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Detenido
Septiembre, 2026
Si bien es verdad que sus críticos suelen (y se limitan a) señalar la notoriedad y omnipresencia que ha alcanzado en los últimos años —casi parecida a la de Carlos Monsiváis en su momento—, lo cierto es que Juan Villoro sigue siendo uno de los escritores más reconocidos y queridos no sólo de México, también del mundo hispanoparlante. Practicante con mucha solvencia de casi todos los géneros literarios —desde el periodismo y sus múltiples formas, pasando por la novela, el cuento, el ensayo, el teatro, el libro infantil, además de la traducción—, el sociólogo y escritor mexicano llega a las siete décadas de vida. Víctor Roura ha conversado con él, a manera de celebración.
Sin duda Juan Villoro es, hoy en día, el escritor más reconocido de México y fuera de sus fronteras, porque desde antes de cumplir sus primeras dos décadas de vida ya ejercía el oficio de la literatura sin necesidad, lo que habla del carácter de su admirada independencia, de no afianzarse en el poder intelectual obligándose a injertarse en uno u otro grupo situado en la cúpula de las camarillas culturales.
Juan Villoro se dedica a escribir, renuente a los trampolines del poder que con facilidad se obtienen desde la literatura, o por lo menos lo era en los tiempos pasados (ahora se requiere de otra calamidad, acaso cercana a la lisonja), donde un escritor —y esta vieja enseñanza proviene de la denominada Mafia Cultural, cuyos integrantes han ido partiendo de esta vida lentamente— vivía sin resquemor económico ninguno, sólo con su nombre mil veces valorado en los medios de comunicación.
Juan Villoro se dedica a escribir, nada más.
Y, sí, esa dedicación ha sido recompensada con lectores, pero, también, con reconocimientos: ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 1999 por su libro de cuentos La casa pierde; obtuvo el Premio Herralde de Novela 2004 con su obra El testigo. Además, fue galardonado (“por su destacada trayectoria y aporte al diálogo cultural en la región”) con el VII Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, en el año 2018, distinción que otorga el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile.
Ahora, que está por cumplir sus siete décadas de vida (el próximo 24 de septiembre de 2026), platicamos con el literato, oriundo de la Ciudad de México, sobre diversos temas culturales. Esto es lo que nos respondió…
“José Agustín me regaló una vocación y algo todavía más importante: una determinación existencial”
—¿Por qué escribir, por qué este oficio y no otro, por qué la literatura y no, digamos, el periodismo?
—Eliges una vocación por gusto pero también por incapacidad de hacer otras cosas. Soy malo para casi todo, condición ideal para tener un oficio. Cuando leí De perfil, en las vacaciones entre la secundaria y la preparatoria, me encontré con un personaje que estaba en la misma etapa de su vida. Él vivía en la colonia Narvarte y yo en la Del Valle, que se parecen mucho, era un apasionado del rock, detestaba la escuela, no sabía qué hacer con su vida. Todo lo que le sucedía a él me sucedía a mí, con la diferencia de que su vida era apasionante y divertida y la mía muy confusa. Entendí que la vida mejoraba el estar bien escrita. José Agustín me regaló una vocación y algo todavía más importante: una determinación existencial. A partir de ese momento, todo lo que me pasara —bueno, malo o regular— podría ser materia narrable. Vivir se convirtió en un pretexto para escribir historias. Empecé escribiendo cuentos, pero luego pasé a la crónica y desde hace décadas combino los textos de ficción con los de no ficción. A veces la realidad me propone una historia imaginaria, a veces una verdadera, o la mezcla de ambas cosas.

“La región desconocida de la música de rock”
—Tu primer libro, si bien recuerdo, tuvo que ver con el rock, hoy un género en extinción (sobre todo porque los roqueros se están ya muriendo) que ha dejado su huella en las corrientes contemporáneas, como el demandado k-pop, ¿qué añoras del pasado?
