Imagen tomada de Leonard Cohen - Instagram. / Obra de Lupus Nensén.

Cohen Live

“La fantasmagórica memoria propendiendo a la fantasmagórica amnesia (y/o el raedizo whisky y/o), y viceversa…”


Le agradaba oírse oír el álbum éste aquel, el The Best Of Leonard Cohen, de Leonard Cohen, y le agradaba oírse oírlo (y/o el raedizo whisky y/o) viniendo y/o yendo alrededor del claroscuro apenas de la habitación y del sutil aroma a sándalo que (como una superpuesta atmósfera) lo circundaba todo hasta el externo nimbo casi de la farola donde la septembrina lluvia caía suscitándole una absorta incomodidad, una nostalgia semejante a la nostalgia acaso propia de su adolescencia. Recuerda: de improviso (y/o de abajo a arriba, e impune) le atiborraba el alma entonces siempre un liceísta anhelo de petrificarse, de substraerse al decurso indigno del Tiempo, de inmovilizarse, de substraerse a la concreta vida donde el loable Ayer no simbolizaba luego nunca ya sino un y aún ahora vejatorio detritus. Y al recordarlo entiende justo que la profusa euritmia (o ahíta o vacua allí también de una verbal euritmia o de analógica o de cáustica o de alegórica o de fáustica estirpe) que bordea la superficie en círculos del The Best Of Leonard Cohen, de Leonard Cohen, contribuía y sea a otorgarle un extra ápice de desasosiego y a actualizarle ese mismo anhelo, incluso a volvérselo más proporcionado, más lúcido, conforme el logaritmo de claroscuro y lluvia y sándalo y nostalgia entremezclaba sus arrebatos írritos y/o conforme (piensa, y/o comprueba o el rudo o el tenue margen, calcula) el logaritmo de “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” y/o “Chelsea Hotel #2”, y/o “So Long, Marianne” y/o “Famous Blue Raincoat” (para ejemplificarle una coartada cuádruple sólo a la incógnita) e inexorablemente le instauraba en el imaginario confort del imaginario diván psicoanalítico y le urgía a explayarse, a analizarse. Recuerda: y de improviso (y al concentrarse y escribirlo duda y de inmediato tiene la certeza unívoca de estarse internando hasta un tuerto túnel, hasta una inhábil esclusa) era entonces él un muchachito inmerso en la levítica maravilla de una belleza o en fondo o en forma alusiva o a sus padres o a sus hermanas o a sus hermanos y/o a unas cuantas calles cuyas curvas de humo y/o de llenas lunas los agrupaban. Y al recordarlo resucita en su mutua alma el ya ignoto aflujo de adulta adolescencia que le advertiría de lo caduco o a austero que involucra el decurso indigno del Tiempo y de la concreta vida donde el loable Ayer deviene al cabo detritus. Y un convulso anhelo de dejar de transcurrirse, de transcurrir, le asocia a una sorda euritmia que él asocia a un perpetuo instante (o devastándose y/o perdurándose, e innato), intacto. Y la contigua euritmia del The Best Of Leonard Cohen, de Leonard Cohen, le insinúa un específico destello de la Época y/o trasciende la tenue habitación y/o transmuta en una especie de apacibilísima beatitud y/o le reconforta de lo fugaz, de lo hastío abyecto. La fantasmagórica memoria propendiendo a la fantasmagórica amnesia (y/o el raedizo whisky y/o), y viceversa. La Arcadia, el Paria, el Huésped, la Babilonia. Y el Yo que Anhela al Yo a éste que Anhela.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, noviembre de 2018.

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