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Salvador Elizondo, dos décadas después

Buscando el otro yo

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Julio, 2026

En el prólogo a su autobiografía, que Salvador Elizondo publicó en 1966 (y reconocida por su propio autor como precoz), el escritor se preguntaba: ¿quién es Salvador Elizondo? Y él mismo se respondía: “Las fuentes para averiguarlo son escasas y quizá poco veraces”. Lo cierto es que en este 2026 se han cumplido dos décadas del fallecimiento del escritor, profesor, traductor y crítico literario mexicano. Víctor Roura hoy lo recuerda.

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Salvador Elizondo —fallecido en la Ciudad de México (donde viera la luz primera) hace dos décadas, el 29 de marzo de 2006, a la edad de 73 años— se hizo de fama literaria en México por un solo libro: Farabeuf, esa novela que, según el español Juan Malpartida (1956), “trata de mostrar, que no de demostrar, que la experiencia sexual (el coito, más exactamente) tiene que ver con la tortura y con la muerte”.

La crítica se ha preguntado, refiere Malpartida en la introducción a la Narrativa completa de Elizondo (Alfaguara, 1997, 664 páginas), “qué es lo que verdaderamente ocurre en estas páginas, quién es el doctor Farabeuf que quizás estuvo en 1901 contemplando el suplicio que él mismo fotografió, cuál es el ceremonial que ejecuta en el llamado Teatro instantáneo; quiénes son ‘él’ y ‘ella’ en este relato, la mujer que camina por la playa y recoge una estrella de mar que luego arroja, la que contempla la foto, la misma que quisiera ofrecer como muerta al acto de posesión sexual; finalmente, la reflejada (como si fuera otra) en un espejo”. Sin duda son preguntas que ayudan a entender el hilo de la narración, advierte el ensayista español, “pero la narración —concluye con acierto— precisamente carece de hilo”.

Esa es la clave en la obra de Salvador Elizondo: su escritura carece por completo de hilo. Pareciera que, apenas comenzado el relato, ni él mismo sabe hacia dónde se conducirá: la aleatoriedad es la fuente común en sus piezas literarias. En sus siete libros, el azar está oculto en cada idea, en cada trazo, en cada sugerencia. Tal vez la clave de muchos de sus cuentos y de sus novelas, dice con timidez Malpartida, radica en que los humanos “somos nuestras posibilidades, cada acto de imaginación es una echada de dados que no puede abolir el azar”.

Pero, por lo mismo, y esto no lo dice Malpartida, su narrativa es tediosa, perennemente inacabada, a la búsqueda no siempre afortunada de ideas, y aunque Salvador Elizondo sea justamente eso: un hombre de ideas, “y está fascinado por la reflexión —enfatiza Malpartida—, no es un filósofo ni su universo literario forma parte de la historia de las ideas. Sería un error de lectura perversa, como el que algunos han cometido con Borges, tratar de analizar si sus ideas filosóficas aportan algo o no, y según los resultados valorar su obra”.

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En Farabeuf, “varios elementos juegan un papel determinante: los espejos, el instrumental médico para diseccionar, el juego adivinatorio del I Ching, la ouija y otros juegos de letras adivinatorios, el suplicio Leng Tch’e o de los Cien Pedazos y un viejo ejemplar del North China News del 19 de enero de 1901. En él aparece una fotografía, reproducida en el libro, en la que se puede contemplar la ejecución de dicha tortura. El mismo ceremonial, incluida la foto, podemos verlo en un libro anterior de Elizondo: Les larmes d’Eros, de Georges Bataille, obra con la que el escritor mexicano tiene gran afinidad y a la que sin duda esta novela debe mucho”.

