Un abrazo demasiado fuerte a la tradición

Muchos de nosotros hemos bailado, sin saberlo, el ritmo de soukous, nos dice Constanza Ordaz en una nueva entrega de ‘África en el Paraíso’. Hoy, de hecho, “son muchas las agrupaciones que demuestran fidelidad a la estructura musical de este ritmo africano, cuya complejidad y reto son reproducción de un largo trayecto recorrido”.


Soukous en Colombia

Si deseamos ser un poco más precisos, el soukous, influencia evidente en el medio musical contemporáneo, llegó para quedarse.

Su ritmo pegajoso, de claras reminiscencias tribales y que alude a un pasado lúdico, ritual y esclavista, internalizó su esencia entre la población negra de, sobre todo, la costa oriental de Colombia.

Muchos de nosotros hemos bailado, sin saberlo, el ritmo de soukous. Su implantación latina ha quedado en evidencia en, por ejemplo, la obra de Juan Luis Guerra; empero, en la actualidad son muchas las agrupaciones que demuestran fidelidad a la estructura musical de este ritmo africano, cuya complejidad y reto son reproducción de un largo trayecto recorrido.

Al menos, eso se evidencia en los fragmentos del libro La música es el arma del futuro (Fifty years of African popular music, de Frank Tenaille, Editorial Lawrence Hill Books, Chicago, 2002), que ahora ofrezco al juicio de los lectores.

Una larga marcha

África Oriental ha resultado ser un caldo de cultivo especialmente fértil para el soukous. En los años setenta la guerra civil congoleña había propiciado la llegada de refugiados a Kenia, entre ellos Pascal Onema y la Os África Band, cuyo éxito animó a otros a huir de Zaire, donde un puñado de hombres (Franco y su gran rival Tabu Ley Roechereau, entre otros) controlaba el mercado musical. Así, grupos de soukous como Orchestre Virunga y Les Mangelepa han dominado la vida nocturna y la industria discográfica de Nairobi para disgusto de los músicos locales.

En la vecina Tanzania la puerta no quedó tan abierta, ya que el gobierno de Julius Nyerere resistió la influencia zairense y prohibió la emisión de música importada en la radio nacional a la vez que se impulsaba el swahili como lengua del país, de modo que algunos emigrantes musicales tuvieron que adaptarse a las tradiciones locales.

Remmy Ongala, que llegó a Zaire en 1978, diluyó su soukous con ritmos indígenas para convertirse en un lúcido cronista de la miseria urbana, llegando a declarar: “Puedo hacer llorar al criminal más duro”.

También en Zimbabue los zairenses del grupo Real Sounds se integraron hasta el punto de representar partidos de futbol en su país de adopción. En sus conciertos salían con un balón y las vestimentas futbolísticas apropiadas para interpretar el tema “Dynamus versus Cops” y puesto que el resultado era de empate a cero, se pudo especular que la representación era más divertida que el suceso original.

Otros músicos de Zimbabue, como Devera Ngwena, crearon una variante del soukous ligera y vigorosa, aunque la base preferida de la música eléctrica siempre haya sido el folclor tradicional o el mbaqanga surafricano.

Los maniacos del jazz

Mientras, desde Senegal hasta Zaire, la música latina representaba una mezcla de lo nuevo y lo familiar. Por sus retenciones africanas la música negra de Estados Unidos ha cumplido esa función en áfrica del Sur durante décadas.

En los años veinte los músicos surafricanos se enorgullecían de saber reproducir los últimos éxitos de Harlem, y un pianista perfeccionó tanto su imitación de Fats Waller que incluso consiguió morir el mismo día que su ídolo.

Treinta años después aún florecía esta devoción, tal y como lo ilustra la siguiente efusión de un aficionado en 1956: ¡Música tribal! ¡Historia tribal! ¡Jefes! ¡No nos importan los jefes, queremos jazz y estrellas de cine! ¡Queremos a Duke Ellington, Satchmo y Mujeres Calientes, cualquier cosa que sea norteamericana!

Un rechazo tan vehemente de los valores tradicionales indica la confusión sembrada por sucesivos gobiernos racistas que no sólo despreciaron la cultura africana, sino a su vez fomentaron la identidad separada de cada etnia para dividir a la población negra.

Un abrazo demasiado fuerte a la tradición implicaba una complicidad con esa política mientras el jazz la trascendía y verificaba la capacidad del negro para saber salir en la cresta de la vida moderna.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *