Los demasiados libros de Gabriel Zaid.

Los 85 años de Gabriel Zaid

“Es cierto que el grueso de lo publicado en libro no se deja leer”

El 24 de enero de 1934, en Monterrey, nace Gabriel Zaid, sin duda el intelectual contemporáneo con mayor solvencia en su credibilidad en el país. Conociendo su abultada discreción, no queremos dejar pasar este aniversario recordando brevemente algunas de las numerosas aportaciones de este poeta y ensayista a la cultura mexicana.


Hace veinte años Gabriel Zaid corrigió y aumentó, en aquella ocasión en la editorial Océano, su libro Leer poesía, publicado por vez primera en Joaquín Mortiz en 1972, cuando el volumen constaba de un poco más de cien páginas: ¡veintisiete años después había aumentado a trescientos cuarenta y seis!, con lo que se evidencia el persistente interés del autor en proseguir y perfeccionar sus lecturas (las ediciones han continuado, desde luego, como la DeBolsillo en 2012, pero me quedo con la de Océano, la cual releo una y otra vez). Porque de eso se trata este tomo: de instar a leer y de compartir lo leído, de volver nuevamente a la escritura (no exclusivamente poética) de ciertos queridos creadores, de sopesar las viejas lecturas y hacerlas irremediablemente nuevas.

En este antológico examen, Zaid, de paso ―como un admirable profesor que descree de las académicas teorías para enaltecer el siempre lozano ejercicio de la práctica―, nos otorga algunas premisas básicas del buen lector a la vez que nos ofrece invaluables conocimientos acerca de la letra escrita, nos ilustra sobre conceptos literarios, boceta esquemas del quehacer intelectual y define con claridad trazos aparentemente ambiguos de la escritura… (finalmente él también es poeta: “Subir los remos y dejarse / llevar con los ojos cerrados. / Abrir los ojos y encontrarse / vivo: se repitió el milagro. // Anda, levántate y olvida / esta ribera misteriosa / donde has desembarcado”)… y crea lúcidas sentencias literarias, amén de esporádicas fabulillas, que a continuación transcribo.

1

“No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura es diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos” (página 13).

2

“Entre los cuentos y leyendas del folclor industrial hay la historia del que llevaba materiales en una carretilla, sospechosamente. Una y otra vez, los inspectores revisaban la documentación, y todo estaba en regla; revisaban los materiales para ver si no escondía otra cosa, y era inútil. El hombre se alejaba sonriendo, como triunfante de una travesura, y los inspectores se quedaban perplejos, derrotados en un juego que no entendían. Tardaron mucho en descubrir que se robaba las carretillas” (página 15).

3

“Quienes empiezan directamente por la prosa tienen la dificultad contraria para hacer un poema. No saben moverse rápidamente en espacios limitados. O, más bien dicho: su rapidez es ilusoria. Mientras que un poeta inexperto en la prosa siente que nunca va a acabar, un prosista inexperto en poesía se acaba rápidamente el espacio sin haber hecho nada” (página 35).

4

“Gran parte del encanto del aforismo como texto está en la contradicción entre su forma mínima y su ambición máxima” (página  53).

5

“Los aforistas hacen frases célebres antes de que lo sean. Por eso, en el intento de escribir aforismos hay algo imposible, que requiere un estado de gracia, de inspiración, de humor, de suerte”  (página 54).

6

“Como género literario, los grafitos pertenecen al folclor urbano. Su falta de urbanidad los hace más citadinos, como una trasgresión a la urbanidad vigente. Hay quienes remontan los grafitos al arte cavernario, lo cual es ofensivo para el hombre de las cavernas y despistado sobre el arte grafítico. No es de creerse que hacer rasgos, rasguñar, esgrafiar glifos, pictogramas, epígrafes, pinturas o dibujos lapidarios en una caverna, con intenciones decorativas, simbólicas, religiosas, tenga el sentido urbano y moderno que parece  esencial en los grafitos: la violencia, la profanación” (página 57).

