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Detenido
Septiembre, 2026
Para muchos lectores y críticos literarios es una de las mejores novelas sobre la Guerra Civil Española. También, es considerada una de las grandes obras catalanas del siglo XX. Se trata de la novela del escritor y poeta Joan Sales, Incierta gloria, una historia de juventud, amistad y amor, que florecen en medio de la infamia de la guerra. Ahora que se cumplen nueve décadas del inicio del conflicto bélico español, ya circula una nueva edición de la obra. Como apuntan los editores en la contra: “Incierta gloria explora un tiempo convulso, marcado por la pugna entre fascismo y libertad, ideología y realidad. Pero, más que un documento histórico, esta novela es una búsqueda moral y humana frente al absurdo, una meditación sobre la verdad y la fragilidad de la esperanza. En esta nueva traducción de Gonzalo Torné, se redescubre una de las obras más formidables escritas a la sombra de la guerra”. Sebastiaan Faber conversó con Gonzalo Torné y Peter Bush, traductores al castellano y al inglés de la novela.
Sebastiaan Faber
En plena Guerra Civil, Trini Milmany, una mujer de unos 20 años que se ha criado atea en una familia anarquista del Raval, decide bautizarse en una ceremonia clandestina —y harto peligrosa en la Barcelona revolucionaria de 1937. La verdad es que no sabe muy bien por qué lo hace. Lo que sí tiene claro es que servirá para escandalizar a su madre, con la que nunca se ha llevado bien. Y así es. “I estàs satisfeta, d’haver-te fet carca?”, le espeta la madre cuando su hija le cuenta lo ocurrido. Trini, cruel, tiene el zasca perfecto: “Jo, mamà”, dice, “no sóc tradicionalista com vostè”. El dedo da en la llaga. “¿Tradicionalistas?”, grita la madre, exasperada. “¡Los tradicionalistas son los carlistas!”
La escena ilustra la experiencia lectora de cualquiera que se atreve con Incerta glòria, la monumental novela en la que ocurre, y de la que Joan Sales (1912-1983) publicó una primera versión en catalán en 1956, en pleno franquismo, ocho años después de regresar del exilio. La reacción de la madre de Trini ante lo que ella ve como una conducta incongruente de su hija (¿cómo se le ocurre a una anarquista hacerse católica?), acaba por confrontarla con sus propios prejuicios. De la misma manera, los cuatro jóvenes catalanes que protagonizan la novela de Sales —la Trini; su pareja, el burgués anarquista Lluís; y sus amigos Cruells, seminarista, y Juli Soleràs, nihilista— no paran de desmentir nuestras expectativas y desarreglar nuestros esquemas interpretativos. Al cabo de 500 páginas apabullantes, en que los cuatro intentan sobrevivir a la guerra en el frente aragonés y la retaguardia catalana, es difícil no acabar tan descolocado como la madre de Trini.
Que la novela se publicara en 1956 —hace ahora 70 años— no significó que Sales dejara de trabajar en ella. La traducción al francés de la editorial Gallimard, de comienzos de los años sesenta (realizada a propuesta de Juan Goytisolo), ya partía de una versión más extensa. Y la primera traducción al castellano —hecha por Carlos Pujol, en colaboración con Sales, en 1971— partió de un original tan crecido que la parte final, ambientada en los años sesenta franquistas, acabaría por publicarse por separado en catalán como El vent de la nit.
Hace una década, Peter Bush tradujo ambas novelas al inglés. Este año, el novelista Gonzalo Torné ha publicado una nueva traducción al castellano del primer volumen. Hablo con los traductores sobre un libro tan potente —atrevido, multivocal, elíptico, desbordante, irreverente— como difícil de clasificar.

—¿Cuándo leyeron Incerta glòria por primera vez?
Habla Gonzalo Torné (GT): La descubrí hace unos diez años, yo había escrito una novela parcialmente situada en la guerra. Me había sentido muy solo en mi afán de evitar lo que veía como los dos errores principales en que incurren la gran mayoría de las novelas españolas sobre la guerra. Uno es técnico-literario y consiste en que muchos personajes actúan como si ya supieran cuál va a ser el desenlace de la guerra. El otro es político-moral: en el grueso de la literatura española sobre el tema hay o bien una especie de cainismo ambiental —como si no hubiera una responsabilidad en quien provocó el alzamiento y en cuáles fueron las consecuencias de la guerra— o bien se dan situaciones políticas complejas de las que sí se puede exigir una responsabilidad, pero que se resuelven en una especie de teatrillo sentimental. (“Sí, bueno, mi abuelo era un activo agente de la represión, pero qué simpático era en casa, y cómo cuidaba del perro”.) Ahora bien, estos problemas, que había intentado resolver a mi manera, los encontré resueltos en Sales, y además de forma ejemplar. Incerta glòria es una novela en la que la guerra les pasa por encima a los personajes, que no tienen conciencia de lo que sucederá; y todo se resuelve —o no— en el plano íntimo y político al mismo tiempo.
