Diego Armando Maradona (1960-2020). / Foto tomada de la Asociación del Futbol Argentino.

Diego Armando Maradona: vida, muerte, resurrección y algo más

Una despedida al dios de los pies pequeños…

No es fácil reaccionar ante una noticia de esta magnitud. Uno espera que se acabe el mundo (¿eso qué?); lo que uno no espera es que se vaya Diego Armando Maradona. El 10. Como apuntan desde la Asociación del Futbol Argentino: “Diseminó con rebeldía arte mágico en el barro, sobre el césped, descalzo y con botas de oro. Bailarín de complejas danzas nutridas con elegancia, desafió campos minados de patadas rabiosas que buscaban contagiar su esencia atrevida…, y en realidad no hicieron más que potenciarla. Llanto empapado de humildad que se convirtió en grito y cruzó fronteras, océanos y el mundo”. En efecto: se ha ido Maradona. El hombre con todos los defectos posibles. El jugador mágico y (nunca mejor dicho) extraordinario. Mario Benedetti sentenció: “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios”. Eduardo Galeano escribió: Maradona “fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses”. Como homenaje hemos recuperado este texto del escritor mexicano Juan Villoro, cuya soltura y gambetas literarias son de todos conocidas…

Publicado originalmente en Salida de Emergencia en noviembre de 2020.


1. Las opiniones de un pie izquierdo

El domingo 8 de octubre de 2000 la camiseta número 10 fue retirada para siempre de la alineación del Nápoles. Otro episodio en la ópera que Diego Armando Maradona representó al borde del Vesubio. Cuando el dios de los pies pequeños llegó al equipo, en 1984, el Nápoles se había salvado del descenso por un punto. Los méritos deportivos del club eran escasos, pero tenía un público de taquicardia. En un acto de 15 minutos, el argentino fue recibido por 80 mil feligreses en el Estadio San Paolo y sucumbió a su segunda pasión pública, el llanto inconsolable. La verdad sea dicha, el redentor no estaba en mejor estado que su equipo. Venía de una larga hepatitis, una fractura marca Goikoetxea, el fracaso en el Mundial de España 82, largas disputas con la directiva del Barcelona y el recién adquirido vicio de la cocaína. A los 23 años podía convertirse en un jubilado precoz.

Inyectado por médicos sin escrúpulos, dispuesto a viajar 20 mil kilómetros para jugar un amistoso, Maradona se había consumido a un ritmo de cuatro partidos por semana, en medio de una verbena de reporteros y fotógrafos.

En 1984, el bebé nacido en el Hospital Eva Perón refrendaba la capacidad argentina para producir mitos melodramáticos. Nápoles era su Pompeya posible, un lujoso cementerio con vista al mar de la leyenda. Sin embargo, en su misma precariedad, el club celeste le brindaría el combustible de entusiasmo y rencor para crear “un equipo desde abajo y contra todos”, y cumplir la máxima tarea del Hércules deportivo: el regreso contra los pronósticos.

En su primer partido en la Italia del norte, Maradona conoció el racismo con que se trataba a los napolitanos. Una pancarta decía: “Bienvenidos a Italia: lávense los pies”. El niño de Villa Fiorito había caído en la sede de los italianos pobres que décadas antes buscaron refugio en las barriadas argentinas. Decidió poner su sentimentalismo cum laude y su pie izquierdo al servicio de San Gennaro, patrono de la ciudad. Los resultados desafiaron toda lógica: el equipo que en los excelsos vestuarios de Milán era visto como una horda africana, empezó a ganar partidos.

El futbol es, entre otras maravillas, un gran disparate físico. Maradona mide 1,62. En sus tiempos de jugador dormía hasta las once, corría sin ganas y digería con calma chicha (una ración de más en el espagueti del sábado se le notaba en el juego del domingo). Sin embargo, una tensión extraña le recorría el cuerpo. Aunque se vistiera de frac, parecía a punto de matar un balón con el pecho. Fue el mayor artista del capricho que ha conocido el futbol, el más dramático y el que más ha influido en su equipo. Ni siquiera Pelé ejerció un liderazgo tan unánime. En el Mundial de 1986, Diego logró hacernos creer que cualquier selección hubiera sido campeona con él en punta. Durante la Eurocopa 2000, Platini comparó al 10 argentino con el nuevo monarca del futbol: “Zidane hace con la pelota lo que Diego hacía con una naranja”.

Maradona llevó al Nápoles a su primer scudetto en 60 años, en una liga de formidable rudeza, y aceptó ser el hombre más públicamente pateado del siglo XX. La Aldea Global atestiguó sus lances en el circo romano. De las brumosas estepas de Europa oriental y las insoladas planicies del leopardo llegaron legionarios dispuestos a romperle los tobillos. El artífice argentino jugó según su peculiar psicología: como Novato del Año, con una ansiedad primaria por ganarse el puesto. Sin la pelota, Diego se siente más solo que Adán el Día de las Madres. Nunca dejó de ser el adolescente al que Menotti tuvo que hacerle el nudo de la corbata para que recibiera el trofeo de mejor jugador en el Mundial Juvenil de Tokio, en 1979.

Nápoles se entregó sin miramientos al salvador extranjero. El bel canto adoptó arias en su honor, cada tavola calda incluyó en su menú la “Pizza Maradona” y los nombres de los próceres fueron borrados de las calles para honrar con redundancia al nuevo héroe: la Via Maradona desembocaba en la Piazza Maradona. En 1990 Argentina eliminó a Italia del Mundial, nada menos que en el Estadio San Paolo. El drama rebasó a los cronistas de la Gazzetta dello Sport y parecía reclamar un libreto de Puccini. El Espartaco del sur luchaba contra las huestes de la Roma imperial. En Nápoles, Argentina parecía una Italia más genuina. La ópera se resolvió en penales. Cuando Maradona se dispuso a tirar el suyo, los napolitanos no pudieron silbarle; soportaron el ultraje en silencio: la pelota rodó, lenta, perfecta, inalcanzable. Los napolitanos aplaudieron, con lágrimas en los ojos, en franco suicidio emocional.

