Ilustración de Nerea Pérez, de su serie «Refugios». / Tomada de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

Ilustración de Nerea Pérez, de su serie «Refugios». / Tomada de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

El libro de las notas

“…no pasó mucho tiempo para que se considerara que las dos notas originales, así como los comentarios aclaratorios añadidos con posterioridad, resumían, a su forma, todas las nociones posibles del universo.”


Todo comenzó con una nota al pie de página. La nota era breve y elegante. En ella no se encontraban los excesos ni las vaguedades de otras notas, ni tampoco diatribas fáciles e inexactas. Todo lo que decía era, por decirlo de alguna manera, justo y preciso. Si bien al principio la nota se dedicaba a resumir los planteamientos más importantes del autor y a señalar los nudos de su argumento lógico, en un segundo momento avanzaba en su propia dirección, sin desatender en ningún instante las conclusiones que se dejaban extraer del propio libro. Se trataba, en pocas palabras, de una obra maestra que apenas si rebasaba el tamaño de un página. La nota (añadida como comentario explicativo por el editor) acompañó al texto en su primera edición y, con el paso del tiempo, se volvió una parte imprescindible de él. El mismo autor comentó su azoro cuando la leyó por primera ocasión:

“No puedo dejar de decir que la primera vez que la leí me sentí indignado. No podía entender qué añadía a la propuesta del libro y por qué se le había incluido, sin siquiera consultarme, como ‘comentario explicativo’. Luego la leí por segunda ocasión. Entonces comprendí que la nota extraía de mi pensamiento algo de lo que yo no había sido totalmente consciente a la hora de redactar el tratado. Me sorprendió mucho. Me quedé pensando toda la noche y empecé, lentamente, a reformular la teoría que hasta entonces había construido con tanta paciencia. Desde ese momento he aventurado algunas hipótesis para agregar algo a lo descubierto por la nota, pero no he tenido éxito. Mientras no encuentre algo nuevo que decir, no escribiré nada”.

A la muerte del autor, el libro conoció una segunda vida. Los lamentos públicos por su desaparición fomentaron el interés de los lectores y obligaron a una segunda edición, pues la primera se había agotado muchos años atrás. Como agregado especial de la edición, se decidió publicar una segunda nota que explicara la importancia del libro y diera cuenta del debate en torno a él. A diferencia de la primera nota, que se presentaba como una conclusión lógica de los argumentos desplegados en el libro, pero no explícita en el propio texto, la segunda nota se confrontaba directamente con la concepción del autor, a la cual llegaba incluso a calificar de ingenua y simplista. A su manera, la segunda nota proponía una idea completamente contraria a la del libro, y se explayaba en consideraciones en apariencia lejanas a la intención del autor, aunque en realidad, observando las cosas desde otro punto de vista, resultaban complementarias a la idea central del texto.

La publicación de esa segunda nota desató una inmensa polémica entre los eruditos de la época y los dividió en dos bandos antagónicos. Los primeros sostenían que, con la publicación de esa segunda nota, lejos de hacérsele un homenaje al libro y a su autor, se había atentado contra la dignidad de una filosofía elaborada con inteligencia y profundidad. Los segundos, en cambio, defendían la pertinencia del comentario e insistían en entender la aportación de esa nota no tanto como una refutación, sino más bien como un complemento. La disputa intelectual tuvo muy pronto ecos en la vida cultural del país, provocando una euforia que agotó la edición en pocas semanas. El rotundo éxito de la obra, en gran medida debido a la inclusión de las dos notas complementarias y al escándalo desatado por ellas, obligó al editor a pensar en una tercera edición que contemplara el debate intelectual en torno a los comentarios explicativos. De esa manera, se incluyó en la tercera publicación una serie de notas críticas que se dedicaban a revelar con perspicacia varios de los puntos oscuros de las dos notas. La serie de notas, tres por cada comentario, se agruparon según la defensa que hacían de una u otra explicación. Cada una trataba de ser fiel al estilo y al espíritu de la nota defendida.

Si bien la simpatía con una u otra nota dividió a los eruditos en dos sectores irreconciliables, no pasó mucho tiempo para que se considerara que las dos notas originales, así como los comentarios aclaratorios añadidos con posterioridad, resumían, a su forma, todas las nociones posibles del universo. Mientras el primer grupo de notas presentaba una serie de conceptos ligados a la forma y a la armonía, a la luz y a las matemáticas, el segundo grupo trazaba con maestría las nociones de caos y confusión, solazándose en el consuelo de los conceptos de noche y música. En la reunión conmemorativa del cincuentenario luctuoso del autor, un cónclave de eruditos que habían participado en la tercera edición de la obra (y cuya labor había dado luz a la llamada “Notística”, o bien al grupo de las primeras notas hechas a propósito de las dos notas originales) concluyó que fuera de los dos comentarios explicativos originales no podía encontrarse ningún argumento nuevo en el mundo. Dicha conclusión la fundamentaron en la proposición lógica de “la tercera nota exclusa”, cuya sentencia dice a la letra: “Sólo puede haber una nota original (según la primera edición) u otra nota original (según la segunda edición), pero no puede existir el caso de una tercera nota original”.

