Mientras el hombre se levantaba de la cama y regresaba sobre sus pasos, ella pensaba —al verlo partir— en todos aquellos besos que le había dado junto a la promesa de nunca irse de su lado.

Cada beso que se daban era para ella el amor que la oxigenaba todos los días, que la hacían sentir plena: en un solo segundo había pasado del estupor a sentirse marchita. Sólo bastaron unas cuantas palabras para su desfallecimiento: “No puedo seguir contigo”.

Todo empezó la mañana del 22 de marzo, cuando él puso su mano acariciando sus piernas. Ella sintió, por vez primera, cómo se levantaban las costras de su piel; él, extrañado, fue rápido por la solución que tenía para la humectación corpórea. Pero por más que la untaba, la piel se alisaba momentáneamente y volvía a la sequedad.

Finalmente, el hombre pasó por alto aquella desconcertante escena. La semana siguiente, al levantarse él de la cama, vislumbró cabellos de ella enredados en su cara, cabellos azules, verdosos y grisáceos extendidos a lo largo y ancho de su habitación cubriendo en totalidad el cuerpo de su amada. Tardó en desenredarse, pero no hizo mucho caso en eso.

Al paso de un año viviendo juntos, entre escamas y cabellos, un día al despertarse el hombre sintió el cuarto inundado de tal intensa humedad que lo hizo buscar, impaciente, el origen de aquel penetrante olor: indagó entre los libros, entre la ropa, en la madera, bajo la alfombra… El olor sólo provenía de la cama, de las sábanas, de las almohadas: ¡ese olor sólo podía provenir de ella!

Cada poro de su cuerpo lo despedía, cada exhalación suya lo despedía, iba y venía por cada respiración femenina. Y en sus adentros pensó que podía vivir con eso: todavía la amaba.

Sin embargo, con el paso de los días el olor parecía no despejarse, cada vez era más profundamente agudo, al grado de comentarle, él —al cabo de unos meses—, si ella sabía de dónde provenía aquel desagradable olor, pero ella dijo:

—Recuerda, amor, que yo vengo del piélago…

Entonces se le vinieron al hombre todas las recordaciones.

Al besarla, varios semanas después, la boca femenina de labios gruesos y viscosos lo succionaban, lo trastornaban, lo engullían, provocándole a él la repentina pérdida del deseo para suplirlo por un desconocido temor. Un día, al estar sentado en la sala, notó cómo ella lo miraba fijamente, sus ojos grandes, vidriosos y saltones, le causaron miedo haciéndolo pensar que ella lo vigilaba, que cada que iba a un espacio de la casa ella se asomaba entre las puertas y lo observaba. Fue cuando percibió el tono de su piel, entre verde, gris y tonos coralinos, su caminar lento y pesado, su olor corporal de sal de mar, sus ojos abriéndose y cerrándose para mantener un poco tanto la visión como, sin duda, su respiración abriendo, lentamente su boca, una y otra vez, a falta de agua, y tal vez de ahí provenía aquel saturado olor a humedad.

¡Pero cómo no lo notó antes!, se decía.

¿Por qué prometió un amor duradero? ¿Por qué? fue cuando se llenó de decepción. Al principio todo era tan diferente, y… decidió por finalizar la relación.

Al decirle su determinación, ella se sentó en la cama pensando que él siempre supo que ella pertenecía al océano, razón extraordinaria que los había unido en un amor único. Al recordar su inicio hizo que ella suspirara con todas sus fuerzas recostándose en el lecho… y dejó que el oxígeno se extinguiera de su cuerpo…

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