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Vientos del sur en el teatro mexicano

Cuatro décadas y media de Contigo América

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Mayo, 2026

Como todo buen proyecto que merece ser aplaudido, este nació de un sueño, brotó de una utopía, incluso surgió de una escisión entre los propios compañeros de izquierda… En este 2026, nos recuerda el periodista y crítico teatral Fernando de Ita, se cumplen cuatro décadas y media de la compañía y foro Contigo América: ese sueño, esa utopía, en la que creyeron Raquel Seoane y Blas Braidot. Como señala (espléndidamente aquí) De Ita: “Por eso fue admirable la batalla de esa pareja de uruguayos que soñaron con establecer un punto, así de pequeño como el que marca una pluma en una hoja en blanco, de un teatro para la comunidad”.

La represión militar en el Cono Sur trajo a México en los años setenta y ochenta una emigración emergente de artistas, intelectuales y gente comprometida con la democracia, para decirlo en una palabra. Así llegó a México El Galpón, un colectivo histórico del teatro independiente comandado por uno de los caudillos culturales de la República Uruguaya: Atahualpa del Cioppo. Entre las mujeres y los hombres que habían hecho de ese teatro una barricada en contra del autoritarismo, estaban Raquel Seoane y Blas Braidot —acaso el más latinoamericano de los uruguayos que teorizaban sobre la hermandad de los pueblos sojuzgados de América.

Atahualpa del Cioppo —de nombre completo Américo Celestino del Cioppo Fogliacco— fue un hombre que halló en el teatro una herramienta para la libertad artística y social. En 1936 creó La isla de los niños, un programa de radio que devino en una agrupación teatral que buscaba despertar la sensibilidad de los plebes con rigor y disciplina artística. En 1949 esa Isla se agrupó con una disidencia del Teatro del Pueblo y nació entonces El Galpón —que en mexicano significa bodega—, el cual cambió el sentido del teatro uruguayo.

Cuando llegaron al exilio mexicano en 1976, Atahualpa era el patriarca de una epopeya cultural y platicar con él fue una delicia, pero quien manejaba los hilos del colectivo era Rubén Yáñez, miembro del Comité Central del Partido Comunista uruguayo y una mente brillante, prolífica y dogmática. Actor, director, dramaturgo, iluminador, maestro y profesor de filosofía, hizo de la camaradería que tuvo Atahualpa con el teatro de Bertolt Brecht una doctrina de cartón piedra, teatralmente hablando. Aunque Blas Braidot nunca me lo dijo explícitamente, estoy seguro que el dogmatismo de Yáñez fue uno de los motivos por los que el 2 de febrero de 1981 Braidot y Raquel, su mujer, fundaron, Contigo América, en la calle de Arizona número 156, en donde se están festejando los 45 años de tal acontecimiento.

Acostumbrados al arropamiento de la gente que hizo del teatro independiente de Uruguay y Argentina un hito cultural, los galpones sufrieron en México el distanciamiento del público y subsistieron con el apoyo de los programas culturales de Luis Echeverría y López Portillo. Lo que en Uruguay sería un escándalo porque el teatro independiente se llamó así por no depender de ninguna instancia gubernamental. Pero, según sus propias declaraciones, así descubrieron los artistas uruguayos la auténtica cara de Latinoamérica; esto es: la pobreza extrema y la dictadura perfecta, para decirlo con Vargas Llosa.

A la izquierda, Raquel Seoane. (Foto de Ricardo Ramírez Arriola para 360grados.com.) A su lado, Blas Braidot. Puesta en escena de La controversia. / Foto: Ferruccio Musitelli / Creative Commons CC BY-NC-ND 4.0.

La historia de la izquierda latinoamericana es una saga de rupturas, escisiones y traiciones, para rimar la frase, así que la separación de Blas y Raquel tuvo esa connotación hasta 1984, cuando El Galpón pudo regresar al Uruguay y fueron recibidos como héroes culturales. Los “remisos” permanecieron en la Ciudad de México haciendo circo, maroma y teatro para mantener a flote una idea del teatro cuya independencia dependía del público que no estaba acostumbrado a ir al teatro. Por eso fue admirable la batalla de esa pareja de uruguayos que soñaron con establecer un punto, así de pequeño como el que marca una pluma en una hoja en blanco, de un teatro para la comunidad.

En 1984, la ciudad de Montevideo tenía un millón doscientos mil habitantes y la Ciudad de México contaba con nueve millones de personas. En la capital de Uruguay había colas enormes para ver a los recién llegados, y en la calle de Arizona de nuestra ciudad era una hazaña tener completas las 52 butacas de Contigo América.

Blas Braidot murió el 17 de enero del 2003 en la Ciudad de México, y Raquel lo sobrevivió hasta el 17 de marzo del 2012. Ella pidió que la incineraran y que sus restos reposaran en aquel santuario extranjero que Blas y ella levantaron por la utopía de que, por lo menos en el teatro, existiera una auténtica hermandad entre los pueblos de América. Sin duda la poesía ha logrado esa fraternidad subjetiva, y los herederos de Blas y Raquel se han devanado la cabeza y el lomo para mantener funcionando ese intento del teatro independiente por depender solamente del público. Tan solo por ello, merecen festejar los 45 años de Contigo América como un triunfo propio. Digo.

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