Pienso en todo el tiempo que he estado esperando este día para asistir al XLVIII Encuentro Internacional de Escritores. Lamento que Esbeydi se molestara. Ella no quería venir, me dijo que sólo lo haría por mí.

Entro al Palacio de Bellas Artes, donde se celebrará la reunión y ya hay mucha gente. Acordé verme con Esbeydi en el segundo nivel junto a uno de los murales del lugar para no perdernos entre los asistentes. Cuando subo las primeras escalinatas miro al señor que indica a las personas la entrada hacia la sala principal: tiene un traje azul marino y un quepís que le tapa los ojos. Su pelo es un poco largo, blanco, como su piel. Su voz es enérgica. Más que indicarles a los concurrentes hacia dónde dirigirse, parece que se los ordena.

Cuando camino frente a él, alguien le habla y se vuelve; espero a que gire para mirarle el rostro, porque me parece conocido; pero la gente que viene detrás me empuja, es demasiada. Tratan de entrar rápidamente para ganar lugar en las primeras butacas.

Asciendo las escaleras, las personas van y vienen. Los periodistas, junto con los camarógrafos y fotógrafos, se apostan a un lado de las primeras escalinatas para entrevistar a algunos de los escritores que participarán en el encuentro. Se escuchan los flashes y el bullicio de la gente.

Mientras, subo para encontrar a Esbeydi con la mirada, pero es tanta la gente que no puedo verla. Llego al piso donde quedamos de vernos y me desespero porque no aparece; me pongo nervioso porque, tal vez, no alcancemos lugares. Siempre llega tarde, mas sabe que la estaré esperando porque la amo. Me asomo insistentemente para ver si entra. Luego miro el enorme mural en donde plasmaron a una mujer saliendo de la tierra con los brazos levantados. Me acerco al barandal para ver si Esbeydi llega. Nada. Camino por el corredor una y otra vez. No aparece. Siento la mirada de la mujer del mural sobre mí.

Al lado de la pintura hay una tarjeta que dice La nueva democracia y la técnica que utilizó el pintor David Alfaro Siqueiros. La obra, a base de trazos tridimensionales, genera un efecto de movimiento de tal manera que cuando alguien camina frente al mural pareciera como si la mujer que sale de la tierra siguiera sus pasos.

Me asomo otra vez para ver si veo a Esbeydi, no aparece y ya entra poca gente. Adentro de la sala principal se oyen aplausos por varios minutos, parece que el encuentro de los escritores ya empezó. El señor del uniforme azul marino y de quepís levanta la cara, me ve y sonríe. Juraría que es David Alfaro Siqueiros.

Camino por el corredor con la esperanza de que Esbeydi llegue, aunque ya no alcancemos lugar para escuchar y ver a los participantes.

De pronto escucho gritos a la entrada del palacio y veo que varios vigilantes, junto con el señor que se parece a Siqueiros, tratan de detener a un camello que entró con un hombre con capa y sombrero negros. Se parece a Juan José Arreola.

—¡Cómo te atreves a entrar con este animal, estás loco! —le grita el hombre del quepís.

—¡Bah! Ya falta poco para que este camello pase por el orificio de una aguja —le dice el hombre mientras los vigilantes lo ayudan a bajar del animal.

Una edecán lo conduce por donde entran los escritores mientras los vigilantes sacan al camello del recinto.

Nuevamente se escuchan aplausos en el interior de la sala, y yo ya perdí la esperanza de que Esbeydi llegue, sin embargo no soportaría que apareciera y no me encontrara. Decido esperarla. Mientras camino de un lado para otro, de vez en vez me acerco al barandal para ver si se presenta.

Observo que por la puerta principal entra un anciano encorvado con un bastón, camina lento. Parece que es un ciego, lleva anteojos negros y su cabello cano peinado hacia atrás. Una edecán lo toma del brazo para acompañarlo, pero el viejo le dice que él puede solo. Cuando el viejo pasa frente al tipo que se parece a Siqueiros le dice, adivinando su presencia, que sólo estará unos momentos, le platica que tiene que regresar a la Biblioteca de Babel, que le faltan muchos libros por leer.

—Como quieras Jorge Luis, ésta es tu casa, puedes quedarte el tiempo que quieras —le responde.

El que se parece al pintor vuelve a sonreír y el viejo avanza guiándose con su bastón. En ese momento pasa otra edecán junto al ciego y el viejo disimuladamente se sube los anteojos negros y mira las piernas de la mujer. Luego continúa su paso hacia la sala principal. En seguida vuelven a escucharse los aplausos por varios minutos.

