Intermedio

Escribir sobre cine desde un enfoque cultural tiene limitaciones

Jorge Ayala Blanco y sus seis décadas de ejercicio de la crítica cinematográfica.

Enero, 2023

Tras leer y releer el primer ejercicio de análisis cinematográfico de manera profesional del crítico señero de México, Jorge Ayala Blanco, publicado oficialmente hace ahora 60 años en el suplemento “México en la Cultura” del diario «Novedades», el periodista Sergio Raúl López ha escrito este ensayo para celebrar (y analizar) las seis décadas de ejercicio permanente e incansable del más veterano, y sin embargo el más activo y propositivo, de nuestros críticos de cine.

Con toda la desfachatez y la menor posible de las humildades fue que el veinteañero de gruesos lentes de pasta y delgadísima figura estilizada se aproximó al escritorio del más que cincuentón periodista y político  Raúl Noriega Ondavilla —con larga carrera en El Nacional, periódico oficial de la Revolución Institucionalizada y también en Pipsa, distribuidora monopólica estatizada de papel para los medios impresos, así como gerente de la gigantesca imprenta que son los Talleres Gráficos de la Nación—, a la sazón encargado del suplemento “México en la Cultura” del periódico Novedades, tras la diáspora que supuso la salida del influyente Fernando Benítez y su poderosa capilla cultural rumbo al proyecto casi gemelo y paralelo “La Cultura desde México”, inserto ahora en el semanario Siempre!

Tras entregarle las cuartillas mecanografiadas de su crítica a una película hollywoodense producida el año anterior, Dulce pájaro de la juventud (Estados Unidos, 1962), de Richard Brooks, el ingeniero Químico Industrial por el Instituto Politécnico Nacional (IPN) le soltó a bocajarro que el crítico de cine que publicaban regularmente realizaba un trabajo menor y muy limitado, por lo que se ofreció a nutrir sus páginas con sus críticas.

Para su sorpresa, el domingo 20 de enero de 1963 apareció publicado su texto: “El pájaro amargo de la ineptitud”, lo que le implicó agregarse a la lista de colaboradores de dicho suplemento.

De ninguna manera se trataba de sus primeros escritos, pues obviando su obsesiva recolección de películas que se publicaban en las carteleras de los diarios y semanarios capitalinos en su niñez, ya desde sus estudios de preparatoria en la Escuela Vocacional y luego ya en sus estudios profesionales, era un asistente asiduo al cineclub del Auditorio de Medicina Rural, naturalmente ese jovencito terminaría por ser el presentador de los filmes que se proyectaban ahí y redactor de las hojas volantes correspondientes.

Pero esta aparición representaba, digamos, la incursión de Jorge Ayala Blanco en ese complejo medio de la crítica cinematográfica profesional, es decir, la que se ejercía fundamentalmente en periódicos, semanarios, suplementos y revistas, un círculo muy selecto y celosamente resguardado por pequeños grupúsculos influyentes en el medio intelectual mexicano, justo en una época de declive respecto al abundante número de publicaciones especializadas y espacios en los que se reportaba la frenética y abundantísima producción audiovisual nacional, que si bien enfrentaba un cierto declive respecto a la década anterior y se enfilaba hacia una necesaria aunque compleja reinvención, ya que los sindicatos, los estudios y los productores de la Época de Oro ralentizaban un necesarísimo cambio generacional. En las letras ocurría lo mismo y el precoz intelectual representa por igual a una boyante y deslumbrante nueva camada de directores de películas cuanto, en una aparente pero posible contradicción, significaba una continuidad respecto de la ensayística cinematográfica de relevantes novelistas y poetas en las décadas pasadas, proverbialmente relacionado con el guanajuatense Efraín Huerta, cuya figura cocodrilo-poética eclipsa hoy día su influyentísimo actuar como periodista fílmico, incluso en semanarios populares como El Fígaro —con seudónimos como Filmito Rueda o Juanito Pegafuerte— y que don Jorge leía a hurtadillas pero con fruición cuando era un chaval.

