Mayo, 2026
Hace apenas dos semanas se publicó el más reciente libro de Carlos Herrera de la Fuente: La noción de técnica en Marx / En torno al concepto de fuerzas productivas bajo el sello de Editorial Itaca. Se trata de un intento por explorar una noción central en el pensamiento de Marx que, desde hace ya mucho tiempo, es considerada anacrónica e inactual por los voceros del pensamiento posmoderno y la fe neoliberal. La causa de este desprecio deriva de la representación de Marx como un adorador decimonónico de la tecnología, incapaz de prever las catastróficas consecuencias ecológicas del desarrollo moderno de las fuerzas productivas. A contracorriente de esta apresurada concepción, el ensayo de Herrera de la Fuente reivindica las nociones de técnica y fuerzas productivas como dos puntos nodales en el pensamiento de Marx, en los cuales se encierra una crítica radical a las derivas destructivas de la modernidad capitalista. Con la finalidad de que nuestros lectores tengan la oportunidad de conocer el libro, reproducimos uno de sus pasajes con la autorización del autor. (Por cierto, el libro tendrá una primera presentación este miércoles 13 de mayo de 2026 en el Auditorio Ho Chi Minh de la Facultad de Economía de la UNAM, de las 12:00 a 14:00 horas.)
II. LA NOCIÓN DE TÉCNICA
La noción de técnica en un sentido transhistórico
Todo es técnica —dice Braudel—: el esfuerzo violento, pero también el esfuerzo paciente y monótono de los hombres sobre el mundo exterior; esas fuertes mutaciones que nos apresuramos a llamar revoluciones (la pólvora de cañón, la navegación de altura, la imprenta, los molinos de agua y viento, el primer maquinismo), pero también las lentas mejoras introducidas en los procedimientos y en las herramientas y esos innumerables gestos, desprovistos sin embargo de importancia innovadora: el marinero que tiende las jarcias, el minero que cava su galería, el campesino detrás de su arado, el herrero en su yunque… Todos esos gestos que son fruto de un saber acumulado.[1]
A primera vista, la técnica aparece como un inmenso arsenal de instrumentos, herramientas, medios de trabajo y maquinarias, pero también de procedimientos y gestos, de conocimientos acumulados que modulan la relación de los seres humanos con la naturaleza, sus movimientos y sus pausas, sus ires y venires, sus actos en conjunto. La técnica engloba el campo de lo instrumental y lo procedimental. No sólo se habla de objetos, sino también de conocimientos prácticos, de métodos para regular la acción con el mundo material, con el entorno que se niega a ser transformado. “No lo que se hace —apunta Marx—, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace, es lo que diferencia a las épocas económicas”.[2] La técnica define tanto el horizonte objetual, lo que comúnmente denominamos tecnología, como el saber práctico, el actuar organizado y regulado por el hábito: lo propiamente técnico.
La técnica y los elementos que la componen, considerados según el proceso inmediato de producción y consumo, aparecen como medios para adecuar la naturaleza a las necesidades más urgentes. El cuerpo humano y sus órganos vitales, las capacidades físicas de los sujetos, el entorno natural y comunitario, las herramientas, los utensilios, las facultades comunicativas se presentan como instrumentos para el mantenimiento y la continuación de la vida. La fuerza o la debilidad de un sujeto anuncian hasta qué punto es apto o no para realizar determinado trabajo, hasta qué punto sus capacidades devienen medios útiles para la praxis; los accidentes y las características de su entorno natural pueden facilitar o dificultar sus búsquedas, ampliar u obstaculizar sus planes productivos, etcétera. El mismo cuerpo aparece, desde este horizonte, como un medio de procreación, y los órganos sexuales, como instrumentos para la generación de nuevos miembros de la sociedad. El lenguaje y la conciencia son medios para establecer la comunicación y cooperar, lo cual, a su vez, es un medio para resolver tareas urgentes imposibles de asumir por un solo sujeto. En resumen, tanto las condiciones naturales como las condiciones sociales con las que se encuentran los sujetos al nacer —o, como las denomina Marx, las condiciones inorgánicas de la vida[3] (la facticidad de la que habla Sartre,[4] siguiendo en este punto a Heidegger)— son, para los sujetos sociales que las heredan, un conjunto más o menos ordenado de cosas, prácticas y conocimientos que les sirven de marco para adecuar el entorno material a sus necesidades y reproducir su vida. Se trata, por supuesto, de una relación limitada y precaria con la naturaleza y los seres humanos. Limitada, porque si bien no es instintiva o animal, ya que implica la conciencia, esto es, la capacidad de posicionarse frente al entorno y los otros de determinada manera (el desarrollo de una conciencia natural y gregaria), se ve siempre apremiada por la necesidad.
