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Detenido
Mayo, 2026
En Cannes, los filmes no son lo único que reluce. A la par de las nuevas formas y tendencias cinematográficas se mueven otros mundillos que muchas veces pasan desapercibidos. Los negocios, los mercados y los grandes gastos en el festival de cine se mezclan —¿diríamos, casi armónicamente?— con las alfombras rojas, las sedas negras, los cuerpos finos, las joyas: sí, hay muchos billetes detrás de lo glamoroso. El periodista Sergio Raúl López nos habla de los otros Cannes, del lado escondido y a veces desconocido del prestigioso festival.
Lo glamoroso
Ya en las fotos puede olerse la riqueza. Y casi sentirse envuelto en un estilo de vida glamoroso y elitista al que pocos, muy pocos, pueden aspirar. Los escalones perfectamente cubiertos por una mullida alfombra de un rojo tan brillante como inmaculado para desplazarse encima. Los laureles y los logotipos dorados y relucientes se instalan para tomarse una foto del recuerdo.
Las estrellas internacionales, a la par, poseen rostros sumamente conocidos por las masas, pero ciertamente sirven de escaparate viviente para portar vestidos, y joyería, y calzados, y maquillajes, y peinados, directamente de las grandes marcas con las novedades de los altos modistos y las últimas tendencias en el mercado mundial.
En los números cocteles los invitados aparecen sonrientes y relajados con copitas de vino espumoso o de cerveza clara y, claro, carísima. Las limusinas en interminable procesión por las calles de la ciudad balnearia. Los ejércitos de paparazzi se desplazan a la caza de la foto más vendible, sólo que ataviados con los obligatorios y rigurosos frac y moñito para no desentonar. Las fiestas hasta el amanecer al menos en una playa de la Riviera Francesa o, si es posible, a bordo de un yate mar adentro o en algún castillo de la región. El minutero que reporta casi mecánicamente la emoción de los aplausos de pie del público enfundado en los ropajes más elegantes —también requisito indispensable— al alcance para acudir a las Galas en el Palacio de Festivales, con los acomodadores del Le Palais des Festivals entrelazando firmemente las manos sin permitir a nadie abandonar ya no la sala sino sus respectivas filas —¿será que tal filtro tendrá un coste extra?—. Y, en fin, las sonrisas perfectas obra de cirujano dentista y los cuerpos ubérrimos insinuados, fruto de dietas, gimnasios, dietistas y cirujanos, sonriendo hacia el lado público de las vallas en la ciudad balnearia.
Todo eso es Cannes (y no importa el año o el número de edición que se reseñe).

Los convidados
El Festival Internacional de Cine de Cannes arrancó su edición septuagésimo novena el miércoles 13 de mayo, en una gala inaugural plagada de figuras mediáticas comenzando por su propio jurado integrado por una delgadísima Demi Moore, que pareciera sufrir secuelas de La sustancia; un contento y sobre todo aliviado Stellan Skarsgård, sueco estelar de Valor familiar, de saberse invitado por los franceses antes de que —como él mismo lo dijo— fallezca; una cada vez más empoderada Chloé Zhao, guionista, directora y productora, tras el Globo de Oro a Mejor Película de Drama por Hamnet —de producción spilbergiana—; junto al joven director chileno Diego Céspedes; la actriz irlandesa-etiope Ruth Negga; la directora y guionista belga Laura Wandel; el actor marfileño-estadounidense Isaach de Bankolé; el guionista escocés Paul Laverty, coronados por el mítico y prolífico director coreano Park Chan-Wook, que ha consolidado una cadena de películas de culto, sobre todo a partir de su exploración desde la Trilogía de la Violencia hasta la más soterrada de La única opción —sobre la novela de Donald Westlake ya adaptada por Costa-Gavras en La corporación, en el 2005—. Hablamos, entonces, de una sólida reunión de prestigios y famas que pasarán una docena de jornadas yendo de función a función, de cenas a cenas y de conferencias de prensa a conferencia de prensa, que garantizan llamar la atención pública y justificarán los premios principales de la competencia.
(El año anterior, el Jurado Oficial fue presidido por la actriz francesa Juliette Binoche y conformado por la estrella hollywoodense Halle Berry, la directora india Payal Kapadia, la actriz italiana Alba Rohrwacher, la guionista franco-marroquí Leïla Slimani, el productor y realizador congoleño Dieudo Hamadi, el director coreano Hong Sangsoo, el actor estadounidense Jeremy Strong y el director mexicano Carlos Reygadas, pese a que desde hace ocho años no entrega una obra nueva.)