Habla Peter Bush (PB): A mí también me deslumbró cuando la leí por primera vez. Yo llevaba casi una década viviendo en Barcelona y ya había traducido a autores como Quim Monzó y Mercè Rodoreda del catalán, pero se me conocía sobre todo como traductor de Juan Goytisolo. Durante su exilio en París en los años sesenta, Juan había impulsado la traducción al francés de Sales. Siempre me hablaba maravillas de él.
—¿Qué recuerda de la primera lectura?
PB: Me retrotrajo a mis propios años de juventud. En los años sesenta, cuando yo militaba en un partido de izquierdas en Oxford, conocí a un camarada economista que después creó un pequeño partido en Barcelona. En pleno franquismo, me invitó a dar charlas sobre el marxismo en un piso franco en Balmes. El ambiente en que se mueven Trini, Lluís y Juli Soleràs, lleno de ideas radicales y debates intensos, me recordaba a esas vivencias mías. Pero si al final decidí traducirla, fue también para intervenir en un mundo literario, el anglosajón, en que la representación literaria de la guerra española se suele limitar a Orwell y Hemingway.
—A veces pienso que los traductores son una especie de contrabandistas literarios. Introducen un cuerpo de un espacio lingüístico en otro, y al hacerlo, cambian ese espacio. En este sentido, ¿cuál será el impacto de esta nueva traducción al castellano en el espacio literario español?
GT: No lo sé. Lo que sí puedo decir es que el texto de Sales juega en varias ligas. No sólo está en la liga de la literatura catalana o de la literatura sobre la guerra del 36. También está en la Champions. No por nada, sus referentes son Gracián, Shakespeare, Dostoyevski o las hermanas Brontë. De ahí que el primer efecto que suele producir la novela de Sales sea de sorpresa o casi de escándalo por no estar al corriente, porque en el contexto español sigue habiendo un tremendo desconocimiento de las literaturas catalana, vasca y gallega.
—¿Cómo cambia este libro el paisaje literario español?
GT: Lo hace al demostrar que la guerra española se gana culturalmente de una manera, pero se pierde de muchas maneras distintas. Lo disruptivo de Sales no es tanto que fuese un autor católico con ciertas simpatías conservadoras, que están presentes en el libro. Eso, para mí, es lo de menos. Lo más impresionante es que representa una manera literaria de perder la guerra distinta que los perdedores del lado español, que ya es durísima. Es una doble derrota. Por encima de la derrota ideológica, política y económica, en el caso de Sales se suma una derrota cultural y lingüística: la amputación del uso público de la lengua. En este sentido, cabe decir que la noche catalana fue más siniestra y profunda que la española. Es una vertiente de la derrota que el lector español no suele tener presente.
—La recepción de la traducción al inglés, ¿cómo fue?
PB: Muy, muy buena. The Guardian le dedicó una reseña excelente. The Economist incluso la colocó entre las diez mejores novelas del año.
—¿También ha cambiado el paisaje?
PB: Diría que sí. Entre otras cosas, ha cambiado cómo el público anglosajón ve la guerra española —al enseñarles, por ejemplo, que había católicos luchando en el lado republicano. Pero también le recuerda que en los años sesenta, cuando en Inglaterra surgen los Beatles, en España aún se vivía en dictadura y muchos españoles seguían en el exilio. Le permite comprender, en fin, que debido a la guerra y la dictadura varias generaciones de españoles perdieron su juventud.
—En la propia Catalunya, imagino que la lectura de una novela canónica como esta se ve sobredeterminada por todo tipo de criterios no precisamente literarios. Las y los lectores en inglés y castellano quizá la aborden con menos bagaje.