La conciencia es, naturalmente, en primer lugar, conciencia del entorno sensible inmediato y conciencia de los nexos limitados con otras personas y cosas fuera del individuo que se va volviendo consciente de sí mismo; es, simultáneamente, con-ciencia de la naturaleza que, en un principio, se le enfrenta al hombre como un poder totalmente extraño, omnipotente e in-expugnable, ante el que los hombres se comportan de un modo puramente animal, y que los intimida como si fueran ganado; es, así, una conciencia puramente animal de la naturaleza (religión natural).[…] Este comienzo es tan animal como la propia vida social en esta fase; es, simplemente, una conciencia de rebaño y, en este punto, el hombre sólo se distingue del carnero por cuanto su conciencia juega el rol del instinto, o bien su instinto es un instinto consciente.[5]
Desde este mirador, todo es un medio para la producción y principalmente para el consumo; la técnica es comprendida como medio de trabajo, como complejo instrumental que media la relación laboral entre el hombre y la naturaleza, y que constantemente se desgasta. Esto es importante. Reducida a pura instrumentalidad y objetualidad, la técnica sirve para un lapso determinado más allá del cual se torna obsoleta e inútil. El mismo cuerpo es valorado mientras sus capacidades físicas y mentales contribuyen a la producción social, pero apenas se desgastan los músculos y los sentidos deja de ser tomado en cuenta. La lógica de la instrumentalidad técnica, al considerarse el proceso de trabajo en su dimensión inmediata, es la del desgaste creciente de las condiciones materiales, naturales y sociales porque su fin es primordialmente el del consumo y su utilidad se acaba con él.
Pero como ya lo hemos señalado, el proceso de trabajo no se reduce a la esfera de los objetivos inmediatos: es, a la par que proceso de producción, proceso de reproducción social. La planeación de las jornadas laborales no sólo contempla la satisfacción inmediata de las necesidades, sino también la conservación, reparación, acumulación y crecimiento de los elementos objetivos y subjetivos del trabajo, tanto productivo como improductivo. Desde el comienzo se valoran las capacidades físicas, mentales e instrumentales con las que cuenta una comunidad para determinar las características de lo requerido (no sólo el qué, sino también el cómo) y las posibilidades efectivas de su consecución, al mismo tiempo que se estima el desgaste de los medios productivos y su necesaria reposición.

Si bien la técnica no puede dejar de ser considerada nunca como un medio para la consecución de un fin (para la continuidad adecuada de la producción y la reproducción social), su espectro se amplía.[6] Los procedimientos en el manejo y en el cuidado de las herramientas e instrumentos se vuelven relevantes; ahora se aprecia la utilización ágil de los instrumentos y los modos para retrasar su deterioro. La habilidad de los oficios heredados por la tradición ejerce un influjo sobresaliente en la consecución correcta del proceso, pero también los cálculos de desgaste y las labores de previsión para la sustitución de los medios de producción deteriorados. La relación con la naturaleza deja de aparecer como el enfrentamiento de dos fuerzas contrapuestas y se empieza a concebir como el reconocimiento de los tiempos y las estaciones del mundo material. Por ejemplo, en la agricultura, los tiempos de siembra y cosecha, de cultivo y barbecho, etcétera. Los sujetos ya no se valoran según sus capacidades disponibles al momento. Al reconocerse las enfermedades y las afecciones físicas, surgen técnicas para el cuidado y la reposición de los sujetos, se desarrolla el conocimiento médico, los procedimientos profilácticos, etcétera.
