Del libro Love is love o de cómo me ato las cintas (publicado por Nitro/Press).


… el incendio brotaba de su propia carne,
como si tuviera en las venas un reguero de pólvora
El orgasmógrafo
, Enrique Serna, 2010

Debajo de sus piernas desnudas, Cristóbal Santoro siente cómo la arena acaricia con aspereza tibia la piel de sus muslos y talones. Una gaviota camina a unos metros de él con los restos de un pescado en el pico. Sus huellas sobre la playa húmeda marcan un sendero de pequeñas anclas caminando hacia el mar. Cristóbal Santoro siente cada uno de los diminutos pasos vibrar en las fibras capilares de sus extremidades inferiores. El jardín dorado en sus piernas parece moverse con cada una de las pisadas del ave. Un pequeño cambio en la dirección del aire ocasiona que la gaviota alce el vuelo temerosa. Cristóbal también advierte una cortante de viento vertical a unos cuantos kilómetros de altura de su cabeza. No sabe cómo fundamentarlo, pero la siente a través de la experimentación de un cambio drástico de temperatura en la piel de su pecho también desnudo. Un pedazo del pescado muerto permanece tirado sobre la superficie de los suelos silíceos de la playa. Cristóbal huele el cadáver a lo lejos y no puede evitar sentir arcadas. El hedor a muerte le causa abatimiento. Una bocanada policromática de recuerdos, conectada con la fetidez, hostiliza sus pensamientos. La muerte no es mala, su olor sí.

Sentado en la playa con las piernas descubiertas, Cristóbal recuerda el rostro de su madre con la vida en el pasado, dentro de un ataúd de caoba, tapizado con seda roja en su interior, sin cortinas ni cruces. En su casa no cabe el espacio para ningún fanatismo y el del muerto en la cruz es el que menos tolera. Recuerda el olor que pudo percibir a través del grueso cristal del féretro. La evocación del hedor de su madre muerta no se parece en nada al aroma a claveles que despedía por la piel al acercársele para besarlo por las noches cuando aún era un niño. Desde lejos podía oler la esencia a Dianthus aproximarse a su habitación decorada con dibujos de barquitos de vapor en la pared. Ellos mismos los pintaron a mano alzada porque ella no creía en los moldes ni en la perfección. Ahora su madre olía a muerte y no podía dibujar barcos de vapor imperfectos. Olía a muerte, pero mezclada con los aromas de la asepsia fría del cincel de cráneo, del bisturí y de las pinzas dentadas de la autopsia. A muerte con formolina, cobalto-60 y otros químicos deshidratantes y antisépticos utilizados en la tanatopraxia. A esa edad, Cristóbal ya había guardado en el palacio de su memoria esos olores. Bastó con una visita a la morgue para que jamás los olvidara. Al activarse en el aire los compuestos de las sustancias odorantes, el sistema límbico de Cristóbal hacía su trabajo de manera brillante, casi poética. Una inhalación fuerte y su olfato sensible era capaz de almacenar íntegramente todos los aromas del mundo.

Con el recuerdo activado por sus neuronas olfativas desarrolladas, Cristóbal presencia de nuevo la boca de su madre que antes le cantaba melodías de cuna por las noches y que ahora yacía muda, suturada con hilo invisible. Alguien cometió el error de delinearle los labios muy gruesos y su boquita de pez parecía haber sido sometida al bótox. El pescado en la orilla de la playa había tenido más suerte que ella. A él no le colorearon chapetes rojizos para simular la vida. Tampoco le quitaron el olor a defunción para cubrirlo con resinas o preservativos locales inyectados. El pescado ocasionaba náuseas por su fetidez natural de cadáver, pero el cuerpo de su madre expedía el tufo de empresas de limpieza de sanitarios. Al pescado no le insertaron algodón hidrófugo en todos sus orificios ni le cerraron los ojos con pinchitos. No le disimularon las ojeras con corrector, ni le pintaron las aletas con esmalte azul turquesa. El pescado despedazado por una gaviota no recibió una sesión de maquillaje light para ser despedido con dignidad y, aun así, la hediondez de sus despojos era más digna que la del teatro de su madre en el ataúd de caoba con interior de seda roja. Su madre murió en su cama, después de que su hijo le diera un beso de buenas noches, justo antes de que se marchitara su aroma de clavel blanco. Sin embargo nunca la dejaron oler a incienso y Cristóbal Santoro no puede evitar sentir arcadas cada vez que recuerda el olor de la muerte de su madre.

