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Detenido
Julio, 2026
Bernat Castany Prado es profesor universitario y autor, entre otros libros, de los ensayos Pensamiento crítico ilustrado, Literatura posnacional y Que nada se sabe: el escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges, así como de los poemarios Más fácil todavía y La divina comedia. Ahora, en la estela de Una filosofía del miedo, la anterior obra del autor, el filósofo y ensayista catalán nos propone Una filosofía de la risa. Apuntan los editores en la contra: partiendo de los estudios ya clásicos de Bergson, Freud, Pirandello, Plessner, Minois o Berger, y tomando ejemplos de todas las épocas y lugares, este libro se pregunta de qué modo la comicidad puede ayudarnos a llevar una «buena vida buena». Roberto Valencia ha conversado con él.
Roberto Valencia
Una cierta arqueología de la comicidad en los textos clásicos, humanistas e ilustrados sirve como excusa al filósofo Bernat Castany Prado (Barcelona, 1977) para poner en pie algunas reflexiones sobre la condición humana. Su ensayo Una filosofía de la risa (Anagrama, 2026) no sólo reivindica el carácter estructurante del humor sino que también explica su función como herramienta ética para un buen vivir. En esta entrevista, le preguntamos por los usos y perversiones de dicha facultad.
“Creo que podemos ver el miedo y la risa como dos momentos de un mismo proceso”
—Al abordar en tu anterior libro el estudio del miedo (Una filosofía del miedo, Anagrama, 2022) y ahora de la risa, estás haciendo aportaciones valiosas a la reflexión sobre la condición humana. ¿Crees que en último término tus libros se ocupan de ello?
—Sin duda (y no se me escapa la ironía de que se me haya pegado esta muletilla, considerándome yo un escéptico), el miedo y la risa son dos aspectos fundamentales de la condición humana. Al fin y al cabo, podemos ver la condición humana como una especie de perímetro ontológico, compuesto por una serie de límites, que son a su vez, condiciones de posibilidad: la mortalidad, que no sólo interrumpe nuestra vida, sino que también la cataliza; la ignorancia, que no sólo es una ausencia de conocimiento, sino también la fuente de la curiosidad y el pensamiento; la imperfección, que no sólo obstaculiza nuestros deseos, sino también los causa. La cuestión es que, cuando consideramos el perímetro de la condición humana sólo por el lado del límite, tendemos a sentir miedo, mientras que, cuando lo consideramos exclusivamente por el lado de la posibilidad, sentimos una alegría que suele expresarse bajo la forma de la risa. Aunque quizá no me refiero tanto a la risa cómica, que se ríe de una incongruencia, como a la risa de exultación, que expresa un cierto reconocimiento o aumento de nuestra potencia. Es la risa del contentamiento, entendido como un saber estar contento o contenido dentro de los límites que nos han sido impuestos. Sea como fuere, creo que podemos ver el miedo y la risa como dos momentos de un mismo proceso. Y, tienes toda la razón, ambos libros no son meras reflexiones “psicologizantes” sobre emociones, sino que aspiran, también dentro de la extensión de lo posible, a pensar las dos vertientes básicas de eso que hemos dado en llamar “condición humana”.
—¿Crees que por encima de las abstracciones filosóficas clásicas —el ser, la esencia, la razón…—, pasiones como el miedo o la risa proporcionan un campo de reflexión más apropiado sobre lo que somos?