“Dicen que yo hablo de todo, y es cierto”

 El 8 de octubre del año 2000 la camiseta 10 del Nápoles se convirtió en una forma de la ausencia y Maradona lloró vía satélite para refrendar su condición de dios jodido. Por esos días salió a la venta su excepcional libro de memorias, Yo soy el Diego (…de la gente). El título, de un populismo sensiblero capaz de ruborizar a la llorosa actriz Libertad Lamarque, costó un millón de dólares. Leonardo Tarifeño afirmó con acierto que Maradona se convirtió en el autor argentino mejor pagado por no escribir un libro. Su autobiografía en primera persona fue trabajada por dos periodistas curtidos en las canchas, Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo. A ellos se debe el logro esencial de recrear la voz auténtica y arrebatada que el crack es incapaz de darse por escrito. De modo previsible, el libro ofrece un extenso convoy de narcisismo. En un negocio de exhibicionistas, Diego nunca ocultó su vanidad y bautizó al puño con que anotó contra Inglaterra como “la mano de Dios”. Lo decisivo, en este caso, es que la expedición a un ego colosal va acompañada de una franqueza que vulnera y muchas veces agravia al autor.

Para Maradona, las lágrimas son un signo de puntuación y el llanto sin freno una forma de separar capítulos; lee su vida como una letra de tango y no tiene empacho en inculparse. Habla de los coches que le regalan y describe cómo rechazó un Mercedes de museo porque le decepcionó que fuera automático. Su cursilería y su mal gusto servirían para decorar un casino en Las Vegas; sin embargo, incluso alguien de franciscana austeridad puede sentir empatía ante el pueril entusiasmo con que Diego festeja un regalo de su esposa: un calzón de Versace que le daría envidia al narcotraficante más rococó. Incapaz de argumentar en línea recta, saca conclusiones de ingenua sinrazón: “prefiero ser drogadicto que un mal amigo”, afirma, como si el afecto sólo prosperara dentro de un cártel.

 Derrotado por su fama, adicto a la prensa que lo malinterpreta, el futbolista que se confiesa en Yo soy el Diego… ve sus rabietas como una disidencia. Casi siempre, se trata de arrebatos dignos del rocanrolero que tira una televisión por la ventana de su suite. Maradona detesta a los directivos con los que luego se congracia, repudia a la selección por “dignidad” y regresa a ella después de descansar unos días pescando tiburones, arremete contra los colegas que desean controlar al equipo y aplaude que la directiva del Nápoles contrate a todos los jugadores que él pide. Sus críticas certeras son de alcance restringido: João Havelange no merecía un sitio en las canchas porque se trata de un jugador de waterpolo convertido en político; la FIFA no debería permitir que once hombres con diarrea jueguen en el mediodía de México, a 2,200 metros de altura y a “la hora de los ravioles”. Maradona tiene razón en lo que compete a los abusos sufridos por los jugadores, pero fracasa al postularse como un libertador, un Tupac Amaru de pantalón corto.

Durante años, los medios han brindado un foro desmedido a las impulsivas declaraciones del futbolista. Jorge Valdano resumió la situación mejor que nadie: se escucha a Maradona como si también opinara con el pie izquierdo. En 2002, el Pelusa anunció que pensaba conducir un show de televisión “al estilo David Letterman”. Luego de dictar cátedra en la cancha quería opinar con la zurda fuera de ella.

Maradona jamás estará bajo sospecha de ser congruente, pero sus confesiones en Yo soy el Diego… se leen como una sostenida forma de la pasión. Qué desleído luce, en comparación, un reportaje más serio y documentado como La mano de Dios, de Jimmy Burns, que hurga en la ropa sucia de su protagonista, lo vincula con la camorra napolitana y las interminables piernas de la modelo Heather Parisi, busca hijos ilegítimos, explora las patibularias adicciones del rey bufo de Nápoles. En forma inevitable, Burns deja numerosos cabos sueltos. No es por esto que su escrutinio resulta inferior a las fragmentarias infidencias de Yo soy el Diego…, sino porque carece del tono exacto con que Maradona acepta haberla cagado. Cuesta trabajo imaginar a otra laureada figura del deporte escribiendo acerca de sus vistosos errores y los hijos de puta que detesta con honestidad.

Pero la mente del chico de Villa Fiorito nunca ofrece una sola faceta. Las magníficas recriminaciones con que se humaniza contrastan con la mala imitación que hace del “futbolista consciente”, al estilo Eric Cantona. Con excesivo énfasis, trata de darle un tono político a su lucha por sobrevivir. Sus confusos ídolos cívicos son Fidel Castro, Carlos Saúl Menem y el Che Guevara que lleva tatuado en el brazo. En 2001 concedió una extensa entrevista al italiano Gianni Mina desde su retiro médico de Cuba. En un itañol lastrado por el encierro y las medicinas, comparó a Celia Cruz con un orangután por oponerse al gobierno de la isla y dijo que la historia de América latina estaba mal contada. Se dio cuenta de esto cuando rentó un jet para cruzar Los Andes y pensó que San Martín no podía haber hecho la misma travesía a pie, según aseguraba la leyenda. El hombre que necesita un jet privado para contradecir la historia oficial difícilmente puede ser calificado de izquierdista, y sin embargo en Diego hay una faceta rebelde, anárquica, que lo aparta de los divos y lo acerca a la gente. El Pelusa es un guevarista tribal. Colóquenlo en un chalet de lujo y parecerá que está ahí de campamento.