Pero también miraremos la Palma de Oro honoraria por trayectoria al neozelandés Peter Jackson —junto con sus hijos y su ya no tan pequeño Elijah Wood, su Frodo de El Señor de los Anillos—; la videollamada de una Barbra Streisand que recibió el mismo galardón pero no acudió porque, literalmente, “se chingo la rodilla”. Pero también mediante encuentros con las actrices Tilda Swinton y Cate Blanchett; un sentido homenaje al británico Ken Loach con la proyección de su largometraje de 1995, Tierra y libertad, para una función en la playa, o la llamativa e inédita aparición de tres directores españoles en la Selección Oficial en competencia: Pedro Almodóvar (Amarga Navidad), Rodrigo Sorogoyen (El ser querido) y “los Javis”, Javier Calvo y Javier Ambrossi (La bola negra); además de importantes directores recurrentes como Pawel Pawlikowski, Cristian Mungiu, Asghar Farhadi, James Gray, Hirokazu Koreeda, Ryusuke Hamaguchi o Ira Sachs, que aspirarán a la Palma de Oro, completan un cuadro que aparenta abarcar todo el cine de autor, de arte o de cineclubes.
Incluso la llamativa declinación del glorioso veterano alemán Werner Herzog, que fue invitado a participar fuera de competencia con su reciente filme de ficción Bucking Fastard, protagonizada por las hermanas Rooney y Kate Mara, pues mantenía esperanzas que ganaran el premio como actrices por su papel de las gemelas Jean and Joan Holbrooke. Otras figuras aceptan incluso realizar el periplo a la Costa Azul aun apareciendo «fuera de competencia», tal es el caso de estrellas de la actuación que llevan sus propias películas como Andy García con su segundo filme, Diamond, o John Travolta en su debut como director llamando más la atención por sus boinas, barba y gafas que por el filme Van a volar conmigo, o el histrión mexicano Diego Luna con Ceniza en la boca para la sección Special Screenings —en la que se incluyeron los documentales Avedon, del todo terreno director hollywoodense Ron Howard o John Lennon: The Last Interview, de Steven Soderbergh—, una presencia que, sin aspirar a premio alguno, aprovechó el magno escaparate francés para anunciar la adquisición de dicho título por parte de la plataforma Netflix y declarar su participación, como la mayoría de los viajeros a dicha ciudad, un triunfo por lo que conmueve al público, por la duración de la ovación obtenida e inclusive por estar en competencia, una falsedad completamente innecesaria.

Los (muchos o pocos) mexicanos
Pero este título nos abre la puerta para comentar la —muy periférica— participación mexicana en Cannes. Al anunciarse la Selección Oficial en Competencia, aparecieron dos coproducciones con México en la sección Un Certain Regard (o Una cierta mirada) —que no la principal, más concentrada en óperas primas y cine más independiente—: la segunda película costarricense de la historia: Siempre seré tu animal materno, de Valentina Maurel, producida por la compañía mexicana Pimienta Films —que acabaría otorgándole a la actriz nacional Marina de Tavira, junto con sus coprotagonistas Daniela Marín Navarro y Mariangel Villegas el premio a Mejores Actrices (dentro de esta sección)—, a la par que la cinta chilena Un deshielo, de Manuela Martelli, con producción de la productora mexicana Piano.
Y continúan las coproducciones con otros países, pues en la Quincena de Realizadores se estrenó Red Rocks (Portugal-Francia-Italia-México, 2026), de Bruno Dumont en la que el sonorense Alejandro Sugich, de Sula Films, tuvo intervención.
Una más que se sumó es el cortometraje Para los contrincantes (Chile-México-Francia, 2026), del argentino Federico Luis, de entre los diez seleccionado para la Competencia de Cortometrajes que también otorga una Palma de Oro, misma con la que acabó alzándose como el gran ganador por lo que los medios nacionales no tardaron en festejar el triunfo de esta historia de boxeadores protagonizada por el niño mexicano Damián López y filmada en un gimnasio del barrio bravo de Tepito, ante la evidente crisis económica y general del país sudamericano.
