Relatario: Edición especial

El juego del gato


Éste es mi lugar preferido: la barda. Puedo verlo todo desde aquí: el patio, la entrada principal, la puerta de su cuarto y la ventana del baño. A ratos me asomo a las azoteas de las casas vecinas y más allá distingo los cerros en los que brillan las luces. Es más o menos a esta hora cuando me pregunto: ¿dónde andará ese pendejo? Todavía pasan coches y se escucha ruido de voces, música de radio y anuncios por televisión; una que otra fiesta: es sábado.

En lo que a mí respecta me da igual que sea sábado, domingo o cualquier otra jornada, lapso, periodo (o como quieran llamarle). No cuento mi vida por días, sino por noches, y no entiendo ese vicio de los humanos de ponerle nombres al tiempo: minutos, horas, lunes, martes, semanas, abril, mayo, junio… Es así como se vuelven locos.

Sólo sé que cuando sale el sol debo buscar la sombra, un rincón fresco para dormir y esperar a que él llegue, me dé de comer, me suba a su regazo y me acaricie un rato la pelambre. Todo eso es molesto, pero necesario. Lo tolero como él me soporta. Seguimos juntos porque de esa manera él disimula su soledad y yo me siento cómodo.

Podría meterme en cualquier otra casa del vecindario, pero ninguna de los alrededores tiene estas ventajas. En la mayoría hay perros. Son unos imbéciles. Andan siempre con la lengua de fuera y moviendo la cola, tan impúdicamente emocionales. Si están de buenas saltan, sacuden el rabo y lamen la cara de sus dueños; si están tristes, aúllan, gimen, dan vueltas sobre sí mismos. Me marean. Y prefiero no hablar de cuando comen, defecan o fornican, porque entonces sí que se vuelven despreciables; es decir, completamente dignos de sus amos. Por eso los esperan como estatuas a un lado de las puertas; y, a veces, los muy idiotas siguen ahí sin darse cuenta de que sus amos murieron hace muchos años.

Algo que me ha enseñado la experiencia es que donde hay perros hay niños, y los niños son peores que los perros, son más traicioneros, procaces y manipuladores. Las verdaderas mascotas de los niños no son los perros, sino sus propios padres. Los perros no son más que partícipes inocentes a los que se les puede echar la culpa de cualquier diablura. Alguien de nuestra especie nunca se prestaría a semejante vileza; al contrario, tratamos de convertir al niño en nuestra mascota, haciéndole creer que la cosa es al revés.

Para eso hay que ser un gato de una raza muy específica, porque si entre los perros pueden olerse la cola, hay gatos que tienen la suficiente dignidad para no volverse a mirar. Eso del pedigrí me tiene sin cuidado: entre gatos lo importante son las uñas y quien tira el mejor zarpazo. Lo demás son pedanterías de veterinario. ¡Malditos castradores vestidos de médicos! ¡Qué ganas de sacarles los ojos!

Tampoco me gusta vivir con ancianas, por muy menopáusicas que estén; porque, a pesar de tener el útero lleno de telarañas, se sienten frustradas: el único macho que tienen a su alcance no es de su especie (y aunque lo fuera) y, por lo tanto, para quedar en igualdad de circunstancias “nos llevan —como ellas dicen pudorosamente— a operar”. Conozco a varios de por aquí que fueron víctimas de esas decrépitas vengativas: gordos, lentos… idénticos a los difuntos maridos de esas viejas.

Me gustaría preguntarles a esos gatos dónde estaba su dignidad cuando tan indolentemente dejaron que les cortaran las bolas. Uno de ellos se sinceró conmigo: “¿Y quién te dijo que yo estuve de acuerdo? —me dijo—. Estas viejas no avisan. Sólo ocurrió que, un día, el atún tenía un sabor raro y cuando desperté mis bolas estaban en un frasquito”.

Otra de las ventajas del lugar donde elegí vivir es que tampoco hay mujeres. Aquí sólo entran hombres: el dueño, que es un tipo maduro, y algunos muchachos; a veces, el mismo; a veces, otro diferente; pero, por lo regular, el dueño no repite una cara. Eso sí, siempre es un joven. Llegan entrados en copas, beben otro rato en el patio mientras oyen música y, en un momento dado, se encierran en el cuarto y apagan las luces. Es cuando yo decido tomar las cosas por mi cuenta y empiezo a rondar azoteas. Cualquier animal de cualquier especie lo sabe: andar a la deriva, sin rumbo fijo termina siempre llevándote a donde está una hembra o, como dijera cierto humano que se las daba de poeta, equivocar el camino / es llegar a la mujer.

Por eso yo no busco mujeres: busco hembras, encuentros casuales. ¿Pelearme con otro macho? Tal vez. Pero no por culpa de una hembra, sino por buenos motivos. Ya dije: uno debe estar siempre orgulloso de sus garras.

A la distancia empiezan a escasear las luces. Los patios de las casas vecinas están apagados. No se oyen voces ni radios ni televisores. Tampoco grillos. Un perro aúlla o ladra y, de algún patio cercano, sale otro gruñido o grito. Esos perros parecen soldados haciendo guardia y respondiéndose el saludo a la hora de los rondines. Y nada más. Que nadie crea que los perros están dialogando. Eso es ridículo. Siendo tan estúpidos, ¿de qué podrían hablar?