Después de unos minutos una gaviota hambrienta aleja el pescado de Cristóbal. Él advierte que no es la misma que tiempo atrás había alzado el vuelo temerosa. Las diferencia porque la primera tenía un patrón en las alas de plumas negras que semejaba el contorno de una anguila eléctrica. Ésta tiene un formato de cordilleras en las alas. El pescado ahora vuela por el cielo y su aroma ha menguado. Cristóbal camina unos pasos hacia donde estuvo el esqueleto y remueve la arena para disolver un poco más el olor. Al agacharse siente cómo su columna vertebral se estira desde las cervicales hasta el cóccix y cómo el músculo peroneo se tensa al permanecer de cuclillas sobre el área infecta. Un cangrejo rojo que se ocultaba a unos centímetros debajo de la arena sale furioso con sus pinzas preparadas para defender su espacio. Cristóbal observa con detenimiento sus quelas poderosas y no puede evitar sentir empatía por la perfección de esos apéndices mezosoicos. Advierte que se trata de un macho por la estrechez de su cefalotórax. Hace un par de años vio en NatGeo un documental sobre cangrejos y su memoria fotográfica guardó de forma precisa esa información en el hipocampo.

A su izquierda un par de mujeres hermosas pasa caminando lentamente. Ambas visten bikinis diminutos y dejan al descubierto la redondez de sus glúteos trabajados. Cristóbal no advierte la presencia de las chicas. La perfección del cangrejo rojo con sus pinzas impresionantes lo tiene embelesado. Las jóvenes, en cambio, sí reparan en el atractivo indiscutible de Cristóbal que fulgura con la arena. Sus músculos de coraza dura se tensan por la posición en la que se encuentra, casi de cara al cangrejo. Las chicas se detienen a observarlo a lo lejos. Cristóbal deja que el cangrejo se estabilice y se aleja lentamente hacia su posición inicial. De nuevo sus piernas desnudas se asientan en la arena y percibe sus cristales exfoliándole la piel. Han pasado algunas horas desde que decidió esperar paciente el atardecer en la playa. Muy temprano caminó desde el muelle, donde la gente se conglomera para rentar yates y pescar, hacia una zona virgen de playa localizada a una hora del tumulto turístico. Cristóbal siente la necesidad inevitable de experimentar la puesta del sol. Es su primera vez en el Mar de Cortés y ha visto cientos de imágenes deslumbrantes en fotografías y videos del atardecer en esas playas soleadas. Su sensibilidad ante la belleza traerá consigo consecuencias placenteras y por ello decide alejarse de la gente para disfrutar en soledad del goce corporal que ese crepúsculo le regalará. Busca en su celular la hora exacta del atardecer en esas playas: 7:15 p.m. Aún tiene unos minutos antes de complacerse con el ocaso más bonito del planeta. Toma de su canasta de picnic un pinot noir del valle de Guadalupe y se sirve una copa para poder degustar por la boca y por los ojos el acontecimiento.

El sol en el horizonte se erige sobre el culmen del día y abraza con fuerza el mar naranja. Atrás, las curvas de las montañas acarician su contorno endurecido que mengua penetrando en las aguas ahora rosas y violetas. Las nubes se visten de azul marino y amarillo y observan avivadas al astro adentrándose en el mar de pátina ocre. Cristóbal siente que el peso de su cuerpo desaparece y se pierde en sus colores. El sol destila una estela de luz bermeja sobre el océano de espejos. Todo el cielo es un embate entre la luz que resiste la muerte y el fuego del atardecer caliente eternizado por unos minutos. El horizonte es un arcoiris sepia. Un arcoiris horizontal que nada en el reflejo del mar de vino. El sol penetra en las aguas del océano cada vez con más ritmo y la marea lo recibe con movimientos ondulatorios de sal escarlata. El índigo del cuadro en el cielo muta de manera constante hasta el coral rosáceo que se descompone en el dorado del cielo que se abre. El sol se filtra en las montañas haciéndolas brillar desde la cima con sus rayos de abanico de luz. Después se empotra en el mar dejando una huella de espuma en la orilla de la playa junto a Cristóbal que la recibe y la acaricia entre los dedos. La estrella ambarina se inserta en la sangre del mar y la penetra hasta desaparecer siendo un solo cuerpo.