—A la hora de pensar, intento mantenerme dentro de la tradición humanística, para la cual es esencial la claritas, o claridad de estilo, la consuetudo, o uso de términos acostumbrados, y el escepticismo lingüístico, según el cual es improbable que la azarosa de un conjunto de gruñidos y chillidos destinados a decir “esa baya es venenosa” o “ese mamut te va a aplastar” constituya una representación fiable del universo. Sabemos, además, que, en buena medida, nuestro lenguaje se formó a partir de metáforas, que, según señala Huizinga, en Homo ludens, fueron vividas en un primer momento como meros juegos de palabras. De hecho, es fácil imaginarse las risas de los primeros que oyeron expresiones como “la falda de la montaña”, “la cara de la luna” o “quedarse de piedra”. El resto del lenguaje son paranomasias, generalizaciones, ambigüedades, falacias, imprecisiones, y tal. Lo cual no debe hacernos caer ni en la Escila del nihilismo lingüístico, al modo de la Carta a Lord Chandos, de Hofmannsthal, porque, no sólo es necesario hablar, sino que también es placentero, ni en la Caribdis del perfeccionismo lingüístico, que sueña con un lenguaje depurado, preciso y unívoco, more geométrico. Como decíamos antes, debemos asumir este límite lingüístico, que forma parte de nuestro perimetraje ontológico, no tanto como una insuficiencia, sino como una condición de posibilidad. Al fin y al cabo, con un lenguaje perfecto bastaría con decir las cosas de una sola vez por todas, de modo que no habría pensamiento, ni diálogo. No habría ni siquiera historia, porque todo lo habrían dicho ya los primeros seres humanos, y lo único que nos quedaría sería repetirlo. De ahí que no debamos caer en la tentación del sueño de una lengua perfecta, que es, y voy a tu pregunta, el sueño que sueñan los términos excesivamente abstractos, que quieren abarcarlo todo, y los tecnicismos excesivamente precisos, que quieren recortar infinitamente la realidad. Es el problema de la metafísica, a la que considero, con Borges, una rama (maravillosa) de la literatura fantástica. Y el de la filosofía analítica, que le sucede —creo que la imagen es de Popper— como a aquel hombre que no veía nada porque se pasaba el día limpiando el cristal de sus gafas. Dicho esto, sé que en muchas ocasiones la filosofía necesita forzar el lenguaje cotidiano para poder pensar con mayor profundidad, creatividad y riesgo ciertas cuestiones. Y eso es magnífico siempre y cuando esos nuevos conceptos no mellen la navaja de Ockham, y multipliquen innecesariamente no tanto los conceptos, como las ideas, haciéndonos creer en trasmundos ideales que nos lleven a odiar el reino de este mundo, que es el único tablero de juego que deberíamos considerar.

“Me parece que, sin esa capacidad para reírnos de nosotros mismos, no sólo nuestra vida sería más sosa, sino que sería una absoluta equivocación”
—Tus libros recuerdan algunos atributos que no han sido suficientemente asumidos: nuestro carácter finito, nuestras limitaciones cognoscitivas, nuestra conducta atravesada por el interés… ¿Es necesaria una reeducación que redefina a la baja lo que es el ser humano?
—Me parece que la expresión “redefinir a la baja” es muy acertada. Aunque no para despreciar al ser humano, al modo de la miseria humanae conditionis de la época medieval. No se trata de echarnos por los suelos, sino de cogernos del pie y devolvernos a la tierra. Normalmente, sentimos como una caída el hecho de vernos arrancados de nuestras fantasías idealistas para empezar a ser atraídos por la fuerza de gravedad de la realidad. Sin duda (otra vez), la entrada en la atmósfera de lo real nos hace perder tornillos, placas, motores… ¿Y si lo viésemos en otros términos? Porque si nos viésemos como un astronauta cuyas fantasías de ingravidez le han llevado a cortar el cable que le unía a su nave espacial, y ahora flota incontroladamente en el espacio interestelar, ¿no veríamos como una liberación que alguien lo cogiese del pie y lo devolviese a la atmósfera, donde la fuerza de gravedad no sólo lo atraerá hacia abajo, sino que le permitirá caminar y saltar? Lo que quiero decir es que se trata de redefinir a la baja con el objetivo de hallar el justo medio, el meden agan, de los clásicos. Aceptar lo que somos, esto es, que somos humanos y no dioses, no es menospreciarnos, sino de justipreciarnos.
—Si tuviéramos una imagen menos elevada de lo que somos y no nos comportáramos como unas criaturas tan vanidosas, ¿el humor jugaría un papel menos importante en la vida?
