El quehacer
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Detenido
Junio, 2026
El quehacer obtiene su nombre de la falta de nombre, es decir, que se trata de algo que quién sabe cómo se llama pero que de todos modos hay que hacer, escribe Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega. Como si no fuera nada, ni siquiera una tarea, pero sí es una obligación y hay que hacerla. A lo mejor ahí está su fineza: en su sencillez, su discreción, su invisibilidad. La mitad del tiempo de la sociedad se gasta en hacer el quehacer.
El quehacer obtiene su nombre de la falta de nombre, es decir, que se trata de algo que quién sabe cómo se llama pero que de todos modos hay que hacer; como si no fuera nada, ni siquiera una tarea, pero sí es una obligación y hay que hacerla. Y a lo mejor ahí está su fineza: en su sencillez, su discreción, su invisibilidad. Y por supuesto, quien lo hace, tampoco existe: es como si nadie lo hiciera, pero queda hecho; y nadie se da cuenta, pero la casa, que como decía Mircea Eliade, simboliza el centro del mundo, queda hecha, que significa dejarla como estaba, como si no hubiera pasado nada. Cuando no se hace, todos se dan cuenta y se quejan porque no encuentran nada y se tropiezan con todo, pero, en cambio, cuando se hace, no se nota.
Y esto es lo que hay que hacer: hay que barrer atendiendo los rincones y las esquinitas adonde los pasos del trajín van depositando el polvo; y juntarlo en montoncitos, el de la recámara, el del corredor; y hay que enderezarse con la escoba y agacharse con el recogedor, con lo cual la espalda va adquiriendo sus achaques; y luego hay que trapear, que es más o menos lo mismo nada más que en mojado, exprimiendo la jerga hasta que el agua jabonosa de la cubeta se vuelva mugrosa, y aquí lo que se adquiere son las reumas.
Y hay que pasar la aspiradora sobre alfombras, tapetes, sillones, cojines, y de paso el gato, para absorber las pelusas, y darles palmadas recias —no al gato, a lo otro— hasta que ya no salga polvareda. Y hay que pasar un trapito húmedo por todas las superficies como si se recorriera con el tacto toda la casa. Y hay que tender las camas que es más pesado si están pegadas a la pared. Y todavía faltan los vidrios. Y regar las plantitas de la ventana. Poner la ropa en la lavadora forma parte del quehacer, pero cocinar no, porque eso es desordenar y empringar, que básicamente es ensuciar con alegría: ya después alguien lavará platos y sartenes, pero esto no se nota porque sí forma parte del quehacer.
Sin embargo, donde aparece la esencia del quehacer, su razón profunda, no es tanto en limpiar la mugre sino en que, al último, como en una especie de pincelada, se le añade un toque de gracia que consiste en no nada más arrumbar las cosas en mesas y repisas, sino en que queden bonitas, puestas con cariño, porque es ley del quehacer que la casa que se barre hay que quererla, o sea que se distribuyen con alguna armonía no importa si de buen o mal gusto, para que quien las puso se sienta contenta, como si caminar por la casa recién hecha fuera una suerte de premio y regocijo, porque siente cómo su persona se acomoda al espacio y viceversa. Es como si uno, lo que estuviera haciendo al hacer el quehacer, es abrir un lugar en este mundo, y declarar que este mundo es para habitarlo y que únicamente de eso se trata la vida; y por eso debe quedar bonito.

Quienes desordenan, los amos de la casa, se creen muy creativos, muy dinámicos, muy productivos, pero el ama de casa, que es como convencionalmente se le llama cuando tiene que anotar su ocupación en un formulario, siente más bien que son unos zánganos, ya que lo más importante de la vida es hacer un mundo donde se pueda estar, y para ello, lo que hay que hacer, como decía Heidegger en un libro que se llama Habitar, es “abrir el espacio”, o como dice Jean-Marc Besse en un libro que se llama Habitar, es “liberar el espacio”, y Juhani Pallasmaa dice en un libro que se llama Habitar, que el quehacer es “ampliar el espacio”, crear el sentimiento de la amplitud: la vida sólo la tenemos para habitar el mundo y, como decía Gaston Bachelard en un libro que se llama de otro modo, el mundo empieza en la casa, y hacer el quehacer es habitar. Las trabajadoras de entrada por salida en las casas no hacen el quehacer.
En fin, el quehacer es el acto vital de restaurar la serenidad. A veces hay que hacerlo de mal humor, y ni modo, pero así no se cumple cabalmente. Se nota que el quehacer va cumpliendo su profundo propósito cuando en mitad de la faena, sin querer, como si fuera la prueba de que está bien hecha, quien lo hace se pone a cantar, ya sea entredientes o fuerte, o le sobrevienen ensoñaciones intempestivas y se acuerda de sus quince años y otras ilusiones o se le ocurren ideas y otros planes. Y uno se siente Blanca Nieves, y es porque va viendo la belleza del mundo, aunque sólo dure mientras llegan los enanos, y le da tiempo de sentarse con un café a contemplarla. Los otros pueden parecer muy ocupados o serios, pero quien hizo el quehacer tuvo el fugaz privilegio de ver aparecer la belleza del mundo y saber que cupo en ella por un momento.
Una de las virtudes que tuvo la guerra de los sexos fue hacer notar que el quehacer sí lo hacía alguien y sí era un trabajo y sí tenía nombre; y nadie lo pagaba y ni siquiera lo reconocía. Uno de los defectos que tuvo la guerra de los sexos fue que pretendió corregir este entuerto a la usanza de siempre, es decir, pagando o cobrando un salario por hacerlo, pero eso se presta a relaciones obrero-patronales que no funcionan en una casa, sobre todo porque se convertirían en una explotación: es de imaginarse a los proveedores del hogar pichicateando sueldos.
La mitad del tiempo de la sociedad se gasta en hacer el quehacer y otros cuidados, pero como eso es impagable, no se puede pagar con dinero; hay dos maneras de pagarlo: primera, con casa propia, esto es, que ese espacio que se trapea y donde se canta, ese sitio donde yo cuido el mundo para que pueda ser habitado, sea mío para siempre y nadie nunca me pueda sacar, ningún casero ni marido ni inmobiliaria ni gentrificación. Y segunda, que en vez de con dinero se pague con el tiempo de las tardes, toda vez que el quehacer se hace en las mañanas, para irse a estudiar, a platicar, a perder el tiempo, a desordenar el mundo. ![]()



