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Las dictaduras del balompié

Historias del futbol

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Junio, 2026

Futbolista en su adolescencia —hay prueba de ello—, Alejandro Toledo decidió colgar los botines y tomar la pluma y la máquina de escribir. Periodista y escritor de larga data, el futbol no ha dejado de estar presente en su vida. Por eso, en 2023, buscó salvar del panteón hemerográfico su paso por la crónica deportiva y decidió reunir algunos de sus textos dedicados a este deporte en el libro La pluma y el achique / Historias del futbol, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (en su Colección: Periodismo). Con autorización del autor, recuperamos uno de estos textos a propósito de la fiebre mundialista.

Quienes disfrutan de los partidos de futbol y creen, con Albert Camus, que el balompié es un buen espacio para conocer al hombre, pero rechazan el aparato comercial y mediático que se ha creado a su alrededor, con el más imbécil nacionalismo siempre acechando y en donde publicidad y propaganda se confunden de forma grotesca (hasta encontrar en la prensa a un presidente cocacolero con el rostro pintado como fanático), podrían revisar por estos días algunas historias sobre los usos sociales de ese deporte, por ejemplo en los regímenes militares de Argentina, para descubrir que no hay inocencia alguna en las pasiones futbolísticas.

En Futbol y cultura política en la Argentina: identidades en crisis (Leviatán, 2006), Roberto di Giano relata un proceso que arranca en 1955, cuando la insurrección militar depone a Juan Domingo Perón, y sigue, de algún modo, hasta el presente. En ese lapso el estilo argentino de enfrentar el futbol, con el “poder de improvisación de algunos jugadores” como su mejor insignia, se fue desdibujando ante la llegada tanto fuera como dentro de la cancha de los “científicos”, para quienes, como en lo social, el individuo se convirtió en una pieza más de un sistema que debía funcionar con orden y disciplina, y donde la picardía, el gran “derroche de insolencias” que hace de cada partido una aventura, empezó a ser castigada.

No es sólo que el futbol reflejara los cambios sociales, sino que las dictaduras se metieron directamente al vestidor porque entendieron que el modelo implantado ahí se convertiría, a través de la prensa deportiva, en una pauta a seguir.

Una parte de este cambio implicó el rechazo de lo propio (para marcar sus distancias con el peronismo populista), y el interés por la forma inglesa de estructurar el deporte; otro punto fue“mejorar” las características físicas del jugador (por las “malas condiciones naturales” de los argentinos), porque sólo así podrían enfrentarse a los fornidos europeos, ya que según esto el futbol moderno exigía atacantes de mucha estatura, mucho peso y mucho remate de larga distancia.

Una rara mezcla de jugadores del viejo y el nuevo estilo fue al Mundial de Suecia en 1958, y el fracaso de esa experiencia sirvió para que se intentaran reformas más radicales (que tampoco funcionaron en Chile 62), como un diseño organizativo diferente de los clubes; se empezó a trabajar con parámetros como la división de tareas, la disciplina y la regularidad. Escribe Di Giano: “Uno de los aspectos más notables del cambio institucional fue la creciente centralización de su funcionamiento y la reglamentación cada vez más precisa de las actividades de los jugadores. Esas normas involucraban tanto el entrenamiento asiduo como las concentraciones, la regulación de la alimentación y la actividad sexual, cuestiones que afectaron considerablemente la vida cotidiana de los deportistas. Los dirigentes validaron la función de los expertos como encargados de regimentar, planificar y controlar la conducta de los jugadores no sólo en su área específica de trabajo, sino también en sus relaciones familiares y de amistad. De esa manera, los controles se ejercieron sin ningún tipo de inhibiciones, desbordando los límites de las asociaciones deportivas ya que abarcaban también la vida privada de los deportistas”.

El presidente del Boca Juniors, el empresario Alberto Jacinto Armando, declaró en 1963: “Nosotros no usamos a nuestros jugadores como elementos para el futbol nada más. Queremos fabricar hombres útiles para el futbol y para la sociedad”.

Los viejos cronistas reaccionaron ante esta embestida porque veían en ello muchas pérdidas, como el bloqueo de la espontaneidad y la creatividad del jugador argentino… y los viejos cronistas fueron desplazados. Esta otra metamorfosis la estudia también Di Giano en el capítulo que dedica a la revista El Gráfico. En un año, el de 1962, el semanario pasó de ser un medio que defendía los valores deportivos tradicionales a uno de los voceros principales de la nueva manera de percibir y evaluar el deporte, y esto por un hábil cambio de mando: la desvinculación del tradicionalista Dante Panzeri y la llegada del moderno J.C. Pasquato, cuyo alias era Juvenal.

Concluye al respecto Di Giano: “Vale señalar que el intento de desestructuración de la identidad del jugador argentino, promovido por la revista El Gráfico, se convirtió en uno de los elementos centrales para facilitar la expansión de ciertas ideas y patrones de conducta mediante los cuales el cuestionado futbolista local obtendría el privilegio de pertenecer, de allí en adelante, al mundo deportivo civilizado”.

Esto que estudia seriamente Roberto di Giano, profesor de la Universidad de Buenos Aires, y escribe con severa prosa académica, tiene una sustancia trágica significativa por el cambio de valores de una sociedad que impusieron tanto las lógicas del militar como del empresario. Es decir, de 1955 a los años sesenta la derecha en el poder buscó por todos los medios desarticular al futbol argentino, alejándolo de sus raíces para hacerlo “moderno” o “científico”… que era como intentar convertir al tango en un vals vienés.

