Relatario: Edición especial

‘In extremis’


1

Gustavo telefonea a un par de allegados suyos.

Sentado al borde de su cama y escuchando The Köln Concert, de Keith Jarrett, llora la cantidad de lágrimas que esta ocasión amerita —ni una de más ni una de menos—, maldice a Dios, se compara con el infeliz Kafka y cuelga, lentamente, el auricular del teléfono.

Nadie atendió sus llamados.

Abatido, decide sentarse directamente sobre la alfombra de su habitación mientras empuña un revólver con su mano derecha; la televisión permanece encendida y el llanto de un bebé promete ser eterno en la vivienda contigua.

Ese joven, que siente una terrible jaqueca, reúne toda la valentía posible y se dispone a terminar con su vida: “No habrá ningún mañana… esta noche todo se acabará”, se dice a sí mismo en voz baja como si no quisiera ser escuchado, a pesar de saberse solo en aquel apartamento. Cierra sus ojos y llora varias lágrimas que caen hasta su camisa.

Respira hondamente en tanto suelta el aire con cierta dificultad, como si se hallase en medio de un ataque de pánico. Se sabe acorralado, sin salidas de emergencia ni cartas bajo la manga. Despacio… muy despacio y con la mano derecha temblorosa, sube el arma hasta la altura de su sien.

Keith Jarrett lanza un gemido que, al muchacho decidido a finalizar su vida, le devuelve, intempestivamente, a la realidad.

De nuevo cierra sus ojos, esta vez apretándolos como si ese acto le asegurara que nunca más se volverán a abrir. Grita.

Al día siguiente, su cuerpo se encuentra tendido sobre la alfombra de la habitación.

En el techo de su dormitorio se observa una mancha de humedad, él nunca reparó en la existencia de tal desperfecto doméstico.

Ahora él se encuentra ahí, boca arriba, mientras un rayo de sol colándose por entre las cortinas le calienta, levemente, el pecho.

“Debo llamar al plomero”, cavila Gustavo quien ayer sostuvo un arma entre sus manos.

2

El escritor busca a las musas al otro lado de la ventana, bebe un poco de vino tinto, observa el reloj que marca las tres horas con nueve minutos del nuevo día y apaga una lámpara que alumbra su mesa de trabajo. Irá a dormir, dejando inconcluso el texto que reclama por un final.

Los párpados caen.

Otra vez un desenlace que no arribó a tiempo y, de nuevo, una historia que se archivará en el cajón, ahí en donde habitan otros escritos que nunca concluyó. Duerme. (Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince minutos transcurren…).

El escritor despierta sobresaltado, se levanta de la cama, enciende la luz y bebe agua, al momento en que abre su libreta deseando esa frase que ha buscado en distintos sitios: tanto en el vientre de una mujer como en la banca de un parque. Y no la encuentra.

Pelea con una coma, con un punto y seguido, se bate a muerte con un punto final que se resiste a ser escrito en el viejo cuadernillo que ocupa para sus labores literarias. Siente un dolor en el pecho y la ansiedad le invade: respira con dificultad, toma asiento y se reincorpora casi en automático… camina por la habitación…. El final no se mira ni lejos ni cerca.

Suena el timbre de su teléfono móvil sin percatarse de lo inusual de recibir una llamada durante aquellas horas y, molesto por aquella distracción, lo apaga.

Él no es Rodolfo Walsh ni Haroldo Conti quienes, aun con una dictadura militar encima, escribirían párrafos y párrafos que serían recordados por siempre; él… él necesita silencio, calma, concentración y no esos ruidosos pasos que se escuchan en el pasillo del edificio ni esos gritos en las escaleras ni ese forcejeo de puertas.

Y el final no llega.

Decidido a escribir sí o sí la oración con la cual culminará su novela, con vehemencia aquel hombre se sienta en su silla frente a la hoja de papel, anhelando unas cuantas palabras que le saquen de encima esa angustia que él registra en el pecho; pero no desea un final cualquiera sino uno de esos que, cuando es finalmente redactado, quien lo escribe siente algo muy parecido a un fulminante orgasmo, separándose del mundo por unos instantes… robándole a la vida un segundo de inmortalidad.

Una detonación de arma de fuego se escucha en la habitación: el final ha llegado.

3

Paula sabe que no debe acercarse a la Facultad de Filosofía y Letras, allí hay decenas de policías infiltrados y caer en las manos de cualquiera de ellos no sólo pondría en riesgo a la organización política donde milita sino que, directamente, colocaría en grave riesgo su vida. Aun así, decide bajarse en la estación del Metro Puan y caminar hacia el campus.

Desde que el general Videla se hizo del poder tras el golpe de Estado, ella casi no ha vuelto a las aulas para asistir a clases. El Banquete de Platón y la Alegoría de la Caverna quedaron lejos, como si aquella lectura que hizo de dichos escritos hubiese ocurrido en otra vida, no en ésta donde anda a salto de mata evitando caer en las emboscadas de los milicos. Aunque su faceta de estudiante ha quedado casi en el olvido, parte de su táctica de supervivencia radica en parecer eso: una estudiante ordinaria, así que mientras camina por la calle carga consigo su mochila y el infaltable Documento Nacional de Identidad, por si acaso no tiene manera de esquivar los retenes y entonces fuese necesario sostener la trama en la cual, simple y llanamente, es una estudiante de quinto semestre inscrita en la Universidad de Buenos Aires.