Tal vez porque envidian demasiado a los jugadores, los directivos de la FIFA no pierden oportunidad de meter la pata. Al finalizar el siglo XX hicieron una encuesta sobre el mejor futbolista de la era, algo tan disparatado como que la ONU proponga el hit-parade de sus países favoritos. Pelé fue seleccionado por los expertos y Maradona por la comunidad de Internet. Diego gozó su triunfo: las infanterías lo eligieron en contra de los generales. Edson Arantes quedaba como el ídolo dócil, manipulado por el sistema, incapaz de levantar la voz.

Aunque las estadísticas de Pelé son superiores, ningún jugador ha tenido un comando del equipo tan completo como Maradona. No es descabellado suponer que Brasil habría obtenido los mismos títulos sin su emblemático número 10; en cambio, sería un delirio imaginar a Argentina campeona sin Diego en México ‘86. Su jerarquía fue absoluta, sobre todo como líder a contrapelo, de una escuadra en la que nadie confía (el equipo Nápoles o la Argentina del impopular Bilardo). Con el viento a favor, resultó menos eficaz. Obligado a triunfar (en el Barcelona o en España ’82, cuando Argentina era la campeona vigente), no sorteó peligros. Para ganar, necesitaba ser nutrido por la paranoia y la desconfianza. En el Mundial de 1986, el entrenador Carlos Salvador Bilardo fue para él como el Iago de Shakespeare: susurró en su oído intrigas suficientes para hacerlo actuar con furia creativa.

Maradona tenía el sello del monstruo. Le bastaba recibir un pase de trámite en media cancha para resolver el partido. Quizás este poderío le cobró una peculiar cuota psicológica. Así como los que juegan de extremos izquierdos viven un poco al margen del mundo y los porteros se acostumbran a tomar decisiones en soledad, con reglas que sólo se aplican a ellos, el líder total no concibe un problema que se resista a sus regates. Diego creó un mundo a semejanza de sus deseos, con tal plenitud que se desentendió de la realidad, esa bruma sin magia que circunda los estadios.

En su combate con el otro gran 10, a Maradona le gusta citar a Rivelino, el extremo de fábula que una vez le dijo a Pelé: “Dime la verdad, te hubiera gustado ser zurdo, ¿no?”. Para los amantes del capricho, el virtuosismo del pie izquierdo es una moral.

¿Hay una escena capaz de resumir la accidentada carrera del gladiador con cuerpo de carnicero? Puestos a elegir, escojo el rugido con que encaró una cámara en Estados Unidos 94. Diego volvía al Mundial después de las turbulencias de Italia 90, los “ravioles” con cocaína que le encontraron en Buenos Aires, las muchas pruebas de que sus pies eran del barro común de Villa Fiorito. Sus principales lances ya ocurrían fuera de la cancha y su cuerpo anunciaba el retiro. Sin embargo, en el partido contra Grecia tomó el balón como en los tiempos en que sólo chutaba por gusto y lo mandó al rincón de la portería. Después sería escogido (posiblemente a propósito) para el examen antidoping y daría positivo por efedrina, medicamento que ayuda a respirar pero difícilmente a chutar con efecto. Lo vimos salir sonriente del campo, en compañía de una enfermera rubia. El escritor argentino Juan Sasturain recordó entonces un terrible adagio de Raymond Chandler en El largo adiós: “todas las rubias tienen un no sé qué”. Ese día, bajo el sol de Boston, la enfermera llevó a un Maradona feliz a su cadalso.

A partir de entonces, su caída sería definitiva y sólo le quedaría la compensatoria posteridad de los escándalos noticiosos: sus declaraciones locas, sus tratamientos contra la droga, su accidente automovilístico en Cuba, su imagen terrible y cautivadora: un gordo con el pelo naranja y aretes en las axilas.

Pero detengamos su leyenda en ese último golazo. Después de cruzar al portero, Diego corrió para celebrar el tanto; de pronto, vio una cámara de televisión, fue directamente ahí y rugió ante el lente como una bestia herida. El descastado, el león en la mira de la FIFA, había regresado a sus dominios. La víctima de la mucha admiración buscaba una venganza.

No la tuvo.

Imagen del libro Todo Diego es político (Síncopa Editora).

2. Morir para convencer

En 2004, la revista colombiana Soho se propuso anticipar muertes ilustres. Todos los que hemos trabajado en el periodismo conocemos el ingrato trabajo de prever los obituarios de los célebres que pueden morir en cualquier momento.

Cuando trabajaba en La Jornada Semanal, teníamos un cajón al que le decíamos “La enfriadora” y donde puntualmente incluíamos a quienes adquirían méritos suficientes para que su deceso no fuera una sorpresa. En un periódico, pocas cosas te ponen en evidencia de manera tan flagrante como la incapacidad de explicar quién era el muerto. Aunque ingrata, esta tarea crematística es esencial al arte de informar a tiempo. Antonio Tabucchi encontró en el oficio de anticipar fallecimientos el melancólico carácter del protagonista de Sostiene Pereira.

Acepté el encargo de Soho porque me daba oportunidad de explicar de una vez por todas la supremacía de Maradona, sin necesidad de que él tuviera que morir para convencerme, pero aprovechando el imaginario dramatismo de su desaparición para sortear el argumento, tantas de veces repetido, de que comparar a Alfredo Di Stéfano con Pelé y a éste con Maradona es como comparar peras con manzanas y sandías.

Si Onetti descubrió que una persona puede llevar varias vidas breves, Maradona encontró que podía sobreponerse a varias muertes breves. En este momentáneo eclipse, un hombre destinado a la cambiante supervivencia es captado con la fijeza de la ficción necrológica.

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Tres noticias han cambiado el curso del planeta: la privatización de la Muralla China, el terremoto que aniquiló México D. F. y la muerte de Diego Armando Maradona. Escribo estas notas con la culpa y el dolor del sobreviviente. La única construcción discernible desde la luna se ha convertido en un parque temático, la ciudad donde nací es un laberinto recorrido por perros callejeros y el futbolista más grande de todos los tiempos ha hecho su última jugada.

