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‘In memoriam’: Steve Albini (1962-2024)

Ícono del rock underground y productor histórico, el músico ha fallecido a los 61 años. Líder de Shellac y Big Black, grabó álbumes clásicos de Nirvana, Pixies y PJ Harvey, entre otros

Mayo, 2024

El legendario productor de Nirvana, Pixies o PJ Harvey, líder de las bandas Big Black o Shellac, Steve Albini, ha fallecido en Chicago a causa de un infarto. Su prematura y sorpresiva muerte, el pasado 7 de mayo a los 61 años, es una gran pérdida para la música independiente. Ícono del rock underground y productor histórico, Albini ayudó a definir el sonido del rock alternativo al tiempo que se convertía en un gran crítico de la industria musical. Sus producciones en los años noventa, y las grabaciones realizadas en su estudio fundado en 1997, Electrical Audio, redefinieron el sonido del rock indie, aportando crudeza, simplicidad, contundencia y potencia. Samantha Bennett y Nando Cruz aquí lo recuerdan.


Adiós a Steve Albini, agitador del rock alternativo y músico ferozmente independiente

Samantha Bennett


El futuro pertenece a los leales a lo analógico.
A la mierda lo digital.

Steve Albini

Cuando el tsunami de CD, cintas de audio digital y samplers arrasó la industria discográfica a finales de los ochenta, Steve Albini, líder de Big Black y gran agitador de la música alternativa, se mostró desafiante.

Su compromiso con los procesos de grabación analógicos y la permanencia de los soportes analógicos resonó entre las comunidades musicales alternativas, escépticas ante la gran industria discográfica y sus percepciones de la inminente amenaza digital.

Esta cita —es decir, las líneas de arriba— extraída de las notas del segundo álbum de Big Black, Songs About Fucking (1987), significó el final de la banda de Albini y el comienzo de su carrera discográfica.

La prematura muerte del músico a los 61 años es una gran pérdida para la música independiente.

Un sonido analógico

Protegido del productor londinense de los Southern Studios John Loder (CRASS, Ministry, The Jesus and Mary Chain), Albini conservó los restos de la grabación analógica de los pegajosos suelos de Southern y los diseminó por toda la escena musical alternativa de Chicago.

Rápidamente se labró una reputación como ingeniero de referencia para los artistas que querían conseguir una estética sonora distintiva en directo.

De The Jesus Lizard a Manic Street Preachers, de Pixies a The Stooges, Albini aplicaba sus mismas técnicas de microfonía de batería cruda y espaciosa junto a guitarras sin concesiones en cada sesión, independientemente de si el cliente era un gigante del indie rock o una banda local emergente.

En 2003, el compromiso de Albini con las sesiones de grabación tecnológicamente discretas quedó inmortalizado en David Josephson’s e-22S, un pequeño micrófono de condensador de diafragma fabricado según los requisitos de Albini y con la insignia de su estudio Electrical Audio.

El poder de las palabras y de la música

Como licenciado en periodismo por la Northwestern University, Albini provocaba habitualmente indignación con sus comentarios despreocupados sobre acontecimientos extremos y material, escribiendo para fanzines locales y reseñando la escena punk de Chicago.

Armado con una caja de ritmos Roland TR606 y una inclinación por las historias de terror en las noticias locales, anteriormente, en otro artículo, ya había descrito el noise-punk de Albini como “diseñado para confrontar a los oyentes con los horrores de la vida real de los suburbios, para reflejar la intolerancia y la exclusión social y para mediar en los extremos del comportamiento humano a través de una música igualmente confrontativa”.

En 2020, Albini se disculpó por sus polémicos escritos —y posterior nombre de la banda, Rapeman— por considerarlos “inconcebibles” e “indefendibles”, resultado, dijo, de su privilegio sin control.

Dejando a un lado todas las disculpas, es poco probable que las docenas de mujeres y artistas LGBTQI+ que Albini grabó —incluyendo a Laura Jane Grace, The Breeders, Nina Nastasia, Screaming Females y PJ Harvey, por nombrar sólo algunas artistas— hubieran puesto un pie en su estudio si la sátira desviada de Albini hubiera reflejado sus verdaderas creencias.

Después de todo, este es el hombre que cuando escribió a Nirvana para proponerles la grabación de su álbum In Utero, les dijo que les “golpearía la cabeza con una carraca” en la misma carta en la que insistía humildemente en que no le concedieran derechos de autor.