—Me parece que, sin esa capacidad para reírnos de nosotros mismos, no sólo nuestra vida sería más sosa, sino que sería una absoluta equivocación. Pues la distancia respecto de nosotros mismos que nos permite el humor autoirónico, o autoderrisorio, es condición sine qua non para que podamos conocernos mínimamente. En el frontón del templo de Apolo en Delfos estaba escrito el gnothi seautón, o “conócete a ti mismo”, que no creo que debamos interpretar en términos psicologistas, sino, antes bien, antropológicos. “Conócete a ti mismo” no significa conoce tu historia psicológica particular, sino conoce tu condición humana, con sus límites y condiciones de posibilidad. Pues, como dijimos, ese conocimiento exige la distancia que nos ocasiona la comicidad, en general, y el humor, en particular. Por eso a veces he soñado con escribir el relato de unos arqueólogos que descubren que, bajo el frontón del templo de Apolo en Delfos, había un falso escalón que hacía que aquellos que iban a entrar a ver el dios se tropezasen y cayesen de bruces. El tropiezo, físico, mental o psicológico, es un buen recordatorio de nuestro carácter limitado, imperfecto y contingente. Y el humorismo del que hablo aquí es precisamente un modo agradable de tropezar. Algo no muy diferente, quizás, a lo que Julio Cortázar llamaba “la cachetada metafísica”.
“Más aún. Tal y como señalas, una de las fuentes fundamentales de la comicidad es el contraste entre nuestro orgullo y nuestra insignificancia, de modo que, si fuésemos más humildes, tendríamos muchas menos razones para reír. Pero no hay peligro, porque ese contraste es consustancial al ser humano. Para empezar, y sin saber yo apenas nada de psicoanálisis, uno de los traumas fundamentales de nuestra existencia es tener que renunciar a nuestras fantasías infantiles de omnipotencia. Renuncia que nunca se da —puede que afortunadamente— de forma completa. Luego están nuestros intentos, siempre fracasados, por conocer y controlar la realidad, que siempre nos desborda. Pero no sólo no es posible. Sino que, seguramente, no es deseable. Imagino que un pueblo de gente humilde y sabia, plenamente reconciliada con los límites, no serían humanos, sino dioses. Y tendrían sin duda muchas virtudes, pero no serían este hervidero de deseos, fantasías, proyectos, contradicciones, sufrimiento, placer y locura que es el ser humano”.
“El humor nos hermana a todos, participamos de una misma condición humana, igualmente contradictoria, imperfecta, ridícula y vulnerable”
—Creo que el libro trabaja la idea de que el hombre, de tan limitado, es una criatura risible. Sin embargo, creo que para que el ser humano tenga esa relación humorística con su pobre condición, debería mirarse a sí mismo con un poco de ternura. Mirarse como a los niños que se equivocan o se muestran más valientes de lo que su vulnerabilidad puede permitirse. ¿Estás de acuerdo?
—La ternura, que podríamos asociar a la empatía, es uno de los componentes fundamentales del humor, o humorismo, que concibo como la quintaesencia de todas las formas cómicas. Porque hay formas cómicas, como la sátira, la parodia, el sarcasmo o la ironía, que pueden o suelen prescindir de esta ternura, ya que el sujeto de la risa no se identifica con el objeto de la risa, sino que se pone por encima de él. Lo cual no sólo puede resultar humillante para aquel que sufre —y digo bien, sufre—, la burla, sino también debilitante para aquel que la inflige. Y, no sólo porque sabe que la burla puede cambiar de bando, sino también porque sospecha que ha perdido la oportunidad de liberarse también de sus propios miedos y complejos. El humor, en cambio, nos hermana a todos, en tanto que seres que participan de una misma condición humana, igualmente contradictoria, imperfecta, ridícula y vulnerable. Pero esa visión de lo que somos no es despreciativa, como la de cierto cristianismo medieval, ni desesperada, como la de cierto existencialismo. Sino que es al mismo tiempo amable, hermosa y alegre, porque lo hace, como tú mismo señalas, con ternura, con conmiseración, con simpatía. Y, sin duda (¡argh!), la forma en como miramos a los niños (siempre y cuando no estén practicando la flauta dulce) se parece mucho a esta forma de vernos a nosotros mismos. De hecho, ahora estoy escribiendo un ensayo que se titulará, previsiblemente, Una filosofía de la infancia, y este va a ser uno de los temas fundamentales.
—Tus libros no son estudios teóricos. Aunque te planteas mostrar cómo aparecen el miedo y la risa en la filosofía clásica, humanista e ilustrada, tengo la impresión de que nacen de un impulso interior y, sobre todo, de un deseo de acción. En el caso de la risa, creo detectar que reivindicas solapadamente una educación sobre las funciones sociales del humor, y también una puesta en valor de ello. ¿Es así?