Mientras más diestros se vuelven los miembros de una comunidad en el uso de la técnica y mientras más se extiende el proceso de trabajo en las diversas áreas de la vida social, más impacta las distintas fases de la reproducción global: la planeación, la contabilidad, la administración, la producción, la distribución, el consumo, la reparación, la conservación, etcétera. Cada fase se especializa, se refina. En ello juega un papel fundamental la tradición, que regula y organiza la repetición productiva e improductiva característica de las sociedades sedentarias. Por encima de las prácticas laborales establecidas a partir del manejo de ciertas capacidades subjetivas y objetivas, surge una esfera de vinculación social que da identidad a los sujetos sociales y dota a su praxis de un nuevo sentido y significado. La praxis laboral deja de ser un movimiento de alcances limitados y se convierte en un fenómeno inteligible para aquéllos que la despliegan (porque aprenden a jugar un rol determinado en ella). El plano de la facticidad —en este momento, no sólo el conjunto de condiciones naturales y sociales, sino también de técnicas, reglas, procedimientos, concepciones, etcétera— crece y con ello se vislumbran otros fines.
Si en la reproducción simple la técnica es sobre todo medio de conservación y reparación (planeación, previsión y sustitución), en la reproducción ampliada es principalmente medio de acumulación y acrecentamiento. El número cuenta, y con el crecimiento de objetos y sujetos se incrementan las posibilidades de sobrevivencia de una comunidad, su resistencia al entorno físico y su asentamiento duradero.
Al ampliarse las estructuras productivas, reproductivas e improductivas básicas de una sociedad, y al extenderse y consolidarse las relaciones sociales que las regulan y las acompañan, se vuelve evidente algo que antes no lo era: la sociedad y los sujetos sociales que la conforman no sólo producen para vivir (o sobrevivir), sino que lo hacen como condición indispensable para afirmar sus capacidades colectivas e individuales, para adecuar y delimitar su campo de acción y disfrute, para impactar cada contexto de su existencia con una modalidad propia de vida, con una identidad siempre abierta a la reconfiguración. Así, la técnica, por su capacidad de transformar la naturaleza y la socialidad, por su contribución a la ampliación del espacio humano, de principio precario y limitado, deja de ser entendida exclusivamente como medio de transformación, como instrumento, y aparece como lo que es en esencia: potencia humana, fuerza productiva.
Para Marx, la fuerza productiva es, a la par, poder natural y poder social. Poder natural, porque es movimiento efectivo (actus) de un complejo de capacidades corporales —brazos, piernas, cabeza, sentidos— y mentales, que si bien, concebidas en sí mismas, son apenas condiciones y posibilidades de acción (potentia), una vez adecuadas a la consecución de un fin, despiertan como fuerzas activas de una voluntad que se enfrenta a la naturaleza mediándola, regulándola y, finalmente, transformándola, gracias a lo cual la fuerza productiva también se transforma. Las condiciones naturales de existencia humana son fuerzas productivas no por ser medios instrumentales o tecnología corporal, sino por ser expresión material de una voluntad que regula y se autorregula, que transforma y se autotransforma, es decir, que a la existencia del código natural agrega un código específicamente humano, el cual rebasa los límites impuestos por la materialidad y guía su relación con ella de tal forma que no constituya un obstáculo (sino tan sólo una condición) de su libre desarrollo. Por lo demás, esta capacidad es patrimonio de cada individuo, pero su despliegue pleno aparece como resultado de la cooperación social.
La fuerza productiva es, antes que nada, poder social, colaboración organizada de una serie de individuos que prestan sus facultades naturales al proceso de desarrollo de la existencia colectiva. No se trata de la suma de fuerzas individuales o aisladas, sino de un nuevo tipo de fuerza por la acción coordinada de varios sujetos dirigida hacia una actividad consensuada en un espacio determinado. Marx la denomina fuerza de masas.[7]
Cierto, la fuerza productiva del trabajo humano se define por circunstancias inmediatas y mediatas, “el nivel medio de destreza del trabajador, el grado de desarrollo de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas, la combinación social del proceso de producción, la extensión y la eficacia de los medios de producción y las condiciones naturales”,[8] pero el fundamento de toda fuerza productiva se halla en el modo de cooperación social de una colectividad determinada, en la forma en la que ésta decide organizar el proceso de trabajo; en su qué y en su cómo.
