Balompié

“Yo quería meter ese gol del último minuto aunque fuera el del empate y en vez de dejarme caer para que el árbitro marcara penal aguanté la zancadilla, trastabillé…”


Al profe le apestaba el hocico. Me tenía ley, aunque estuviera emputadísimo. Es cuestión de porcentaje, me había explicado en el medio tiempo, si perdemos este partido tendremos chance de pasar a la siguiente ronda y de alzar la copa, la primera en años de jodernos, che. Y todavía seguía gríteme y gríteme como pinche loco y se me vino encima cuando ya los del otro equipo se abrazaban entre ellos y con la bola de putos que entraban en la cancha a festejar. Yo quería meter ese gol del último minuto aunque fuera el del empate y en vez de dejarme caer para que el árbitro marcara penal aguanté la zancadilla, trastabillé, caí mal, pero quién lo creyera, la metí, ni modo que ni eso metiera, chingada madre. El profe me repegó todavía más su jeta para no perder el tino ni desperdiciar ni una de las gotas de espuma que le brincaban de las muelas mientras seguía pendejeándome. Yo ni lo pelaba, miré a otro lado, ya no estaba para obedecer como pinche esclavo, ya casi no, pero al voltear la cabeza vi lo mismo que él y no quise seguir viendo. Él se quedó pendejo, con la boca así, mira, y con el susto bien clavado en sus ojos de gargajo, como si la astilla del hueso saltada en mi brazo le doliera más a él. Queriendo alivianarlo le dije con los ojos no se agüite, profe, ni yo soy bofe ni usted manejador, más aparte soy zurdo y a un carrilero de oro no se le acaba el mundo por lo que resultaría fractura expuesta de cúbito y radio.

Y tuavía me sonreía con la mirada el macanudo. Que lo parió, ¿qué querías que le dijera, no te fijés, pibe, tan solo tian rajau. Y mucho más que la herida del pelusa fue la herida en la memoria, un ojal para desabotonarme juntas todas aquellas temporadas en las que ni el aficionado más piolas sospechaba esto de los partidos arreglados.

Tras aquella lesión, profe, ojos que me vieron ir del balompié. Chau. La onda fue salir a costa de lo que fuera. Qué aparatos de video para las jugadas difíciles de arbitrar ni qué la chingada, qué escaneos personalizados para medir el rendimiento físico y la efectividad ni qué su pinche madre. Puras piñas para que la perrada comulgue con la hostia de que esto sigue siendo un juego, un deporte en que lo importante no es ganar sino mamar. Aquí lo que rifa es la guita, como le decía usted a los euros que entonces no eran euros. Cualquier cosa antes de quedarme atornillado en este futbol y su dichosa re jodida y gloriosa autenticidad, eso que se acabó de acabar con los partidos arreglados.

Vendidos, vividores, corruptos —nos gritaron, como si no bastara con haber echado el bofe y los riñones en el campo, che. Pero la lesión del pibe no tuvo implicancias mayores, los gritos eran pullas, desahogos, habladas para desquitar su encabronamiento de hincha pelotas, porque en esas temporadas la verdad de a kilo aún consistía en llevar bien puesta la camiseta, ¿viste?, y exponerse a que la sangre llegara al río. Y bárbaro si entre esas pullas y esas verdades de a kilo no quedaban fritos los prospectos, las futuras figuras de las que llovería plata para dar y prestar. Porque, ¿sabés?, las ambiciones no iban más allá de la pavada de ganar el torneo con las gradas más erráticas que los cálculos de los apostadores piojos y con los consabidos bollos en la cancha y los vestidores, ni tampoco la bronca de los hinchas desembocaba en el quilombo de las barras incendiando el graderío y el vandalismo que sin falta deja saldo de algún muerto o de dos que tres lisiado de por vida: daños colaterales, que les llaman.

Agustín Ramos (México, 1952). Relato tomado de su libro 77 cuentos completos.

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