Steve Albini en un concierto de 2014. / Foto: Richard P J Lambert/flickr, CC BY

La única persona a la que quería llamar

La reputación de Albini como un recalcitrante, inaccesible y espinoso distaba mucho de ser cierta.

Para quienes tuvieron la suerte de grabar con Albini, era conocido como un ingeniero amable, paciente y complaciente, deseoso de hacer que los grupos se sintieran como en casa y comprometido con capturar la representación más fiel posible de su sonido en directo.

Esta fue también mi experiencia.

Como joven estudiante de doctorado que investigaba técnicas de grabación y producción de sonido en 2009, Albini estaba encantado de hablar conmigo sobre su carrera y sus técnicas de grabación.

“Me parece que roza lo fraudulento cobrar por una sesión de grabación sabiendo que el producto de esa sesión va a ser impermanente”, me dijo. Insistía en que la cinta seguía siendo el único medio de grabación fiable hasta bien entrado el siglo XXI.

Un par de años más tarde, cuando necesitábamos un ponente para una conferencia de música, sabía a quién llamar. Albini estuvo encantado de participar, a pesar de pasarse la mayor parte del fin de semana de la conferencia pegado a las partidas de póquer en línea.

Como leal al mundo analógico, Albini era quizá el último hombre en pie de la industria discográfica. Técnicamente consumado, sónicamente subversivo y ferozmente independiente, en sus últimos años mostró una humildad poco común para un ingeniero de grabación condecorado, y una voluntad abierta de enseñar frente al implacable control de la industria.

Albini, que nunca fue un nostálgico, desmitificó los procesos de grabación con una serie de vídeos grabados en sus propios estudios Electric Audio. Ataviado con su característico mono azul marino y su gorro, hace apenas una semana Albini explicaba alegremente el esquema de un preamplificador de válvulas SamAmp VA en un vídeo en el que mezcla sin esfuerzo la teoría electrónica en profundidad con una exuberante alegría de vivir punk.

Su muerte se ha producido a tan sólo una semana del lanzamiento del primer álbum en diez años de Shellac, titulado To All Trains, previsto para el 17 de mayo. (Fuente: The Conversation)


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Steve Albini, el músico que cargó contra la industria musical y contra sí mismo

Nando Cruz


La repentina muerte de Steve Albini ha conmocionado el circuito del indie-rock. El guitarrista al frente de Big Black y Shellac. El hombre que grabó a Nirvana, PJ Harvey y Pixies. El azote de la industria musical. El adalid de la ética punk. Y sin embargo, más triste hubiese sido que el músico e ingeniero de sonido hubiese fallecido solo nueve meses antes. Y es que, en agosto se publicó en The Guardian un reportaje que recomponía su biografía a partir de una declaración de arrepentimiento que había generado notable impacto en el circuito alternativo. Steve Albini siempre fue así: un hombre de palabras francas y gestos implacables. Y esta vez venía a decir, con su crudeza habitual, que él también había sido un cretino al no calibrar el daño que podía causar su actitud.

A lo largo de más de cuarenta años, Albini se ganó un merecido prestigio como músico, ingeniero de estudio y opinador del mundillo independiente. Tan célebres fueron sus discos al frente de los tríos Big Black, Rapeman y Shellac, como sus sesiones de grabación en los estudios Electrical Audio o sus opiniones sobre los discos que escuchaba, los grupos que grababa o el funcionamiento de la industria musical. Su fama como hiriente crítico en fanzines le generó tantos admiradores como enemigos; incluso, la prohibición de entrar en alguna sala de conciertos de su ciudad, Chicago. Albini no se andaba con sutilezas. El primer disco de éxito que salió de su estudio fue Surfer Rosa, de Pixies. Sin embargo, al poco de editarse, dijo sobre el grupo: “Nunca he visto cuatro vacas más deseosas de que las pasearan tirando de correas atadas a su nariz”. Así se las gastaba.

La música de sus grupos buscaba siempre ser desafiante, abrasiva, incómoda, áspera, obstinada, abrupta, inclemente, irónica, obscena, hiriente, cruda. Era el sonido de un jabalí ensangrentado buscando el choque frontal. Y su actitud verbal a menudo iba encaminada en la misma dirección. El punto de encuentro de su música y sus opiniones eran las letras y temáticas de sus canciones. También ahí perseguía generar desconcierto y crispación en el oyente. Y a raíz de algunas como “Jordan, Minnesota”, “Racer-X”, “Seth” y “Pray i don’t kill you faggot” empezó a grangearse acusaciones de racista, misántropo y homófobo.

