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Un siglo de Marilyn

Las actrices en venta

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Mayo, 2026

Llegó al mundo en junio de 1926 y de manera sorpresiva, y fugaz, partió de esta tierra 36 años después, en agosto de 1962. Sin embargo, aún hoy, sigue siendo (quizás) el símbolo femenino más atractivo y poderoso de la industria hollywoodense. Ahora que se cumple su centenario natal, Víctor Roura recuerda a la diva de cabellos rubios y (sin duda) una de las figuras más icónicas del mundo: Marilyn Monroe.

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Hace medio siglo, en noviembre de 1976, cuatro meses antes de que Roman Polanski citara a Samantha Geimer para fotografiarla desnuda con el acicate de que pudiera salir en la portada de la afamada revista Vogue, había tenido un ménage á trois con dos jovencitas quinceañeras a quienes había conocido casualmente: una de ellas se llamaba Nastassja Kinski, a quien —tres años después— le otorgaría el papel protagónico en su película Tess de 1979, a una década exacta de la muerte de la bella modelo texana, entonces su esposa, Sharon Tate, asesinada el 9 de agosto de 1969, cuando tenía 26 años de edad, por Charles Manson (1934-2017), cuando este criminal contaba con 35 años.

Ya Polanski —de ascendencia polaca nacido en París el 18 de agosto de 1933, hoy de 92 años— había dejado atrás el amargo recuerdo suscitado con el asesinato de su segunda esposa, Sharon Tate (en ese momento embarazada). Hermosa era Tate, como hermosas han sido todas las mujeres que ha tenido en su lecho Polanski por su oficio cinematográfico, razón por la cual en demasiadas ocasiones se le aproximaban damas dispuestas a exhibirle sus candores sin que él, a veces, desplegara sus dotes seductoras.

El 10 de marzo de 1977, en casa del actor estadounidense Jack Nicholson (89 años cumplidos en abril), Polanski encerró a la niña Samantha, de 13 años, con la promesa de hacerla famosa si se dejaba fotografiar desnuda, asunto que ella aceptó. No sólo eso: después de algunos escarceos, la hizo suya.

—Yo lloraba cuando me senté en la parte de atrás del coche que me regresó a casa —declaró la niña.

Pero fue la madre, al enterarse de la violación que había sufrido su pequeña, la que denunció al cineasta, mismo que años después fuera perdonado por la propia víctima.

Todo esto viene a cuento por la también hermosa Marilyn Monroe, cómo no.

Monroe posando para fotógrafos en The Seven Year Itch (1955). / Foto: Sam Shaw (Wikimedia Commons).

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El cineasta norteamericano David Lynch —fallecido el año pasado, el 15 de enero de 2025, cinco días antes de cumplir 79 años de edad— declaró alguna vez, sin tapujo alguno (acaso porque sabía de la irrefutabilidad de sus palabras), que las bellas mujeres están en el cine para complacer carnalmente a los hombres. Y, en efecto, luego de lo dicho no obtuvo ninguna réplica.

De ahí que en el caso de Roman Polanski las situaciones parecieran, hasta cierto punto, normales. O, por lo menos, permitidas socialmente. Es decir: 1) las muchachas son capaces de todo con tal de acceder a la fama y 2) la permisibilidad social con los famosos a quienes los medios les facilitan, con asombrosa complacencia, todo tipo de alardes sexuales.

¿No Madonna y Marilyn Monroe, antes de ser quienes son —o fueron—, libraron, gustosas o no, batallas corporales con las cuales pudieron proseguir su camino victorioso a la fama? ¿No la gente miró, arrebatada por la curiosidad, la infidelidad de Brad Pitt saboreando a una Jolie —cuya historia inicial está llena de acostones e indelicadezas sexuales— quien pasaba, oronda y sensual, por encima de la legítima esposa Jennifer Aniston, que se resignó al divorcio ante la algarabía mediática? ¿No incluso muchas mujeres desearían estar en la cama con el citado actor sin importarles su vínculo matrimonial, al fin y al cabo, producto de un adulterio procaz y publicitado?

¿No la gente en México siguió con fanatizado entusiasmo las escabrosas relaciones homosexuales de un tal Fabiruchis (Fabián Lavalle), de Televisa, sin juzgarlo un ápice, incluso disculpándolo de antemano sin saber con exactitud cuáles fueron las circunstancias salvajes —en 2007— por las que acabó casi desfigurado? ¿Cuántas bellas muchachas en este preciso momento están accediendo a los caprichos sexuales de distintos productores televisivos sin que la sociedad feminista sufra un categórico estremecimiento que haga cimbrar su estatus moral? ¿Cuántas niñas atractivas, incluyendo a la básica Gloria Trevi, circularon por el cuerpo del productor Sergio Andrade antes de que algunos padres se hartaran del retraso de sus hijas a la ansiada fama, lo que motivó a que lo denunciaran? ¿No la cubana Niurka, ahora admirada, fue seducida por un productor televisivo mexicano —distanciándola de La Habana— con la misma promesa del prestigio y los dineros? ¿No Yuri, antes de que se lo prohibiera Dios, dilapidó su proporcionado cuerpo con cuanto diablillo encantador se cruzara en su camino a la fama?