—Mis primeros dos libros, La noche navegable y Albercas, pueden ser vistos como un aprendizaje en el cuento. El tercero, Tiempo transcurrido, narra 18 años mexicanos (del movimiento estudiantil del 68 al temblor del 85) y combina el testimonio con la ficción. El hilo conductor de esas “crónicas imaginarias” es la música de rock y los cambios que tuvo en el periodo. Durante cuatro años (1977-81) escribí los guiones del programa de rock El lado oscuro de la luna, en Radio Educación. Me la pasaba leyendo revistas de rock y oyendo discos. Esa información fue calando en la escritura. Como tantas veces, hubo un impulso externo para que eso sucediera. Fernando Benítez y Huberto Batis me invitaron a escribir de música en el suplemento sábado, de unomásuno. Para alguien de mi edad era difícil publicar literatura; había que entrar por la puerta de servicio, haciendo algo “útil”. Pensaron que cubriría conciertos de música clásica, pero les presenté una crónica en episodios sobre el punk (era 1979). Por descuido o atrevimiento aceptaron eso. Luego les propuse hacer una revisión de los años setenta, que estaban terminando, a partir del rock. Fue el germen de Tiempo transcurrido. Todo ha cambiado mucho desde entonces. Recordarás que el rock era una forma de vida; no se trataba sólo de escuchar grupos sino de vestirte de otro modo, hablar de otro modo, amar de otro modo. Los rockeros eran chamanes de la tribu urbana. Había mucha ingenuidad en eso, pero también un genuino deseo de transformar la realidad. El solo hecho de oír vinilos representaba un acto comunitario; te reunías a escuchar un disco que muchas veces era prestado, pues resultaba difícil conseguirlos. Para estar al tanto de lo que pasaba había que pertenecer a una cofradía de gente que padecía la misma enfermedad. La dificultad de acceder a la música y a la información realzaba el mérito de conseguirla. Hoy en día descargas una rola de manera digital, sin el menor esfuerzo. Entonces también había un componente transgresor. Después del festival de Avándaro los conciertos se prohibieron (con unas cuantas excepciones) y la música se volvió algo casi clandestino. El lema de El lado oscuro de la luna era “La región desconocida de la música de rock”; queríamos mostrar algo casi proscrito, como los mensajes de las sectas en una catacumba. La escena es muy distinta con el K-pop prefabricado, el reggeaton, los corridos tumbados y demás. Sigue habiendo buenos músicos de rock, pero no tienen la condición de guías espirituales. Tal vez el último movimiento transformador a nivel colectivo fue el grunge de Nirvana.
“Tengo una visión crítica del quehacer artístico como algo corporativo, pero tampoco quiero satanizar esas aventuras político-intelectuales”
—Luego siguieron los cuentos, la novela, el teatro, el ensayo, no sé si en ese orden; pero, para fortuna de las letras mexicanas, Juan Villoro no se ha ensamblado con algún connotado grupo de la mafia cultural que se premiaba a sí misma por todo lo que hicieran sus agremiados, ¿cuál es tu visión de la cultura de ayer con la de hoy, abandonada drásticamente por el Estado, tal como se hacía antaño pero de diferente manera?
—Como bien dices, había grupos claramente definidos, principalmente el de Octavio Paz con la revista Vuelta y el de Aguilar Camín con Nexos. Si pertenecías al clan te elogiaban, si eras del clan opuesto te denostaban, si no estabas en ninguno de los clanes, a veces te iba bien y a veces mal. Los grupos culturales ampliaron su radio de influencia dominando programas de televisión, editoriales, periódicos, encuentros culturales, etc., y se acercaron al poder según les convino. Tengo una visión crítica del quehacer artístico como algo corporativo, pero tampoco quiero satanizar esas aventuras político-intelectuales. Publiqué de manera esporádica en ambas revistas y leí ahí algunos textos de primera. Nunca quise pertenecer a un grupo. Estoy convencido de que a la larga la independencia es mejor. No necesitas elogiar a un autor porque pertenece a tu grupo ni tienes que rendirle pleitesía a nadie. Te tardas más en lograr que tu trabajo circule, pero si eso sucede es por méritos propios. Cuando estuve a cargo de La Jornada Semanal me propuse no representar a ninguno de los grupos establecidos ni crear mi propio grupo.
“Los libros en los que transmito más francamente mis pasiones son los de ensayos literarios”
—Del medio centenar de libros acumulados en tu catálogo personal, ¿cuál es la obra, o cuáles son las obras, de la(s) que te sientes más orgulloso y cuál, o cuáles, volverías a escribir?
—La pregunta es complicada; escribes con el mismo entusiasmo todos los libros, pero no siempre logras lo que te propones. Nunca estoy satisfecho del todo, pero mi impresión no necesariamente coincide con la del lector, que es la definitiva, pues es él quien concluye la obra con su interpretación. Mi hijo bien portado es El libro salvaje porque ha vendido más que todos mis demás libros juntos, se ha traducido bastante y Gael García Bernal compró los derechos para hacer una película. Todo indica que la edad con la que mejor conecto es la de 13 años, que es la edad de mi protagonista.
“A nivel del esfuerzo para escribirlo, mi libro más extenso y complejo es El testigo, que recrea un tramo de la vida del poeta López Velarde, episodios de la Guerra Cristera y el México del gobierno del cambio, cuando el PRI perdió por primera vez las elecciones. Para el lector, es un libro más ‘difícil’.
“Nunca sabes cuál será el resultado de lo que haces. Escribí una obra de teatro sobre filósofos; cuando se presentó en México fue algo de nicho, para público universitario, pero en Argentina se volvió muy popular y estuvo año y medio en un teatro enorme (‘aquí todos nos creemos filósofos’, me explicó el director).