7

“Quizá en ninguna época se ha llegado muy lejos en poesía sin un verdadero saber. Pero, hoy, el umbral mismo de la poesía parece negado tanto a quienes pretenden ya saber cómo se hace un poema, como a quienes pretenden ignorar cómo, finalmente, quedó hecho” (página  69).

8

“Quizá porque estamos sumergidos en el folclor (desde los gustos de cocina hasta los actos presidenciales), no prosperan en México los estudios folclóricos” (página 125).

9

“No hay poetas anónimos: hay poetas no reconocidos, autores que atropellamos en sus derechos autorales” (página 128).

10

“Es cierto que el grueso de lo publicado en la prensa no se deja leer. Pero también es cierto que el grueso de lo publicado en libro no se dejar leer” (página 304).

oOo

Dice Gabriel Zaid que los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos: “Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos. Su incultura, cuatro mil veces más que su cultura”.

Al libro no lo detiene nadie: ni la televisión, ni la Internet (incluso ahora mismo en Amazon cualquiera puede publicar un libro sin pasar por los ojos expertos de un correcto editor). “El lanzamiento y apogeo comercial de la televisión en Estados Unidos, medido en número de hogares con receptores, fue de 1947 a 1960, cuando pasó de dieciséis mil a cuarenta y cinco millones de aparatos, o sea prácticamente de cero al 88 por ciento de los hogares ―dice Zaid en su Demasiados libros (Océano, 1996)―. Todo estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el número de títulos publicados cada año, en el mismo periodo, subió a más del doble: de siete a quince mil. Mayor sorpresa: de 1960 a 1968 volvió a doblarse el número de títulos anuales, y en un periodo menor, mientras que el número de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más que a la saturación (98 por ciento)”.

Se suponía que la televisión iba a acabar con la cultura del libro. El propio Marshall McLuhan lo profetizó… erradamente. Zaid ofrece cifras irrefutables: “Se publicaron unos quinientos títulos en 1550, unos dos mil trescientos en 1650, unos once mil en 1750 y unos cincuenta mil en 1850. La bibliografía acumulada hasta 1550 fue de unos treinta y cinco mil, hasta 1650 de ciento cincuenta mil, hasta 1750 de setecientos mil, hasta 1850 de tres millones trescientos mil, hasta 1950 de dieciséis millones, hasta el año 2000 de cincuenta y dos millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos treinta y cinco mil títulos, en el último medio siglo (1950-2000), mil veces más: unos treinta y seis millones”.

La humanidad publica un libro cada medio minuto. Tan baratos son los libros, dice Zaid, “que es relativamente fácil la propiedad, y hasta la edición, privada. Millones de lectores pueden comprar una colección de libros clásicos, pero no una colección de cuadros equivalentes. Una persona de recursos modestos puede pagar la edición de un libro suyo, pero no el montaje de una ópera suya o la producción de una película suya. Tan baratos que se habla de difundirlos como si lo único deseable fuera la biblioteca personal. No se habla así de los museos. Por el contrario, se considera un lujo (a veces mal visto) que una persona tenga un museo personal. La televisión y la prensa son tan caras que ni siquiera pueden vivir del público: viven de los anunciantes. El cine, la prensa, la televisión, requieren públicos de cientos de miles para ser costeables. Los libros, sin anuncios, se pagan con unos cuantos miles de lectores. No se ha inventado nada más barato para dirigirse a tan poca gente”.

Pero aunque sean baratos, los libros tienen que venderse o, mejor, ser comprados por los lectores. Y ahí está una severa dificultad, aunada con la gana de destruir el papel por parte de los nuevos protagonistas de la tecnología, que auguran, ahora sí, la desaparición de los libros porque las nuevas generaciones, dicen, todo lo quieren leer en sus pantallas digitales.

Pero Gabriel Zaid sigue teniendo razón; hay demasiados libros, incluso por las redes sociales. Si se leen o no, es otro problema.

Que Zaid justo en este momento seguramente está tratando de dilucidar.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, enero de 2019.

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