Algunos de los discos en los que participó Steve Albini, como productor o como ingeniero de sonido.

El retardado más genial

El extraordinario libro de retratos sobre bandas de la escena alternativa estadounidense de los años ochenta: Nuestra banda podría ser tu vida, compuesto por el periodista Michael Azerrad, describe al joven Albini como un chaval canijo de escasa popularidad entre compañeros de clase y menos éxito entre las chicas que se refugió en el punk-rock. Leía con avidez un fanzine llamado The Coolest Retard (El retardado más genial). Albini era un freak de manual cuya agresividad verbal se convirtió en su manera de encontrar su espacio en el mundo. O, como escribe Azerrad, “la manifestación del instinto de supervivencia de quien ha sido objeto de burlas toda su vida”. El libro relata una escena difícil de creer por su extrema crueldad: tras un accidente en moto, Steve recibió varias llamadas anónimas en el hospital celebrando el dolor que estaba sufriendo esos días.

Sea como fuere, la música de su primer grupo importante, Big Black, tendría que sonar igual de cruel y dolorosa. Durante décadas, Steve Albini llevó al extremo esa hostilidad sónica y verbal que quedaría perfectamente sintetizada en una frase que aparece impresa en el disco en vivo de 1987 Pigpile: “Trata a todo el mundo con el respeto que merece (y no más)”. Pocas veces un añadido entre paréntesis ha resultado tan clarificador y amenazante.

Sin embargo, Albini siempre defendió que lo importante en la vida nunca son las palabras, sino los hechos. Y ahí su contundencia fue aún más radical. Su grupo Big Black jamás tuvo mánager, abogado o representante de cualquier tipo. Se organizaban las giras ellos mismos y negociaban los acuerdos discográficos sin necesidad de firmar contratos. Aquella actitud autosuficiente y recelosa de la industria musical que practicaba desde los años ochenta le permitiría convertirse en un adalid de la independencia hasta el último día. Sólo hay que entrar en Spotify y buscar los discos de Big Black, Rapeman o Shellac. No hay ni uno.

Un refugio ante la industria

Conforme Albini se fue introduciendo en el negocio musical, sus exabruptos dejaron de dirigirse principalmente a otros músicos para apuntar a la industria musical. Y fue cuando supo focalizar su odio insaciable, que empezó a ganarse la reputación como obstinado protector de la independencia artística. En su estudio de grabación no entraban mánagers ni consejeros: sólo músicos. No aceptaba órdenes de discográficas. Sólo atendía peticiones de bandas. Nunca firmó en calidad de productor. Él sólo colocaba micrófonos y pulsaba botones: era ingeniero de sonido. “Trabajar con grupos no implica compartir ninguna responsabilidad por sus patéticos gustos y sus errores”, soltaba con su estilo habitual.

Por contra, nunca quiso cobrar porcentaje de beneficios por los discos que grabó. Y grabó hasta a Nirvana, lo cual pudo convertirlo en millonario. No sólo no se enriqueció a su costa, sino que cuando la discográfica alteró las mezclas de dos singles cargó públicamente contra Geffen; ya no, contra el trío. Todo eso decía mucho de su ética. Sabía que la industria musical era un mar de tiburones y convirtió su estudio en un refugio impermeable a las presiones del negocio, un lugar donde los músicos pudiesen grabar la mejor versión de lo que tenían en mente. No era poco, en un mundo donde empezaba a estilarse la figura del productor iluminado que a cambio de sus ideas exigía por contrato parte del botín.

La única vez que lo entrevisté fue en 1998. Sería vía email en una época en que ese método no era tan habitual. Mi última pregunta fue: “¿Cómo sé que eres tú quien contesta?”. Su respuesta: “¿Cómo sé que eres tú quien pregunta?”. La franqueza, por hiriente que fuera, siempre fue su arma preferida. La primera vez que actuó con Shellac en el Primavera Sound del Parc del Fórum (España) dijo que aquello apestaba. Se refería al desagradable olor que desprendía la depuradora de agua que hay bajo el recinto. Con el tiempo, su presencia sería innegociable en el festival. Repitió cada año. Era abstemio, pero el póquer era su gran afición más allá de la música. Decía porque en ese contexto podía hacer lo que jamás hacía en la vida real: mentir. Mentir es imprescindible para ganar partidas y se empleó a fondo. Ganó mucho dinero. Seguramente, más que vendiendo discos.