El acuerdo de suspender por un domingo las ligas del mundo rindió tributo a la grandeza de Maradona. La muerte del zurdo ha traído un extraño consenso póstumo. Para la gente del Boca Juniors, el Pelusa era una deidad con el 10 en la espalda: MARAD10S. Así lo decían varias canciones sentimentales y así lo decía el fervor de la barra brava, pero no se tomaba en serio la posibilidad de que alguien tan rijoso representara a la tribu entera.

Franz Beckenbauer salió de un almuerzo con el presidente de la FIFA y dijo por primera vez que nunca vio a un jugador como Maradona; lo mismo hizo Johan Cruyff al término de un partido de golf. Los argentinos que militan en la liga mexicana propusieron hacer un partido en beneficio de las víctimas del terremoto y para construir la Unidad Habitacional Maradona en el corazón de la ciudad devastada. Desde China llegó la noticia de que la Gran Muralla ostentará un crespón negro en señal de luto por el fallecimiento del crack argentino.

La verdad, nadie esperaba un consenso tan rápido en algo que se presta a tantas discusiones como el futbol. La memoria global de los aficionados, y las consecuentes ganas de discutir, llegaron con la televisión. Las viejas filmaciones hacen poca justicia a los titanes. Sabemos que Di Stéfano fue la Saeta Rubia y que al final de cada juego besaba la pelota con familiar cariño: “Gracias, vieja”. Los catalanes, a quien la historia ha dado memoria extensa para las tragedias, recuerdan que el jugador estaba destinado al Barça y terminó en el Real Madrid por las artimañas del gobierno. Sea como fuere, al pasar de Argentina a España, Di Stéfano se convirtió en inmodificable insignia del equipo merengue, al que aún apoya desde el palco. Aceptamos su leyenda como la de esos apellidos de vaga grandeza con los que se bautiza a una corriente marina, un coctel de ginebra o un auto de lujo.

El rey del futbol moderno tenía que ser otro, alguien globalizado por la televisión. Pelé fue el mejor de su tiempo y pudo ser visto en todas partes. Su récord no ha sido superado: tres Copas del Mundo, la primera de ellas conseguida a los 16 años. Una vez que fue bautizado como “el Rey”, se asumió la suposición monárquica de que no abdicaría ni sería sustituido por otro.

En su calidad de ídolo que aspira a ser institución, Edson Arantes supo jugar fuera de la cancha. Al enterarse de la muerte de Maradona, comentó: “Era mejor que yo”. La mayoría de los especialistas ha visto en estas palabras un gesto de grandeza que lo confirma como merecedor del cetro del futbol. Incluso hubo quien recordó, con Ortega y Gasset, que la aristocracia se define por la renuncia a los derechos y el deseo de asignarse obligaciones, y que sólo un Rey como Pelé podía ser tan generoso con un plebeyo.

La política no ha sido ajena a Edson Arantes. Como Ministro de Deportes, creó la Ley Pelé que faculta a los jugadores a fichar con quien quieran desde la adolescencia. Esta medida permite que el libre albedrío se lleve bien con la sociedad de mercado, y refleja el carácter del Rey.

En un deporte de gente caprichosa, las excentricidades de Pelé no pasan de un obsesivo gusto por las rubias o alardes como llegar al Mundial de Alemania ‘74 vestido de rojo, azul y blanco porque estaba contratado por la Pepsi. Su vida tiene una cadencia fácil de silbar. El niño que jugaba de noche en los arenales sirviéndose de la luna como único reflector fue adoptado por el Santos y luego por la selección. Entre las muchas jugadas que inventó durante su reinado, ninguna rivaliza con su forma de celebrar los goles, un salto elástico seguido de un latigazo al aire, demostración de que nada es tan elegante como el triunfo.

La admiración por el brasileño fue tan generalizada que su gol número mil se siguió en televisión como el alunizaje de Armstrong. Incluso su paso por el futbol de Estados Unidos estuvo revestido de categoría. Militó en el Cosmos con otro lujoso prejubilado, Franz Beckenbauer. Cuando llegó la compleja hora de decir adiós, lo hizo sin perder el compás de samba que es su biografía. Fue a los barrios pobres cargado de juguetes, jugó futbol de playa con los niños, ayudó a la Unicef. Como comentarista de televisión, reforzó su aura de icono al que le sobran buenas intenciones: sólo vio buenos jugadores.

La muerte del 10 argentino ha permitido revisar la hagiografía. Como Pelé, Maradona emergió de un barrio miserable y alcanzó la cima de su oficio. Fue campeón juvenil en 1979, campeón del mundo en 1986 y subcampeón en 1990. Pero su estrella tuvo un brillo inconstante. Menotti lo dejó fuera de la selección de Argentina ‘78 y esto le impidió coronarse desde muy joven; llegó a España ‘82 en calidad de gran promesa, con la mejor alineación argentina de la historia, y fracasó en la justa, en parte por la calidad de sus rivales (Brasil e Italia) y en parte por el estado de ánimo de quienes representaban al país que ese año había ido a la guerra en Las Malvinas. Su último Mundial también resultó conflictivo. Se despidió tomado de la mano de la enfermera que lo llevaba a los vestuarios para el examen antidoping. Una sonrisa de inocencia le cruzaba el rostro. Dio positivo por tomar un potente remedio contra el catarro, sin que nadie pudiera culparlo demasiado, pero sin que se reestableciera su reputación.