Mis pensamientos regresan a Esbeydi, su pelo largo hasta la cintura, la forma de sus labios delicados, el color de su piel, sus pechos, su cintura, sus caderas, sus piernas largas. Esbeydi es bella y divina.

Camino como león enjaulado, de un lado a otro. De repente siento que voy a desfallecer, empiezo a sudar copiosamente. Aflojo el nudo de la corbata, me recargo en la pared debajo del mural, poco a poco me resbalo por la duela del piso hasta quedar completamente sentado con las piernas estiradas.

En la sala principal se vuelven a escuchar aplausos y poco a poco empiezo a recuperarme. Me recargo en la pared para tratar de levantarme; lo logro trabajosamente. Todavía me siento mareado, pero camino hacia el barandal para asomarme a ver si entra Esbeydi. Sólo están el viejo del quepís y algunos vigilantes.

Me siento en una banca cerca del mural, no me atrevo a bajar porque todavía me siento mal. De pronto vuelvo a escuchar gritos abajo por donde está la entrada principal. Corro hacia el barandal.

Un hombre con el pelo y barba blancos trata de pasar con el esqueleto de un pez vela, pero los vigilantes y el hombre del traje azul marino se lo impiden.

El que se parece a David Alfaro Siqueiros le grita enérgicamente:

—¡Pero qué te pasa!, ¿cómo crees que vas a pasar con ese esqueleto?, solamente a ti se te ocurre semejante disparate, no te lo voy a permitir.

El hombre del pelo y barba blancos saca un puro de su chamarra y lo enciende mientras los vigilantes toman el esqueleto del pez vela.

—No lo puedo dejar, en uno de mis viajes por La Habana logré atraparlo, pero ahora somos amigos y me niego a entrar sin él, así que tú decides: o entramos los dos o no entra ninguno —le dice el hombre del pelo y barba blancos.

—Pero, Ernest, ¿quién en su sano juicio cree que puede llegar así sin más y traer un esqueleto de un pez vela? —responde el que se parece a Siqueiros—. Ni tú ni nadie va a echar a perder con sus extravagancias este encuentro de escritores.

—Está bien, nada más por tratarse de ti voy a pasar sin mi amigo, pero dile a los vigilantes que me lo cuiden, está tan solo, es un solitario, en seguida vuelvo —le contesta.

Los vigilantes se llevan el esqueleto del pez vela mientras el hombre del pelo y barba blancos los observa. Luego se dirige a la entrada por donde pasan los escritores. Los aplausos se dejan sentir una vez más.

Camino hacia la pared en donde está el mural, poco a poco la vista se me nubla. Mis pensamientos siguen con Esbeydi.

No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Vuelvo a escuchar aplausos de la gente. Trato de caminar. Quiero ir a mi casa, me siento agotado, nunca me había pasado esta calamidad. Estoy sumido en mi malestar cuando un hombre de barba y una mujer entran por la puerta principal del palacio. Ella le reclama y le dice que no piensa seguir con él, le dice que prefiere regresar a París.

—Maga, podés hacer lo que te venga en gana. No te voy a pedir que te quedes conmigo.

La mujer se aleja mientras el hombre de barba habla con el que se parece a Siqueiros. El hombre del traje azul marino y de quepís le dice:

—Julio, todo está listo, sólo tienes que esperar unos minutos.

El hombre de la barba levanta la cara y me observa. Saca un cigarro y me sigue mirando mientras lo enciende. En seguida se dirige a una puerta que no es por donde pasan los escritores. El que se parece a Siqueiros de vez en vez me mira y sonríe.

Siento que me falta el aire. Ya estaba resignado a que Esbeydi no llegara cuando veo que entra por la puerta principal de Bellas Artes. Viene tan hermosa. Tiene puesto un vestido negro entallado que le llega arriba de las rodillas, sus hombros están descubiertos y su escote hace que el hombre del traje azul marino y de quepís abra la boca cuando ella se detiene frente a él.

El que se parece a Siqueiros le indica por dónde subir. Ella levanta la cara y se dirige a las escaleras. Trato de alcanzarla, pero no puedo moverme. Esbeydi llega hasta donde estoy, pero no me ve y camina frente al mural. En seguida aparece Julio y le dice algunas palabras a mi mujer que no alcanzo a entender. Ella se sonroja.

En seguida Julio la toma por el hombro y se alejan. Esbeydi se ve feliz y Julio mira el mural y sonríe mientras yo, desde la pared, sólo puedo seguirlos con la mirada.

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