Como primera gran fuerza productiva se presenta la comunidad misma; de acuerdo con el tipo particular de condiciones de producción (p. ej. ganadería, agricultura) se desarrollan modos de producción particulares y fuerzas productivas particulares tanto subjetivas, que aparecen como propiedades de los individuos, como objetivas.[9]
De esta manera, para Marx, la fuerza productiva no es, en primer lugar, tecnología (instrumentos, herramientas, maquinaria), sino, de manera esencial, comunidad, capacidad organizada de una sociedad para dirigir su destino y potenciar sus facultades colectivas. Ahora bien, dicha fuerza productiva, al ser, en primera instancia, proceso de relación material con la naturaleza (proceso laboral), se manifiesta y particulariza como suma de capacidades individuales y colectivas de producción y trabajo en general (fuerzas pro-ductivas subjetivas) y como medios de producción y valores de uso en su conjunto (fuerzas productivas objetivas).[10] Las facultades individuales y colectivas son síntesis de las capacidades naturales (modificadas y enriquecidas por las diferencias de los sujetos sociales y del entorno en el que efectivizan su praxis) y de la herencia histórica que una comunidad le transmite a sus miembros como si fuera su propiedad natural: son también tradición. El hombre —indica Marx con tino— sólo se aísla históricamente;[11] por naturaleza, es un animal gregario, un animal social (eingesellschaftliches Tier).[12] Incluso el entorno natural en el que vive y su propia corporalidad son productos históricos. No existe naturaleza en estado puro. Asimismo, las fuerzas productivas de los sujetos sociales no se reducen al proceso de trabajo productivo: son tanto fuerzas productivas materiales como fuerzas productivas espirituales. Al trabajar, el ser humano no sólo transforma la naturaleza y adecúa el mundo externo a sus propios fines, sino que, al mismo tiempo, modifica su espiritualidad, su capacidad singularizada de goce y disfrute de mundo. Las fuerzas productivas crean y refinan la sensibilidad. Más allá de la producción de objetos, son expresión de un impulso estético que busca darle una forma humana al mundo. Como lo expresa Marx en su juventud: las fuerzas productivas de los sujetos sociales hacen de los sentidos naturales sentidos humanos: el oído no sólo escucha sonidos, sino que es capaz de disfrutar música; el ojo no sólo ve, sino que contempla la belleza de un paisaje o de una mujer. De esta manera, los sentidos subjetivos, pensados como fuerzas productivas espirituales, son fuerzas humanas esenciales.[13]
Por su lado, las fuerzas productivas objetivas más que considerarse, en principio, desde el punto de vista instrumental y tecnológico, son la materialización de un telos o finalidad particular que introduce cada colectividad en el proceso de trabajo y de reproducción. Esto lo había adelantado cuando hablé de la producción de valores de uso. Como actividad encaminada a un fin, el producto del trabajo no es un objeto indiferente o neutral, sino materialización de una forma y transformación de la materia. Las herramientas, los instrumentos y las máquinas expresan más que su propio cuerpo material: son, simultáneamente, resultado de la confrontación con los obstáculos que la fuerza de la naturaleza opone a los sujetos sociales y afirmación de las propias capacidades vitales (físicas e intelectuales) de éstos últimos. Al transformar la materia, los sujetos imprimen en ella un código específico de su comprensión del mundo y de la forma en la que éste debe adaptarse a sus necesidades. De esta manera, la objetualidad técnica encierra un mundo en sí misma. Su funcionalidad no depende de su utilización formal, sino que su forma indica el sentido de su función y de su efectividad en una época y un espacio determinados. Este fin codificado puede ser explícito o no, consciente o inconsciente, pero moldea el sentido y el significado de cada desarrollo técnico particular: le da una ubicación determinada en el mundo que lo ve nacer y del cual forma parte de manera inextricable.