Los vicios privados son apetitosos en un mundo donde el mal atisbado por sorpresa siempre es rentable. Maradona había metido goles de locura, pero cierta prensa prefería sus fotos vestido de mujer en una fiesta con Careca o mostrando la mirada brillosa de quien ha desayunado algo más explosivo que un cereal. El divo era blanco fácil porque ignoraba la noción de límite. No hubo partido en el que no se entregara con la avidez del debutante ni placer que le gustara “un poco”. En 1984, cuando llegó a Nápoles y probó el spaghetti al aglio, olio e peperoncino, supo que engordaría con esa irrenunciable delicia. Poco antes había contraído la más peligrosa de sus adicciones. En Barcelona se enfrentó al exigente y frío entorno catalán. Se consoló con un producto de gran consumo regional que años después protagonizaría las canciones del grupo Estopa: la cocaína. Alguien que sabe que un balón existe para golpearlo al menos cien veces sin que caiga al suelo, no iba a ser ahorrativo en materia de gramos.

El mayor desafío psicológico del futbolista es la distancia que separa la cancha del resto del mundo. Dicen que puteó mucho al saber que privatizarían la Muralla China. Lo que a él le faltaron fueron diques, formas de separar un entorno de otro.

Diego fue de una humildad ejemplar en la isla de césped; fuera de ella, estalló como una dramática supernova. Ningún héroe deportivo ha jurado tantas cosas por sus hijas. Figura histriónica, encontró su teatro ideal en Nápoles. No jugó para la Italia de los diseñadores de boutique sino para los fogoneros que encontraron una forma redonda y barata de combatir el hambre con las pizzas.

Estuve en el estadio San Paolo cuando Argentina eliminó a Italia del Mundial de 1990. Con el corazón dividido, los napolitanos apoyaron a su selección hasta que llegaron los penales y tocó el turno de Maradona. Un silencio sacramental acompañó el tiro maestro del zurdo. Ningún gladiador ha convencido de ese modo a su enemigo.

Al término del partido fui a cenar con un argentino con el que solía compartir los partidos. Él llevaba muchos años lejos de la patria, se había instalado con éxito en Israel; no es exagerado decir que sólo se sentía argentino cuando veía futbol. Por otra parte, el juego en sí le gustaba muy poco, lo cual contribuía a enrarecer su carácter.

Argentina fue una selección gitana en Italia ‘90. Nadie esperaba que llegara a la final. Cada vez que la albiceleste parecía a punto de ser eliminada, mi amigo hacía reservaciones para irse a las islas Griegas, que luego debía cancelar. Pasó la mitad del campeonato en la agencia de viajes.

Después del más sorprendente triunfo de Argentina fuimos a cenar. Sólo conseguimos sitio en un restaurante chino. Todos los comensales éramos extranjeros. Los napolitanos habían preferido volver a casa a rumiar la discreta lasaña del desconsuelo. El ánimo festivo se contagió de mesa en mesa y compartimos esos vinos dulces que son alemanes pero sólo venden los chinos. En medio de la algarabía, uno de esos hombres anónimos que pasan la vida preparando chop suey, sin pasaporte ni otro documento de identidad, salió de la cocina portando una inmensa bandera italiana y gritó en un esperanto que se volvió comprensible por el entusiasmo: “¡Viva Maradona! ¡Maradona es internacional!” ¿Por qué enarbolaba la bandera de Italia? Seguramente porque fue la única que encontró y su exaltación necesitaba una bandera. Además, su discurso internacionalista sugería que incluso Italia debía apoyar a alguien tan internacional como Maradona. El 10 argentino articuló los más raros deseos de pertenencia, incluyendo a un chino que trabajaba de cocinero, el oficio más común de la gente que no existe en los papeles.

En lo que toca a los argentinos, no está en duda su parcialidad por Maradona. Lo raro es el rango que alcanzó, incluso para el desaforado estándar de las pasiones porteñas. “Nadie me ha dado tanta felicidad en mi vida”, me dijo un taxista de Buenos Aires, aquejado de diegodependencia.

No le faltó cariño a Maradona, y en cierta forma, eso contribuyó a su caída. El astro se desentendió de la lógica formal y condujo su vida al tercer acto de la ópera. El primero había sido el ascenso desde la miseria; el segundo, su gloria atribulada. Luego vino el periodo del desplome y la prensa tabloide. El jubilado gordo golpeaba fotógrafos, hacía estridentes declaraciones políticas, salía de la clínica de desintoxicación para ingresar al pabellón de la sobredosis. Tal vez en la inmolación pública encontró una desesperada manera de prolongar la furia sacrificial que lo llevó a la cumbre.

Su retiro se asemejaba al de O. J. Simpson, el hombre que aprendió a correr de la pobreza y transformó su paranoia en arte de la fuga. Con los Bills de Buffalo, Simpson devoró yardas récord; ya retirado, hizo anuncios de televisión en los que corría por aeropuertos para atrapar un vuelo esquivo. Algo en su sangre lo impulsaba a seguir huyendo. Su esposa fue apuñalada y él escapó a bordo de una camioneta Bronco. La televisión lo siguió como lo había hecho en los estadios hasta que finalmente se entregó. Su habilidad de Houdini continuó en los tribunales. El guante del asesino le quedó de maravilla, pero el ídolo escapó a la justicia.

Más sincera y trágica fue la última opción de Maradona. Cuando la FIFA lo retiró del Mundial, dijo: “Me cortaron las piernas”. El héroe murió por partes. En su retiro de Cuba podía decir como el personaje de la Gradiva de Jensen: “Hace mucho que me acostumbré a estar muerto”. Incapaz de abrazar las posteridades obvias del futbol (comentarista, entrenador o directivo), ni siquiera aspiró a esa resignada forma del más allá deportivo: abrir un restaurante argentino.

Diego demolió su reputación como un raro gesto de pureza. Sólo se puede hablar bien de él en la cancha. ¿No hay algo casi religioso en este esencialismo? Maradona dilapidó lo que el mundo le daba para que sólo quedara la razón por la que se lo había dado.

