiendo que lo digital es la moda, y que los procesos son más bien anticuados…

—Pues sí, pero tampoco hay problema. Tú lo has dicho bien: es moda. Y aparte… Mira, creo que se están limitando mucho. Ahora, aquí quiero aclarar algo: no es el proceso lo que hará una mejor fotografía, o sea, si al final la imagen es mala, mala será. No hay más. Lo que es un hecho es que a los propios fotógrafos reconocidos y profesionales, actualmente, ya les están pidiendo estas estéticas. Coleccionistas o compradores de arte se ven obligados a regresar a estas técnicas; les piden, por ejemplo, un platino-paladio, un heliograbado o una calitipia. Las razones pueden ser varias: porque son procesos estables, o porque así lo requiere el mercado y lo que quieren es vender. Ahora, también hay un poco de ignorancia. No se acercan a los procesos porque se desesperan, piensan que la foto digital les ahorra tiempo, y está bien. Si así lo quiere el fotógrafo, y así le ha funcionado, también es válido.

—También —señala Paty Banda, quien se suma a la conversación— en el taller parte de la experimentación es que hemos combinado la fotografía digital con estos procesos, lo llamaríamos una hibridación que ha funcionado muy bien, aunque desde luego seguimos haciendo los procesos de la forma más tradicional.

—Pero, como dicen: tarde o temprano el fotógrafo que quiere ir más allá llegarán a estos procesos.

—Es que, en realidad, así es —responde Talavera—. Podría decir que esto tiene que ver con la edad, pero yo no lo creo… Más bien tiene que ver con la curiosidad y hasta dónde quieres tú explorar, hasta dónde quieres llegar como fotógrafo o como artista. Los jóvenes, por naturaleza, están en la búsqueda de nuevas maneras de expresión; incluso, a veces recuperando el pasado. Y, que quede claro: no tiene nada que ver el equipo con el que trabajes; puede ser cámara análoga o digital: con ambas puedes hacer esto. Aquí estamos hablando ya de madurez de estéticas y de propuestas visuales. Quien esté metido en la imagen, llegará en algún momento a estos procesos… Es más: si digo que no tiene que ver la edad, es porque casi todos los talleristas que se inscriben son jóvenes. Desde que ven de qué va esto, y ven de qué va eso de los procesos, se quedan alucinando. A muchos les encanta.

Al final, señala Paty Banda, de lo que se trata es de compartir los conocimientos. Y añade algo más:

—Yo creo que aquí es un espacio efectivamente alternativo. Las personas quieren llamar a los procesos antiguos o históricos, pero, más bien, éstos son alternativos. El Taller Panóptico es un taller alternativo, como los procesos que maneja. Y algo más: me parece que, como bien decías al principio, el taller ya está consolidado… Ya la gente lo identifica. Se ha vuelto un referente en cuanto se habla de procesos fotográficos alternativos o históricos. Está bien. Sin embargo, nosotros seguimos experimentando. Nunca se termina de aprender. Los procesos fotográficos antiguos son tan amplios y con grandes variantes. Y, además, existen otros procesos “nuevos”, los creados en la década de 1960 o 1970…

Eso es cierto, finaliza Talavera: “Nosotros seguimos experimentando con estos procesos y con la construcción de las cámaras, haciendo cosas con el cine. O sea, seguimos en una búsqueda tanto personal como estética”.

Nota bene: esta entrevista se publicó originalmente en la revista Forbes México. A punto de cumplir el Taller Panóptico una década de manera formal, editamos y actualizamos esta conversación para los lectores de La Digna Metáfora.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, octubre de 2019.

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