Ahora bien, según Marx, el principal obstáculo al que se enfrentan los sujetos sociales en el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas es el tiempo. Cuánto tiempo gasta una sociedad en la consecución de sus metas materiales, esto es, en el despliegue de su trabajo necesario, es lo que define la contribución o el aporte específico de las fuerzas productivas objetivas a las colectividades humanas. Mientras menos tiempo se emplee en el proceso de satisfacción de las necesidades sociales y más abundantes y ricos sean sus resultados, más potentes y efectivas serán las fuerzas productivas con las que una sociedad cuenta. Ésta es una de las formas de medir la “potencia” de las fuerzas productivas y su contribución al desarrollo de la historia humana. Pero no es la única.[14] No sólo se trata de reducir cuantitativamente el tiempo de trabajo necesario para multiplicar el tiempo libre de los sujetos sociales, sino de tomar en cuenta las condiciones (objetivas y subjetivas) en las que lo logra, así como sus resultados efectivos, esto es, los valores de uso que genera. La técnica, igual que todo valor de uso, es síntesis de tres momentos que la atraviesan: el proceso de producción y consumo inmediato, el proceso de reproducción (simple y ampliada) y el proceso de desarrollo. Las fuerzas productivas objetivas no sólo consumen la naturaleza, sino que en su evolución perfeccionan la forma de su cuidado y conservación, incluso de su embellecimiento, según las concepciones y cosmovisiones particulares de cada agrupación humana. Una fuerza productiva potente, desde el punto de vista del desarrollo progresivo de las capacidades humanas, es aquélla que no sólo reduce al mínimo (o incluso anula) el tiempo de trabajo socialmente necesario, sino que además cuida y conserva las condiciones naturales y subjetivas de la reproducción produciendo valores de uso que contribuyen al mejoramiento de la salud humana y la calidad de vida.[15] Esta indicación es importante para separarse del fetichismo tecnológico que impera en la actualidad según el cual progreso es sinónimo de automatización objetual sin más, aun cuando ello signifique destrucción y contaminación de la naturaleza o generación de valores de uso nocivos para la salud humana.
El grado de desarrollo histórico de las fuerzas productivas (objetivas y subjetivas) define el marco de relaciones que los sujetos sociales entablan para organizar y diferenciar sus actividades necesarias y sus actividades libres. Estas relaciones sociales o relaciones de producción (por la prioridad que tiene la fase productiva en la conformación de la socialidad) no se introducen, empero, como un elemento exterior o ajeno al desarrollo de las fuerzas productivas mismas: nacen con ellas al momento de definir cómo ejecutar las distintas fases de la reproducción, incluyendo las fases improductivas. La unidad indisociable entre fuerzas productivas y relaciones de producción[16] conforman lo que Marx llama modo de producción, el cual a su vez condiciona los tipos de relaciones políticas, jurídicas e intelectuales de la vida de los sujetos.
La unidad originaria entre una forma particular de organización comunal (tribal) y la correspondiente propiedad sobre la naturaleza o comportamiento hacia las condiciones objetivas de la producción como existencia natural, como existencia objetiva del individuo mediada por la comunidad […], tiene su realidad viviente en un modo determinado de la producción misma, un modo que aparece tanto como comportamiento de los individuos entre sí como comportamiento activo determinado con la naturaleza inorgánica, modo de trabajo determinado.[17]
Lamentablemente, este tema ha dado paso a una serie de críticas que pretenden desvirtuar el sentido original de la propuesta marxiana adjudicándole a ésta un imperdonable determinismo mecanicista a la hora de resaltar la influencia que ejerce el modo de producción sobre la superestructura (Überbau) social. El conocido pasaje del prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política en el que se menciona la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción se traduce normalmente de la siguiente manera: “El modo de producción de la vida mate-rial determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general”.[18] En realidad, el verbo que utiliza Marx es bedingen, condicionar.[19] Según el diccionario de María Moliner, determinar significa “ser causa de que cierta cosa produzca otra”, mientras que condicionar es “hacer depender la realización de algo de ciertas condiciones o circunstancias” Cuando Marx concluye que el modo de producción condiciona el proceso social, político e intelectual de la vida en general, lo que está diciendo es que el modo de producción funda el marco de circunstancias materiales (fuerzas productivas y relaciones de producción) que hacen posible la invención de determinadas formas políticas, jurídicas, etcétera, que lo regulan y explican. Pero no señala en ningún pasaje que a ciertas circunstancias materiales le corresponden forzosamente cierto tipo de relaciones superestructurales. Como ya se ha mencionado, en Marx la fuerza productiva por an-tonomasia es la comunidad, ella establece el qué y el cómo del trabajo en general. Lo político, lo jurídico, lo intelectual, aunque aparezcan como campos separados de la praxis social, se juegan siempre en cada etapa de la actividad humana y tienen su condición de existencia y posibilidad en circunstancias históricas específicas y cambiantes. Al desarrollarse las fuerzas productivas y ampliarse su rango de acción, se modifican las relaciones que las regulan y, con ello, las formas más complejas de organización social, incluyendo sus cosmovisiones y pensamientos.[20] Las relaciones sociales que establecieron entre sí los pueblos cazadores y recolectores de Aridoamérica antes de la conquista española —cuyos instrumentos de producción se reducían prácticamente al arco y la flecha— no pueden ser las mismas que las que se dieron en los pueblos agrícolas sedentarios de Mesoamérica o las que se encuentran de base en las sociedades industriales, urbanas y masivas de la modernidad en Occidente. Cada condición histórica implica una forma distinta de relacionarse y organizarse. Cuál es la forma que corresponde a una sociedad según la evolución de sus fuer-zas productivas, es algo que no se puede determinar a priori pues depende de la evolución libre de cada condición.