GT: Es obvio que un texto se lee diferente desde su propio contexto cultural e histórico, y más si se trata de una novela escrita en una lengua que fue oficialmente proscrita y dirigida a unos lectores de los que Sales no sabía si existirían. El contexto catalán, además, está lleno de confrontaciones y rencillas. Un crítico de izquierdas como Joan Fuster consideró que la novela era poca cosa porque el escritor era católico; después, está el debate de si Sales hizo más o menos que otros por la recuperación del catalán. Lo que ocurre es que todos estos prejuicios son exteriores al libro y desaparecen cuando te pones a leerlo. Si la literatura sirve para algo, es para que mires de forma diferente algo que siempre habías visto de la misma manera. Sales, en este sentido, destruye mitos. Por ejemplo, la idea de que todos los catalanistas eran republicanos y todos los españoles fascistas. También hace un trazo sensacional del anarquismo como fuente de oposición al comunismo. A pesar de que, en lo personal, le repugnaba bastante el anarquismo, le reconoce un lado piadoso, de humanidad y generosidad. Por no hablar del tema católico, como ya apuntaba Peter. Al replantear Sales su propia mirada constantemente, abre la del lector. Desactiva asociaciones automáticas. Presenta nuevos problemas y conflictos. Ahí también está, para mí, su valor en el contexto español, donde la historiografía y la literatura han resuelto muchos problemas en falso.
—Siempre digo a mis alumnos que, de todas las formas de relacionarse con un texto literario, la traducción es la más intensa. Supongo que su labor, además de larga e intensa, también fue complicada, aunque no de la misma forma para cada uno.
PB: Ninguna traducción es sencilla, nunca. En este caso, uno de mis mayores desafíos fueron las voces de los personajes. Son muy particulares, tanto cuando sirven de narradores como en los muchísimos diálogos. Este aspecto me costó mucho tiempo y esfuerzo afinarlo. Después está el tema de los registros lingüísticos, que enlaza directamente con los debates sobre el carácter y el estatus del catalán literario. Como sabemos, hay puristas de la lengua que se oponen a cualquier vestigio del castellano. Sales no estaba en este campo. Él quiso reflejar el catalán tal cual se hablaba. Lo mismo ocurre con el dialecto de los campesinos de Aragón que aparecen en la historia. Al buscar un equivalente de ese dialecto en inglés, me decidí por el que hablaba mi padre, que era de Lincolnshire, porque para la mayoría de los lectores angloparlantes es un dialecto desconocido. En los diálogos, por otra parte, también me ha parecido muy importante conservar el humor, del que hay mucho: sin ir más lejos, para mí esta novela es una tragicomedia. Es algo que Paul Preston, el historiador, no ve para nada. Nos hemos peleado sobre el tema. (Risas.)
GT: ¡Sí, hay muchísimo humor! ¡Es una novela de carcajada! También de carcajada siniestra, que te hiela la sangre. Pero tiene en muchos lugares un humor casi rabelaisiano. El personaje de Soleràs va de astracanada en astracanada.

—¿Hay desafíos específicos para el traductor al castellano?
GT: Lo más difícil, como decía Peter, es sostener la personalidad de las distintas voces. Pero después hay un problema específico para un traductor al castellano que vive en Barcelona. Como ya se ha apuntado, en Catalunya hay una vertiente de escritores que, asumiendo su responsabilidad de sostener un idioma, no permiten que penetre nada que suene vagamente a castellano. Sales también era muy consciente de que estaba escribiendo para salvar un idioma, pero apostaba por un abanico mucho más amplio, en dos sentidos. Primero, extendía el idioma de forma que pudiera dar cabida a todo tipo de registros y dialectos, y todo tipo de temas, del más bajo hasta el más elevado. En la novela se pasa sin solución de continuidad de un diálogo sobre metafísica a hablar de caca. Segundo, esa misma amplitud se da en las tonalidades del temperamento de los personajes.
—Al cotejarla con la traducción de 1971, la nueva me ha parecido mucho menos castellanizante.
GT: Ocurre que el castellano y el catalán tienen problemas distintos, que ambos provienen de la dictadura. El castellano todavía sufre de una suerte de infección franquista, consecuencia de la apropiación del idioma por el régimen. Es una infección, diría, de la que muchos escritores ni siquiera son conscientes. El catalán, en cambio, sufría de su falta de conexión con la realidad, debida a que, durante 40 años, se tuvo que limitar a experimentos privados, nunca públicos. Estos dos problemas los he tenido muy presentes al traducir el catalán de Sales, que, en cierto sentido, está intentando recrear un toma y daca con la realidad. Lo que yo tenía muy claro es que no podía recaer en el castellano de la etapa franquista, por más “limpio” que fuese. Vamos, las escenas de campo no podían sonar a Miguel Delibes, y las escenas de reuniones no podían sonar a Camilo José Cela. Mi traducción no podía de ninguna manera acabar en el espacio mental y verbal en que se desarrolló en la literatura castellana durante el franquismo. Por otra parte, lo que yo sí me podía permitir era lo que siempre hago cuando escribo en castellano: dejar que lo infecten las estructuras sintácticas del catalán. Por un lado, es lo que llevamos haciendo todos los que formamos parte de esta extraña tercera vía que es escribir en castellano desde Catalunya. Por otro, corresponde perfectamente a la misma impureza del texto de Sales, en el que entra muchísimo castellano.
