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Los niños y el 68

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Septiembre, 2026

A unos días de un nuevo aniversario del 2 de Octubre mexicano, la conmemoración le da pie a Rodrigo Farías Bárcenas para escarbar en la memoria y, desde un ámbito personal y autobiográfico, hablar de la niñez y la educación. Escribe: “Hace más de 40 años que leí por primera vez La politización del niño mexicano, del historiador Rafael Segovia. Después de darle una segunda lectura en días recientes, este libro tiene un significado diferente para mí”.

Hace más de cuarenta años que leí por primera vez La politización del niño mexicano, del historiador Rafael Segovia. Hice esta lectura como parte de un ciclo de estudio acerca de la historia de México. Después de darle una segunda lectura en días recientes, este libro tiene un significado diferente para mí, menos apegado al interés de aquel estudiante y más cercano a mi experiencia presente en el trabajo cultural. Ahora encuentro en esta obra elementos para ubicar las coordenadas de mi biografía en un contexto más amplio que el de los límites del recuerdo personal.

Dicha investigación es pionera en el análisis de la socialización de los niños mexicanos, específicamente de sus actitudes políticas. Define el autor, también politólogo y ensayista: “La aceptación voluntaria de los límites, la interiorización de las normas no es sino el resultado de un proceso de aprendizaje político llamado socialización”.

El estudio se realizó en tres fases a partir de octubre de 1969 con estudiantes de primaria (quinto y sexto grado) y secundaria (primero, segundo y tercer grado), no menores de 10 años y no mayores de 15, inscritos en escuelas públicas y privadas en estados de la República Mexicana con distintos niveles socioeconómicos.

En otras palabras, se hizo con alumnos de una generación a la que pertenezco, la de quienes nacimos en la segunda mitad de los cincuenta. Terminé la primaria en 1969, y en septiembre de ese mismo año entré a primero de secundaria; aunque mi escuela no formó parte de la muestra, es claro que ésta representaba a quienes éramos niños en 1968. El Colegio de México publicó la primera edición de La politización del niño mexicano en 1975.

Cabe aclarar que el objetivo de la investigación consistía en dilucidar mediante una metodología de encuestas “lo que los niños piensan sobre su mundo político”, y no trata específicamente el impacto que pudo haber causado en ellos el Movimiento Estudiantil de 1968.

“Lo que en este trabajo se ofrece —explica Segovia— no es pues sino una serie de rasgos de la cultura política mexicana transmitida a los escolares a través de sus padres, de la escuela, de los amigos, de los medios de comunicación y, además, se intenta saber cómo los niños, en la relativa pluralidad donde se les encerró —las categorías—, ven su porvenir y cómo lo aceptan o rechazan”.

Sin embargo, desde el punto de vista metodológico, en la práctica resultó difícil discernir hasta qué punto los acontecimientos del 68 pudieron haber influido en las respuestas de los escolares, ya que se trataba de un aspecto que formaba parte de la realidad cotidiana, tanto de observados como de observadores.

Sigamos con nuestro autor:

“La crisis política de 1968 estuvo por ello en la raíz misma de esta investigación, tanto por tratarse de un acontecimiento decisivo para el sistema político mexicano, como por tratarse de un fenómeno en el que los actores eran en gran medida nuevos en la vida política mexicana o, al menos, no habían participado en ella de manera manifiesta. La crisis de 1968 planteaba, además, un problema que sin ser de una novedad absoluta, se colocaba en el primer plano. ¿Se estaba frente a una crisis de legitimidad de un régimen político o bien la crisis tenía una extensión y una profundidad tales que se trataba de una crisis de legitimidad de todo el sistema político? Si se intentaba estudiar el proceso de socialización de los niños mexicanos, lo coyuntural, las opiniones debían ser cuidadosamente evitadas, y con ello todo cuanto 1968 había manifestado. De hecho no hay estudio de actitudes políticas infantiles ajeno a este tipo de contaminaciones. La única manera de averiguar hasta qué grado se logró evitar la presencia de los acontecimientos políticos del 68 sería el repetir la encuesta”.

Foto: inehrm.gob.mx

El libro en su totalidad despliega con minucioso detalle el método con el cual se llevó a cabo la investigación. Aquí me concentro en sus resultados y en la interpretación que les da Rafael Segovia, según quien la investigación realizada para indagar acerca del “proceso de aprendizaje político llamado socialización”, revela que la respuesta de los alumnos encuestados resultó “adecuada a lo que de ellos se espera”, “reveladora de un proceso de socialización deseado, conformista”.