Lo que sí se puede saber, según Marx, es que, al desarrollarse las fuerzas productivas y con ellas las relaciones de producción de una sociedad, se modifican las condiciones materiales de su reproducción y se ponen las bases que tarde o temprano harán “saltar por los cielos” las viejas formas de organizarse y convivir. Y ese mismo proceso, subraya Marx, constituye un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas.[21] Ello es así porque, al romperse los límites en los que se halla encerrada una sociedad determinada y al ampliarse el rango de sus posibilidades, se rebasa la dimensión meramente reproductiva de su existencia y se colocan las bases de su proyección histórica, de su desarrollo en el tiempo. La capacidad creadora de historia es, para Marx, la gran fuerza productiva de la humanidad.
La técnica, dice Braudel, marca el ámbito de lo posible y lo imposible para los hombres: define el rango de su acción y su alcance, su espacio y su techo. La técnica está vinculada con las capacidades específicas de una sociedad, con su historia; por ello mismo, no puede hablarse de una técnica en sí. Un mismo invento, como la pólvora, puede ser empleado para la guerra, las excavaciones mineras o para el bello espectáculo de los juegos pirotécnicos.[22] Y ni uno ni otro empleo significa necesariamente un progreso o un retroceso humano. Por supuesto, el economista o sociólogo de visión empresarial comprenderá como progreso sólo aquel desarrollo técnico que se traduzca en mayores ganancias, y cualquier desperdicio de una “oportunidad histórica” para lograrlo le resultará irracional e inverosímil. No deja de ser curioso, en este sentido, que Manuel Castells, por poner un ejemplo entre tantos, explique la ausencia de industrialización en la China del siglo XIV —a pesar de contar con los elementos tecnológicos que la hicieron posible cuatro siglos más tarde en Europa— como consecuencia de un “modelo estatista” fallido bajo las dinastías de los Ming y los Qing, las cuales impidieron el desarrollo técnico por cuestiones políticas. Lo llamativo de este tipo de explicaciones es que trasladan una lógica propia del desarrollo capitalista contemporáneo a una época y a una región donde ni siquiera existía el concepto de política económica y, por lo mismo, resulta ridículo hablar de “modelos económicos del Estado”.[23]
El desarrollo de la técnica es inseparable de la historia de los pueblos, las sociedades y las civilizaciones humanas concretas. Por ello mismo, resulta necesario abandonar el punto de vista exclusivamente transhistórico y general: la historia de los hombres tiene que aparecer, y con ella las distintas configuraciones temporales de la técnica. En lo que sigue profundizaremos en la noción de técnica vinculada a la concepción materialista de la historia, que comprende el desarrollo de las fuerzas productivas en el marco concreto de la pugna interna de las sociedades humanas marcadas por el principio de escasez.