Jorge Ayala Blanco. / Foto: Pedro González.

Pero asimismo representa de los escritores mexicanos deslumbrados ante la pantalla iluminada, desde que el novelista Martín Luis Guzmán y el ensayista Alfonso Reyes publicaban bajo el seudónimo común de “Fósforo” breves reflexiones y reseñas sobre el cinematógrafo en el semanario España, en la segunda década del siglo XX, a los que seguirían plumas tan destacadas como las de Luz Alba/Cube Bonifant, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, José Revueltas, entre otros, en una lista abundante y rica.

Al dar lectura a esa primera crítica resulta evidente la gran diferencia no sólo con el estilo sui géneris que ha desarrollado en las décadas recientes sino incluso de la poderosa ensayística que ofrecería un par de años más tarde, faltan las palabras compuestas —cual si fueran germanismos traducidos—, la adjetivación exuberante o incluso sus libérrimos juegos de palabras, además de las citas y paralelismos con otras obras, bien sean musicales, literarias, sociológicas o filosóficas. Pero ya se encuentra una madura reflexión que se permite expresar con una precisión admirable las falencias en la adaptación de la obra teatral de Tennessee Williams, colocándola lejos de los valores más vanguardistas y de ruptura del teatro estadounidense de la época, y exponiendo a Richard Brooks como un artífice mucho más torpe de lo que mostró en cintas anteriores citando Semilla de maldad (Blackboard Jungle, EU, 1961) y Sangre sobre la tierra (Something of Value, EU, 1957) e incluso calificándola de “decepcionante”.

Además, ya realiza un análisis sicoanalítico de los personajes y su construcción dramática, mostrando ya desde entonces su interés por el estudio y la inmersión en la sexualidad humana en todas sus vertientes, al tiempo que desnuda la artificialidad y la superficialidad disfrazadas de grandilocuente “audacia psicosexual”, y demuestra un arrojo para expresar sus discrepancias con la obra en pantalla. Aún no aparecen sus manierismos respecto a las “palabras-racimo” o “palabras-chorizo”, un estilo de su propia invención que fue desarrollando con los años y que se ha convertido en la marca de la casa, una forma expresiva repleta de ayalismos, que hasta la fecha le valen los reproches y hasta las mentadas de madre del público menos dispuesto a recompensarle con su esfuerzo lector sus elaborados retruécanos verbales.

Con las subsecuentes entregas de la que sería su primer casa editorial —junto con textos provenientes de La Semana en el Cine, la Revista Signo y la Revista de Bellas Artes—, acabaría construyendo su primer libro, Cine norteamericano de hoy, el décimo cuarto tomo de la colección “Cuadernos de Cine” de la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el que esboza un estudio de los directores del Hollywood de inicios de los años sesenta, divididos entre los veteranos —Fritz Lang, Howard Hawks, George Cukor, Alfred Hitchcock, John Ford, Billy Wilder—, los adultos —Otto Preminger, Frank Tashlin, Robert Wise, el citado Brooks, Elia Kazan, Sam Fuller, Vincente Minnelli, Joseph L. Mankiewicz— y los jóvenes —Stanley Donen, Robert Mulligan, Jerry Lewis, Martin Ritt, Roger Corman, Denis Sanders, John Frankenheimer, Blake Edwards y Stanley Kubrick— y con la ausencia de los que llama “cineastas de primer orden” —Vidor, Welles, Sirk, Huston, Peckinpah—, que saldría de la Imprenta Madero en febrero de 1966.