“La escuela revolucionaria, de acuerdo con lo que pudo observarse, cumplió su papel casi a la perfección: los niños mexicanos que tenían la posibilidad de frecuentar una escuela a fines de 1969, o sea, en el momento de la encuesta, estaban bien socializados: su respuesta está adecuada a lo que de ellos se espera, la relación niño-sociedad no presenta demasiadas asperezas, la adaptación es diferencial, los papeles correspondientes a cada grupo son tan bien cumplidos que pudiera incluso haber sospechas de estar ante respuestas más extraídas por la normatividad de la escuela que por la espontaneidad que, en principio, debe evocar un cuestionario. Queda de todos modos el preguntarse si el hecho de que una pregunta acarree una respuesta ‘esperada’, reveladora de un proceso de socialización deseado, conformista, no revela a su vez el que los agentes de la socialización han logrado la meta que se propusieron. En este sentido queda abierta una posibilidad de interpretación más, ajena desde luego a la ofrecida en este libro”.

Desarrollé la síntesis expuesta en los párrafos anteriores para indicar cómo influyó La politización del niño mexicano en la manera de comprender mi biografía.  La relectura que recién hice de sus páginas contribuyó a que estableciera coordenadas para orientar mi exploración acerca de cómo pensaba mi propio “mundo político”, cuando fue realizada la investigación a fines de 1969.

Hoy me doy cuenta de que a los 10 años, cumplidos en marzo de 1968, es cuando empiezan a calar en mí los acontecimientos políticos que transformaban a México y al mundo. Cuando  ingresé a primero de secundaria en septiembre de 1969, no estaba consciente de mis actitudes políticas al grado de entender cómo me había impactado el Movimiento Estudiantil de 1968, según como lo viví desde las calles de la colonia Gabriel Ramos Millán; sin embargo, sí quedé lo suficientemente inquieto como para querer descifrar esa experiencia. Para lograrlo tuvo que pasar el tiempo, años.

En la actualidad, comprender la propia biografía se ha vuelto una condición primordial para asumir mi papel como productor cultural, ya que la materia prima psicológica con la que trabajo como tal es mi propia experiencia. Por ello, considero un acto de soberanía personal —y una responsabilidad profesional— decidir cómo interpretar y contar esa memoria, impidiendo que sean terceros quienes lo hagan por mí.

Seguramente, en caso de haber respondido en aquellos días el cuestionario del doctor Segovia, hubiera sido uno de los tantos niños que estaban conformes con el sistema; pero mi paso de la niñez a la adolescencia supuso un quiebre paulatino que definió mi actitud en contra del autoritarismo lo mismo en el ámbito familiar que en el escolar, religioso y político-social.

Este cambio obedeció a la combinación de una serie de variables que hoy identifico como el inicio de mi aprendizaje político. Entre ellas se encuentran mi propia vivencia del 68 y el ostensible abuso de poder con el que el Estado combatió a la disidencia durante los años sesenta y setenta: la matanza de Tlatelolco, la represión estudiantil de 1971 conocida como “el halconazo” y la crudeza de la así llamada guerra sucia; acontecimientos que tuvieron en la figura del presidente Echeverría su emblema más notorio.

Es por eso que, con todo y ser parte de la generación investigada por el maestro Segovia, no me identifico con los resultados de su estudio. Su libro da cuenta de un proceso de socialización —controlado por el Estado mediante la escolarización— que conduce a posturas conservadoras y sumisas.

Recuperar la lectura de La politización del niño mexicano me ha dejado claro que la elaboración de una autobiografía requiere examinar con paciencia y en detalle nuestras experiencias escolares. Así es posible cobrar consciencia de cómo el sistema educativo moldeó la concepción que tenemos de nuestra sociedad, su historia y su cultura.

Como productor ejecutivo de proyectos musicales y editoriales, he dedicado mi vida a disputarle al Estado el relato del pasado, como parte de la comunidad de trabajadores culturales que hacen lo mismo. En este sentido, la memoria autobiográfica es un método para desmontar cualquier tipo de manipulación ideológica.

Hacer este ejercicio es imprescindible, sobre todo por la lúcida advertencia que el propio Rafael Segovia esgrimió con lucidez: “La vigilancia del Estado sobre la educación puede ser uno de los indicadores más precisos para conocer la naturaleza del sistema, del régimen o del gobierno”.

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