El futbol ha tenido un rey, Pelé. Pero sólo ha tenido a un esclavo liberador. El egresado de Villa Fiorito estuvo lejos de las jerarquías nobiliarias. El ultraje lo alimentó tanto como la miseria del comienzo. En un juego de conjunto, llevó su calidad individual a un límite superior: el momento magnético en que los otros diez, al saberse a su lado, también se creen excepcionales.

A veces, una pérdida produce el efecto de revelar lo que siempre había estado allí pero sólo podía potenciarse en ausencia. El mundo pasa por momentos que replantean lo que se daba por sabido. El terremoto de la Ciudad de México pudo haber cobrado menos víctimas. Es posible que también hubiera podido evitarse la privatización de la Gran Muralla y sus nuevos adornos de neón. Sólo cuando se abren, las heridas entregan sus lecciones.

Diego Armando Maradona ha muerto. En el futbol, sólo una vez un hombre fue todos los hombres.

Maradona por Patrick O’Connor.

3. La noche en que Diego salvó a Maradona

Cuando ya nadie lo esperaba, Maradona puso en práctica el recurso favorito de los dioses: la resurrección. En 2004 parecía un aspirante a luchador de sumo, tenía la mirada errática y hacía declaraciones de indudable franqueza que no siempre se relacionaban con la realidad.

El 15 de agosto de 2005 el ídolo que había intentado todo para destruirse apareció en el mayor santuario de la cultura de masas, la televisión, con la implacable autoridad que difundió en la cancha. La primera sorpresa fue verlo en estupenda forma física. Su metabolismo nunca ha mostrado cualidades olímpicas. Diego empieza a engordar desde que huele un plato de macarrones, pero después de una operación de by-pass estomacal en Cartagena de Indias, Colombia, lucía como en sus tiempos de capitán de la selección.

Con todo, lo más relevante no fue que apareciera razonablemente delgado, sino que su mirada volviera a enfocar con la precisión de quien busca el ángulo de la portería. En la primera emisión del carnaval televisivo La noche del 10, mostró una concentración tan extrema que logró la proeza de no llorar.

El escenario del programa, construido a la medida de sus pasiones, era una mezcla de sambódromo, cancha de futbol-playa, feria de coches deportivos, concurso de belleza y comedia musical. Amigo de la desmesura, el 10 argentino condujo con gran naturalidad un folletín de excesos. El episodio definitivo de su primer programa fue la comparecencia del Rey Pelé.

A la historia le gustan las paradojas: el jugador rebelde se convirtió en anfitrión del jugador diplomático. Después de lanzarse dardos en los medios, los dos grandes se reunieron en La noche del 10. Para muchos, era lo más cerca que el futbol podía estar del encuentro entre San Martín y Bolívar para decidir el liderazgo de América latina. Pero las metáforas históricas quedaron en los vestuarios. Todo fue más normal de lo previsto. Entre otras cosas, Pelé y Diego mostraron con desparpajo que son apasionados malos cantantes en busca de alivio para sus problemas.

En 2005 Pelé pasaba por un momento difícil. Su hijo había sido arrestado por sus vínculos con el mundo de la droga. Lo primero que le dijo a su antiguo rival fue: “Eres un ejemplo”. No se refería a los goles de Diego que circulan en la mediósfera, sino a la forma en que venció a su enemigo interior. “Esto no es un milagro”, dijo el Pelusa en tono ecuánime mientras el público lloraba ante el milagro.

Además de conducir La noche del 10, Diego se ocupó en 2005 de colaborar con Emir Kusturica en una película sobre su vida. A fines del año, se estrenó Amando a Maradona, documental de Javier Vázquez que ofrece impecable testimonio de los delirios de pasión que ha suscitado el zurdo de Villa Fiorito, desde la Iglesia Maradoniana, con sede en Rosario y que cuenta con decenas de miles de feligreses, hasta el Río Maradona, nombrado por unos jóvenes exploradores en el sur de Argentina, pasando por los muchos tatuajes de quienes llevan al futbolista en la piel.

Pero también se registra la otra cara de la diegodependencia: el acoso de los medios, la falta de privacidad, la viciosa urgencia de exprimirle declaraciones cuando no quiere ni puede darlas.

El rasgo más notable de la película es que Maradona habla en el peor de sus momentos; es un monstruo inflado que vive en un Xanadú cubano. Como siempre, dice cosas de fascinante picardía (“de niño quería ser médico: ¡qué boludo!”), pero causa dolor verlo. Vázquez lo capta en un momento de deterioro: su verdadera vida sólo existe antes, en las jugadas de fábula que hizo, en los recuerdos de sus compañeros de infancia o de quienes tanto lo quisieron en Nápoles.

Por una extraña simbiosis, el antiguo futbolista se parecía cada vez más a la pelota de la que dependió su suerte. Cuán distinto al joven de mirada inquieta, un poco perdida, de las imágenes de archivo. Amando a Maradona se alimenta de pasado hasta la última escena en la que el divo de los pies chicos aparece bailando en un estudio de televisión, rodeado de humo, como si flotara sobre materia celeste. Después de años de demolición, su sola comparecencia se reviste del aire del milagro.

Como demuestra Santiago de la Vorágine en las hagiografías que recoge en La leyenda dorada, los episodios nimbados por la fe son a un tiempo sorprendentes y lógicos. La Iglesia Maradoniana estaba en condiciones de esperar por igual un martirio aniquilador o un inaudito salvamento. Desde la adolescencia, todo ha sido posible para Diego.

En una escena de Amando a Maradona le preguntan a uno de sus hermanos menores si se puede comparar con él. Con sabiduría infantil responde: “Mi hermano es un marciano”. El show, repleto de luces y humo y estruendo es la plataforma de aterrizaje del extraterrestre.