PB: Las impurezas del original siempre intento preservarlas en mis traducciones. Ahí, sin embargo, tengo un problema diferente: el inglés no es un idioma puro.
—¿Qué quiere decir?
PB: Quiero decir que no creo que haya ningún escritor inglés o norteamericano que, al ponerse a escribir, se pregunte si lo que escribe es un inglés correcto. En cambio, es una pregunta que un autor catalán casi siempre tendrá presente.
GT: Ojo, que también en castellano hay una obsesión por la corrección. Y si no la tienes, ahí está la Real Academia para recordártelo. Las “reseñas” literarias de Ricardo Senabre se limitaban a listar los supuestos errores que cometíamos los escritores —sobre todo los catalanoparlantes que escribimos en castellano. No quiero decir que la traducción de Pujol de Incerta glòria refleje esa postura extrema. Pero sí operaba dentro de un concepto de corrección que pretendía atraer el catalán a un castellano más correcto. Admiro mucho a Pujol como crítico y traductor, pero mi estrategia ha sido otra: he tendido a dejar que asome el catalán, de manera sintáctica o con la traducción casi literal de frases hechas. Esperaba crear una dislocación en el lector, que piense: “Esto no se dice así, pero lo entiendo”.
—De Incerta glòria se ha dicho que es la mejor novela nunca escrita sobre la Guerra de España. Pero yo no estoy tan seguro de que sea una “novela de la guerra”. Mucho más que la guerra en sí, lo que importa en la novela es su efecto sobre los personajes y sus relaciones.
PB: Claro. Uno de los éxitos de la novela es, precisamente, que transmite cómo, cuando estalla una guerra, la gente lo que tiende a hacer es seguir agarrándose a la vida, pase lo que pase.
GT: Muy de acuerdo. De hecho, una manera de detectar las malas novelas históricas es que sus personajes saben que están viviendo un momento histórico. Todos cumplen su estereotipo como si fuera una asignatura en la que pretendan sacar una buena nota. Hay muchas novelas a favor del bando republicano que, como novelas, son insufribles porque todos los personajes son demasiado conscientes de su papel. En este sentido, tienes razón: Incerta glòria no es una novela de la guerra. Es una novela que estudia qué ocurre cuando a unos personajes les pasa por encima una guerra civil.
—Esa proliferación de malas novelas sobre la guerra, ¿puede deberse a que la ficción ha asumido —o se le ha impuesto— la tarea de cerrar esa supuesta herida abierta que siguen siendo en España la guerra y sus secuelas?
GT: Para contestar esta pregunta conviene, creo, distinguir entre lecturas privadas y públicas. En lo privado, es inevitable que remitas lo que cuenta una novela a tu experiencia vital y literaria. Lo interesante, en fin, es lo que la novela hace contigo, no el móvil ideológico y psicológico de quien la escribió. Desde este punto de vista, yo sugeriría a los lectores que abrieran la novela y que dejaran que trabajara con ellos. Luego, cuando la cierren, ya tendrán tiempo de aclarar sus sensaciones.
—¿Y la lectura pública?
GT: Allí sí que hay una gratificación que se otorga a los escritores que contribuyen a cerrar en falso, en el teatrillo de sus sentimentalidades, los problemas históricos y culturales que llevamos arrastrando colectivamente —y que, además, se nos vuelven a abrir con el rearme de la ultraderecha. Incerta glòria no contribuye a eso. No tiene nada que ver con Soldados de Salamina o Patria, para entendernos. No cierra heridas en falso. En la medida en que ilumina, las tensa y las abre. No juega en la liga de la resolución beata y sentimental de las tensiones políticas. Su liga es la de la complejidad.
PB: No hay que olvidar que el proceso de escritura de Sales fue larguísimo. No es casual que cada nueva versión fuera más compleja que la anterior. ![]()



