Sería inútil tratar de ocultarlo: el pollo ha dejado de ser lo que era. Actualmente, comer pollo es apenas un poco más que comer frijoles con chales, pero en tiempos pasados llegó a ser el plato dominguero por excelencia, casi una exquisitez. Mi madre, no tengo ningún reparo en manifestarlo, era pollera, lo mismo que mi abuela y mi bisabuela, lo mismo que mis tías y la esposa del tío Cecilio. Todas fueron polleras en primera acepción, porque ya habrá notado el lector que actualmente se llama polleros a quienes se dedican a la exportación de indocumentados, actividad muy lucrativa pero cumplidamente inmoral. Y mi madre huía de los actos inmorales como los demás huimos de la peste. El caso es que aquella mujer ejemplar, cuando notaba que, pongamos por caso, uno de sus muchos pollos iba adquiriendo una tonalidad verduzca se echaba las manos a la cabeza y gritaba: ¡Día aciago, esos mentecatos me han encajado género echado a perder! Entonces metía la pieza en cal viva y, al cabo de un par de horas, nos la preparaba con salsa arrabiatta. Nunca nos quejamos porque su sabor oscilaba entre cecina de arenque y queso Roquefort, pero malo no estaba y jamás sufrimos chiflido. En cuanto a relaciones comerciales puedo añadir que sus clientes se mostraron siempre complacidos, pero exageradamente, la trataban como si fuera una diva, una alcaldesa o la madre superiora de algún convento virtuoso. En cambio, a mi hermano y a mí nos encantaba sermonearla por ciertas conductas relacionadas con su actividad profesional.

—Ustedes parecen predicadores de la buena doctrina —nos decía.

No sé por qué nos tomábamos tan a pecho que por las mañanas se levantara henchida de optimismo y canturreando obsesivamente que ese día sí iba a encontrar una perla dentro de alguno de los pollos. Nosotros le soltábamos la letanía que cualquiera sabe: que las perlas provienen de las ostras y mejillones capaces de segregar lo suyo alrededor de ciertos cuerpos extraños.

—Esas son leyendas urbanas —nos respondía con suficiencia—, la princesa Agrapún, hija predilecta del rey Ptelocredo, tenía un collar de inmaculadas perlas procedentes de la hiel de puras aves de corral, de gallinas de Antananaribo, por eso, a la hora de separar las tripas de la menudencia, es preciso palpar el hígado con escrupulosidad y mucho tiento.

Desgraciadamente sabíamos que ese optimismo tenía las horas contadas, porque mi madre regresaba siempre deprimida, desesperanzada, maldiciendo su negro sino y con una sola idea que cumplir a rajatabla: irse a la cama sin cenar y sin ofrecer a su prole ni un triste café con leche.

Hartos de sentirnos víctimas colaterales de tan insólita monomanía, mi hermano y yo decidimos ir a la librería de viejo del licenciado porque, cuando compraba bibliotecas, solía arramblar con todo lo arramblable: fotos, sellos, ídolos, sacacorchos, banderines y toda suerte de chucherías que luego iba vendiendo.

En cuanto oyó lo de la perla abrió la caja metálica de sal de uvas donde guardaba los recibos de la luz y sacó una cuenta cuya naturaleza plástica percibimos de inmediato.

—Perdóneme, licenciado —le dije—, pero esto es plástico, fíjese en la rebaba ecuatorial, se siente al tacto.

—¡Lo que es tener buena vista! —exclamó—. Pero esperen, creo que por ahí hay algo que puede interesarles —dijo antes de internarse en las profundidades de aquel laberinto de libros y revistas.

En cuestión de minutos regresó con una perlita irregular, un tanto oblonga pero provista del inconfundible brillo del nácar. Pidió veinticinco pesos y nos la dejó en veinte: hoy diez y el resto de hoy en ocho “o ahí cuando puedan”.

Al día siguiente, en cuanto sonó el timbre salimos al zaguán para recibir las dos docenas de pollos que mi madre compraba diariamente para revender en el mercado. Mientras mi hermano la distraía con la morralla necesaria para dar cambio, yo introduje la perla en el hígado de uno de los pollos más grandes y me dispuse a llevar el cargamento al mercado. Cuando apareció por su puesto, noté que la magia de la noche había surtido efecto y la autora de mis días iniciaba la jornada con el optimismo acostumbrado.

Sin embargo, al caer la noche sentimos un portazo que no presagiaba nada bueno. Apareció hecha una furia y maldiciendo su mala estrella como nunca.

—¡Qué suerte perra tengo, para una vez que encuentro una perla me sale esta mierda pequeñaja e irregular! ¡Y era un pollo de casi dos quilos!

Quisimos animarla diciéndole que una perla es siempre una perla y ésta se la llevaríamos de vuelta al licenciado a ver cuánto le podemos sacar. Estaba tan ofuscada que no percibió mi metida de pata.

—Además —añadió mi hermano luego de aplicarme un pisotón—, las penas y las perlas nunca vienen solas, seguro que la próxima vez encontrarás una así de grande, como la de Plinio el Viejo, la de Cleopatra.

Pero nada, no hubo modo de convencerla. Su entrega al mundo del pollo había sido tan completa que no sabía quién era Cayo Plinio Segundo ni había visto jamás una película de Elizabeth Taylor. Ahora tendríamos que aceptarlo: habíamos hecho un gasto inútil, estábamos endeudados y nuevamente tendríamos que irnos a la cama sin cenar.

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