Desaparecida la generación de los fundadores de la “Notística”, se decidió fundar una asociación que conservara y fomentara la discusión del libro de las notas (que para entonces contaba ya con más de veinte ediciones acompañadas de ciento cincuenta notas aclaratorias) y resolviera de manera colegiada las disputas ocurridas tanto entre legos como entre letrados sobre el contenido y el espíritu de la obra en cuestión. Una de las primeras tareas de la asociación fue acabar de una vez por todas con la herejía que sostenía la existencia de una cuarta edición desaparecida misteriosamente en el año quinto después de la primera publicación y que, según afirmaban los detentores de dicha herejía, contaba con una tercera nota original que demostraba la falsedad del principio de “la tercera nota exclusa”. En la primera reunión de la asociación se declaró de manera definitiva la falsedad de dicha herejía (conocida como la “herejía de la trinidad”) y se anunció la persecución inmisericorde de todo aquel que la sostuviera, “ya sea en la esfera privada o en la esfera pública”. La segunda misión del primer cónclave, realizada también con bastante éxito, fue la de homogeneizar todas las ediciones de las obras en una sola que, a partir de ese momento, debería llevar una cuenta rigurosa de las nuevas notas incluidas, así como decidir qué nota podría incorporarse al canon y cuál no. A la generación de los fundadores de la asociación del libro de las notas, así como de la edición única, se les conoce ahora con el nombre de Doctores de las notas.

Después de un largo periodo de silencio del mundo intelectual, debido en gran medida al número ingente de notas que había que leer antes de atreverse a hacer un nuevo comentario (alrededor de tres mil quinientas para el año trescientos después de la primera publicación; siete mil novecientas cincuenta para el año cuatrocientos treinta), en el año setecientos surgió una nueva corriente de comentaristas que insistieron en el regreso a la lectura original de las primeras dos notas. Los nuevos eruditos sostenían que las últimas notas se habían perdido en una serie de sutilezas y pormenores que nada tenían que ver con el sentido y el espíritu original de las dos primeras. De esa manera, se comenzó una labor inmensa de recopilación de nuevos comentarios, conocida en la historia de las ideas con el nombre de “La Reanotación”. Para los “Reanotistas” carecía de sentido agrupar todas las notas redactadas hasta ese momento en una sola edición de proporciones monstruosas (más de ocho mil páginas para la época, de un libro que, originalmente, no rebasaba las cuarenta). De esa manera, decidieron utilizar los desarrollos técnicos de la época para sacar ediciones múltiples del mismo libro, incorporando en ellas únicamente el nuevo comentario que la asociación había decidido aceptar como válido. Si bien el resultado de esa decisión puede considerarse, en términos generales, positivo, pues se permitió una difusión masiva de las nuevas anotaciones y se pudo llegar a una mayor cantidad de lectores gracias al volumen de los ejemplares (que por lo regular no rebasaban las sesentas páginas, nota incluida), las consecuencias fueron nefastas para la homogeneización de los critierios y el control de los comentarios, dando paso a la fase de la “Dispersión”. La asociación perdió, así, rápidamente autoridad. Al cabo de unos cuantos siglos, todo el mundo se sentía con el derecho de sacar su propia edición acompañada de su propia nota, sin pasar siquiera por el juicio de la asociación. Hacia al año mil, cuando todo posible criterio se había perdido para siempre en la confusión absoluta, el mundo contempló con horror la mal llamada “Liberación de las notas”, seguida de una cruenta etapa de seccionamiento de las notas originales.

En la actualidad se considera que, agrupando la totalidad de las notas redactadas en la primera fase de la “Dispersión” y haciendo un cálculo muy general (siguiendo estrictamente los criterios establecidos en la “Reanotación”) de las notas escritas en el período de la segunda “Dispersión” y la “Liberación”, las notas escritas totalizan más de cuatrocientas mil. A estas notas habría que sumarles además las notas de las fases anteriores.

Si bien el libro de las notas sufrió un considerable desprestigio ocasionado por el terrorismo notístico de los años posteriores a la supuesta “Liberación”, la obra se mantuvo como paradigma intelectual durante muchos siglos y constituyó la columna vertebral de todo nuestro sistema de pensamiento. Y así lo fue, en efecto. Hasta que un día alguien se atrevió a escribir un nuevo libro.

Carlos Herrera de la Fuente (México, 1978).

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