Cuando llegaste a mí, venías en una cajita de cristal. Hermoso era tu color gris plateado. Abrí la caja y saliste volando, vehemente, coqueta, a posarte en mi cuello.

Querías que te mostrara el amor.

Cuando salí en su búsqueda, me acompañaste, colgada en mi cuello, sin temor a su encuentro. Revoloteabas, con tus alas extendidas, exhibiéndote brillante, bella.

Al llegar con mi amado te soltaste de mí y te pusiste cerca de su librero.

Parece que mirabas con cuidado cada cosa suya. De pronto él y yo giramos y en su mesa te fuiste a posar, abriste tus alas desplegando tus colores, irradiabas luz, te veías frágil, cristalina, diáfana, hermosa en la sombra. Caminabas por toda la mesa, parecías más grande de lo que eres, pero eras sólo tú mostrándote con la cara del amor.

De súbito te cruzaste a otro mueble, y el instante pareció detenerse eternamente en todo tu cuerpo. Entonces tomaste confianza de volar por toda tu sala, ibas de un lado a otro, volando curiosa. Parecías danzar al compás de la música que salía del equipo de sonido. Tu color, un día gris, parecía abrirse en mil matices.

Coqueta, amorosa —porque, no sé, siento que así es ella—, volaste a su recámara ya deseando sentir el calor de la intimidad, ya no te mirabas tan frágil, sino fuerte, te sentías alborozada, y entonces en su cama te aquieté, le pedí a él que me quitara la cadena para que tú, mariposa de plata, contemplaras el amor desde la almohada donde reposarías plena…

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