—Antes de nada, me gustaría aclarar que no se trata de que no aprecie ni disfrute la filosofía teórica, ni siquiera la más abstracta. Personalmente, he hallado en la filosofía teórica y especulativa una enorme fuente de placer, aunque siempre concibiéndola más como un juego intelectual y estético que como una descripción fiable del mundo, apenas concebible, y aún más de los trasmundos, totalmente increíbles. Creo, pues, con Borges, que la metafísica es una de las ramas de la literatura fantástica. De hecho, la metafísica, que en un origen no se llamaba así, puesto que el término “metafísica” fue acuñado por Andrónico de Rodas, el editor de las obras de Aristóteles, para designar simplemente aquellos escritos que iba a publicar a continuación, y no por encima o más allá, de la física, no constituía, como se pretendió después, una reflexión abstracta sobre el ser general de las cosas, que el cristianismo equiparó con Dios, sino que era un conjunto de prácticas que buscaban que nos diésemos cuenta del mero hecho de vivir, ya que consideraban que esa reflexividad existencial era la vía principal para acceder a la felicidad o eudaimonía. Tal y como nos enseñan Pierre Hadot, Martha Nussbaum, y todos los clásicos en general, la filosofía antigua, humanística e ilustrada, no era tanto un conjunto de teorías abstractas, como un conjunto de prácticas. Como decía Voltaire: “La felicidad da lo que la filosofía promete…” Sin duda, una de esas prácticas, era la teoría. Y la valoro sobre todo en tanto que práctica de la concentración, la meditación, el respeto, la observación, la toma de conciencia del carácter limitado de nuestro lenguaje y de nuestro pensamiento, o la realización de un hecho gratuito…
“La comicidad puede ser usada tanto para liberar como para dominar”
—Ya que estamos con esto, ¿qué beneficios sociales tiene la comicidad?
—Creo, con los clásicos, que hay unos pocos problemas y unas pocas ideas fundamentales, que son las que llevan miles de años atareándonos hermosamente, de modo que toda la historia del pensamiento son sucesivas declinaciones de esas ideas, y que nuestra tarea no es tanto generar nuevas ideas, como darles nueva vida para que sigan entusiasmándonos y seduciéndonos… Como las monedas, las palabras con las que cada generación encarna esas pocas ideas, se desgastan, y la siguiente debe renovarlas. Pero lo que renovamos no son tanto las ideas como aquellos elementos que les permiten sorprendernos, seducirnos, movernos, atraernos, unirnos, entusiasmarnos… Dentro de este proyecto de renovación constante, considero que la “paidía”, que en griego significa ‘broma’ o ’jugueteo’, es una parte fundamental de la “paideia”, que significa ‘educación’ o ‘formación’. Porque la comicidad, en general, y el humor, en particular, no es un mero lubricante social, un adorno para brillar en sociedad, una herramienta para seducir o convencer… sino un componente fundamental de la sabiduría, o técnica de disponer la vida de tal modo que logremos ser un poco felices, o “felicinchis”… Y lo es por su capacidad para enfriar nuestras pasiones, para ahondar nuestro autoconocimiento, para que tomemos conciencia de nuestros límites, para que trabajemos nuestra empatía o para alimentar nuestro sentimiento de igualdad entre todos los seres humanos, y más allá.
—Me pregunto si es necesario que seamos conscientes de que el humor constituye una dimensión crítica del ser humano. Porque tengo la impresión de que, cuando eso ocurre, no tardamos en convertirlo en una herramienta de manipulación. ¿Hay una versión humanista, sin mala fe —ingenua, podríamos decir—, del humor?
—En sus múltiples formas, la comicidad no deja de ser una herramienta, y, como tal, se le pueden otorgar usos constructivos o destructivos. Del mismo modo que un cuchillo puede servir tanto para untar una rebanada como para rebanar un cuello, la comicidad puede ser usada tanto para liberar como para dominar. Está la comicidad bondadosa, comprensiva, consoladora, expansiva o incluyente. Pero también está la comicidad que busca someter, engañar, convencer, confundir o marginar. El mismo Cicerón dedicó el segundo libro de su Retórica a pensar cómo, cuándo y a quién hacer reír. Lo cual significa que concebía la comicidad como una herramienta de persuasión, que podía ser utilizada para ganar en los tribunales, el foro o la asamblea. De hecho, la poética, la retórica y la comicidad comparten los mismos tropos (metáforas, paradojas, paranomasias, metonimias, etc.), que sólo llamamos “poéticos”, “retóricos” o “cómicos”, en función del uso que hacemos de ellos. Más aún, en griego, el verbo tropein significaba “girar”, como en heliotropo, de modo que “tropo” significa, de algún modo, “giro de palabras”. Carlos Bousoño ya estudió, en su Teoría de la expresión poética, las coincidencias entre el chiste y la metáfora. Y Ramón Gómez de la Serna los combinó, en sus greguerías, que definió como “metáfora más humorismo”.