El Comité Central de su organización ha dicho, incansablemente, que ella no debe aproximarse a la Facultad; ya la han fichado, su rostro circula en todas las comisarías y en los cuarteles.

El atuendo de estudiante es idóneo para andar lejos del campus, pero se vuelve inútil si la identificaran en los alrededores de la universidad. A pesar de tales advertencias, Paula siente una urgencia por acercarse a ese campo minado: debe encontrar a Gustavo, su compañero tanto de militancia como de afectos; él sí continúa cursando ordinariamente las asignaturas… es una pieza fundamental para promover la organización estudiantil en el campus.

Paula hoy decidió usar una boina café y colocarse los aretes que su abuela le obsequió al cumplir la mayoría de edad. Pintó sus labios, lustró sus botines y se perfumó con esa fragancia que a Gustavo le fascina. Ella necesita verlo y no por algún motivo relacionado con la organización ni con la lista que, desde ayer, circula con nombres de futuros asesinados; tampoco su urgencia se vincula con Videla ni con la terrible noticia de la desaparición de Miguel, uno de los más activos militantes de su Facultad.

Otros factores son aquellos que le motivan a caminar hacia la muerte.

Al hallarse a dos cuadras de llegar al campus, ella observa a un grupo de policías encubiertos en las afueras del café antiguamente estudiantil, el cual hoy es un sitio que hombres con gafas oscuras frecuentan para allí sostener algunas charlas mientras desayunan. A la espera de que la luz del semáforo cambie de verde a rojo y pueda así cruzar la calle, tararea “Cementerio Club” de Luis Alberto Spinetta.

Luce radiante pues al despertarse creyó, firmemente, que la ocasión de su encuentro con Gustavo ameritaba una apariencia que él no pudiera olvidar nunca.

Al estar ahí de pie, cantando bajito a Spinetta y yendo al encuentro con “Gus”, como suele decirle, casi pudo olvidar por completo que, desde hacía cinco meses atrás, el terror se instauró en su país y que, junto al resto de sus compañeros de la organización y demás militantes de otras agrupaciones, corren un gravísimo peligro. En eso estaba, moviendo los dedos de su mano derecha como si acompañara al Flaco en su ejecución de un solo de guitarra únicamente escuchado en el interior de su cabeza, cuando miró aproximarse lentamente a un carro sin placas, tripulado por varios hombres.

El vehículo avanzaba por el carril central, despacio, como si patrullara o buscara a alguien. Su ritmo cardiaco comenzó a elevarse, sentía que no podía sostener una respiración normal y percibió que un escalofrío bajaba por su espalda. Pasó la mano derecha por su cabello, queriendo colocarlo de tal manera que le protegiera la mitad del rostro. No había nada por hacer.

El automóvil sin placas se acercaba cada vez más hacia ella y los demás coches lo rebasan a discreción por derecha e izquierda.

El conductor, estando a pocos metros de la esquina donde Paula se hallaba de pie, sacó la cabeza por la ventanilla y se quedó mirándola por encima de los lentes oscuros.

Ella se sintió indefensa.

Repentinamente y todavía estando la luz del semáforo en color verde, bajó de la banqueta y como si no observara que un automóvil venía en dirección a ella, caminó dos pasos y se escuchó un estruendoso rechinido de neumáticos entre las calles de Puan y Valle.

El automóvil alcanzó a frenar, aunque hizo un leve contacto con el muslo derecho de la muchacha. Paula, siguiendo la salida que abruptamente decidió tomar, se flexionó levemente como si buscara cerciorarse del daño que el vehículo le había propinado. El coche sin placas por unos instantes detuvo su andar y se emparejó a la misma altura de aquel que frenó inesperadamente:

—¡Boludo, fijate!, ¡casi la matás…! —dijo el chofer con un tono recriminatorio y le preguntó a Paula si se hallaba en buenas condiciones.

—Sí, sí, gracias, sólo fue un leve golpe. Gracias —dijo ella sin alzar el rostro y mirando siempre hacia su pierna que había sufrido el impacto del automóvil.

Siguieron su camino aquellos hombres que ocupaban el vehículo sin placas.

El conductor que tuvo el percance se bajó de su auto y, asustado, aunque también molesto, le recriminó a Paula por su distracción. Para ese entonces, la luz roja ya se hallaba encendida en el semáforo y la joven, rengueando un poco, continuó caminando hasta llegar a la otra acera.

Estando de pie sobre la banqueta y a unos metros de la Facultad de Filosofía y Letras, sacó una libreta de su mochila y arrancó un pedacito de papel. Allí anotó: “Gus: no te acobardes, no importa cuándo leas esto. Te amo, tampoco importa cuándo leas esto. Pronto acabará la noche. No sé, ¿vos pensás que estamos locos? Te digo ahora, como en esa peli que vimos… ya sabés, Casablanca: El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.

Con cinta adhesiva que guardaba en su mochila, pegó el papelito en un costado del poste de alumbrado que tenía delante suyo.

Lentamente y con una peculiar sonrisa en su boca, rengueando, se alejó de la Facultad tarareando a Spinetta.

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