“La ciencia se volvió la mejor justificación de la acción política”

Entrevista con Carlos Herrera de la Fuente, autor de «Fuga»…

Filósofo, escritor, traductor, articulista y docente universitario, Carlos Herrera de la Fuente ha publicado su primera novela: Fuga. Ya antes había escrito los poemarios Vislumbres de un sueño y Presencia en fuga, así como los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos; pero, ahora, como novelista, nos ofrece una historia situada en un futuro incierto en la que nos habla de un mundo que dejó atrás los sueños del progreso: los seres humanos, sin ninguna explicación aparente, han comenzado a abandonar las ciudades para experimentar nuevas formas de vida y convivencia. Sus páginas nos llevan, de la mano del personaje central, Hugo Escors, a reflexionar sobre algunas de las características más arraigadas de nuestra especie: el miedo y la incertidumbre. Temas que aborda ―junto con otros como la ciencia, el amor, la política y hasta el decolonialismo― en la siguiente charla.


La sociedad se ha cansado de sus logros, pero también de sus esquemas. La sociedad está harta de sí misma y lo abandona todo. La sociedad se ahoga con tanta civilización, con tantos lujos, con tanta tecnología y tanta ciencia. La sociedad ha decidido emprender la fuga y regresar a la “naturaleza” para volver a sus orígenes, para internarse en los bosques y refugiarse en cuevas, para descender al subsuelo y difuminarse en cavernas. La sociedad se ha desintegrado y los individuos, creyéndose amalgamados de nuevo con la Madre Tierra, intentan, desde ahí, desde la huida y la dispersión, palpar su humanidad. Todo sucede en un lugar y en un tiempo indeterminados que envuelven, en una angustiante incertidumbre, los paisajes que Carlos Herrera de la Fuente nos presenta en Fuga, su primera novela.

Si hay algo que marca el recorrido por la páginas de esta obra es una densa nostalgia, una neblina que impregna a ese mundo desgastado del que nos da cuenta el autor, ese mundo que ha abandonado los sueños del progreso y que, literalmente, se derrumba. Con esta publicación, por cierto, se estrena el sello Ediciones Salida de Emergencia, al cual acompaña, en la edición del volumen, la editorial independientes Neolog. Aunque por lo pronto sólo es posible conseguir Fuga por Amazon, dentro de poco estará también en librerías, circunstancia que entusiasma a Herrera de la Fuente, con quien platicamos, vía remota, sobre su novela.

Una obra entre filosófica y literaria

—Usted, además de escritor, es filósofo, lo que me hace suponer que, en su génesis, la novela tuvo un planteamiento muy claro acerca de lo que deseaba comunicar. ¿Hacia donde va, en este sentido, el significado de Fuga?

En mi mente, Fuga nació a partir de una imagen entre filosófica y literaria en la que todos los problemas de la humanidad estaban resueltos, al menos en términos de nuestro pensamiento occidental moderno contemporáneo. Entonces me imaginé que la gente se había cansado de tener resueltos todos sus problemas y, en vez de sentirse satisfecha, segura y tranquila, se da cuenta de que necesita otra cosa. Así que abandona todo lo que había logrado hasta ese momento, todos los grandes logros de la civilización, y huye hacia miles de lugares distintos formando historias humanas diferentes. Todo esto tuvo, para mí, una importancia no sólo literaria, sino, como dices, filosófica, porque me hizo pensar que todo aquello que en este momento concebimos como un sueño propio de nuestra civilización, de nuestra modernidad, de nuestras aspiraciones como humanidad y como sociedad son, en realidad, sueños e ideales relativos a cierta perspectiva histórica y a cierta época. De alguna manera todo aquello que es la humanidad, y todo aquello que podría ser, resulta siempre algo abierto. Fuga expone ese momento intermedio entre una sociedad como la nuestra, que aún sigue buscando, que tiene aspiraciones, y una sociedad que después de conseguirlo todo se cansa de sus logros y empieza a huir, a fugarse.

—Quizás exagere un poco, pero esas personas que buscan y se atreven a escapar hacia un pasado más “natural” y que presenta en su novela me recuerdan, de alguna manera, la crítica que usted ha hecho al decolonialismo y a uno de sus máximos representantes, Enrique Dussel…

—Sí, soy un crítico feroz del decolonialismo porque mitifica un pasado, hasta cierto punto inexistente, en el que hay una supuesta pureza que se perdió por la invasión de los otros, los occidentales; una pureza que se tiene que recuperar y reivindicar para construir una alternativa a ese mundo moderno y pervertido, por decirlo de alguna manera, que no incluye, sino excluye. Pero, como dije, el decolonialismo se basa en una mitificación del pasado. Por el contrario, Fuga es una exploración hacia futuro de posibilidades que se han acallado. Y aunque las posibilidades humanas están abiertas, en este preciso momento nosotros estamos cercenando algunas de ellas porque tenemos sólo una forma de concebir y de ver la realidad. En Fuga, la idea de abandonar el mundo moderno civilizado resulta escandalosa. Por lo tanto, me gustaría advertir que no quiero que se tome a la novela como un manifiesto en contra de la civilización moderna. Para nada. No es mi intención. Abandonar los logros de la civilización, de la ciencia médica, de la vida urbana se contrapone, obviamente, con el mundo moderno, se ve como un retroceso, un regreso a estadios anteriores de la humanidad. Lo que hace la novela es la exploración hacia el futuro de algunas posibilidades que negamos actualmente. Me duele decirlo, pero esta es una idea que vincularía más con un relativismo posmoderno. Es una forma de llevar nuestro pensamiento sobre la sociedad y la civilización al extremo de la ruptura o de la fuga para también retrotraernos a pensar el valor que tienen.

