“De repente hay más gente queriendo escribir que queriendo leer”

Carlos René Padilla y su fábrica de historias…

Es la última oportunidad. Si no es ahora, ¿cuándo? El próximo sábado 29 de mayo inicia el muy solicitado y tan esperado taller virtual de cuento de la Fábrica de Historias. Pero, bueno, tampoco es cosa de exagerar: si el cuento no es lo suyo, basta con tener paciencia porque tarde o temprano la Fábrica de Historias le puede ofrecer un taller virtual de novela; o uno de narrativa color malva; o uno de periodismo o de periodismo y literatura; o bien un viaje al país de H. P. Lovecraft, con sus historias de horror; o acaso un acercamiento a Mary Shelley y su monstruo; o un nuevo taller de novela negra (lo malo es que la versión anterior del taller, a principios de este año, no incluyó un módulo para hacerse camarada de Paco Ignacio Taibo II, reconocido e influyente promotor de este género, el cual continúa impulsando desde su papel como director del Fondo de Cultura Económica). En la siguiente charla, el periodista y escritor sonorense Carlos René Padilla nos habla de su formación y de cómo ésta le permitió arribar a la Fábrica de Historias, un aula virtual que fundó al lado de su esposa, Yuyú Fernández, para aprender y compartir herramientas, trucos y métodos literarios, así como para hacer colectiva su propia pasión por la literatura y el periodismo.


CIUDAD OBREGÓN, Son.


Carlos René nació en Agua Prieta, Sonora, en el mismo año que quien esto escribe: 1977. Es éste un lugar que vio nacer también al famoso grupo Los Apson (Apson es un acrónimo de Agua Prieta, Sonora) y donde ocurrió el singular acontecimiento que Leonardo Yáñez, El Nano, nos narra en el corrido “El moro de Cumpas”.

—No sé por qué el corrido se llama así, si el caballo que ganó la carrera aquel día fue el zaino de Agua Prieta —dice riéndose Carlos René Padilla, al otro lado de la línea telefónica, desde Ciudad Obregón, Sonora, donde actualmente se encuentra en arresto domiciliario, según cuenta, para cocinarle a su esposa e hija y luego sentarse a escribir sus libros, coordinar Fábrica de Historias y en las noches escaparse “a un bar donde aseguran que nunca ha pagado nada”.

—Carlos, en su biografía oficial usted sugiere que lo primero que vieron sus ojos al nacer fue la luz, pero de las patrullas.

—Ja-ja. Sí. Lo que pasa es que me gusta mucho lo que sucede en las noches. Mi papá trabajó 38 años como cantinero. Entonces, a mí me tocó estar en las cantinas con él donde muchas veces pude ver las historias que ahí sucedían. Y cuando no podía acompañarlo, él me contaba varias de esas historias que escuchaba de los mafiosos que le tocaba atender. No eran narcos, como ahora, era gente que empleaba un tipo de violencia diferente. Con sus historias yo me imaginaba la época de Frank Sinatra teniendo lugar en un pueblo como Agua Prieta. Así que, sí, siempre me ha fascinado ese lado ambiguo y oscuro de la ley y lo criminal.

Con tal formación, es casi natural que en cuanto Carlos empezó a escribir su universo estuviera compuesto por aquellas historias en las que la vida siempre se pone en juego, llenas de suspenso, acción y misterio, pero que, no por ello, dejan de tener su lado divertido. El propio Carlos parece un personaje de sus historias (sin duda lo es): amable, sonriente, de buen trato, pasa de una anécdota a otra como si fuera el mismísimo espáiderman norteño, Pedro Pérez, intentando resolver los casos que se le presentan en Yo soy el araña (Reservoir Dogs), libro que le diera a Carlos René Padilla el Premio Nacional de Novela Negra Una vuelta de Tuerca 2016. Su entrada a este género literario la hizo por la puerta del periodismo policiaco, que ejerció por varios años en diarios de Sonora.

—La policiaca es una fuente que suele tratarse de forma superficial; sin embargo, usted cubría las historias procurando ir un poco más allá de la simple información y los datos. Tomaba, por ejemplo, un punto de vista específico desde dónde contar lo acontecido.