Desde este bautizo editorial —por partida doble, tanto en el suplemento como en el libro—, ya encontramos la semilla de lo que será una carrera tan incansable como apabullante, sobre todo si tomamos en cuenta que a partir de aquel bautizo de papel, el profesor Ayala Blanco no ha dejado de redactar y producir ensayos y críticas en tal cantidad que cuenta al menos una semanal, lo que significa, en un mínimo cálculo de 3 mil 120 textos, que seguramente serán muchos más, pues una buena cantidad de los 25 años que colaboró en la sección cultural de El Financiero, por ejemplo, mantuvo dos columnas gracias al editor Víctor Roura, el Cinelunes exquisito —dedicada a la cartelera alternativa y al cine internacional— y el Cinemiércoles popular —enfocada en el cine mexicano—, cada una redactada con dos regímenes distintos de lenguaje, un ejercicio disociativo como si se tratase de dos autores distintos. O como el propio Jorge Ayala Blanco me lo ha dicho:

—Uno lleno de lenguaje coloquial y el otro, al contrario, con todo el lenguaje especulativo ensayístico que se me pegara en gana, con citas de Deleuze o de Nietzsche, y que se convirtió, a la larga, en una manera de ampliar tu gama de posibilidades expresivas a través del lenguaje… Somos lo que escribimos, las limitaciones de un ser humano son las limitaciones de su lenguaje, mientras más amplia es esa gama, es más rico lo que escribes, sin duda alguna.

La precocidad del inicio de su trayectoria no acabaría con este arranque promisorio. Apenas dos años más tarde, en 1965, que considera el “año axial” de su vida, ocurrieron tres hechos afortunados que le harían abandonar el ejercicio profesional de la ingeniería para conducirle, en definitiva, a concentrar y dedicar su vida al cine de tiempo completo: tras acudir a pedir informes fue invitado a impartir materias de apreciación, historia y análisis en el recién creado Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la Universidad Nacional, del que ahora es profesor decano con 57 años en activo —si bien la burocracia universitaria le reconoce 51, pues antes de 1971 consideraban conferencistas a sus docentes— de la actual Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC), en la que es, además, investigador de tiempo completo.

También fue en ese año que el crítico republicano español Francisco Pina decidió cederle su lugar como jurado en el primer Concurso de Cine Experimental convocado por el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC), en un intento por abrir las puertas de la industria, entonces bajo celoso candado, a una nueva generación de cineastas y en la que la vanguardista La fórmula secreta (Coca-Cola en la sangre) (México, 1965), de Rubén Gámez con guión de Juan Rulfo, se impuso por un sólo voto a En este pueblo no hay ladrones (México, 1965), de Alberto Isaac con guión de Gabriel García Márquez, es decir que se impuso una película “poética” y que “deliraba un relato” sobre un cine “aseado” y “barnizado”.

Finalmente, Ayala Blanco fue aceptado como becario del Centro Mexicano de Escritores, donde recibió una beca para escribir un ambicioso y complejo ensayo sobre cine mexicano, teniendo como monitores a los grandiosos escritores Juan Rulfo y Juan José Arreola, además del filólogo Francisco Monterde. Ahí fue que elaboró ese influyente y poderoso ensayo que inicialmente se titulaba Escarnio y pasión del cine mexicano y que finalmente apareció en Ediciones Era ya convertido en el clásico La aventura del cine mexicano (1968), que inopinadamente sería el arranque de la serie sobre la producción nacional conocida como el Abecedario —La aventura… (Era, 1968), La búsqueda… (Era, 1974), La condición… (Posada, 1986), La disolvencia… (Grijalbo, 1991), La eficacia… (Grijalbo, 1994), La fugacidad… (Océano, 2001), La grandeza… (Océano, 2004), La herética… (Océano, 2006), La ilusión… (Océano, 2012), La justeza… (CUEC-UNAM, 2011), La khátarsis… (CUEC-UNAM, 2016), La lucidez… (CUEC-UNAM, 2017), La madurez… (CUEC-UNAM, 2017), La novedad… (CUEC-UNAM, 2018), La ñerez… (ENAC-UNAM, 2019), La orgánica… (ENAC-UNAM, 2020), La potencia… (ENAC-UNAM, 2021) y La querencia… (ENAC-UNAM, 2022) como décimo octavo volumen de la serie—, y ya con el correspondiente a la letra R a punto de salir de imprenta, la S ya concluida y entregada para su edición, y con algunos ensayos ya redactados de la T.