Tenemos los mexicanos el caso del matrimonio concertado político entre el presidente priista Enrique Peña Nieto y la actriz de Televisa, denominada La Gaviota, Angélica Rivera, relación que durara justo un sexenio, después de lo cual (caudaloso dinero de por medio) cada quien hizo un camino separado.

Lo que asombra del caso de Roman Polanski no es la violación, digamos, explícita que cometiera —con la complicidad tanto de la industria cinematográfica como de numerosas mujeres, famosas o no— sino los años en que, por una u otra causa, se le ha permitido vivir de manera impune: mientras existía de hecho una flagrante demanda en su contra, el cineasta proseguía haciendo finas películas de denuncia social. ¿No es esto lo que debiera aturdirnos?

Muchos directores de cine, según un escabroso reportaje del diario madrileño El País (publicado el viernes 2 de octubre de 2009), se habían apresurado a exculpar a Polanski: “No tiene que ver con los cargos; la justicia estadounidense aterra”, dijo, quizá sin cavilarlo demasiado, Pedro Almodóvar, razón que llevó a la periodista Elvira Lindo (Cádiz, 1962), esposa del escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), a escribir, en su columna dominical de principios de aquel octubre en ese mismo diario, que “el caso Polanski es feo” porque “ha retratado al mundo de la cultura de una manera que al público, los no artistas, no le ha gustado”. Y no callaba lo que también le había parecido mal de su propio periódico, preguntando a los cineastas su opinión sobre el patético caso: “Esto vendría a ser como si de la violación perpetrada por un taxista tuvieran que opinar los taxistas”.

“No vale que la víctima perdone”, escribió Elvira Lindo (como perdonaron los padres de los niños ultrajados por Michael Jackson luego de recibir millones de dólares para silenciarlos), pues “un juicio no es una negociación entre la víctima y el acusado, ni un intercambio de cheques, como vergonzosamente ocurre en Estados Unidos. El hecho de que hubiera habido dinero de por medio no convertiría a Polanski en inocente, sino la familia en cómplice”. Y Lindo estaba en lo cierto, sin duda.

¿Y las más de tres décadas que habían transcurrido sin haber podido detener a un violador que todo el mundo conoce y ubica y localiza? ¿No habla eso más de un mundo inmerso en la inopia, donde la gente vive a un costado de la injusticia como si se tratara de algo natural, ordinario, común, habitual e innato?

Monroe en una fotografía publicitaria de 1953 para How to Marry a Millionaire. / Foto: Sam Shaw (Wikimedia Commons).

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A mediados de la década de los ochenta del siglo XX, el barcelonés Manuel Vázquez Montalbán (fallecido a los 64 años de edad en Tailandia el 18 de octubre de 2003) escribió una biografía de Marilyn Monroe en la que el autor español, además de hablar del fenómeno de masas y el mito cultural en el que se convirtió la actriz hollywoodense, subraya el hecho de haberse tenido, Marilyn Monroe, que acostumbrar a estar rodeada de los brazos masculinos que o la incitaban o la forzaban a ofrecer su sexo a los hombres en el poder de la cinematografía o, simplemente, con excesivo dinero en la cuenta bancaria, como sucedió con la familia Kennedy (el presidente John y su hermano Robert), aun estando casada la hermosa rubia, si bien el matrimonio nunca es signo de fidelidad: Marilyn Monroe, antes de matarse el 4 de agosto de 1962 a sus 36 años de vida —cuyo centenario natal se conmemora el 1 de junio de 2026, cuando se cumple un siglo de que viera la luz primera en Los Ángeles—, se casó en tres oportunidades: la primera vez, a sus 16 años (y hasta los 20) con James Dougherty, la segunda con el beisbolista —la más corta relación, apenas de un año— Joe DiMaggio (cuando Marilyn tenía 28 años) y la tercera, que durara un lustro, con el dramaturgo Arthur Miller cuando la actriz contaba con 30 años de edad, momento en los que se entregaba a cualquier hombre de la industria fílmica (y no fílmica).

Marilyn Monroe jamás delató a los que la acosaron en el cine, porque finalmente ya había alcanzado la fama que buscaba, hito desde entonces de la gran industria con sus pormenores internos que sólo atañen, dicen, a los que intervienen en los negocios de los espectáculos.