—Como periodista tienes de dos sopas: haces tu chamba para que te paguen, y ya, o te metes en problemas y procuras ir más allá. Lo segundo implica más trabajo, claro, pero también te deja una satisfacción personal. En ambos casos el medio te paga lo mismo, pero si cuentas una historia de mejor manera, desde un ángulo distinto o desde un punto de vista diferente al de la mayoría de los medios, seguro vas a tener más lectores y tu trabajo tendrá más repercusión. Ahora con Internet y las redes sociales es muy fácil perderse entre montañas de información que se presenta de la misma manera o frente a las fake news que abundan. En realidad, a la fuente policiaca llegué de manera fortuita. Había pasado por todas la fuentes, pero ésta fue la que finalmente me gustó más y en la que me quedé.

Del periodismo a la literatura

Quizá su libro que más refleja al periodista del que Carlos jamás podrá librarse completamente es Toda la sangre es roja (Nitro Press / Instituto Sonorense de Cultura), una obra hecha con sucesos reales que Carlos reporteaba para medios locales en Hermosillo y ganadora del Concurso del Libro Sonorense en el área de crónica, en 2016. Un libro en el que se pueden oler las reminiscencias del reportero que Carlos pretende dejar atrás pero que, bien lo sabe ya, le resultará imposible mientras siga escribiendo, aunque ya no lleve consigo a sus fieles acompañantes Escáner Sánchez y El Negro, los radios que le permitían orientarse y moverse entre las profundidades de la nota roja.

El tránsito del periodismo a la literatura no fue tan natural como pudiera pensarse. Carlos René Padilla se considera un escritor tardío. Pero si ya ha publicado media docena de libros se debe, reconoce, a que tomó varios talleres con escritores como Élmer Mendoza, Mario Bellatin, José Mariano Leyva y Rafael Ramírez Heredia. Ahí le empezaron a caer muchos veintes, dice.

—Con Elmer Mendoza aprendí la importancia del punch de la primera línea. Es ahí, en las primeras líneas, donde uno se juega todo. Es ahí donde el lector se queda contigo o se te va. Mucho más en estos tiempos tan vertiginosos: si no tienes una primera línea poderosa o un primer capítulo atrapante, no dudes que el lector se irá. Rafael Ramírez Heredia alguna vez comentó que escribir cuento es más difícil que escribir una novela, por lo que un buen cuentista puede escribir una buena novela, pero no siempre un buen novelista puede escribir un buen cuento. Con los años comprendí que, en efecto, así es. Muchos suponen que el cuento, por ser más breve que una novela, es un género menor, pero escribir un buen cuento te puede llevar años: hallar las palabras exactas, la expresión correcta. Con José Mariano Leyva me di cuenta de que era imposible, al menos para mí, terminar una historia si no tenía una escaleta, un plano que me orientara en esa historia. Claro que uno termina modificando muchas cosas de ese plano mientras escribe, pero al menos ya no voy a ciegas.

—Yuyú Fernández y usted iniciaron con Fábrica de Historias en julio de 2019. Desde entonces llevan unos veinte talleres virtuales de novela, de cuento, de guión, de poesía, de periodismo y de temas diversos como aquellos en los que se aborda la obra de autores como H. P. Lovecraft y Mary Shelley o que gira sobre temáticas como las del vampiro o los asesinos seriales.

—Los talleres fueron adquiriendo relevancia no sólo por lo que aportaban a los asistentes, sino por la situación de encierro que hemos padecido en todo el país desde hace más de un año. En este sentido, también se volvieron importantes para muchos creadores, pues Fábrica de Historias se ha vuelto una red de soporte para el mismo gremio, que recibe un pago por dar un taller de dos horas un fin de semana sin tener que invertir en el tiempo y en el esfuerzo que implican desplazarse de una ciudad a otra para dar un taller.

Carlos René Padilla. (Foto: Juan José Flores Nava)

—Para alguien que desea ser escritor o para alguien que simplemente desea crear mejores textos, ¿de qué le sirve un taller literario?

—Aunque parezca una obviedad, lo interesante de los talleres es el conocimiento que le da a quien los toma. Bien sabes que de repente hay más gente queriendo escribir que queriendo leer. Te ha tocado (seguro que te ha tocado) toparte con gente que escribe y que dice que no lee porque no quiere contaminar su literatura. ¡No chingues! Yo no entiendo eso: primero que escritor, soy lector. Y, en todo caso, si alguien sólo quiere ser escritor y no lector, entonces que no le exija a nadie que lo lea. Del mismo modo, hay gente que quiere escribir pero no ha ido nunca a un taller o no ha visto nunca al menos un video de YouTube sobre creación literaria o ni siquiera ha leído, como decía, lo suficiente como para entender los artificios literarios.

—Es ahí, entonces, donde uno puede hallar los beneficios de asistir a un taller, ¿no?