Efectivamente, Farabeuf es un misterio; pero no sólo por su escabroso tema, sino también auxiliado por la propia incapacidad del autor que no sabe, en el preciso momento de redactar sus expansivas ideas, puntualizar los temas (Malpartida, con elegante reticencia, apunta que “no hay linealidad” en la obra de Elizondo, “sino círculos aproximativos a una realidad tantálica”). Carece su literatura, en efecto, de hilo narrativo. Las letras de Salvador Elizondo son un mero teatro de imágenes. Intelectual elitista (mientras menos se entienda su obra, más profundidad tendrá su invisible fondo), Elizondo es, dicen los conocedores, un escritor para escritores. A él le entusiasmaba esta definición, y sus textos parecen estar siempre dispuestos a acomodarse a ella. Salvador Elizondo, cuando escribía, era otro Salvador Elizondo que no se reconocía a sí mismo.

“Allí está otra vez —dice Salvador Elizondo en su cuento ‘El escriba’, que abre la antología—. En cuanto me pongo a trabajar, abro el cuaderno y destapo la pluma fuente, aparece el escriba. Se sienta frente a mí, a la mesa que está ante el enorme espejo que pende del muro en el extremo opuesto del estudio. Él también abre su cuaderno. Destapa la pluma fuente y me observa con atención. No se le escapa ninguno de mis movimientos. Me mira mientras hace, automáticamente, anotaciones en su cuaderno negro, como el mío. Aunque va vestido como yo y lleva unos anteojos iguales a los míos, no puedo decir que se me parezca en nada más que en las costumbres, los hábitos, los actos y los gestos reflejos, los tics. El escriba, como yo, se pone de pie después de haber hilvanado unas líneas”.

Esta obsesión del otro, de los otros, que son a la vez las actitudes personales, persigue la obra de Elizondo. Aparte de su Farabeuf, ningún otro libro suyo ha tenido la resonancia de aquél. Quizá por la ceñida intelectualidad que se respira en cada una de sus historias (los personajes son cultos, adoradores de Verlaine o de Mallarmé, de Pound, habitantes de la clase alta, insuflada, de algún modo racistas, insoportablemente creídos de sí mismos) o por la pertinaz e impertinente consecución de su otro yo que no deja de atosigarlo en sus relatos, Elizondo deja caer sus argumentos acaso involuntariamente en la creencia de que, siendo él un escritor profundo, es incapaz de naufragar en el océano de la indefinida concepción literaria, aunque luego caiga, sí, en superfluas y anodinas materializaciones (¡e indefiniciones!) escriturales: “Si de pronto una súbita revelación me hiciera saberme como el personaje de otro y que ese otro pudiera ser real, el verdadero Salvador Elizondo de quien yo no soy sino el pseudo-Salvador Elizondo y que siendo eso pretendiera escribir un libro en el que concibo a otro, al otro que puede ser el personaje de la novela cósmica que un dios está escribiendo, escribiéndome a mí”.

El escritor mexicano Salvador Elizondo. / Wikimedia Commons.

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Demasiado borgeseanamente, Salvador Elizondo se sabía, se sabe, inalcanzable en las letras mexicanas: “Quizás fuera más fácil escribir un libro sencillo —decía en El hipogeo secreto, a sabiendas de que él nunca podría escribir un libro con esas características, pues su visión lo hacía internarse en los complejos ‘ámbitos umbralicios’—, un libro al margen de la creación literaria pura; un libro que simplemente describiera la vida de los hombres y la vida de las mujeres, como todos los libros que a lo largo de los siglos han sido escritos al margen de toda embriaguez o de toda ensoñación”.

Los libros importantes, decía, requieren de un “ámbito umbralicio”, un ámbito “en el cual los personajes y las cosas estén siempre, como en la vida, a punto de dejar de ser lo que están siendo, a punto siempre de cambiar su nombre”.

Como los libros suyos, donde no se sabe nunca quién es, por ejemplo, Farabeuf. En el cuento “Los testigos”, incluido en El retrato de Zoe y otras mentiras, apunta: “Los personajes parecían sostener un diálogo sordo acerca de la inmaterialidad de las cosas que habían acontecido y acerca también de las cosas que nunca habían acontecido y luego, inexplicablemente, habían dejado de acontecer”.

Así, una y otra vez, hasta la saciedad, el Salvador Elizondo escritor era rebasado por el Salvador Elizondo de las rebuscadas ideas, mismas que se negaban a adentrarse en las aguas cristalinas de la claridosa literatura.

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