El espectáculo domina a Cristóbal y siente en la punta de su sol erguido cómo la luz de los rayos se introduce en la tibieza del agua carmesí. Sus pupilas dilatadas emiten un centelleo que palpita al igual que la estrella dorada. El vaivén acelerado de la marea se enclava hasta sus caderas. El rastro de espuma en la orilla de la playa es abundante. El sol ingresa por completo en el océano hasta perderse como un trazo de magia vibrante pincelada por el cosmos. Los colores se han ido junto con el ocaso. Ahora todo es penumbra: una amigable y lóbrega opacidad que permite que Cristóbal se extravíe en su intimidad abrazante. Cuando se hace la negrura, centenares de estrellas explotan en el cielo. Una a una las esferas luminosas de plasma destellan intermitentes y punzantes. Él puede sentir la irradiación de helio e hidrógeno en su núcleo. Puede experimentar la atmósfera estelar por toda la piel y penetrar en sus constelaciones y asterismos. Cristóbal estalla en una descarga de estrellas que su cuerpo emite desde la uretra hacia la galaxia. Cuando cesa el espasmo, los opioides de las endorfinas recorren todo su cuerpo y descansa plácido, agradeciendo a la naturaleza el regalo de luces placenteras que acaba de brindarle.

No es la primera vez que Cristóbal vive una explosión de sal sin necesitar estimulación táctil. Piensa que no hay nada más provocador que el cuerpo trabajando solo a través de la hipersensibilidad de todos sus sentidos. Desde pequeño ha reconocido que su organismo reacciona de manera diferente. Le resultaba extraño que los otros niños no murieran de amor frente a la belleza de los ojos multifacetados de una libélula o ante el sabor de un buen filet mignon. Las puestas de sol siempre fueron sus imágenes favoritas y antes de tener potencia sexual: lloraba al verlas. Era muy difícil para él poder explicar por qué se estremecía hasta el alarido cuando las olas rozaban la piel de sus pies diminutos. Cuando la pubertad llegó, el mundo entero le detonó en el pubis durante un banquete familiar: la cena de Nochebuena. Por primera ocasión el festín se celebraría en su casa y una considerable cantidad de invitados asistiría a compartir con ellos la fiesta del ponche y los buñuelos. Su madre viva no estaba de acuerdo con este tipo de celebraciones religiosas, pero no pudo evitar sentirse contagiada por el espíritu festivo de la época. Sus primos venecianos habían hecho un viaje de diez mil kilómetros para visitarlos y no sería de buena educación omitir el festejo de una conmemoración tan importante para ellos. Con la casa llena, Cristóbal pudo advertir los aromas de las personas del viejo continente: los mayores olían a quesos añejos de Treviso y a embutidos, los más jóvenes a focaccine y panettone. En ese tiempo Cristóbal ya se encontraba tupido de folículos en los testículos y no podía evitar hacer analogías entre el olor de sus toxinas y el de las bacterias de los alimentos que consumían sus familiares al por mayor. La piel de su entrepierna emitía un aroma parecido al del salame y sus axilas olían igual que una caprese con vinagreta balsámica. La primera metáfora de sus secreciones fue construida a partir del aroma de la comida. Por eso su espermarquia fue coronada por el umami en sus neurotransmisores.

En el patio de los Santoro la mesa estaba preparada. Veinte sillas se encontraban dispuestas en torno a la mesa fuerte de roble. La mantelería era blanca con encajes finos y caía pareja sobre todos los costados. Cristóbal colocó flores de cuetlaxóchitl dentro de jarrones de cristal a lo largo del centro para adornarla, mientras sentía cómo la belleza del aroma y del panorama en la mesa comenzaba a excitarlo. Incluso diseñó a mano tarjetas con los nombres de los comensales que acomodó siguiendo su avispado criterio. Él se sentaría en uno de los extremos y su madre en el otro, fungiendo ambos como anfitriones. Una de sus primas lejanas quiso alterar el orden establecido por Cristóbal para estar cerca de él y poder rozar sus manos y piernas durante la velada. Él hizo caso omiso a sus insinuaciones porque no entendía cómo funcionaba la atracción sexual entre los humanos. Tampoco le interesaba el ejercicio del flirteo y mucho menos la interacción erótica. Cristóbal no se inmutaba ante la belleza excesiva de las jovencitas que lo cortejaban. Por ello sus amigos del colegio decían que era marica. Sin embargo, tampoco sentía deseos carnales por los varones. En ocasiones sus familiares más cercanos hablaban de su constante falta de apego por las señoritas, pero Cristóbal era empático y sensible con todo el mundo. La gente no entendía cómo era capaz de cometer tantos desaires amorosos, alguna perversión horrible debía de tener.