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Así, “Los generales y el futbol”, titula Eduardo Galeano un breve capítulo de su libro de sol y sombra, e ilustra el tema el narrador uruguayo con varias pinceladas sudamericanas: la primera es de Brasil en 1970, con el dictador Médici regalando dinero a los jugadores campeones y retratándose con el trofeo en las manos y hasta cabeceando una pelota ante las cámaras, como si fuera parte del equipo que se acababa de coronar en México. “La marcha compuesta para la selección, Pra frente Brasil, se convirtió en la música oficial del gobierno”, escribe Galeano, “mientras la imagen de Pelé volando sobre la hierba ilustraba, en la televisión, los avisos que proclamaban: Ya nadie detiene al Brasil”.

Hay otros casos: en Chile el general Pinochet se hizo presidente del Colo-Colo; y en Bolivia el general García Meza tomó las riendas del Wilstermann, “un club con hinchada numerosa y fervorosa”.

En Argentina, como ya se ha visto, los militares intervinieron al balompié desde mediados de los años cincuenta, convirtiendo a las escuadras locales y a sus selecciones en agrupaciones de disciplina ejemplar en las que, como ahora se dice, el sistema era lo importante, no el individuo, y los expertos de la medicina deportiva se dedicaron a diseñar piezas fuertes y sólidas que pudieran competir internacionalmente… mientras en los Mundiales de 58 y 62 con la selección brasileña brillaba Garrincha, que parecía un enfermo, casi un lisiado, pero en la cancha se sobreponía a sus carencias y a los fortachones que intentaban detenerlo.

La agonía de Garrincha en cada partido era también la de un futbol creativo entonces amenazado, y que casi se podría declarar ahora en peligro de extinción, porque —como se ha visto en Alemania 2006— se impuso el balompié como trabajo físico de alto rendimiento y se perdió en un muy alto grado el sentido del juego, que sólo a ratos alcanza a manifestarse.

En la ronda de los militares —y según cuenta Roberto di Giano—, en 1966 pudo el general argentino Juan Carlos Onganía servirse del futbol para justificar su estancia en el poder al recibir a la selección que había perdido —en el Mundial inglés— contra Inglaterra y contra el árbitro alemán, que favoreció en todo a los europeos: cuando el capitán Antonio Rattín fue expulsado, en señal de protesta corrió a sentarse en la alfombra del palco destinado a los máximos dignatarios del Reino Unido, con lo que varios signos nacionalistas (en cuanto a las complicadas relaciones entre ingleses y argentinos) se despertaron.

Esto supo verlo bien Onganía, que acababa de derrocar al presidente constitucional Arturo Illia: recibió a los seleccionados en la Quinta Presidencial de Olivos y los declaró “campeones morales”.

El abuso del poder implica, por desgracia, un perfeccionamiento, y todas estas tentativas por afianzar el control social a través del futbol encuentran su mejor tiempo en los años setenta, cuando organiza Argentina su propio Campeonato Mundial.

Según Di Giano, en 1978 “se utilizó el futbol para transmitir pautas de comportamiento y de creencias a la sociedad, buscando apuntalar el proceso devastador que decidieron implantar en el país”. Sigue: “La difusión de las mismas adquirió un papel central cuando la selección nacional logró en 1978 el primer puesto en el torneo mundial disputado por primera y única vez en la Argentina. Pero vale mencionar que en dicha instancia, sobre todo se apuntó a vender una imagen positiva del régimen militar al exterior, en donde sus comportamientos eran fuertemente cuestionados, a diferencia de lo que ocurría dentro de nuestra frontera, ya que los opositores habían sido neutralizados o reprimidos”.

En ese año, el Pelé de los argentinos (la figura con la que se identificaron los generales, el ciudadano ejemplar) fue Mario Kempes, el Matador.

La historia es larga y el espacio corto. Todavía un año después, el presidente Jorge Rafael Videla recibió con estas palabras a la selección que había conquistado el campeonato juvenil en Japón: “Han dado una prueba inequívoca de disciplina, de orden, que significa sin más reconocer el principio de autoridad. Había alguien que mandaba, imponía horarios, imponía exigencias y ustedes cumplieron”.

Pero entre los obedientes estaba un indisciplinado natural, Diego Armando Maradona, astuto y de baja estatura, que quebró, él solito, el modelo europeo diseñado por los militares, y quien escribiría más tarde en sus memorias: “No sé si los milicos que estaban en el gobierno en aquel momento nos usaban, no sé. Seguramente sí, porque eso hacían con todos. Pero una cosa no quita la otra: ni se puede ensuciar aquello por culpa de los milicos ni deben quedar dudas de lo que yo pienso de ellos. Tipos como Videla, que hicieron desaparecer a treinta mil tipos, no merecen nada. Mucho menos ensuciar el recuerdo del triunfo de un montón de pibes”…

Entre dictaduras y democracias, la relación de poder político y futbol —ese gran distractor— continúa. Concluye Di Giano que tanto en uno como en otro caso “los gobiernos aprovecharon todo lo que históricamente ha generado el futbol, en esas instancias peculiares como las Copas del Mundo, para apelar a la identidad nacional y para pedirle más sacrificios a una ancha franja de la sociedad sometida a un permanente deterioro de sus condiciones de vida y de bienestar”.

Argentina, nuestro inesperado verdugo en Alemania 2006, es también un espejo.

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