Notas:
[1] Fernand Braudel, Civilización material, economía y capitalismo (siglos XV-XVIII), p. 286. [2] Karl Marx, Das Kapital, Erster Band, p. 195 [Karl Marx, El capital, t. I, vol. 1, p. 218]. [3] Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie,p. 397 [Karl Marx, Elementos fundamentales…, vol. 1, p. 449]. [4] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, pp. 134-135. Sartre denomina a la facticidad necesidad de hecho, lo cual podría derivar en una noción probablemente más exacta, pero más paradójica: necesidad contingente. [5] Karl Marx y Friedrich Engels, Die deutsche Ideologie, p. 31 [Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, pp. 31-32 ]. [6] La crítica a la instrumentalidad técnica tiene sentido cuando se pone el acento en la reducción de la técnica al plano de la pura mediación en la relación espontánea entre el hombre y la naturaleza, pero no por sí misma. En todas las relaciones vitales de la experiencia subjetiva se juega un plano instrumental o mediatizado que no tiene por qué ser condenado, a menos que todas las demás dimensiones sean dejadas de lado. Condenar el plano instrumental por sí mismo, siendo que es insuperable y parte ineludible de la experiencia, tiene siempre una carga antihumanista y pesimista cuya finalidad, en última instancia, es la censura moralizante de la existencia humana. [7] Karl Marx, Das Kapital, Erster Band, p. 345 [Karl Marx, El capital, t. I, vol. 2, p. 396]. [8] Ibid., p. 54 [ibid., p. 493]. [9] Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, p. 403 [Karl Marx, Elementos fundamentales, vol. 1, p. 456]. [10] “Las fuerzas productivas (ya sean las capacidades o aquello de lo que éstas provienen) son de carácter diverso. En este sentido nos parece conveniente destacar la distinción que en ciertas ocasiones ha hecho Marx entre fuerzas productivas objetivas y subjetivas. Las primeras incluyen las fuerzas naturales no humanas y los medios de producción fabricados por el hombre; las segundas, la fuerza individual del trabajo y las denominadas fuerzas productivas naturales del trabajo social”, Ariel Petruccelli, Ensayo sobre la teoría marxista de la historia, p. 39. [11] Karl Marx, op. cit., p. 404 [Karl Marx, op. cit., p. 456]. [12] Así traduce Marx el término aristotélico ζώον πολιτικόν. Véase Karl Marx, Das Kapital, Erster Band, p. 346 [Karl Marx, El capital, t. I, vol. 2, p. 397]. [13] “Los sentidos del hombre social son otros que los del hombre no social; sólo a través de la riqueza objetivamente desplegada de la esencia humana surge la riqueza de la sensibilidad subjetiva del hombre; surge el oído musical y el ojo capaz de admirar la belleza de la forma. En una palabra, se forman y, en parte, se producen los sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas humanas esenciales”. Karl Marx, Ökonomische-philosophische Manuskripte aus dem Jahre 1844, p. 541 [Karl Marx, “Manuscritos…”, p. 622]. [14] Éste es el principal error teórico de Horkheimer y Adorno en su crítica a Marx en Dialéctica de la Ilustración, pues reducen la concepción marxiana de fuerzas productivas a su aspecto puramente objetual, sin consideración del fundamento cooperativo, y enmarcan su desarrollo progresivo en la lógica cuantitativista y productivista que por sí misma debería llevar al dominio sobre la naturaleza y al apogeo del reino de la libertad, consecuencia de la reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario. “Al elevar para siempre la necesidad a fundamento y degradar al espíritu, según el buen gusto idealista, a cima suprema, mantuvo demasiado rígidamente la herencia de la filosofía burguesa. Así, la relación de la necesidad con el reino de la libertad sería sólo cuantitativa, mecánica, y la naturaleza, afirmada como enteramente extraña, se convertiría, lo mismo que en la primera mitología, en totalitaria y terminaría por absorber la libertad junto con el socialismo”, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, p. 93. Este error original fue más tarde magnificado por la lectura habermasiana de Marx, para la cual el concepto de desarrollo de las fuerzas productivas desde el que Marx pensó el proceso de “aceleración histórica” en la modernidad queda vinculado unilateralmente al “progreso industrial” en el capitalismo. Véase Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, pp. 81-86. Para una comprensión cabal de la noción de fuerzas productivas en Marx, es necesario tomar en cuenta tanto los aspectos objetivos (medios y entorno) y cuantitativos como los subjetivos y cualitativos de la noción. [15] En su obra Revolución mundial y medida geopolítica de capital, Jorge Veraza comenta que, consideradas en la totalidad de sus facetas (objetivas, subjetivas y cualitativas), las fuerzas productivas contemporáneas, a pesar de su apariencia