Intermedio

El pájaro amargo de la ineptitud

Primera crítica publicada en un medio impreso, el suplemento México en la Cultura, del inefable e irremplazable crítico de cine.

Enero, 2023

El domingo 23 de enero de 1963, seis décadas ha, apareció publicada en el suplemento “México en la Cultura” del diario Novedades la crítica dura y sin concesiones a la cinta El dulce pájaro de la juventud, del novelista y realizador estadounidense Richard Brooks, por parte de un jovencísimo y sorprendentemente maduro y formal Jorge Ayala Blanco, quien con sus 21 años a cuestas ya demostraba una sapiencia enciclopédica no sólo en el terreno cinematográfico sino en el literario y en el teatral. Aunque radicalmente distinto de su estilo ulterior, ya encontramos en este novel redactor el arrojo y la valentía que le ha caracterizado en estos 60 años de carrera en los que se ha erigido como el crítico cinematográfico más importante de la lengua castellana y una lumbrera internacional. Para festejar su ejercicio escritural, único, inimitable e incansable —ha redactado al menos una crítica por semana desde entonces—, así como para unirnos a los festejos por su octogésimo primer aniversario de vida que cumple el 25 de enero de este 2023, reproducimos en Salida de Emergencia ese primer ejercicio de análisis cinematográfico.

El pájaro amargo de la ineptitud

La última epopeya de la corrupción de Tenesse Williams, El dulce pájaro de la juventud, no merecería siquiera un comentario si en los créditos no encontrásemos el nombre de Richard Brooks como responsable, al mismo tiempo, de su adaptación cinematográfica y de su realización.

En su virulenta transposición de la novela de Sinclair Lewis, Ni bendito ni maldito: Elmer Gantry (Elmer Gantry, EU, 1960), Richard Brooks, ex novelista y desde 1950 realizador de sus propios guiones —entre los que se cuentan Semilla de maldad (Blackboard Jungle, EU, 1961) y Sangre sobre la tierra (Something of Value, EU, 1957)—, acusaba cualidades de verdadero cineasta. Pero el engaño duró poco: su más reciente película es decepcionante.

Es cierto que las convenciones del teatro de Williams son, desde un principio, una desventaja para cualquier director. Se necesita ser un Elia Kazan —en Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, EU, 1951) y Baby Doll (EU, 1956)— o un Joseph L. Mankiewicz —en De repente, en el verano (Suddenly, Last Summer, EU, 1959)— para poder superarlas. Williams posee una visión psicopatológica de la realidad que expresa en un teatro apoyado en los peores recursos melodramáticos. Un universo inconsistente y superficial poblado de despojos morales, corrompidos y decadentes: en El dulce pájaro de la juventud (Sweet Bird of Youth, EU, 1962)—, un gigoló sin escrúpulos (Paul Newman), una actriz ninfómana y drogadicta (interpretada por una sublime Geraldine Page), un demagogo suriano, etcétera. Bajo una apariencia de audacia psicosexual encubre las truculencias más burdas, a menudo grotescas, que apenas logran impresionar a algunos espectadores ingenuos. Por lo demás, su temática y las situaciones que plantea representan una etapa superada dentro del teatro norteamericano, sin ninguna vigencia actual.

Brooks fracasó rotundamente, hace pocos años, al llevar a la pantalla Un gato sobre el tejado caliente (Cat on a Tin Hot Roof, EU, 1958). Sin embargo, en un alarde quizá de injustificada autocrítica, ha reincidido en su intento de hacer cine a partir del material deleznable que puede proporcionar una pieza de Williams.

A pesar de que ahora ya es consciente de que Williams sabe tanto de sexo como un adolescente morboso en sus fantasías onanistas, cree que su teatro es válido como crítica social y lo respeta de la misma forma que si se tratara de un Dos Passos.

Al error de Williams de interpretar a sus personajes por medio de un repertorio de trastornos sexuales, se añade el error de Brooks de querer transformarlos en sintomáticos de una situación social. Unos personajes por los que no tiene el menor respeto y que pululan por la cinta como un conjunto de insectos con reacciones y evoluciones psicológicas sorpresivas y arbitrarias. Cualquier alusión sociológica que se quiera hacer, valiéndose de ellos, carece por completo de fundamento porque no se parte de verdaderos seres humanos.

La profundidad de un tema y el enriquecimiento de una trama no residen en la acumulación incoherente y sobrecargada de sucesos y personajes secundarios o en la narración de vidas privadas. Es en vano que nos enteremos de que ocurren abortos, chantajes, extorsiones, enajenación de las masas, atentados físicos, raptos, “prostitución masculina”, si en ningún momento se nos transmite una verdadera vivencia. Los presenciamos como una imposición exterior para disfrazar deficiencias y proporcionar al film una débil apariencia delatora de ciertas bajezas humanas que presiden algunos sectores de la política norteamericana y el ambiente de Hollywood. Es obvio que un vodevil familiar no puede ser una crítica eficaz a los políticos deshonestos; de la misma manera que el presentar un arribista desfigurado y en la miseria que consigue escapar con su tierno amor no puede constituir una desmitificación del culto al dios dólar.

El mal empleo que hace Brooks del lenguaje cinematográfico es ejemplar. Su uso del flash-back o retorno al pasado, evidencia la confusión en que se encuentra. Este procedimiento narrativo en Bergman —Una lección de amor (En lektion i kärlek, Suecia, 1954)— o en Mankiewicz —La condesa descalza (The Barefoot Contessa, EU, 1954)— es utilizado como un método de conocimiento para profundizar una situación, para hacer que los personajes revelen su interioridad, la esencia de sus motivaciones, en tanto que Brooks lo emplea como un artificio dramático para proporcionar las razones sentimentales del comportamiento de sus personajes pretendiendo, torpemente, saber todo de ellos, con lo que los vuelve todavía más planos.

El único drama que no nos mueve a risa en este film es ver cómo la dirección de actores de Brooks, antes justa, directa, espontánea, es aquí de una falsedad al borde de la grandilocuencia.

Richard Brooks, El dulce pájaro de la juventud (Sweet Bird of Youth, 1961); argumento: Richard Brooks, basado en la pieza teatral de Tennessee Williams; fotografía (colores): Milton Krasner; música: Harold German; intérpretes: Paul Newman, Geraldine Page, Shirley Knight, Ed Begley, Rip Torn, Mildred Dunnock, Corey Allen; productor: Pandro S. Berman; compañía productora: MGM.

Jorge Ayala Blanco en una imagen de 2022. / Foto: Sergio Raúl López.

Nota bene: el presente texto forma parte de la compilación Cine norteamericano de hoy, tomo número 14 de la colección “Cuadernos de Cine” editada por la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM y dirigida por Manuel González Casanova, y que reúne, mayoritariamente, las colaboraciones del profesor Jorge Ayala Blanco en el suplemento “México en la Cultura” del diario Novedades, pero también en La semana en el Cine, en la Revista Signo y en la Revista de Bellas Artes. Al terminarse de imprimir el 10 de febrero de 1966 en Imprenta Madero, con 2 mil ejemplares, es decir que se trata del primero de los 43 libros que ha publicado hasta la fecha.

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