De manera arquitectónica, el plato de servicio sostenía el de la ensalada que a su vez colindaba en ángulo obtuso con el plato del pan. El tazón para la crema se encontraba a la derecha y formaba un eje perpendicular con la triada de copas que cada comensal tenía a su derecha. Los tenedores para el plato fuerte y para la ensalada habían sido dispuestos por Cristóbal del lado izquierdo de los platos. Las cucharas para postre y crema se encontraban a la derecha, justo enfrente del tazón. La vajilla de porcelana hacía juego elegante con la platería. El trabajo de organización de la mesa y de la distribución de los invitados le aceleraba la circulación. Había realizado una hermosa obra de arte. Las señales eléctricas emitidas por las impresiones luminosas de cada uno de los objetos que él mismo colocó con paciencia y amor activaron los impulsos nerviosos de la retina y algo en su piel se estremeció. Cuando quiso pararse para hacer un brindis sintió que su pantalón se abultaba justo en la parte del cierre y por lo tanto dimitió de las hermosas palabras que tenía preparadas para departir en torno a la familia, la estética culinaria y el sincretismo cultural.

La erección impedía que se moviera a sus anchas como anfitrión. Cristóbal sintió una tristeza profunda cuando no fue capaz de levantarse para cortar la carne horneada con romero y naranja. Su madre intuyó que algo extraño le pasaba a su hijo, pero se lo adjudicó al vino que había ingerido. Y en parte tenía razón. Esa era la primera vez que Cristóbal degustaba de la sangre de los dioses: un petite sirah de barrica de roble francés.

Tomó la copa de vino entre sus dedos anular e índice. Con un movimiento preciso la acercó a su nariz. La sensación luminosa de los olores tánicos de la durif picante y seca estremecieron su epitelio olfatorio provocando escalofríos por su piel y la elevación de su pértiga se tornó más rígida. Cristóbal sentía que con la prominencia del montículo acumulado debajo de su abdomen sería capaz de tirar la mesa con todos los alimentos distribuidos en ella. Por eso permanecía inmóvil. La membrana de sus células sensoriales retuvo el aroma de la fermentación del mosto de la uva mandando a su cerebro cadenas de reacciones químicas estimulantes que lo elevaron todavía más. Después sus labios se postraron sobre el borde de la copa y con un leve levantamiento del codo la bebida ingresó por su boca. Los botones gustativos de su lengua y paladar experimentaron una orgía de sabores al desdoblar la acidez, los tonos herbales y el picor de la pimienta negra en un solo sorbo. Cristóbal Santoro bebía, olía y se erectaba cada vez más. Cristóbal Santoro se perdía en la magia de sus sentidos y olvidaba a la gente que lo rodeaba. Solo en esa eternidad suspendida en unos cuantos segundos sentía cómo se desbocaban alazanes de fuego por sus venas. La conflagración se concentró en el fogón interno en su pantalón y escuchó a todos los pájaros de la tierra cantar sólo para él. Olió los viñedos húmedos cuidados por manos fuertes y agrietadas y observó la perfección de una noche estrellada.

El calor ocasionado por el ensanchamiento de sus vasos sanguíneos enrojeció su tez clara. El clímax rítmico de su cadera eyectó una cantidad extraordinaria del extracto de toda su tensión sexual y Atlas pudo descansar sus hombros para siempre. Mientras Cristóbal Santoro eyaculaba, la tierra le emergía por el cuerpo y el eco de las cuevas prorrumpía por su boca ocasionando sonoros gemidos de placer. Podía ver cómo la mesa se movía al contacto con su pene palpitante. Su madre y otros familiares estimulados por el alcohol pensaron que el acto que Cristóbal acababa de interpretar se trataba de una broma pretendiendo demostrar que el festín de la noche era orgásmico. A pesar de ser un muchacho educado, siempre había sido excéntrico e intenso. Nada extraño sería que gritara de placer simulando una hipérbole ante las delicias que esa noche se degustaron. Por eso nadie prestó atención a su actuación cuando experimentó el segundo orgasmo de la noche gracias al equilibrio de los cinco sabores básicos del platillo principal.