Otra participación de un compatriota es la del actor y modelo Diego Calva como protagonista de Club Kid, debut del estadounidense Jordan Firstman —cuyo beso juntos tanto en el Photo Call como en el estreno mundial circularon ampliamente, viralizándose con rapidez pues morbo mata película—, en la sección Un Certain Regard y luego en Her Private Hell, del danés Nicolas Winding Refn, también fuera de competencia pero significándole una segunda alfombra roja en una misma edición.
En la Semaine de la Critique (la Semana de la Crítica) fue seleccionado un título mayoritaria y verdaderamente de producción nacional: Seis meses en el edificio rosa con azul (México-Brasil-Dinamarca, 2026), del graduado del Centro de Capacitación Cinematográfica, Bruno Santamaría Razo, del que de nuevo leemos reportes de lo “conmovedor” que resultó para el público canecino.
Mientras que en Cannes Classics, que recupera películas restauradas así como documentales concentrados en directores y filmes del pasado, se inauguró el 13 de mayo nada menos que con El Laberinto del Fauno, la aclamada producción española del querible y admirable mexicano que es Guillermo del Toro.
En tanto que en la Quinzaine des Cinéastes (la Quincena de Cineastas, antes llamada des Realizateurs o de Realizadores) —sección paralela creada tras la huelga-cierre del festival ocurrida en 1968—, el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) ratificó su colaboración mutua al presentar una selección de cuatro entre sus cortometrajes galardonados: La miel inmaculada (México, 2025), de Mauricio Calderón Rico; Casa chica (México, 2025), de Lau Charles; Al borde del volcán (México, 2025) , de Jorge Granados Ross, y Una parvada de estruendo (México, 2025), de Mariana Mendivil, claro está, como parte de un convenio que desde 2002, un año antes de la creación del FICM, trae al país una muestra de esa sección a las salas de Cinépolis. Lo cierto es que esta muestra moreliana no aspiraba a premio alguno sino a la difusión y la autopromoción.
Al Mercado también puede acudirse como seleccionado de alguno de los proyectos que ahí participan, como ocurre con el Blood Window Showcase que seleccionó ocho largometrajes latinoamericanos de los que tres son mexicanos: El diablo adentro, de Andrés Beltrán; El infinito, de Fabián Archondo, y Las lágrimas de Bael, de Hugo Villaseñor. Otras secciones como Cannes Docs presentó las coproducciones con Honduras, Allá donde nace el sol, de Laura Bermúdez y Jorge García, al igual que con Argentina, Como tú me ves, de M. En el Fantastic 7 de Sitges incluyó Metaleros vs. Testigos de Jehová, de Wicho Rivera y Cabe Tejeda, en tanto que el VDF Showcase brasileño tuvo Zoom Speed, proyecto de ciencia ficción de Jesús Magaña Vázquez, y en el Annecy Animation Showcase participó Insectario, de Sofía Carrillo. E incluso sirvió de marco para el anuncio de la nueva productora del director Rafa Lara, Estirpe, en el Fantastic Pavillion, que adaptará la novela Al filo del agua, de Agustín Yáñez y planea una serie de ciencia ficción, Sildavia.
Ninguno de estos títulos está próximo a su lanzamiento sino que acuden en busca de premios para películas en construcción, Works in Progress y otros modelos de impulso cinematográfico. Pero claro que el Mercado de Cannes recibe con gusto a toda producción que quiera emplearlos como escaparate, siempre y cuando pertenezcan a alguna de las iniciativas que ahí se concitan. Y que paguen. Todo queda en la industria y el público habrá de aguardar meses o años para verlas concretadas. Así son las reglas de este complejo negocio de la creación audiovisual.

El festival y el mercado
Pero una cosa es que la película se estrene aspirando —o no— a algún premio por estar seleccionada en secciones competitivas y la otra que no acuda al festival en sí ni a sus muestras oficiales, paralelas o fuera de la competencia, que no participe en las alfombras rojas, ni sea el foco de los periodistas o tenga ahí su estreno mundial. Porque del otro lado del edificio se encuentra el Marché du Film (el Mercado de Cine), que se efectúa al mismo tiempo y en el mismo lugar —a unos cuantos metros—, en tres pisos e incluso el sótano del susodicho Palacio de los Festivales, albergando cerca de 300 exhibidores y algunas sedes más como las sesenta tiendas en el muelle del Village International, así como un número no contabilizado de compañías de ventas internacionales y estudios que instalan oficinas privadas en departamentos o suites en la avenida principal, la avenida La Croisette. En total, acuden 16 mil agentes profesionales de la industria audiovisual de todo el mundo, provenientes de 140 países, se presentan unos 4 mil títulos y proyectos en construcción de 140 países, en unos 240 eventos que ocurren en el lapso de una semana, del miércoles 13 al miércoles 20 de mayo.