—Los propios personajes están constantemente en ese proceso de decidir si abandonan la sociedad o se mantienen en ella. Hugo Escors, el personaje central, sufre la fuga de su mujer. Pero no es el único a quien han abandonado. Tarde o temprano, todos se hacen esa misma pregunta: ¿se quedan o se van?

—Hugo está viviendo la crisis de su sociedad, de su tiempo, de su época, de su civilización. En un principio, el personaje tiene toda esta carga melancólica, nostálgica, todo este peso de lo que significa perder todo: ver frente a ti como va cayéndose el mundo a pedazos. Pero en un segundo momento, Hugo cambia de perspectiva y valora su circunstancia porque ya no la ve como una derrota o un fracaso de su propia vida, sino como la posibilidad de asumir un riesgo hacia el futuro. Se da cuenta de que eso fue lo que le tocó vivir y que por lo tanto no le queda más que hacer precisamente eso: vivir, arriesgarse, asumir la existencia total con todo lo que eso significa. Es una posición más nietzscheana sobre la vida y sus posibilidades. Hugo no teme, como sí teme José Manuel, quien es tan pesimista que ya no puede avanzar. José Manuel ve todo como algo podrido, contaminado, pervertido: ya no tiene capacidad para cambiar de perspectiva.

Arriesgarse a ese mundo salvaje

Aunque Carlos Herrera de la Fuente comenzó a escribir Fuga en 2014, no fue publicada hasta diciembre de 2020, luego de aguantar con paciencia de años una serie de rechazos por parte de varias de las principales editoriales en nuestro país (la cuales andan siempre en busca, desde luego, de temas de poca sustancia y mucho más ligeros). Pero en este 2021, la novela puede ser leída en clave pandémica, como una reflexión sobre los riesgos, sobre la incertidumbre.

—En Fuga, la gente sale, huye hacia lo desconocido, deja atrás la ciencia y la tecnología, todo lo contrario a lo que nos ha hecho vivir la pandemia del SARS-CoV-2: encerrarnos, aislarnos y esperar a que la ciencia solucione el problema —le comentamos a Carlos Herrera de la Fuente.

—Sí, en la novela la gente abandona su comodidad; la comodidad, por ejemplo, que le dan la tecnología y la ciencia. Abandona todo para internarse en ese mundo salvaje y desconocido hasta ese momento para ella. Pero, como señalas, en la pandemia sucedió lo contrario: la gente no huyó, si no que se confinó. Principalmente por miedo: a la incertidumbre, al riesgo; se confinó a la espera de que la ciencia y la técnica le resuelvan ese miedo. En este momento, de alguna manera, en términos muy objetivos y en cierto nivel, la ciencia ha resuelto el problema, pero el miedo por el que la gente se confinó no lo puede resolver la ciencia ni Dios ni la virgen. En este momento, la gente ha tomado a la ciencia como una religión que espera que le resuelva todo sus problemas. Pero en última instancia ése no es el papel de la ciencia. La ciencia no nos va a resolver nuestro miedo terrible a la incertidumbre ni nuestra necesidad de una vida confortable. El problema que hemos vivido durante la pandemia es que se empleó a la ciencia como una especie de justificación de todas las políticas que se iban a llevar a cabo. Y como cada decisión está justificada científicamente, entonces puedes hacer lo que sea.

Foto de Fabiola Flores.

—De este modo la ciencia empezó a servir para todo…

—Sí, claro, para ordenar a la sociedad, para decirnos qué hacer políticamente… La ciencia se volvió la mejor justificación de la acción política, y los políticos, que siempre tienen que demostrar que están haciendo algo, se escudaron en la ciencia, como si fuera una religión, para justificar toda clase de decisiones. Pero la ciencia es algo más complejo que poner un tapete para que no lleves un coronavirus en tus zapatos, es algo más complejo que colocar termómetro a la entrada de un centro comercial y ponerte guantes, es algo más complejo que usar un cubrebocas, el símbolo máximo de protección de esta pandemia, una protección que es más psicológica que real. Así, todo está justificado en nombre de la ciencia. La ciencia dejó de cumplir ese papel racional que analiza las distintas variables por etapas para, posteriormente, enfrentar una situación; la ciencia se volvió una deidad a la que se invoca para resolver todo tipo de cuestiones y de preocupaciones.

—Finalmente, en la novela no sólo está la fuga de la sociedad, de la que hemos hablado, sino también la de Hugo, el personaje central.

—Desde luego. A Hugo lo que lo está matando es el amor de la mujer que pierde, Clarisa, cuando ella decide huir, fugarse, como casi todos. Ella lo mantenía como un fantasma pegado a su lugar, a su trabajo, a su vida. Pero luego se da cuenta de que tiene que ir rompiendo con ese pasado y dejar ese sentimiento, esas emociones y ese amor atrás, lo cual le resulta muy difícil. Sin embargo, el contacto con la joven Lina le permite valorar las dos posiciones que se enfrentan en la novela, la de José Manuel, muy pesimista, y la de él mismo, que, aunque titubeante, va evolucionando hacia un proceso de aceptación frente a las circunstancias, de afirmación, de riesgo y de incertidumbre. El contacto físico y la convivencia cotidiana con Lina, por más decadente que ésta sea, le permite ir rompiendo con todo aquello que lo vinculaba todavía con su pasado y arriesgarse a esa fuga, a esa ruptura.

Con apoyo de la editorial Neolog y Ediciones SdE, Fuga, de Carlos Herrera de la Fuente, está publicada en formato digital en Amazon. Puede ser adquirida en este enlace: aquí directamente

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