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¿Y si compramos este avión y lo llevamos al jardín de la casa?

Roquero pintor-pintor roquero, Antonio Luquín inaugura el 19 de agosto, en el Museo de la Ciudad de Querétaro (México), su exposición «Cancelatum Est». Aquí nos da algunas pistas sobre su obra.

Agosto, 2022

Entró al mundo del arte de manera kamikaze, es decir, casi suicida: trabajaba tranquilamente en el archivo iconográfico mexicano del siglo XX del INBA, pero mirar constantemente todas esas obras lo motivaron a pintar. Sin paracaídas, se atrevió a dar el salto: renunció un día de abril de 1990, y en mayo de ese año ya estaba trabajando en su primera obra. Han pasado más de tres décadas de aquella decisión vital, y el músico Antonio Luquín —el roquero pintor, el pintor roquero— se ha convertido en uno de los más interesantes artistas visuales mexicanos de la actualidad. Por lo pronto, el 19 de agosto, en el Museo de la Ciudad de Querétaro (México), inaugura su exposición Cancelatum Est. En el siguiente texto, Luquín, en sus propias palabras, nos da algunas pistas que están detrás de esta serie. Asimismo, recuperamos un texto (ya publicado aquí) de Juan Villoro sobre la obra del pintor-músico.


Mundos del aire: Cancelatum Est

Antonio Luquín


La bitácora del otro acontecer humano, la cifra de lo ahistórico, comienza con una pincelada. ¿Historia? ¿Fábula? El arte es el laboratorio de lo histórico en clave íntima, fuera de calendario.

Cancellatum est no sólo es el resultado de una mirada atenta a los acontecimientos del momento, sino una revisión profunda de las emociones colectivas filtradas por el autor como una biografía anclada en el pasado profundo pero que mira atenta la superficie.

En torno a la discusión acalorada de los espacios y las sedes de los aeropuertos ha surgido la convicción en mí de que todo lo que vemos y oímos al respecto no es otra cosa que la modernidad reflexionando sobre sí misma.

La intención de esta exposición es elaborar esa discusión que enriquece el diálogo del artista con su tiempo: los proyectos ideales contra los reales y, frente a ellos, el lenguaje del arte y el estilo personal del pintor, que siempre ha visto a México como un cúmulo de proyectos superpuestos, inconclusos, jardines abandonados que luego cuentan historias, modernidad que deviene ruina, a la manera romántica, reloj de arena, paso del tiempo y espacios obsoletos hechos de la aglomeración de tecnologías igualmente obsoletas al día siguiente de su fugaz reinado.

Cuando niño, solía pedirle a mi papá que me llevara a ver aviones al aeropuerto. Los domingos por la mañana, avenida Hangares era una fiesta. Se estacionaban los automóviles de otros entusiastas del aire, junto a vendedores ambulantes y la multitud colorida de aficionados y comerciantes, formaban un cinturón alegre que daban la bienvenida a los aviones y donde germinaban todo tipo de sueños: quisiera ser piloto de grande, controlador aéreo, ingeniero, astronauta y hasta uno que pensó: “Quiero ser pintor”.

De todos aquellos anhelos, el desmesurado demiurgo infantil encontró un buen día, en una calle aledaña, el fuselaje de un DC-3 estacionado. Presa de la fascinación, preguntó sin más: “Papá, ¿y si compramos este avión y lo llevamos al jardín de la casa?”

Papá, haciendo una mueca, aprovechaba para encender un cigarro y contar anécdotas de los viajes que realizaba cada semana de Guadalajara a México y de México a Guadalajara en los primeros años cincuenta en esos otrora flamantes aviones DC-3.

Respetuoso como era, escuchaba yo con desgano, primero, pero luego con interés creciente lo que aquellas narraciones sugerían. Al final, la narrativa y la imaginación superaban el perímetro de lo real y ante la imposibilidad de transportar el fuselaje del avión a casa, mi mente se llenaba de historias de lo inacabado. Mi papá contaba que “el motor no encendía. Llamaron a unos mecánicos para echarlo a andar a martillazos”. Luego proseguía: “Hasta que le dieron un portazo que cimbró al artefacto, la puerta del avión cerró”; pero al mismo tiempo mi mente se llenaba de historias aladas que después llevé por todas partes hasta que el pintor fue capaz de aterrizarlas y, sí, pienso que esa carcaza aérea es la responsable de que el niño que fui, años más tarde y pincel en mano, desarrollara mundos del aire irremediablemente aterrizados, olvidos diversos que recuerdan historias de vuelo pero que incluso cuando vuelan son tiempo detenido. Pausas dinámicas.

Crecí en un país parecido a un jardín abandonado al que nunca llegó el fuselaje de ningún avión. Un gran país cuya grandeza reside en la tensión que hay entre su imaginación desbordada y sus logros reales, entre sus emocionantes promesas y sus modestísimos resultados. ¿Pero qué es lo que queda y qué vuelve maravilloso ese jardín? Lo que lleva en el corazón, en la mente y en la pluma: alas. Un mundo que se redime cotidianamente en sus vuelos retrasados, olvidados, imaginados. Vuelos y sueños que nunca llegaron a su destino porque fueron cancelados.


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Imágenes del futuro pasado

Juan Villoro


Singular viajero del tiempo, Antonio Luquín crea con virtuosismo hiperrealista paisajes en los que aparecen zepelines, naves oxidadas, aviones de tecnologías pretéritas. Las construcciones están en ruinas y en torno a ellas crece la maleza. En esa tierra baldía ya todo sucedió. Empujados por el viento, aparecen mapamundis, modelos a escala de lo que se ha acabado. Nos encontramos más allá del apocalipsis, pero en forma perturbadora advertimos huellas del presente. El pintor imagina el futuro que seremos.

Un cuadro muestra un barco encallado. Este emblema de la soledad se refuerza con las maletas que aparecen en primer plano. ¿Dónde está la gente que perdió su equipaje? En otra escena, un avión arroja libros que no parecen tener destinatario.

En estas fábulas del abandono, los edificios son captados con inquietante exactitud. Los conocemos porque existen en nuestro presente. Ahí están los muros de la ciudad, la fuente en una glorieta de Mixcoac, las torres, ya vacías, de lo que hoy llamamos “progreso”. El artista otorga nuevo sentido al entorno urbano. En su tiempo sin tiempo, varias épocas se cruzan. El reloj se ha detenido: los parajes yermos son cementerios de aeroplanos de principios del siglo XX y los rascacielos de la posmodernidad lucen igualmente antiguos.

Los lienzos de Luquín cautivan por la exactitud del trazo y la belleza onírica de la composición, pero también porque son actos de resistencia. El pintor logra un hechizo: registra y niega el deterioro. La tecnología ha fracasado, pero los árboles siguen en pie. Incesante, la naturaleza prosigue su trabajo. El hecho de que eso pueda ser retratado demuestra que no todo es devastación. Aún quedan testigos.

¿Qué papel juega el espectador? Antonio Luquín compromete nuestra mirada; nos convierte en insólitos sobrevivientes de una tierra que parecía perdida y reclama una respuesta.

Las plantas crecen en silencio, esperando que hagamos algo.

31 de mayo de 2019

Nota bene: en 2020, la obra de Antonio Luquín ocupó las paredes virtuales de nuestra ‘Galería Emergente’: “La retórica visual de Antonio Luquín

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3 Comments

  1. Muy interesante el relato del prólogo de la parte biografíca que llevó a este gran pintor Antonio Luquin al retrato de esos maravillosos cuadros que incluyen aviones y naturaleza con tanta simbología interna que me lleva a pensar en el rescate de la tierra.

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