Pero, en efecto, se trata de un espacio transaccional en el que se adquieren derechos y se hacen tratos, ya sea para distribuir películas, series y otros contenidos en países y regiones definidas, para asociarse en ciertos proyectos promisorios o incluso para acompañarlos en servicios de postproducción y otros procesos para ayudar a completar la obra.
Es decir, es un encuentro no para competir o para realizar el estreno mundial de los filmes, sino un encuentro internacional con los ejecutivos, representantes, compradores y especialistas de empresas audiovisuales a nivel mundial. Una apuesta, con los riesgos que implica, para atrapar socios en el mercado de cine más importante del globo, ciertamente, pero cuyos resultados dependen de tantos factores que nada puede darse por descontado y mucho menos por seguro.
Y en el que tantos mexicanos —y gente del gremio de Latinoamérica y otras regiones— presumen su participación como si tal representara formar parte del Festival de Cannes y no de su parte transaccional. Porque un mercado es justo eso: operaciones de compraventa.
La esquina del cortometraje
La Selección Oficial de Cortometrajes que aspira a la Palma de Oro consistió este año de diez filmes, en tanto que la competencia de escuelas de cine, llamada La Cinef, se conformó por 19 trabajos. Esas secciones, con sus respectivos jurados y su comité calificador, difiere grandemente del espacio llamado SFC-Rendez Vouz Industry —previamente llamado Short Film Corner—, un catálogo digital que incluye 652 piezas que no compiten ni son proyectadas, pero que pretendidamente podría ser visto por alguno de los miles de asistentes al Marché. Claro está, si se trabaja esa posibilidad, se le da notoriedad al título en específico y se cuenta con la suerte de lograr concitar el interés sobre el trabajo.
Este 2026, entraron 18 cortometrajes mexicanos, provenientes, la mayoría, de festivales, universidades o de esfuerzos privados, individuales. Por ejemplo, el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF) presentó una selección de siete cortometrajes en ¡Fiesta mexicana! Highlighting the Best of GIFF con ocho piezas: El tuercas (México, 2025), de Johana Michelle Zepeda; Ilhuícatl Nextli (México, 2025), de José Ángel Tomasis Briseño; Levantamuertos (México, 2025), de José Eduardo Castilla Ponce; Buenos días, Margarita (México, 2025), de Dafne Herrera; Las voces del despeñadero (México, 2025), de Irving Serrano y Víctor Rejón; Los de la basura (México, 2025), de Emilio ‘Delfín’ Escobedo Pérez; Lo oculto (México, 2025), de Monserrat Soldú, y Casa chica (México, 2025), de Lau Charles.
Y la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) también rentó espacios para cuatro películas: Algofobia (México, 2025), de Luis Ruano Valencia; Calvario (México, 2025), de Sonia Morales Osorio; El Jimador (México, 2025), de Daniel Padilla, y Te quiero (México, 2025), de Matías Guzmán Salles. O el Bogoshorts, que en su selección latinoamericana de cinco títulos incluyó Vyann (México, 2026), de Adolfo Margulis.
Pero también hay trabajos individuales inscritos como, entre otros, Bruno & Remigio (México, 2026), de Armando Croda, Rodrigo Díaz Vogel y Alex Noppel; Cuando llegue a casa (México, 2026), de Édgar Adrián; Kintsugui (México, 2025), de Rodolfo Aguilar Strecke; Los días de Sonia (México, 2026), de Roberto López Vaca, o las animaciones Yugen (México, 2026), de Nayelli Ojeda y La voz de la memoria (México, 2026), de Aranzazú Zamora.
Un año antes, en el 2025, su catálogo se compuso de 625 cortometrajes, de los cuales 15 eran producciones mexicanas (una coproducción con Brasil y España, Crisantemo, y otra con Francia, Labyrinthe), ocho de las cuales formaron la ¡Fiesta mexicana! Highlighting the Best of GIFF del festival guanajuatense y uno más del Bogoshorts World Tour. Latin American Talents.