Los gatos tampoco hablamos, ni siquiera entre nosotros. No hace falta. Todo lo decimos con la mirada. Sí, a veces, ronroneamos; pero lo hacemos del mismo modo que un ser humano mienta madres por debajo; sobre todo, si lo hacemos cuando miramos a otro gato: no nos estamos comunicando con él, sino haciendo el recuento de todas las cosas que ha hecho para que nos caiga pesado y, una vez que terminamos, lanzamos el maullido y pegamos el salto.

A altas horas de la madrugada, algunos humanos se llegan a despertar con los bufidos, carreras y arañazos. Llega el momento de esquivar zapatos o piedras y escuchar mentadas de pobres insomnes que ven interrumpida su autocompasión por nuestra discordia… Empiezo a oír las primeras patrullas, las sirenas, las luces rojas y azules, su lento avance de cortejo fúnebre. ¿Dónde estará ese pendejo?

Recuerdo cuando me adoptó. ¿O yo lo adopté? ¡Vamos! Cuando se dio el acuerdo tácito de que yo sería el segundo morador de esta casa. Lo encontré tirado afuera de una cantina y, al principio, pensé que era un perro echado, pero no era tan peludo ni olía igual. Éste olía a orines, cerveza y semen: probablemente esa cantina no era la primera que visitaba ese día. Iba a retirarme cuando abrió un ojo. Me miró con extrañeza y algo de hostilidad. Se levantó con lentitud y me tomó del piso, como si nos conociéramos de toda la vida, y me dijo: “Mi vieja me acaba de abandonar. Tú serás un excelente reemplazo. Por lo menos tirarás menos pelo en la cama y en el sofá”.

Llegamos. La casa tenía en efecto ese repulsivo olor a hembra que pone agresivos a los perros y que a los gatos nos provoca mareo y tedio. Es un olor dulzón, pesado, nauseabundo, como si tuvieran siempre un pescado podrido en medio de las piernas. Agradecí que él fuera al baño a vomitar y que después se pusiera a fumar, porque eso contrarrestó un poco el olor a hembra; una hembra furiosa, pedinche, voluble, de esas que uno quisiera poder arañar en la mejilla o encajarle las garras en el busto. Son más viles que las gatas, que por lo menos saben alejarse a tiempo.

Era evidente que a él también le molestaba ese olor. Comenzó a sacar a la calle todo lo que tuviera que ver con ella: su ropa, sus perfumes, sus fotografías, la cursi música que a ella le gustaba escuchar y luego me reservó a mí el lugar que ella ocupaba en su cama matrimonial. Después llegaron los jóvenes y él me reservó un mullido cojín con una caja de arena al lado, en un rincón del cuarto. No me molestó y hasta tuve tiempo de darme un buen espectáculo. ¡Machos cogiendo con machos! ¡Y ellos se dicen animales superiores!

Mi amo no se cansaba de los muchachos, pero yo sí me cansé de verlo con ellos. El espectáculo me pareció lento, monótono y finalmente aburrido. Decidí ausentarme un tiempo. Sin prisa, y casi sin sentirlo, me hice de un pequeño harem de hembras, por culpa de una vecina loca que adoraba a los gatos y tenía como una docena metidos en su casa. Mi amo simultáneamente comenzó a tener cada vez peor suerte. Con frecuencia llegaba solo, borracho perdido y cuando parecía que lograba algo, a los primeros escarceos, el jovencito se ponía violento. En lugar de sexo había golpes o el muchacho llamaba en secreto a tres o cuatro de sus amigos. Me tocó ver cómo vaciaban la casa en dos o tres ocasiones y, para colmo, él me reclamaba. “¿Y tú, hijo de la chingada? ¿Dónde te habías metido? ¡Ni de adorno sirves, grandísimo huevón!”

Por detrás del cerro empieza a surgir un resplandor. Si este pendejo no se quedó dormido adentro de una cantina o se quedó en el zumbido, debe estar encerrado en los separos de la policía. Cuando eso ocurre, llega hasta el mediodía y con cara de haber salido de un excusado lleno de mierda. No vale la pena preocuparse, si lo hacen de agua, podré refugiarme con la vieja maniática y su ejército de gatos, pero hay algo en el aire de la madrugada que percibo con mis bigotes. Es algo así como la premonición de la desgracia, como sentir que ese felino cósmico, el dios gato —el verdadero dios y no ese carpintero crucificado por los humanos— me anunciara que mis siete vidas me serán arrebatadas de un solo zarpazo.

Por fin se abre la puerta de la calle. Él entra sobrio y con las ropas en orden y deja abierta la puerta para cederle a alguien más el paso. Es una hembra humana más o menos de la misma edad que él, vestida con un traje sastre. Ella le da un beso en la mejilla y le dice: “Lamento haberte abandonado. ¿Me extrañaste? Quiero presentarte a alguien”.

La mujer hace una pausa, se asoma a la puerta y habla con otra persona: “Señor taxista, ¿podría traer esa caja de atrás?; sí, esa que parece jaula. Aunque usted no lo crea, también es un taxi”.

En cuanto lo veo entrar sé que mi suerte está echada y que nada me salvará de participar en una pelea a muerte: ella también tiene un gato.

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