Pero el indeleble 10 de Argentina no se limitó a revivir a través de las cámaras: también se hizo cargo de la vicepresidencia de Boca Juniors, el club de sus amores.

En su debut como anfitrión televisivo, en agosto de 2005, confirmó la tela de la que están hechos los héroes populares y la importancia del regreso en la imaginación de la gente. Gran aficionado al futbol, Samuel Beckett escribió: “No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino”. Maradona se arruinó durante un tiempo suficiente para hacer válida esta sentencia. En España ‘82 Gentile lo pateó sin clemencia, mostrando lo irónicos que pueden ser los apellidos de los gladiadores. En sus años de retiro, Diego padeció un achique aún más férreo, como si el destino fuera entrenado por Helenio Herrera. Sin embargo, cuando la realidad lo acorralaba hacia la muerte o el ridículo, el capitán de Argentina recuperó la emoción de estar cercado.

Beckett rara vez erró una profecía. Una tarde, en un campo lluvioso, la fatalidad aplica su guadaña. No hay juego de vuelta. Diego se sometió a esa condena y la aceptó entre lágrimas y autoacusaciones que competían en dureza con las de Rousseau o San Agustín pero llevaban menos palabras: “la cagué”. Cuando el destino ya le rozaba los tobillos, inventó un regate y encontró un excepcional punto de fuga. El crack que burló a media docena de ingleses en el estadio Azteca, por una vez se burló a sí mismo.

Diego se refería a la borrasca de la droga en estos términos: “cuando estuve muerto”. Su programa de televisión es lo más cerca que la Aldea Global ha estado de ofrecer un regreso del más allá. La decadencia de Elvis, que en mucho se pareció a la de Diego, lo llevó a un final grotesco y propició el rumor compensatorio de que el Rey del Rock & Roll pervivía en calidad de fantasma. Maradona logró lo mismo sin la molestia de morirse. Ha vuelto del sitio del que no hay retorno.

Como los gustos de Diego se miden en la escala Taj-Mahal, en su programa la sensibilidad sería recargadísima o no sería. El 10 silenció a la orquesta para cantar un tango sobre un niño miserable que sueña con ser como él: “Mamita, mamita, ganaré dinero, seré un Maradona, un Bati, un Pelé”. En su nueva encarnación, Diego ¡quiso ser Maradona! El gran alarde sentimental de su regreso fue que lo colocó en el punto de partida. En esta fábula del comienzo, recuperó la inocencia primigenia. Otra vez niño, le pidió su autógrafo a Pelé. Luego lo invitó a que dominaran un balón.

Para el terrícola indiferente a las turbulencias de los estadios, puede significar poco que dos hombres de mediana edad cabeceen con precisión, sin dejar caer la pelota. Para el devoto de las canchas, es un raro espejismo. La pelota fue de la frente de Diego a la de Pelé como una comprobación de los prodigios frágiles y la contagiosa locura del futbol. ¿Qué tanto importa que dos hombres controlen una pelota hinchada de aire? En el inventario del mundo, sólo un objeto puede ser puesto en órbita con la cabeza. Mientras la Tierra rotaba sobre su eje, Pelé y Maradona dominaban su modelo a escala.

Sería insoportable que Aquiles hubiera leído La Ilíada y se paseara por el mundo recitando su autobombo: “Canta, oh musa, la cólera de Aquiles…”. Maradona no conoce el recato y suele referirse a Dios como su vocero de prensa. Pero la cagó durante tanto tiempo y padeció un calvario tan evidente que se ha convertido en otro para contar su historia.

A propósito de Diego, se preguntó Vázquez Montalbán: “Ha sido uno de los dioses del Olimpo, ¿a qué otro cargo puede aspirar?”.  La televisión, capaz de simular que sus fantasmas aparecen “en vivo”, trajo un singular rito de paso: Maradona como espectador de sí mismo. El ídolo inmerso en el delirio de la fama se trasladó al fin al lugar de sus aficionados.

El héroe fue rescatado por el niño.

4. ¿El suicidio de Dios?

En 2008, Diego Armando Maradona tomó la temeraria decisión de dirigir a la selección argentina. Un país contuvo el aliento ante lo que podía ser el descalabro de su favorito.

Puesto en entredicho por sus intoxicaciones, Maradona es el tónico que el futbol necesita para despertar. A diferencia de la mayoría de sus colegas, el antiguo capitán albiceleste no ha dejado de buscar retos ni problemas. No es casual que en 2010, una compañía de seguros médicos lo contratara para anunciarse como alguien que vive en función del riesgo, mientra otros velan por él.

Dotado de una resistencia física excepcional, Maradona sobrevivió a su dieta de excesos. Su temperamento adictivo lo llevó a probar numerosos modos de salir de escena. Todos ellos condujeron a inesperados regresos a la escena.

En noviembre de 2008 me reuní en las oficinas del periódico La Nación, de Buenos Aires, con Daniel Arcucci, coautor del libro Yo soy el Diego…de la gente. Después de años de seguir una vida con los altibajos de un electrocardiograma, Arcucci ve el destino del zurdo de este modo: “Diego se mueve por ciclos; cuando parece liquidado se recupera y vuelve a la cima. Esto siempre ha sido así. La primera vez que dijo que se iba del futbol fue ¡en 1977! Diego ha estado harto muchas veces. Lo que ha cambiado es que estos ciclos se han vuelto más breves. Antes pasaban años entre los éxitos y los fracasos, ahora los cambios son de un día para otro”. 

La esencia del superhéroe es su condición bipolar: en el desayuno mastica el rutinario cereal de Clark Kent; en la cena evita la kriptonita que no metaboliza Superman. Maradona ha sido un caso de bipolaridad extrema; la fascinación que ejerce se debe en buena medida a su condición de triunfador autodestructivo. Según advierte Arcucci, los años han intensificado la forma en que sube y baja. Lejos de los rigores del entrenamiento, depende por entero de su voluntad para evitar las tentaciones de una sociedad que promete placeres instantáneos a quienes cuentan con suficiente crédito.