“Más que escritor, soy un lector; por lo tanto, los libros en los que transmito más francamente mis pasiones son los de ensayos literarios, que tratan de contagiar el entusiasmo por otros autores: Efectos personales, De eso se trata y La utilidad del deseo. Dicho todo esto, mi género favorito es el cuento, así es que no me puedo olvidar de La casa pierde o Los culpables, lo cual demuestra que soy una persona dispersa, que no se puede atar a un solo tema ni a un solo género. Envidio a los autores de novelas policiacas que cuentan con un detective que aparece en todas las historias y un reparto de personajes que lo acompañan. En mi caso, pasar de un libro a otro, de un cuento para niños a una obra de teatro, es como mudarme a otro país porque debo adquirir costumbres diferentes”.

“El periodismo te permite entrar en contacto con gente que no conocerías de otra manera”
—Por su escritura a Juan Villoro le han otorgado premios internacionales de periodismo, ¿también eres, o te sientes, un buen periodista en estos momentos en que los comunicadores parecen estar todos enojados?, ¿quién o qué es ser un buen periodista?
—En la secundaria hacía un periódico escolar en mimeógrafo que se llamaba La Tropa Loca. Por puro relajo escribía la “Sección de chismes” que hablaba de los romances del salón y las intrigas con los maestros. Esto me daba cierto poder porque todos quería saber lo que iba a decir de ellos. Se trataba, por supuesto, de la más vulgar versión del “periodismo rosa”. Pero un día vi el incendio en el Edificio Aristos, en pleno Insurgentes. Yo tomaba clases de guitarra ahí. Me bajé del camión, pero no pude entrar porque el edificio ya estaba en llamas. Me cautivó la dinámica de la gente, desde la histeria colectiva hasta el heroísmo de los bomberos y los voluntarios. Al regresar a casa, en vez de mi absurda “Sección de chismes”, escribí una crónica del incendio. Entonces tenía 14 o 15 años. Fue mi primer intento de acercarme a la realidad. Luego siguieron muchos otros. Hace décadas hice periodismo de rock para el periódico que tú dirigías: Melodía, diez años después, empresa heroica. He cubierto tres Mundiales y he podido hacer reportajes en la zona zapatista (tengo un libro inédito con esos textos, que ya son bastantes). El periodismo te permite entrar en contacto con gente que no conocerías de otra manera; por ejemplo, pude entrevistar a figuras como Jane Fonda, Yoko Ono, Mick Jagger, Peter Gabriel y Bono. Le hice al fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado una de sus últimas entrevistas. Eso me ha ayudado a entender la realidad y a saber que la razón de las cosas no está en mí sino en los otros, pero no me corresponde juzgar la calidad de los textos. A veces lo que importa no es lo que yo hago, sino el significado que tiene para otra gente. Pude dar una exclusiva acerca del más importante acervo de fotos de la Guerra Civil española, que se encontró en México. Eran fotos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour. En España eso fue una sensación, porque la gente reconoció a sus parientes en las imágenes. Lo que haces en periodismo tiene repercusiones impensadas. Escribí un perfil de Gabriel Vargas, el autor de La Familia Burrón. Cuando le pidieron datos para justificar que se hiciera un timbre de correos con la célebre Borola, entregó mi semblanza. Eso te hace sentir satisfecho en el periodismo.
“Por el momento, las pantallas brindan una enajenación feliz”
—Se dice, Juan, aunque no lo sé de cierto, que los libros, siendo de papel, lentamente van rumbo a su extinción, que si antes se leía poco ahora casi nadie lee por preferir la cuestión digital: ¿qué hace un escritor en estos casos?
—El libro es un medio de comunicación progresivamente minoritario. Antes subías al Metro y veías a la gente leyendo periódicos y revistas, y por ahí había algunos libros. Hoy todo mundo está hipnotizado ante sus teléfonos celulares. Es una tendencia mundial irreversible. Es difícil saber si los daños de la inteligencia artificial causarán revueltas. Por el momento, las pantallas brindan una enajenación feliz, que no se vive como una esclavitud sino como un “beneficio”. La lectura no salvará a la humanidad en su conjunto, pero todavía puede salvar a algunas personas. En el fondo siempre ha sido así. Tener una vida plena es un logro minoritario. Hay que luchar porque esto sea posible para más gente y para ampliar esa significativa minoría.
“Desconfío de los que se admiran a sí mismos”
—Tras siete décadas transcurridas, ¿Juan Villoro es lo que quería ser o, en estos momentos, definiría su rumbo por algo para uno impensado?
—Es complicado hacer un corte de caja. Desconfío de la gente que está satisfecha y, más aún, de los que se admiran a sí mismos. Prefiero vivir como si no me enterara de la edad. ![]()