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En 1972, año del estreno de la película El último tango en París, dirigida por el italiano Bernardo Bertolucci (fallecido el 26 de noviembre de 2018 a sus 77 años de edad), ocurrió, y se desarrolló posteriormente sin escándalo alguno, una flagrante violación, visualizada por todos los espectadores, llevada a cabo —con acuerdo previo con el director de la cinta, a espaldas de la protagonista, que no sabía lo que le esperaba— por Marlon Brando (fallecido el 1 de julio de 2004 justo dos meses después de haberse convertido en octogenario) quien violara, en la escena donde le unta mantequilla en el ano, a la parisina Maria Schneider (fallecida hace tres lustros, el 3 de febrero de 2011, en su natal Francia a la edad de 58 años). Se dice, mero adentro de los pasillos cinematográficos, que Maria Schneider no pudo, nunca, superar aquel hecho: cuando murió a causa del cáncer vivía con su pareja María Pia Almadio. Aquella escena, sin consultarlo con la actriz, resultaba —según los hombres del rodaje— más visiblemente realista la violación inesperada, asunto que por supuesto satisfizo gradualmente a Brando mas dejara sin palabras a Schneider.

Pero estas cosas, me dicen, son comunes en el cine.

Y en la televisión: la megamillonaria boda —en México— de Lucerito, antes que el amor, siempre estuvo por delante el negocio de la farándula, cosa con la cual, me aseguran, Marilyn Monroe hubiera estado completamente de acuerdo.

Y aunque me niego a creerlo, no puedo evitar el feliz alborozo que causó aquel matrimonio convenido.

Marilyn Monroe en una imagen de la película Niagara (1953).

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El ex magnate del cine Harvey Weinstein (nacido en Nueva York el 19 de marzo de 1952) fue sentenciado en Los Ángeles en 2022 a “otros” 16 años de prisión —previamente, en el año 2020, había sido sentenciado por primera vez a 23 años de prisión por violación y acto sexual delictivo, aunque esa condena fue anulada en diversas apelaciones— por cargos de violación y agresión sexual que datan de 2013 en un periodo donde supuestamente Weinstein tuvo a su disposición a cerca de un centenar de hermosas mujeres que buscaban alcanzar la fama fílmica, mas aquel castigo —cosas de la vida—, el que sufriera Weinstein, se debió sobre todo a las demandas de numerosas damas “desconocidas” (que no lograron obtener el éxito prometido por el agente estadounidense, pues los nombres de las “famosas” no aparecieron en un principio en la lista de las denunciantes) que, a pesar de haberse entregado o de haber cedido a los caprichos del multimillonario, no pudieron proseguir en su camino al estrellato.

Y Marilyn hubiera también callado, me dicen.

Pero yo no lo creo o, mejor, me niego a creerlo.

Aquellas mujeres, afamadas ya, que no hablaron al inicio de este abuso sexual con el paso de los días, y por la presión ejercida por algunos medios de comunicación, han ido soltando, de a poco, sus experiencias “malignas” con el señor Weinstein, como Salma Hayek, Asia Argento, Rosanna Arquette y Jessica Barth. No lo han dicho todo, pero han contado cómo el magnate se acercaba a ellas con intenciones aviesas; sin embargo, las acusaciones provenientes de las no famosas, surgidas en 2017, desencadenaron —se dice— “el movimiento #MeToo y llevaron a la condena de Weinstein por varios delitos relacionados con la agresión sexual”.

Aunque se insiste en que los nombres de celebridades como Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow sí están en las primeras listas de las denunciantes, lo cierto es que personalidades como la actriz Daryl Hannah, actual esposa del roquero Neil Young —ella de 65 años y él de 80—, empezaron a hablar del tema mucho más adelante: Daryl Hannah, hasta 2023, confesó que Weinstein había intentado “entrar a la fuerza” a su habitación de hotel acosándola sexualmente “repetidamente” durante la promoción de la serie Kill Bill y su secuela.

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—Quédate con los poemas de Ernesto Cardenal dedicados a Marilyn o con la novela de Rafael Ramírez Heredia: Con M de Marilyn, o con los guiones de José Emilio Pacheco que coqueteaban con la figura de Marilyn Monroe, o el ensayo Solo ella se llama Marilyn Monroe del ecuatoriano Raúl Serrano —me recomiendan—. Recuerda que a Julio Cortázar le molestaban las “sacralizaciones tipo Marilyn Monroe” pero acababa aceptando el significado cultural que poseía el mito.

Y que guarde silencio, me sugieren, ante el primer siglo de la inolvidable Marilyn, una mujer, me dicen, que supo hacer uso de su cuerpo para llegar hasta donde está, inalcanzable como está.

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