—Por lo mismo, ¿el humor pierde su inocencia cuando se usa para conseguir poder?
—Desde el momento en que utilizamos el humor para aumentar nuestro dominio sobre los demás, creo que ya no tenemos el derecho de llamarlo “humor”, sino, en todo caso, comicidad, o una determinada forma o manipulación de la comicidad. Más aún, creo que es mejor hablar de usos de la comicidad, que de comicidades. Y también creo que hay usos liberadores, que yo llamo “alegres”, en sentido spinoziano, porque suponen un aumento de potencia tanto del sujeto como del objeto de la risa, y usos sometedores, que yo llamo “tristes”, porque suponen una reducción de la potencia, no sólo del objeto de la risa, sino también del sujeto, porque su sentimiento inicial de superioridad es falso, ya que acaba traduciéndose en una reducción de la potencia: pues puede temer la venganza, sentirse culpable o siente indigno por ser mezquino y cruel, y no desplegar las potencias de la magnanimidad o la confianza… Como bien dices, existe un uso humanístico de la comicidad, esto es, de los tropos cómicos, en tanto que nos libera y potencia a todos por igual. Eso es lo que llamo, con muchos otros, el humor.

“La extrema derecha ha logrado hacerse con el monopolio de una comicidad agresiva, jerárquica, idealista, dogmática y unilateral”
—Tengo la impresión de que podemos ver esta distinción entre humor y comicidad como algo que viene de atrás…
—Es una idea con mucho pasado, y mucho futuro. Sobre todo por las implicaciones políticas que posee. De hecho, en Una filosofía de la risa hablo de “guerras de la risa” para referirme al modo en cómo las fuerzas progresistas, o quizás mejor humanistas, y las fuerzas reaccionarias, o mejor antihumanistas, se han disputado, a lo largo de la historia, el monopolio de la comicidad. Durante el Renacimiento y la Ilustración, por ejemplo, la comicidad estuvo en manos de los humanistas y los ilustrados, que utilizaron su fuerza ridiculizadora y crítica para atacar prejuicios e instituciones. Durante las diversas restauraciones y durante los años treinta, la comicidad estuvo en manos de las fuerzas antihumanistas, que la utilizaron para demonizar, marginar y asustar. Hoy en día, la extrema derecha, ayudada por los megaventiladores algorítmicos, que hacen que las voces del ágora corran en una sola dirección, han logrado hacerse, de nuevo, con el monopolio de una comicidad agresiva, jerárquica, idealista, dogmática y unilateral. Esto es, de una comicidad antihumanística. Nuestro deber es recuperar la iniciativa cómica, y difundir esa forma humanística de la comicidad que es el humor.