Los precios y las rentas
Ese tan debatido y polémico Short Film Corner que ahora se llama SFC/Rendez-vous Industry suele formar parte de las campañas propagandísticas de muchos cineastas jóvenes —algunos ya no tanto—, presumiendo que acuden a Cannes sin especificar que este espacio es un catálogo en línea que agrupa, como ya enumeramos, a 652 filmes breves de todo el mundo de los 681 que aparecen en el Catálogo de Industria de la sección Cinéma de Demain (Cine del Mañana) y en la videolibrería correspondiente para su consulta en línea entre los participantes del Mercado.
No se trata de una selección oficial ni mucho menos. Inscribirse al SFC —unas siglas detrás de las que se oculta el nombre original, justo como con los pollos de la KFC, por ejemplo—, cuesta 60 euros —por ejemplo, la sección escolar La Cinef es gratuita— lo que no asegura formar parte del catálogo. Una vez formando parte de los casi setecientos seleccionados, el Mercado ofrece dos acreditaciones gratuitas a cada película: una para el productor y otra para el director por los cuatro días que duran las actividades —del 17 al 20 de marzo—, sólo que con un costo ambiental de 24 euros para hacer más verde al festival y reducir, aseguran, la huella de carbono.
Existe un precio especial para que instituciones, productores o distribuidores pueden registrar colecciones a partir de un mínimo de cinco títulos. En esta edición participaron 51 colecciones que van de las propias: la Semana de la Crítica, la Quincena de Realizadores y la Cinef, hasta externas como Berlinale Generation, Bogoshorts, Dok Leipzig, San Sebastián o Visions du Reel, con escuelas como La Femis y muestras regionales de mujeres africanas, bálticas, canadienses, catalanas, griegas, madrileños, catarís o indonesios.
Para aclarar más el rasgo de catálogo en línea fuera de toda competencia, los participantes seleccionados tienen prohibido emplear el logotipo de la Palma de Oro o alguno otro relacionado con el Festival de Cannes, pues estos están destinados solamente a las películas de la Selección Oficial.
Las inscripciones abrieron el 19 de noviembre de 2025 y cerraron el 16 de marzo del año que corre para participar en este espacio de encuentro entre los profesionales de la industria, para lo cual puede rentarse una sala del Marché du Film como exhibición de mercado en salones de entre 34 y 53 butacas en la tercera planta del Palais du Festivals; las salas D, E, F y G del Palais cuestan 909 euros (18 mil 298 pesos); las salas de Lerins cuesta mil 117 euros (2 mil 355 pesos); las proyecciones nocturnas, a partir de las 20:00 horas tienen un costo extra de 160 euros (3 mil 220 pesos); la prueba de proyección o el ensayo cuestan 450 euros (9 mil 58 pesos) por 20 minutos, y las proyecciones en línea tienen un costo de 199 euros (4 mil 5 pesos) por película, aunque hay descuento en paquete para los exhibidores.
Añadamos ahora el costo del traslado en avión —el vuelo de la Ciudad de México a Niza supera los 17 mil pesos— y luego en tren —menos de 10 euros (200 pesos) el viaje de Niza a Cannes—, los carísimos hospedajes —la empresa CTC Events me envía por correo electrónico ofertas para rentar departamentos que van de los 3 mil 900 (78 mil 508 pesos) a los 11 mil euros (221 mil 453 pesos) por los 12 días del festival— y alimentos —tomar un café en la Croissette cuesta entre 5 (100 pesos) y 15 euros (302 pesos) y una cerveza entre 6 euros y hasta los 12 euros (241.50 pesos)—, entre otros gastos y viáticos diversos.
Es decir que sí, al Festival de Cannes se puede ir a caminar sobre la alfombra roja y posar ante miles de fotógrafos, saludar de beso en la mejilla a directivos, productores y estrellas, pero también puede acudirse, en el mismo edificio aunque por otra entrada, en jeans y camisas sport para formar parte del mercado audiovisual más grande e importante del mundo, e incluso ser apenas un espectador de ambos universos, un paseante estéril pero presumido de estar presente.
Lo único cierto y seguro es el gasto que implica la estancia, una inversión fuerte y significativa que podrá o no rendir frutos con inversionistas, agentes de ventas y coproductores. Pero es un sitio en el que el dinero rige, mucho más que el arte o los valores cinematográficos. No lo olvidemos jamás.