—Claro. Otro de los problemas que he visto es la falta de disciplina. No es lo mismo decir “quiero escribir”, sentir el deseo de escribir, que tener la obligación de hacerlo. Todo mundo cree que quiere escribir un libro, pero cuando le hablas de sentarse a escribir un libro, ahí está la parte más difícil. En ese momento, todo mundo siempre tiene algo que hacer: ir por su hija a la escuela, esperar a que regrese la luz, atender al amigo que llegó a casa sin anunciarse y ponerse a platicar con él, curarse la cruda… Siempre hay más pretextos para no escribir que para escribir. La falta de disciplina para cualquier actividad nos jode mucho a los mexicanos. Y para alguien que desea escribir un libro, todo es disciplina.

La velocidad de la vida

—¿Los talleres de Fábrica de Historias están pensados sólo para gente que desea aprender a escribir o también para aquellos que ya escriben y quieren mejorar lo que hacen?

—Una de las cosas que he notado gracias a los talleres es la falta de profesionalización de muchos escritores. A veces tomamos un taller hace 20 años y nunca más volvimos a hacerlo. Pero así como me pasó en los primeros talleres que tomé hace muchos años, gracias a Fábrica de Historias yo mismo me he enterado de nuevas voces. Porque si algo tiene la literatura es que es un ente vivo, muta. Si no estoy atento a lo actual, de seguro mi escritura va a terminar siendo como la de hace dos siglos, hablando en sonetos y todo garigoleado. Y a lo mejor eso puede frustrar a alguien en su deseo de ser escritor porque cuando manda su obra a varios concurso, nunca gana; o cuando lee su obra en público, todo el mundo se ríe. Me ha tocado estar en talleres en los que mis compañeros sólo leen a autores como Julio Verne, Alejandro Dumas, Emilio Salgari y todos esos. No hay nada de malo en ello, claro, el problema es que no salen de ahí. Estamos hablando de una literatura que se escribió uno o dos siglos atrás. A Víctor Hugo no lo vas a quitar del lugar en el que está, pero quizá la gente ahora anda buscando otro tipo de literatura. Si te fijas, cada vez son más cortos los libros. Pocas editoriales se animan a publicar mamotretos de cuatrocientas o quinientas páginas. Es porque lo obliga el precio del libro, pero también la velocidad de la vida.

—Y hablando de tiempo, velocidad y vida, Carlos, ¿es un buen negocio la literatura?

—Uno escribe, pero quién sabe cuándo paguen. Por ejemplo: digamos que me tardo un año escribiendo y puliendo una obra, la mando a un concurso en el que el premio es, no sé, de 60 mil pesos, lo gano y todo mundo dice: “¡Ah, qué padre, Carlos ya se llevó una buena lana”. ¡No! Todo eso se debe prorratear entre el tiempo que se le dedicó a la obra. Al final de cuentas, se trataría de un trabajo de apenas 5 mil pesos mensuales. Entonces ya no parece tan buen trabajo, ¿no? Un caso más: supongamos que aceptan mi nueva obra en una editorial y que duré un año y medio escribiéndola. Me va bien y me dan un anticipo de 50 mil pesos. Quizás alguien piense que tener un cheque por esa cantidad es mucho dinero, pero cuando divido lo obtenido entre los 18 mese que tardé en escribir el libro, el resultado no son ni tres mil pesos mensuales. Por eso entiendo que mucha gente no le dedica tiempo a su escritura: no va a tener ganancias. Si esa persona está casada o vive con alguien, su pareja seguro le pedirá, tarde o temprano, que deje de hacerse pendejo porque de eso no van a vivir. Escribir es un asunto de gusto. ¿Quieres escribir? ¡Órale! Que nadie te detenga. Busca las mejores herramientas: talleres, películas, vete de excursión y cuenta lo que viviste, emprende un viaje y toma nota de todo lo que observas y de lo que experimentas… Ahí están las historias. Dedícales tiempo. Encuentra el momento para sentarte a escribir. ¿Por qué cuando queremos echar una cascarita de futbol con los amigos buscamos tiempo? Lo mismo si nos gusta el cine: vamos al menos una vez a la semana. ¿Qué tal el tiempo para echarnos una cheve con los compas? Siempre hay chance, ¿no? Que sea lo mismo si te gusta escribir. Busca la manera, el pedacito de tiempo para hacerlo.

Para información pueden visitar la página oficial: Fábrica de Historias; también su cuenta de Facebook y Twitter.

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