—La pregunta es obligada: ¿cómo se hace eso? El bombardeo de la extrema derecha en las redes sociales y medios de comunicación es abrumador…
—Se hace, para empezar, sin esperanza. Quiero decir, con la conciencia de que aquello que debe hacerse debe hacerse independientemente de que funcione o no. Las acciones éticas y políticas no son acciones productivas, que se justifiquen por sus resultados, sino que son acciones éticas, válidas en sí mismas. Por eso, sean cuales sean sus posibilidades de triunfo, son acciones que deben realizarse. Creo que es importante tener esto en cuenta, porque el dominio se basa, primero, en la promoción de una mentalidad productivista, y, segundo, en la difusión del derrotismo, con el objetivo de hacernos sentir que no vale la pena hacer nada, cuando las cosas que valen la pena hacer valen la pena hacerlas a pesar de todo. Dicho esto, creo que son varios los frentes en los que se debe luchar para difundir una comicidad humanística e igualitaria, en última instancia democrática. De un lado, es necesario cambiar las condiciones objetivas en las que se produce el debate público. Pues, mientras el mundo digital siga siendo el centro del ágora política, no podemos permitirnos que los megaventiladores algorítmicos de los que te hablaba antes hagan que los mensajes fluyan en una sola dirección (y aún menos que coloquen ante ellos montañas de basura para embarrar el debate). Necesitamos mecanismos legales y técnicos que garanticen lo que los griegos llamaban la “isegoría”, esto es, la igualdad, en derechos y oportunidades, de la capacidad de expresarse. Sin esa igualdad no hay verdadero debate público razonado, y sin él, por mucho que haya elecciones, no hay democracia. Porque las elecciones son una técnica (quizás la mejor que hemos podido imaginar), pero la isegoría es la condición de posibilidad de la democracia misma. De modo que elecciones sin debate público razonado sería —o ya es— lo mismo que un coche sin suelo. Pero también hay un frente individual, en el que debemos esforzarnos por cultivar una perspectiva y una voz más generosa, en la cual la comicidad no sea una herramienta para desacreditar al oponente, sino un modo de reconocer, como dijimos antes, que todos participamos, de uno u otro modo, de una misma condición humana común. El problema es que, del mismo modo que ningún político reconoce jamás que se ha equivocado, cuando lo normal es equivocarse en una profesión en la que deben tomarse decisiones de forma rápida, negociada y en base a información insuficiente, tampoco vemos que los políticos ejerzan la autoironía, o al menos la capacidad de reconocer que ellos son por lo menos tan ridículos como aquellos de los que se burlan. Esa actitud humorística, no es una técnica retórica, sino el ecosistema mismo de la democracia, puesto que nos iguala a todos, y por eso debemos esforzarnos por cuidarlo, en la medida de nuestras posibilidades.
“La comicidad es un mecanismo de regulación de la temperatura espiritual”
—De un modo general, ¿el humor podría convertirse en una conducta lesiva si no estuviera mediado por cierta prudencia, por cierta represión del propio individuo?
—Sí. Al fin y al cabo, la comicidad es un mecanismo de regulación de la temperatura espiritual (o como la queramos llamar). Podríamos decir que la comicidad enfría, para evitar que nuestro entusiasmo se sobrecaliente, y derive en fanatismo. Claro que, si la comicidad enfriase demasiado, entonces podría sumirnos en el océano de aguas heladas del cinismo, el egoísmo y el nihilismo. De hecho, en un principio, pensé que este libro podría titularse Entusiasmo e ironía. Me parecía (y me parece) un título más bello, que, además, capta bien esta dialéctica entre la virtud atemperadora de la comicidad y la virtud movilizadora del entusiasmo. Pero como le dediqué mucho más espacio al primer aspecto, me pareció que el título prometía más de lo que estaba ofreciendo. Pero eso no quita que ambos elementos sean fundamentales.
—¿Es sencillo advertir usos perniciosos de la comicidad asociados a otras conductas?
—Una comicidad desregulada podría perjudicarnos, primero, a nosotros mismos, en tanto que podría servirnos como mecanismo de defensa para no enfrentarnos a las cuestiones que nos importan o para rebajar aquello que deseamos, pero que a la vez tememos no alcanzar (como la zorra, que decía que estaban verdes). Y, segundo, la comicidad puede perjudicar a los demás, porque puede ser utilizada como una herramienta para dominar, herir, marginar o demonizar. Luego está la cuestión de las redes sociales, que no deberíamos tardar en ser capaces de regular. Y es que, como todos sabemos ya, éstas fomentan las pasiones tristes, como el odio, el miedo, la envidia y la desconfianza, porque suponen un mayor grado de interacción, y por lo tanto de adherencia a la pantalla. Pues entre esas pasiones tristes que las grandes empresas tecnológicas explotan como si de una materia prima se tratase, se halla también la comicidad triste. Esto es, la comicidad agresiva y humillante, que nos lleva a sentirnos superiores a los demás, y que, por lo tanto, sirve como opio —en el sentido de calmante adictivo— frente al miedo y al narcisismo ambiente, que el tardocapitalismo ha sabido poner a trabajar en su provecho. En todo caso, lo importante no es cuánto reímos, sino de qué modo lo hacemos. De hecho, en las redes sociales hay mucha risa triste. Nuestra tarea es tratar de difundir una risa alegre autoirónica, potenciadora, empática e igualitaria. ![]()