A Cannes se viaja con grandes cantidades dinero y, a cambio, puede presumirse el periplo, haya valido la pena o fuera un despilfarro.

Los triunfos reales y pírricos
¿Pero será, como se acepta comúnmente que la de Cannes es la selección de películas más completa y fuerte de todas como para validarlo como el festival de cine más importante e influyente del mundo? Al final de sus glamorosas actividades el premio más importante, la Palma de Oro, se decidió para Fjord (Rumania-Francia-Noruega-Suecia-Dinamarca, 2026), del rumano Cristian Mungiu, que ahora forma parte del selecto grupo de dobles ganadores de la hojita dorada: Coppola, Imamura, August, Kusturica, los Dardenne, Haneke, Loach y Östlund.
En tanto, el Gran Premio recayó en Minotaure (Francia-Letonia-Alemania, 2026), del ruso Andreï Zviaguintsev, cuyo discurso de aceptación denunció la masacre que su país mantiene en Ucrania —al menos este año no hubo Gran Premio del Jurado y Premio del Jurado, sino que se separaron y renombraron para dar mayor claridad. El Premio a Mejor Dirección fue compartido por los españoles Javier Calvo y Javier Ambrossi por La bola negra (España-Francia, 2025) junto con Pavel Pawlikowski por Fatherland (Polonia-Alemania-Italia-Francia). El Mejor Guión fue para Emmanuel Marre por Notre Salut (Bélgica-Francia, 2026).
El Premio del Jurado fue para Das Geträumte Abenteuer (Alemania-Francia-Bulgaria-Austria, 2026), de Valeska Grisebach; el de Mejor Interpretación de una Actriz fue para Virginie Efira y Tao Okamoto por su desempeño en Soudain (Francia-Japón-Alemania-Bélgica, 2026) de Hamaguchi Ryusuke y el de Mejor Actor también lo compartieron Emmanuel Macchia y Valentin Campagne en Coward (Bélgica-Francia-Países Bajos, 2026), de Lukas Dhont.
(Por si acaso no resulta del todo evidente, el festival galo suele premiar coproducciones de las que Francia forma parte, una preferencia tan poco transparente como cada vez más común, especialmente a partir de la pandemia.)
Otro tipo de industria
Los encantos de la competencia cinematográfica más importante del mundo —a la par pero en paralelo y en un mundo muy distinto de la noche de los premios Oscar que ya entregó este año la Academia de Hollywood—, que embelesan no solamente la pequeña geografía de la Costa Azul sino que despiertan el interés y la atención del mundo entero. Es una mezcla de arte, fama, moda, glamour y, claro está, cierta pose indiferente y descuidada pero perfectamente planeada, incluso hecha con cierto desdén, para con todos aquellos mortales que no accedieron este año al club de los pocos notables poderosos y adinerados.
Pero qué significa y cómo se conforma este pequeño mundo de gafetes cuyos colores representan un estricto orden jerárquico. De guardaespaldas, organizadores y agentes de prensa que conducen a las estrellas por las alfombras rojas rumbo a la sala de proyección y luego a la limosina que los devolverá al Olimpo del que salieron brevemente para tomar unas cuantas bocanadas de aire público. Qué existe detrás de las vallas donde rara vez miraremos alguna toma fotográfica y tampoco a las calles de libre tránsito fuera de lo ceremonioso. Cómo se organiza ese tinglado tan estrictamente controlado y con normas de protocolo inamovibles.
Y, sobre todo, qué ocurre con el mayor mercado de compraventa de títulos del mundo, el Marché du Film, a escasos metros adelante del Palacio de Festivales y por el que se mueven agentes de ventas, compradores, televisoras, cadenas exhibidoras, distribuidores y miles de empresarios audiovisuales vestidos en playeras y camisas de manga corta, con bermudas y gafas de sol, sin mayor conexión con la elegante puesta en escena de las escalinatas rojas.
Espero que este artículo ayude a formarnos una idea un poco más completa de que las artes cinematográficas y los premios son, en realidad, el rostro maquillado y embellecido de una forma de industria por completo distinta de la maquinaria voraz y omnipresente de Hollywood, pero una industria al fin, con sus intereses privados, sus inversiones interesadas y su perfecto mecanismo económico, financiero y mediático. Porque la industria del cine tiene muchos rostros y el de los festivales artísticos y fílmicos no es sino uno más.
Todo eso también es Cannes y es, quizá, su parte más relevante. ![]()