Pocos años más tarde, José Emilio Pacheco lo llevaría al suplemento de “La Cultura en México” y también se sumaría al “Diorama”, semanario cultural del diario Excélsior, bajo la dirección de Julio Scherer, por lo que a fines de los años sesenta era la figura señera de la crítica fílmica en México.

El profesor lo explica así:

—En dado momento tenía las dos tribunas más importantes de México y el problema que se me planteaba era establecer una línea de pensamiento y análisis que debía sostener, fuera o no coincidente con los intereses de la gente que hacía cine, lo cual me provocó, por supuesto, todo tipo de enfrentamientos. Pero la idea era precisamente esa, distinguir que la película más importante no es la más popular, que la película más bella no es la más exitosa, son dos cosas totalmente distintas. Y, por supuesto, romper con la idea del crítico que busca la opinión media para mimetizarse con ella. En otras palabras, tener el valor suficiente de ser impopular y atacar las películas de la propia gente que te rodea, un problema que todavía hoy se plantea.

Aquel primer libro fue seguido por otros diez volúmenes en los que explora el cine internacional: El estilo norteamericano: un clasicismo viviente (Difusión Cultural UNAM, 1968), Falaces fenómenos fílmicos (UAM, 1981), A salto de imágenes (Editorial Posada, 1988), El cine: Juego de estructuras (Conaculta, 2002) y los subsecuentes, llamados todos El cine actual… Desafío y pasión (Océano, 2003), Palabras clave (Océano, 2005), Verbos nucleares (Cineteca Nacional, 2011), Estallidos genéricos (Cineteca Nacional, 2013), Confines temáticos (Cineteca Nacional, 2015) Delirios narrativos (CUEC-UNAM, 2018).

Jorge Ayala Blanco. / Foto: Sergio Raúl López.

Aunque siempre ha bromeado con la posibilidad de ser un recordman de Guinness —pero de manera póstuma, aclara en seguida—, lo cierto es que alcanzar las seis décadas de ejercicio permanente e incansable de la crítica no es, ciertamente, un logro sencillo ni exento de una disciplina militar —o acaso repleta de terca e inagotable voluntad ingenieril—, si tomamos en cuenta una referencia tan sencilla como que el cinematógrafo Lumière acaba de conmemorar 127 años de su primera función pública de los cuales este cinéfilo insaciable y pertinaz ha presenciado más de la mitad del desarrollo de esta arte séptima, de esta industria en constante desarrollo y mutación que, sin embargo, mantiene ciertos valores intocados.

Con o sin aparecer en el libro Guinness World Records 2023, ni contar los 43 libros que ha publicado, ciertamente que Ayala Blanco merece el reconocimiento pasmado y conmocionado de sus lectores, de sus colegas y, sobre todo, de sus bienquerientes, como el patrimonio cultural y fílmico que representa, una de las lumbreras y faros guía para quienes disfrutamos del cine más allá de la sala, como cultura, como fenómeno y como maravilla de la creación humana.

Concluye don Jorge:

—Es necesario saber que escribir sobre cine desde un enfoque cultural tiene limitaciones. Usas un lenguaje que a mucha gente le irrita, a veces, la sola idea de que escribas de esa manera. De pronto estás viendo un concierto y a la salida te mientan la madre: “¡Es que no se te entiende!”. Perdón, pero escribo en castellano. Además, me inventé un lenguaje y qué, tengo todo el derecho, no tengo por qué escribir como hablo. Nadie tiene la obligación de escribir como habla, sino, al contrario, compactarlo de tal manera que tu espacio realmente sea aprovechado al máximo. Todo espacio es valiosísimo, te están concediendo el privilegio de utilizarlo para desmontar una película. Por eso escribe uno casi en clave, porque quieres decir lo más con lo menos. Lo que quieres es establecer el diálogo con el lector en función de lo que tú viste y de lo que él vio, no lo que la mentalidad media dice que tiene que verse en esa película, no. Tú viste algo, hay que rescatarlo precisamente con ese espejo que es la crítica de cine. Es un propósito, si tú quieres, muy difícil, pero que hay que intentarlo. Alguien tiene que hacerlo.

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