A menos de dos años del Mundial de Sudáfrica, Diego disponía de un plazo adecuado para despertar sueños que no soportan la larga duración. Nombró asesor al pragmático Bilardo para que un relato fantástico adquiera dosis de realismo.

En noviembre de 2008, al conocerse la noticia de que el jugador dirigiría a la selección sin experiencia previa en el banquillo, la mayoría de los argentinos vio la aventura con recelo. La inexperiencia del jugador para entrenar, les preocupaba menos que el daño que el ídolo pudiera hacerse a sí mismo. Era como si la estatua de San Martín cabalgara de pronto rumbo a una batalla desigual

El Dios decidió jugar con fuego. Cuando se refiere a su colega en las alturas, lo llama “el Barbas” o “el verdadero Dios”. Preso en el circo de la idolatría, ha hecho hasta lo imposible por cometer las fallas que certifican su condición humana. Extrañamente, ha fracasado.

Sin otra credencial que su pasión por el juego que contribuyó a reinventar, Maradona aceptó someterse a la gloria o al ultraje. Quienes lo dieron por muerto, contemplaron en 2005 su resurrección en el cielo provisional de la televisión. Cuando parecía serenarse en calidad de abuelo y se disponía a enseñarle a chutar al bebé que su hija tuvo con el Kun Agüero, volvió a sentir la tentación de abismo.

Como el Inmortal, de Borges, Maradona ha buscado en vano el río cuyas aguas conceden la mortalidad. Los desastres no lo han acercado a la condición común de sus congéneres; por el contrario, han demostrado su imposibilidad de aniquilarse: cuando Dios dispara contra sí mismo tiene el pulso firme de los seres sobrenaturales, pero sus balas son de salva.

La eliminatoria rumbo a Sudáfrica no fue una inmolación pero se le pareció bastante. Argentina fue goleada en Bolivia y calificó in extremis ante Uruguay, bajo una lluvia que impedía ver el juego. Diego se emocionó como pocas veces en ese juego, y aprovechó para insultar a los periodistas que no creían en él: “que la sigan chupando”.

Poco a poco, comenzó a crearse una leyenda: la Argentina de 2010 se parecía mucho a la de 1986, que Maradona llevó al campeonato. El tema del doble, tan importante en la cultura argentina, se reforzaba con la presencia de Messi, que ya había calcado en la liga española el gol de Diego ante Inglaterra. Los paralelismos comenzaban a ser asombrosos: en 1986 nadie creía en un equipo en el que sobraban delanteros y que dependía de las inspiraciones del número 10; la fase eliminatoria fue mediocre y sólo en cuartos de final se consolidó la alineación que sería recordada como definitiva.

Si el genio de Lionel Messi explotaba, todo estaría bajo control. Maradona debutó en Sudáfrica 2010 con nuevo aspecto: una barba de pope de la iglesia ortodoxa, traje gris y un rosario en la mano para matar los nervios. Un sacerdote de hierática seriedad. No había llegado como Dios sino como transmisor de la fe. Al borde del campo, buscaba que su aura carismática se extendiera al nuevo mesías, cuyo apellido reforzaba esta posibilidad.

Para desgracia de Maradona, Messi sólo jugó muy bien, algo imperdonable en un genio. No fue un artillero imbatible. Al final de cada partido, Diego cedía al sentimentalismo, abrazando y besando a sus jugadores, como si añorara ser uno de ellos. Este cariño fue su máxima estrategia. ¿Es posible entrenar con abrazos? Si alguien podía lograr ese milagro sentimental, era Maradona.

Cada vez que el balón salía del campo y él lo tocaba con sus zapatos de calle, el público enloquecía, reconociendo el toque mágico en los pies de Diego.

En un documental de la BBC sobre la Filarmónica de Berlín, un músico narra un ensayo en el que la orquesta comenzó a tocar como guiada por un impulso mágico. ¿Qué había sucedido? En ese momento eran dirigidos por el primer violín, pero al fondo de la sala se había abierto una puerta. En el umbral se recortaba la silueta de Furtwängler. La sola presencia de un genio de la dirección había estimulado a la orquesta.

Maradona esperaba que algo similar sucediera en Sudáfrica. Su efigie era su mayor mérito. Tenía jugadores de suficiente calidad para que decidieran estrategias por sí mismos. Argentina ganó con autoridad sus cuatro primeros partidos. El magnetismo del Dios convertido en misionero parecía funcionar.

Pero en el futbol las ilusiones místicas suelen someterse a una reforma religiosa, es decir, a Alemania. Argentina perdió 0-4 con los industriosos y jóvenes teutones. La humillación puso al descubierto lo que se sabía de antemano: Diego carecía de capacidad táctica. Como siempre, la suerte y la repentina inspiración de los contrarios jugaron su parte en el partido, pero la impotencia de Argentina fue excesiva.

De cualquier forma, el rendimiento en el Mundial no fue un fracaso de estruendo. Esta situación de medianía dejó al entrenador en posibilidad de conservar su empleo. ¿Qué decidió el amigo del peligro? Repetir la apuesta, desde luego. Sin embargo, luego fue cesado. Aun así, no se descarta que regrese, con él nunca se puede hacer eso.

La historia de Diego Armando Maradona sigue siendo inagotable. Su presencia en el Mundial de 2014, en Brasil, enemigo jurado de los argentinos, puede entregar otro episodio digno de ser narrado. El Dios del futbol le reserva otra revelación a sus evangelistas.

Texto incluido en el libro Dios es redondo, de Juan Villoro. Lo reproducimos aquí con su autorización.

El Pelusa en una imagen de la Copa América (1987). / Foto: página web oficial.

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