progresiva, son en realidad fuerzas productivas débiles comparadas con las fuerzas productivas de mediados del siglo XIX, la época en la que Marx y Engels redactaron el Manifiesto del partido comunista. Véase Jorge Veraza, Revolución mundial y medida geopolítica de capital. A 150 años de la revolución de 1848, p. 43. [16] Así resume Jorge Veraza la primera aproximación al concepto marxiano de fuerzas productivas (F. P.): “Tal el fundamento positivo de la historia: unidad de relaciones sociales y fuerzas productivas. Según lo cual podemos entender preliminarmente que las F. P. sean esencialmente comunitarias (Bolívar Echeverría) y a la sociedad misma como F. P. en despliegue. Podemos entender a la vez que la cooperación laboral humana […] sea considerada por Marx como una F. P. y que los instrumentos obje-tivos productivos –máquinas incluidas– realicen todas sus potencialidades y beneficios sólo cuanto más colectiva y orgánicamente funcionen”, Jorge Veraza, “Karl Marx y la técnica. Desde la perspectiva de la vida”, en Críti-cas de la economía política, p. 65. [17] Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, p. 403 [Karl Marx, Elementos fundamentales, vol. 1, p. 456]. [18] Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, p. 4. (Cursivas nuestras). [19] “Die Produktionsweise des materiellen Lebens bedingt den sozialen, politischen und geistigen Lebensprozess überhaupt”, Karl Marx, Zur Kri-tik der politischen Ökonomie, p. 8 (cursivas nuestras). [20] De ahí que Marx diga que la humanidad sólo se plantee cuestiones que es capaz de resolver. Esto, sin embargo, tiene asombrosas excepciones: en el siglo II d. C., Luciano de Samosata imaginó un viaje a la Luna transportado por una nave marina que aprovechaba las corrientes aéreas para elevarse. Allí lograba convivir con los selenitas e incluso tomaba par-te de una batalla galáctica entre éstos y los habitantes del Sol. El relato de Luciano, en especial el viaje a la Luna, es el antecedente de varios cuentos clásicos de ciencia ficción redactados muchos siglos después: los de Cyrano de Bergerac, Kepler y Julio Verne, por mencionar los más clásicos. Véase Luciano de Samosata, “Relatos verídicos”, en Obras I. [21] “El desarrollo de las fuerzas productivas disuelve esas comunidades y dicha disolución es ella misma un desarrollo de las fuerzas productivas humanas”, Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, p. 404 [Karl Marx, Elementos fundamentales, vol. 1, p. 457]. [22] Fernand Braudel, Civilización material, economía y capitalismo (si-glos XV-XVIII), p. 376.60 Esto no quiere decir, como ya he explicado más arriba, que la téc-nica sea “neutral” o que todo dependa del uso que se haga de ella, puesto que ella misma está definida desde su origen por un propósito, un telos, consciente o inconsciente, que determina su sentido y alcance. Lo único que digo es que el empleo de ciertos valores de uso está vinculado con el desarrollo de determinadas sociedades históricas, y que no se los puede comprender separados de la existencia de dichas sociedades. [23] Manuel Castells, La era de la información: economía, sociedad y cultura, vol. 1 La sociedad red, pp. 31-39.62 Muy distinta es la explicación que da Immanuel Wallerstein al comienzo de su obra El moderno sistema mundial. En ella, Wallerstein re-conoce estructuras de largo plazo en la China de los Ming que, a pesar de similitudes en puntos básicos con la Europa del mismo periodo (población, superficie, tecnología, etcétera), imposibilitaron su tránsito a una economía-mundo moderna de tipo capitalista. En particular, Wallerstein señala el marco imperial centralizado, la burocracia prebendal y, de manera esencial, el tipo de economía agraria. “A lo dado, debemos añadir los cambios agronómicos más recientes en cada caso, en el de Europa hacia el ganado y el trigo, y en el de China hacia el arroz. Ya que este último requería menos espacio pero más hombres, la depresión secular golpeó a los dos sistemas de formas diferentes. Europa necesitaba expandirse geográficamente más de lo que lo necesitaba China. Y en la medida en la que algunos grupos en China podían haber encontrado compensación en la expansión, se vieron restringidos por el hecho de que las decisiones cruciales estaban centralizadas en un marco imperial que tenía que preocuparse en primer lugar, y por encima de todo, del mantenimiento a corto plazo del equilibrio político de su sistema mundial”. Como se ve, no se trató nunca de la elección de un “modelo económico fallido” por parte del Estado, sino de condiciones estructurales de largo plazo que hicieron imposible otra vía de desarrollo en ese momento histórico determinado. Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial. I. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, p. 88.



