Sueños de Hollywood


No me interesaba más que ganar dinero y poner un negocio. Mientras tanto ahí estaba, en Hollywood, de chofer de limosina de gente importante. Era menos glamoroso de lo que creen. Ayer transporté a un director de películas recién abandonado por su esposa a causa de un hombre más joven y más exitoso, y había reporteros siguiéndonos. El hombre traía pistola y amenazaba con volarse la tapa de los sesos si no me apuraba en conseguirle un hotel lujoso y discreto. He tenido que limpiar ya un millón de cosas: los Soul Train Music Awards son una pesadilla. Si a los raperos o hiphoperos les venden cocaína de mala calidad, es garantía de que pasaré la madrugada limpiando vómito y excremento.

A la voz de Whitney Houston los choferes huimos como vampiros a la luz. Trae un séquito de vividores a su alrededor que hablan, mejor dicho, exigen en voz de ella, que si a la reina “le urge” su agua Evian, que si “le urge” que demos vuelta a la izquierda, que si “le urge” champú o goma de mascar…

No creerían la cantidad de basura que han escuchado mis oídos cuando he sido chofer de políticos. O la cantidad de escenas sexuales que he tenido que presenciar.

El asunto de conseguir dinero para mi negocio se veía muy lento, y al paso que iba tardaría unos 347 años en lograrlo. Un día conocí a un hombre que me dio su tarjeta de presentación: La Élite. La Élite representa a los más poderosos del cine y la música, y sabe que traslado a los más famosos de las dos áreas. Les llamé y me propusieron un negocio: cuando alguna “estrella” esté pasada de copas o de drogas en mi limosina, y se encuentre inconsciente, llamar a La Élite… y proceder.

Me refiero a: a) dejarla viva, b) aplicarle una inyección de veneno vía rectal.

El segundo dependía de si la estrella en cuestión era más valiosa muerta que viva. Así es Hollywood: te mastica y te escupe. Si había que matar, debía acompañar al cadáver de una nota suicida. Aprendí todo sobre ellas: la gente se quita la vida, casi siempre, por un sentimiento de fracaso. Estudié la dimensión de las letras, la inclinación, la dirección, la presión del lápiz o la pluma, la forma, los óvalos… me volví un experto en grafología. ¿Qué tienen de especial las notas suicidas que todos enloquecen por ellas? Todos creen en ellas con demasiada fe. La gente siente que contienen LA verdad absoluta, una verdad que sólo se deja ver ante alguien cercano a la muerte.

Y, sí, me divertí: en las notas inventé: que tal actor no soportaba tener el pene tan pequeño, que tal cantante ya no podía continuar esa relación incestuosa con su madre.

En una ocasión me tocó proceder con una hermosa actriz venida a menos por su adicción a las drogas. La abandoné en un terreno baldío junto a la nota suicida que escribí. A los pocos días ella apareció en la primera plana de un periódico. No había muerto: su cuerpo estaba tan acostumbrado a la intoxicación que no murió por el coctel de químicos que le inyecté. Pero en la nota del diario ella ni mencionó el “intento de asesinato”; más bien, lo que ella quería era a “la persona que había escrito la nota que apareció en su mano derecha un 16 de mayo en extrañas circunstancias”. Y proporcionó su cuenta de Twitter para que la persona se comunicara con ella. Le escribí. Y resulta que adiviné: ella realmente temía estar enferma de sida luego de una orgía con enanos en Papúa Nueva Guinea (como lo escribí en su nota suicida), pero ya se había hecho los análisis y estaba sana, y quería festejar conmigo. Nos vimos en su mansión, donde le hice el amor como sólo un hombre que le hace el amor a una mujer antes de estrangularla con un cable podría haberlo hecho: no se le puede fallar a La Élite.

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