Día a día, noche a noche, Cristóbal eyaculaba sobre el mundo sin la necesidad de tocarse. El simple roce de la seda en sus manos o la frecuencia dulce de las teclas del piano de Debussy bastaban para que la libido se apoderara de sus sentidos hiperdesarrollados. Por eso durante la adolescencia, como rutina básica, se colocaba un bultito de Kleenex amarrado con una liga floja en el pene. Al principio le resultaba difícil aminorar los efectos propios de las emisiones de semen, como los gemidos y los ojos en blanco, pero con el paso de los años aprendió a simular las consecuencias de la eyaculación. Sin embargo sus dosis de vitaminas quintuplicaban las de la mayoría de los humanos. Debía compensar de alguna manera el desgaste físico ocasionado por la eyección de enzimas, fructosa, vitaminas, proteínas y minerales que su cuerpo catapultaba al exterior varias veces por día a la menor incitación exterior.

Cristóbal Santoro acostumbraba visitar lugares concurridos. Una ligera fricción con el vestido de una mujer le permitía reconstruir el camino de la fabricación y elaboración de la tela de sus ropas. Asimismo, identificaba los tejidos artesanales a través de su aroma y podía reconstruir en su imaginario la textura y el grosor de las manos que los tejieron. A través del timbre de voz advertía la entonación de las personas al cantar, su registro e incluso si una enfermedad mortal les aquejaba. Nada se le escapaba a Santoro. Incluso era capaz de apreciar las lubricaciones naturales de una vagina en sus días de fertilidad y el aroma húmedo de los besos de los amantes primerizos con las secreciones dentro de sus ropas. Sin embargo, el olor de los cuerpos excitados no le parecía mejor que el de un campo florido y el poder que ejercía en su cuerpo era nulo. Por lo tanto necesitaba de distintas actividades y grupos sociales para enriquecer sus experiencias sensibles. Talleres de cocina, jardinería, filosofía clásica, poesía medieval, hip-hop, clavados, equitación, rondallas juveniles, tiro con arco, composición acústica, diseño, piano, atletismo, futbol eran parte de las actividades que había desempeñado con los años. No le gustaba permanecer en un solo lugar ni afianzar relaciones duraderas con la gente, porque eso significaba limitar sus posibilidades de nuevas sensaciones. Por esa razón cambiaba de residencia de manera constante para poder vivir otros climas y olores. Tener a su nombre la cadena internacional de hoteles Santoro le había permitido conocer el mundo y comérselo completo por todo el cuerpo.

Cristóbal Santoro se encuentra sumido en la oscuridad del anochecer en la playa. Ama su cuerpo y la negritud del cielo que lo cobija. Ama la arena sobre la que yace tendido y el aroma de la sal que penetra por su nariz y por cada uno de los poros de su piel. Puede ver el olor del cloruro sódico: su escala es cristalina y guarda la música de los restos fósiles que la conforman. En un acto consciente come un poco de arena para guardar dentro de su cuerpo el cuadro del crepúsculo que ahora es pasado. La arena en su interior sabe a colores en el cielo y a la genealogía de la vida. Entusiasmado, toma un poco más y saborea los cambios en los fenotipos de las poblaciones biológicas que se desmoronan en la arena que ahora es su hogar. Puede ver claramente cómo desfilan los primeros homínidos bípedos de cabezas oblongas como en una pantalla de cine dentro de su cuerpo, desde la tráquea hasta el estómago. Con las manos forma una bola de arena que emula el globo terráqueo y la ingiere velozmente. Puede sentir el sabor de la corticalización de los primeros homo sapiens y la macroevolución de los anfibios como un flashback preciso. Entiende el modelo cosmológico y la correlación de las galaxias desdoblando en mil millones de partes el tiempo de Planck. Mientras más arena consume, observa con claridad la morfología de una cianobacteria y entiende que el cielo oscuro es una extensión de sus ojos y que uno de ellos es el ojo de Horus con sus seis fragmentos intactos. Cristóbal está en todas partes y entiende. Cristóbal es un fragmento de mineral, es una playa gigantesca. Es la sílice, el cuarzo, el pescado muerto, los pasos de cien niños corriendo, las huellas de una motoneta. Cristóbal brilla y se descompone en fragmentos pequeñísimos de coral. Cada víscera de su cuerpo comienza a irradiar la historia de la vida y se fosiliza en su interior como simulacro de las ruinas del castillo del cuerpo. El cuerpo transustanciado de Cristóbal ahora es un montículo de arena.

Al amanecer en la orilla de la playa se encuentra una duna de arena. Las olas del mar la rozan con su espuma. Al subir la marea la toma con sus brazos blancos de sal. Ésta desaparece dejando una huella profunda sobre la orilla. Una gaviota camina a unos metros de ella con los restos de un pescado en el pico. Sus huellas sobre la playa húmeda marcan un sendero de pequeñas anclas caminando hacia el mar.

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