Steve Albini en una imagen de 2007. / Foto: Shannon McClean (Wikimedia Commons).

Mucho tiempo para reflexionar

Llegó la pandemia y el estudio de grabación de Albini quedó desierto. El hombre que llegó a recibir tres peticiones diarias para grabar a grupos estaba cruzado de brazos y, como tantísimos otros humanos, aprovechó el tiempo para pensar y tuitear. El 13 de octubre de 2021 lanzó un hilo con frases como: “Algunos de mis colegas y yo calculamos mal. Creímos que las grandes batallas por la igualdad y la inclusividad se habían ganado, que la sociedad lo expresaría así y que, por lo tanto, no estábamos hiriendo a nadie con nuestro antagonismo, impacto, sarcasmo o ironía”. Estaba entonando un mea culpa por canciones que había publicado décadas atrás. De aquella confesión nacería el encuentro con el periodista Jeremy Gordon para The Guardian. Sobre canciones como “Pray i don’t kill you faggot” (“Reza por que no te mate, maricón”) declararía: “Me avergüenza y no espero ninguna compasión por parte de nadie sobre aquello”.

El propio Santiago Durango, guitarrista de Big Black, llegó a describir al grupo como “una panda de petardos reprimidos”. Albini jugaba a buscar los límites de lo que hoy llamaríamos políticamente correcto y, por mucho que lo hiciese desde la ironía y el sarcasmo, el resultado era que Big Black se convirtió en un imán de tipos retorcidos con problemas de comprensión lectora y sonora. Dedicar en 1985 la canción “Il duce” al dictador Benito Mussolini no parece hoy una idea brillante. Entonces consideraba la extrema derecha “una broma de perdedores”, pero ahora reconocía no haber sido consciente de que, incluso cuando la extrema derecha ganase terreno, él no sufriría las consecuencias.

No es fácil envejecer en el mundo de la música. Y menos, en calidad de icono de la autenticidad. El acantilado del cuñadismo reaccionario siempre está ahí, al acecho. Precisamente por eso, la última gran aportación de Steve Albini haya sido tan valiosa. “Lo que no quiero decir es que la cultura ha cambiado y eso disculpa mi actitud de antaño. [El cambio cultural] Aporta contexto sobre por qué me equivocaba entonces, pero me equivocaba”, asumía Albini con recobrada sinceridad. Su última gran lección fue: si te consideras tan ingenioso y valiente como para ofender en público a quien te apetezca, aprovecha ese superávit de ingenio y valentía para asumir tus errores y reconocerlos en público.

El mejor consejo

La mejor pista para saber si estás equivocado en algo es fijarte en quién te da la razón. O, en palabras de Albini: “Si en una discusión descubres que la persona más tonta está de tu parte, significa que estás en el bando equivocado”. Esta frase se convirtió en el titular de The Guardian. A la postre, en el mejor epitafio de este icono del indie-rock: un músico desafiante, un trabajador entregado (su nombre aparece en más de 1.400 discos), un consejero tosco, un tipo leal y, cómo no, un ejemplo. Para muchos de sus admiradores, Albini dio el verano pasado la lección más valiosa de su muy valiosa trayectoria musical y humana.

Leído hoy, el final de aquel artículo desprendía un extraño aire de despedida. Albini acababa de cumplir 60 años y explicaba que justo a esa edad su padre empezó a quedarse sordo. Por lo tanto, sospechaba que si él corría la misma suerte, pocos discos más podría grabar en su estudio. Tampoco daría muchos conciertos más, cabía suponer. Frente a ese horizonte, el periodista no resistió el impulso de preguntarle cómo querría ser recordado si se retirase en ese mismo instante. “No me importa una mierda”, respondió Albini. Era de esperar. Y nueve meses después, infarto y al hoyo.  (Fuente: elDiario.es)

[Samantha Bennett: profesora de música en la Australian National University. Su texto apareció originalmente en The Conversation. Es reproducido bajo la licencia Creative Commons.]
[Nando Cruz:periodista musical desde finales de los años ochenta. Ha colaborado en revistas musicales, programas de televisión y emisoras de radio. // Su texto fue publicado originalmente en elDiario.es; es reproducido bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0.]

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